jueves, 14 de noviembre de 2013

De color de rosa

No niegues, por sistema, la posibilidad de hacer (o de ver) las cosas de una manera diferente a la tuya.

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Me ocurre en ocasiones. Estoy en una conversación, leyendo un libro, viendo la TV, cocinando o haciendo lo que quiera que me toque en ese momento. Exteriormente, aparento estar absorto en mi tarea. Cualquier observador ocasional podría afirmar, sin dudarlo, que estoy metido de lleno en el asunto, concentrado en ello, ocupado en lo que estoy realizando.

Pequeños detalles resultan reveladores de la distorsión entre la apariencia y la realidad: la cebolla que trataba de pochar se ha caramelizado sólo por un lado; la serie ha acabado y no soy capaz de recordar cómo han hecho para desenmascarar al asesino; tengo que retroceder 14 páginas del libro hasta encontrar una frase que sea consciente de haber leído; alguien me pregunta y el único monosílabo que puedo articular es un desconcertante “¿qué...?”

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No es una muestra de desinterés; simplemente hubo un clic, se me ocurrió algo, una idea flotaba a mi alrededor y, siendo incapaz de encontrarle sentido, me dejaba ir, (per)siguiéndola, tratando de atraparla, de darle forma, de asegurar su importancia o llanamente desdeñarla.

En el entretanto —que puede abarcar desde unos segundos hasta tardes completas—, me mantengo profundamente abstraído, embobado, como si estuviera in albis, dándole vueltas a lo que me pasa por la cabeza, ajeno al mundo en que me encuentro.

Quiero imaginar que no resulta una extravagancia, porque tengo la impresión de que, cada vez más a menudo, se estila lo de no estar a lo que se está, con esa facilidad pasmosa con que se nos proponen, de continuo, estímulos para distraer nuestra atención. Aunque, pese a ello, no deje de entrever la rareza que supone la introspección, en esta realidad cotidiana de la instantaneidad y la conexión permanente.

Aislarte en tus propios pensamientos es un comportamiento viejuno, rayano en lo asocial, casi insultante y provocador.

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Intento explicar por qué el blog que escribo —esto que estás leyendo—, se presenta de color rosa [lo que resultará imposible de verificar si te conectas desde una aplicación móvil, para la que la configuración diseñada utiliza un austero blanco como fondo acromático].

Todo surgió una tarde, en una agradable charla, con un grupo de amigos. En el desarrollo de la conversación alguien comentó que tenía un blog. Explicó lo que hacía, cómo la hacía, para qué le servía. A mí me supuso una inspiración y, por eso, cuando decidí empezar con el mío, la elegí como madrina: al fin y al cabo, su comentario había sido como una varita y su magia actuó sobre mí.

Gracias de nuevo, Pilar.

A partir de entonces me dediqué a dar forma al proyecto. Me ocupé de decidir contenidos, aunque conociendo mi falta de constancia y mi capacidad para dispersarme, no me obsesionaba cumplir un plan demasiado preciso. Sabía que ponerme límites sólo me serviría para sentirme culpable por terminar saltándomelos.

Pero me preocupaba cómo hacerlo: no tenía ni idea de qué era eso de los blogs (a pesar de haber oído hablar de ellos).

Empecé a investigar, tratando de conocer cómo debía ser, en su estructura, en su apariencia, en las cosas que podía llegar a interesarme colocar.

Esa preocupación tan propia (y obsoleta) de prestar atención al formato.

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Una de las primeras cosas que decidí, era que tendría el fondo rosa (y las letras en negro).

Un verdadero inconveniente: una apariencia así es, para algunos, una invitación al alejamiento.

Mejor: nunca me parecieron de fiar los que realizan juicios apresurados, basados en la apariencia. No puedes juzgar un libro mirando la portada. Ni siendo en formato electrificado. Ni siquiera, siendo el original.

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Resultó como un cartel de esos que invitan a no quedarse estacionado (a los que, en franqueza, nadie hace demasiado caso).


"No aparcar (bajo ninguna circunstancia)" Foto: Darwin Bell

A veces me resulta gracioso imaginar a alguien que aterriza accidentalmente y que, aturdido por el colorido de la página, huye espavorido.

Trato de convencerme de que estoy aplicando un arraigado concepto marxista, aquel que aplicaba la negativa a pertenecