miércoles, 29 de junio de 2011

Esperar

Lo peor que te podía llegar a pasar ¡Tener que esperar! ¡Tú, que no das abasto para resolver todas las cosas que tienes encima! ¿Pero cómo se atreven a decirte que tienes que esperar?

Foto: Victor Bezrukov
A nadie le gusta tener que esperar. Dicho de otro modo: nadie espera por gusto. Piénsalo la próxima vez que estés en una cola y veas a alguien que NO se impacienta. Esa persona, —que aparenta calma, tranquilidad, que está ocupada en ese preciso momento escribiendo, reflexionando sobre algún tema que le preocupa o le resulta de importancia, que está leyendo un libro o una revista que previsoramente había traído para este momento—, esa persona no está esperando por voluntad propia. Tampoco es una persona sin actividad ninguna, que puede permitirse el lujo de perder el tiempo, con la cantidad de cosas que todos tenemos que hacer.

No me pararé ahora a distinguir entre cosas urgentes e importantes —será motivo de algún otro artículo venidero—; tengo cosas más importantes que hacer. Pero sí aprovecho para apuntar conceptos clave que normalmente somos incapaces de sobrellevar adecuadamente: Lista de espera / Ceder el paso / Dispensador de turnos / Semáforos / Hacer cola / Atascos / Vuelva usted mañana.

La sensación que transmite la gente calmada a los impacientes es bastante notoria. Sé que hay veces en que la gente me mira pensando que me falta sangre —uno también sabe provocar—. Los impacientes son tan previsibles en sus reacciones, como conseguir que respondan. Se les ve en seguida —y todos sabemos lo que están pensando—. Su explosión, aunque sea interior, se deja fácilmente notar para ojos observadores.

Pero no todos los impacientes saben lo que piensa quien asume la necesidad de esperar. Cuando alguien tiene que hacerlo, lo mejor es tomarlo con calma. Y prepararse para la espera —si ello es posible—. Hay veces que las situaciones se presentan de forma imprevisible. Pero, en otras ocasiones, podemos anticipar que nos va a tocar —nos lo podemos esperar—.

Foto: Marc oh!
¿Qué hace la gente cuando tiene que esperar?

ü      Música: La generación actual de jóvenes, y no tanto, no soporta estar en silencio (acostumbrados a llevar los auriculares de forma permanente, no saben estar sin ruido de fondo).

ü      Maquinitas (elija según franja de edad o preferencias): Juegos, móviles, portátil. Ocupar el tiempo de espera con actividades inútiles, improductivas.

ü      Hojear revistas o periódicos cogidos al paso.

ü      Charla intrascendente.

Propuestas:

ü      Material propio de lectura.

ü      Reflexionar.

ü      Observar (no me refiero a ver o mirar; resulta más bien indiscreto): Reconozco que soy psicólogo, ese tipo de gente extraña que se divierte donde otros se aburren. Los aeropuertos son como parques de atracciones temáticos. Un viaje en autobús es divertidísimo. Las salas de espera de los médicos —sobre todo de los dentistas— suponen un entretenimiento garantizado. Añoro vivir en una ciudad con metro.

¿Por qué no aprovechar esos momentos de espera forzada para realizar actividades importantes y que siempre posponemos porque nunca tenemos tiempo para realizarlas? Me refiero a cosas como organizar, planificar, establecer objetivos, priorizar, etc.

Haciéndolo conseguiremos un doble efecto:

  1. Me centro en lo importante. No desatiendo lo que realmente me ayudará a dirigir mejor mis asuntos.

  1. Como las tareas importantes necesitan un ritmo pausado, realizarlas me ayudará a asumir de forma más paciente la espera que estoy obligado a sufrir.

Finalmente: en la espera debería estar la esperanza, lo último que debería perder.

domingo, 26 de junio de 2011

Carpe diem

Foto: Ivan Zuber
Según el “Diccionario del español actual” es una “invitación a tomar lo bueno que ofrece cada momento, sin pararse demasiado a pensar en lo que pueda traer el futuro”. Wikipedia menciona dos formas —se puede pensar que antagónicas— de entender la máxima:

ü      No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy
ü      Vive cada momento de tu vida como si fuera el último

La primera vez que escuché esta expresión fue en la película “El club de los poetas muertos” dirigida por Peter Weir en 1989 y protagonizada por Robin Williams, Robert Sean Leonard (el Dr. Wilson de "House") y Ethan Hawke. He aquí la escena:


La secuencia presenta al profesor Keating en su primer contacto con los que van a ser sus alumnos. Como formador, debo detenerme en los recursos didácticos que emplea para captar la atención de los estudiantes:

ü      Ruptura de los esquemas tradicionales: el profesor entra en el aula, pasea sin decir nada —sólo silva— y después de terminar su recorrido sale al pasillo e invita a sus alumnos a que le sigan.

ü      No comienza con un exhorto —explicando cómo van a funcionar las clases, repasando el temario o comentando los manuales que emplearán durante el curso—. Su asignatura es literatura: les hace leer un poema. Es un formador: les hace pensar.

ü      Utiliza el sentido del humor y la sorpresa: resulta más sencillo alcanzar a los formandos empleándolos desde el inico.

El propósito de Keating es provocar cambios en sus alumnos. Para quien no haya visto la película, es obligado decir que versa sobre cómo afectan a sus alumnos los cambios provocados por Keating. Para quien la haya visto, recordaré algunos de los cambios que Keating quería provocar.

ü      “Les contaré un secreto: no leemos y escribimos poesía porque es bonita. Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana; y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería... son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son cosas que nos mantienen vivos".

ü      Las normas están al servicio de las personas y pueden ser cambiadas para ajustarse a las necesidades de las personas a las que sirven.

ü      Cada persona tiene que buscar su propio camino para mostrar su individualidad. No todos somos iguales y debemos trabajar en mostrar nuestras diferencias y aceptar las de los demás.

ü      El trabajo duro —más todavía en los jóvenes— no excluye la diversión.

La película, que en su momento tuvo gran repercusión, ha motivado la generalización de una falsa interpretación del mensaje implícito en la máxima “carpe diem”. Muchos jóvenes se han apropiado del lema y lo repiten como una suerte de mantra. Se venden camisetas, se realizan tatuajes y se encuentran en muy variados soportes publicitarios. Y la juventud repite el mantra apelando a la necesidad de vivir experiencias intensas, al límite, sin importar las consecuencias. Descargar adrenalina, vivir a tope, oír la música a tope, gritar a tope, bailar a tope, beber a tope. Subirse a un puente para tirarse atado a unas cuerdas y —donde antes gritábamos al tirarnos: Jerónimoooooo!!!— gritar ahora mientras caen al vacío: Carpe dieeeeeem!!!.

En fin, reducir la posibilidad de convertir nuestra vida en algo extraordinario, trabajando y esforzándose en alcanzar ese fin, en una sucesión de subidones y saltos, irresponsables e irreflexivos, es algo que, para un observador imparcial, resulta meridianamente simple.

Vivir pensando sólo en el presente y sin reflexionar en las consecuencias para el futuro de lo que estamos haciendo. Negar la posibilidad de establecer un plan, un objetivo, una forma de dedicarnos —apasionadamente, eso sí— en alcanzar algo que, nos satisfaga mientras nos ocupamos en su desarrollo, y que pueda dejar huella.

“Carpe diem”


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Credibilidad y confianza

Marino Pérez Álvarez – El mito del cerebro creador

jueves, 23 de junio de 2011

Las rutinas de la creatividad

Foto: jef safi (writing)
La mayoría de libros que tratan sobre la creatividad intentan derribar un mito comúnmente aceptado en un esfuerzo que, por repetido, comienza a ser cansino. El mito es que la creatividad se produce en momentos de alta inspiración —místicos, mágicos o milagrosos, depende del seguidor del mito—. La explicación recurrente es que la creatividad se consigue con trabajo. Estamos de acuerdo y no insistiremos más.

Para todos, existen tareas que debemos acometer y que, por su naturaleza, podemos describirlas formando parte de dos grupos: rutinarias y creativas. Veamos la definición de rutina:

ü      Costumbre de actuar de una determinada manera sin necesidad de reflexionar o decidir.

ü      Conjunto de hábitos y prejuicios que se oponen a la novedad y al progreso.

ü      (Informática) Secuencia de instrucciones que pueden ser ejecutadas desde cualquier punto de un progama.

Como siempre, las definiciones están sacadas del “Diccionario del
español actual” de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos.

Me quedaré con la primera y la tercera, para desmontar la segunda (no todos los hábitos se oponen a la novedad y al progreso).

Hay determinadas actividades que, atendiendo a su frecuencia y reiteración, deben ser consideradas como rutinarias. Son imprescindibles para nuestro desempeño cotidiano, pero pueden ser desarrolladas diariamente sin que despleguemos nuestra creatividad en su realización. Para ese tipo de tareas resulta conveniente establecer rutinas que garanticen su cumplimiento y automaticen el nivel de procesamiento requerido. Pondré algún ejemplo:

Foto: gfpeck

Ducha diaria. Existen una serie de tareas, anteriores y posteriores a la propia ducha, que se integran en un bloque único.

  1. Antes
ü      ropa post-ducha
ü      albornoz y zapatillas
ü      alfombrilla

  1. Ducha

  1. Después
ü      Recoger alfombrilla
ü      Recoger ropa sucia
ü      Recoger albornoz y zapatillas

Con mis hijos hemos preparados el siguiente programa:

  1. En su habitación preparan la ropa que se van a poner al salir de la ducha. Preparan el albornoz y las zapatillas. Colocan la alfombrilla.

  1. Se duchan.

  1. Se ponen el albornoz y las zapatillas, recogen la alfombrilla, recogen la ropa sucia y la dejan en el cajón de la ropa sucia, se visten y recogen el albornoz y las zapatillas.

Empieza con los preparativos y termina dejando todas las cosas recogidas. Nos ha costado tiempo, pero, a fuerza de repetirlo, han interiorizado un procedimiento secuencial (incluye varias tareas, que se realizan en un orden predeterminado). Cada tarea se encadena con la anterior y la posterior, en el orden correcto, estableciendo un bloque unitario. Todo el proceso se corresponde con un itinerario en el que se establece el orden y el lugar en que cada tarea se ubica. La secuencia completa se realiza de forma automatizada. Si la programación se ha realizado de forma adecuada, mis hijos la repetirán toda su vida, sin que tengan que perder el tiempo haciéndola de forma fragmentada o incompleta.

Salir de casa. Hay toda una serie de objetos que tengo que llevar conmigo a la hora de salir a la calle:

ü      Gafas
ü      Reloj
ü      Billetero
ü      Móvil
ü      Llaves
ü      Pañuelo
ü      Llaves del coche
ü      Agenda
ü      Gafas de sol [si es verano]
ü      Cartera
ü      Mochila [para el resto de cosas; siempre está preparada]

Antes de salir de casa, me palpo. En un mismo orden, hago siempre el mismo procedimiento de comprobación, tocando con mis manos:

ü      Delante (pantalón) — derecha: billetero / izquierda: móvil
ü      Detrás (pantalón) — derecha: llaves / izquierda: pañuelo
ü      Medio (americana) — derecha: llaves del coche / izquierda: agenda
ü      Arriba (americana) — derecha: gafas de sol / izquierda: cartera

Son cuatro pasos que realizo de forma secuencial, simultáneamente con ambas manos, en los que toco: bolsillos pantalón, culo, bolsillos laterales americana, bolsillos interiores americana. Lo normal es que todo esté en su sitio. Si algo faltara, lo buscaría en su lugar. Si todo está correcto, cojo la mochila y salgo a la calle. A veces, antes de cerrar la puerta, dudo de si lo llevo todo y me vuelvo a palpar. Si, estando en la calle, mi instinto me avisa de que algo falla, repito el procedimiento y me palpo. Si, por la razón que fuera, estoy un poco nervioso o preocupado por algo, realizo el procedimiento como si fuera un tic y, hacerlo así, me tranquiliza y me permite concentrarme en otras cosas. En ocasiones, visto por otros, parece que me estoy persignando, pero mis lectores ya saben ahora que no.

He visto en la calle a más gente palpándose y normalmente intuyo por qué lo hacen. Ya sé que no soy el único. Básicamente he desarrollado este procedimiento para no perder el tiempo a la hora de salir a la calle y poder concentrarme en otras actividades, no rutinarias, que requieren mi atención.

Así que, según la tercera acepción de la definición, he desarrollado una “secuencia de instrucciones que pueden ser ejecutadas” para, tal como afirma la primera acepción, “actuar de una determinada manera sin necesidad de reflexionar o decidir” (quod erat demonstrandum).

He dejado la creatividad [que defino como “la capacidad de generar respuestas novedosas que aporten valor”] para otro tipo de contextos en los cuáles, encontrar formas diferentes de afrontar una situación, resulta pertinente. Pero no me considero más creativo por, pongamos por caso, encontrar 324 sitios diferentes en casa para dejar las gafas y no encontrarlas nunca.

Y finalmente, para desmontar la segunda acepción: cuando las costumbres son beneficiosas para nosotros, cuando nos ayudan a realizar adecuadamente nuestro desempeño, entonces son hábitos. Si nos dificultan el cumplimiento de nuestras obligaciones, entonces son manías. A veces, para determinadas tareas repetitivas que no aumentan su valor por realizarlas de forma nueva cada vez, desarrollar rutinas formadas por tareas encadenadas, es un hábito recomendable.


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Credibilidad y confianza

Marino Pérez Álvarez – El mito del cerebro creador

miércoles, 22 de junio de 2011

Reformulando la Formación

Adaptación competencial al cambio.

Foto: wouter_kersbergen
Definimos la inteligencia como la capacidad de adaptación. Una persona demuestra su inteligencia, adaptando su comportamiento a las circunstancias imperantes. Cuanto mayor sea mi adaptabilidad, mayor será mi inteligencia. Dado que necesito alcanzar unos determinados resultados (ya se verán cuáles), deberé ser capaz de entender que las circunstancias presentes determinarán mi comportamiento. Elijo la ropa que me pongo en función de las condiciones climatológicas. Si adecuo la ropa que elijo a las condiciones presentes, demostraré mi inteligencia a la hora de determinar mi vestuario.

Asumimos que las personas se encuentran inmersas en un camino que les conduce en busca de la felicidad. Tres apuntes iniciales:

ü      Felicidad no hedonista, no inmediata, no superficial
ü      Felicidad no exclusiva, no reduccionista, no selectiva
ü      Basada en el juicio personal, individual, identitario

Cada persona tiene que sentirse responsable de establecer los criterios que gobiernen su propia vida y que atiendan, al menos, a tres focos de interés en torno a los cuales organizar su comportamiento: vida familiar, vida laboral y vida personal. Desatender cualquiera de estos tres ámbitos significará un seguro fracaso personal. Establecer criterios propios que determinen los cauces por los que discurrirá mi comportamiento, atendiendo a los ámbitos en los que necesariamente se realizarán, supone una inversión segura para facilitar la consecución de mi propia felicidad personal y la de las personas que forman parte de mi entorno.

Trabajando de esta manera,

ü      entendiendo que mi propósito es alcanzar la felicidad completa
ü      construyendo mi proyecto vital atendiendo a los ámbitos en los que deberé desempeñarme
ü      aceptando que mi comportamiento deberá ser moldeado por las circunstancias presentes y variables en cada momento

asumiré que mi identidad personal se encuentra permanentemente en un proceso de desarrollo y de cambio.

Los cambios que se producen en mi vida pueden ser de carácter casual o intencionado y pueden tener un origen interno o externo a mi persona.

En el ámbito laboral la formación es una herramienta intencionada y externa a la persona, que busca el cambio en el comportamiento del formando (participante activo de la formación y sujeto del cambio) y que propicia su desarrollo, adaptando sus competencias personales a un nuevo conjunto de circunstancias.


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Marino Pérez Álvarez – El mito del cerebro creador

lunes, 20 de junio de 2011

Walter Riso: El arte de ser flexible

En esta obra, de lectura fácil y salpicada de anécdotas personales, Riso afronta los peligros derivados de poseer una mente rígida. Establece una categorización de mentes que resulta ligeramente forzada: afirma que en ambos extremos de un mismo “continuum” se encuentran, por un lado, la mente rígida y, por el otro, la mente flexible. Hasta ahí, todo iba razonablemente bien. Sin embargo, para acortar el trayecto de un extremo al otro, artificiosamente, coloca una parada intermedia —la mente líquida— que destroza literalmente el concepto de continuidad.

El resto del libro vuelve a estructurarse en torno a conceptos duales, mutando de la idea inicial de mente al tipo de pensamientos —dogmático vs. crítico / solemne y amargado vs. lúdico / normativo vs. inconformista / prejuicioso vs. imparcial y equilibrado / simplista vs. complejo / autoritario vs. pluralista— en los que el segundo término de la dualidad es siempre el que constituye el pensamiento flexible idealizado por el autor.

En definitiva, un libro entretenido, sin las debilidades conceptuales de la mayoría de libros del género de auto-ayuda. Un pequeño apunte final: tras leer los numerosos comentarios de situaciones en las que se ha visto inmerso —con amigos, familiares y pacientes— ¿se salta algún principio deontológico de confidencialidad?. Más aún, ¿le quedan conocidos que todavía quieran confiar en él?


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Marino Pérez Álvarez – El mito del cerebro creador

domingo, 19 de junio de 2011

Excitando la curiosidad

Foto: Martin Neuhof
La curiosidad es una cualidad innata. Todos nacemos siendo curiosos. Eso implica, no que dejemos la ropa bien doblada cuando nos cambiamos, sino que tenemos necesidad de saber, de conocer, de explorar. Nos hacemos preguntas, se las hacemos a otros y con ellas buscamos comprender el mundo que nos rodea.

El proceso de socialización pasa necesariamente por tres estamentos en los que se fundamenta el proceso educativo y en los que cristalizan las primeras etapas del desarrollo personal: la familia, el colegio y la calle. Los tres tienen importancia a la hora de impulsar o contener la curiosidad latente en los niños. La forma de educar a los niños determinará el tipo de adultos que llegarán a ser.

Impulsar, animar (excitar) su curiosidad provocará adultos, caracterizados por:

Afán de saber. Interés en ampliar el rango de sus conocimientos y de profundizar en ellos
Mentalidad crítica
Actitud flexible y adaptable a los cambios

Veamos qué sucede en los estamentos educativos:



  1. La calle. Como padres, tememos lo que pueda ocurrirles una vez que salgan de la burbuja protectora. Si desconocen lo que se van a encontrar, su curiosidad les animará a probar las experiencias novedosas que se les presenten. Fortalecer su carácter y reducir el aislamiento parecen recomendaciones razonables. Cuidar el círculo de amistades también. Pero el peligro de las tentaciones del mundo exterior exceden las limitaciones y el objetivo del presente artículo.

  1. El sistema educativo. Antes de añadir nada más, recomiendo ver con tranquilidad una extraordinaria charla de Ken Robinson titulada “¿Destruyen las escuelas la creatividad?” —dura 20 minutos, pero merece la pena—.

  1. La familia. Y en casa, ¿qué hacemos? ¿Alentamos la curiosidad de nuestros hijos o les pedimos que nos dejen un rato tranquilos, que nos permitan descansar al llegar del trabajo, aunque sea sólo un poquito? Cuando tienen que afrontar retos, ¿les allanamos las dificultades para que no se frustren por no poder superarlas? ¿Les explicamos las cosas hablando despacio, con palabras simples y a veces, visto desde fuera, parece que pensamos que, en lugar de ser niños, son un poco tontos? ¿Les ponemos trampas o les decimos siempre la verdad, como si fuera un pecado gravísimo jugar un poco con ellos?

Lo cierto es que los hijos juegan con nosotros de otra forma. Nos prueban, para saber hasta dónde son capaces de llegar, hasta dónde llegamos sus padres. Nos mienten, claro; la mayoría mentiras inocentes, pero muchas veces porque creen que no seremos capaces de comprenderles. Sienten curiosidad por lo que pasa a su alrededor. Es bueno. Hemos visto lo que sucede cuando buscamos excitar su curiosidad. Debemos buscar estrategias para ellos que les pongan a prueba, que hagan que pongan en juego lo mejor de sí.

Mis hijos saben que escribo un blog. No tienen muy claro en qué consiste eso, pero de alguna manera intuyen que debe ser divertido: me ven muchas horas dedicado a él, saben que ella y yo hablamos a escondidas de algún artículo que he terminado o sobre un punto en el que he quedado atascado. Me ven pidiendo direcciones de correo electrónico al asalto y notan que parte de las conversaciones versan sobre él. Les debe parecer realmente entretenido, así que no les permito ver qué es lo que estoy haciendo. Es cosa de mayores, les digo.
Foto: Edward in Canada

Sé positivamente que está funcionando. Si les ánimo a hacer algo, tienen menos ganas de hacerlo que cuando les pongo trabas, se lo impido o directamente se lo prohíbo. Quiero picarles y quiero desarrollar en ellos su curiosidad. Parece que quieren saber más de lo que saben. No les gusta que les mantenga fuera de una actividad que consideran entretenida. Tratan de esquivar el bloqueo y alguno, de vez en cuando, se acerca por el despacho para ver qué estoy haciendo, el otro me preguntó si podía hacer él un blog y al pequeño le gusta echar miradas furtivas a las fotografías que utilizo para ilustrar los artículos.

Parece que está funcionando:

Se incrementa su afán de saber
Han desarrollado una actitud crítica frente al bloqueo impuesto
Han trazado planes alternativos para cambiar la situación

Están actuando como adultos. Su curiosidad está siendo alentada


Y el mayor de mis hijos está trabajando en la planificación y diseño de su nuevo blog.

[Gracias a Juan Ramón de los Toyos. Una conversación con él provocó la chispa que inició este artículo]


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Walter Riso – El arte de ser flexible



sábado, 18 de junio de 2011

El protagonismo


Foto: Luringa


¿Te gusta ser el protagonista?

Una pregunta, dos formas de entenderla. Voy a repetirla y voy a hacer énfasis en un momento determinado:

“Me gusta ser el protagonista”.

Normalmente, la mayoría de las personas muestran su desacuerdo ante esta afirmación. Suelen apreciar una connotación negativa: entienden que se les pregunta si quieren ser el centro de atención, si quieren eclipsar a los demás. Les parece que demostrar su acuerdo les convertiría en un ogro egocéntrico que sólo se presta atención a sí mismo, que desprecia a los demás y que quiere destacar a toda costa. Es, hoy en día, un valor claramente a la baja.

Por descontado, existen algunos excéntricos, gente llamativa, socorridos para entretener durante un rato a la concurrencia, pero —como los bufones de antaño o los mimos de hoy— tremendamente cansinos a largo plazo.

“No, por favor, lo que quiero es pasar desapercibido”.

*****

Voy a hacer otro énfasis diferente:

“Me gusta ser protagonista”.

Foto: larskflem

Quien así entiende la pregunta, suele tener más fácil expresar su acuerdo con tal afirmación. Entienden que quieren participar activamente en el rumbo que llevan en su propia vida, que pueden tomar decisiones que determinen su situación personal y la de otros. Personas que consideran que quieren cambiar su mundo, su sociedad, desde el ámbito de influencia que cada uno pueda mostrar. Dar un paso para hacer que las cosas cambien, comprometerse con sus ideas, pensamientos o creencias. Reconocer que una experiencia es mucho más intensa, memorable y gratificante cuando uno ha formado parte de ella, cuando la ha protagonizado.

Uno de los principales males de la sociedad actual, absurdamente incubado hasta la médula, es la flojera (No solamente atrapa a los jóvenes, pero en ellos es especialmente activo). Consumidos por el pecado más peligroso de todos —la pereza— desarrollamos una serie de conductas: la apatía, la indefinición, el conformismo existencial. No destacar, mimetizarse con el entorno, pasar desapercibido. Rechazar el compromiso, eludir el protagonismo, la individualidad y la particularidad. Sólo queremos ir donde van todos.

Si todos renunciamos a protagonizar nuestras propias vidas, el escenario quedará vacío.

Foto: Pedro Moura Pinheiro

O lo que es peor: otros ocuparán nuestro lugar y decidirán por nosotros.
No renuncies a ser el protagonista de tu propia vida.

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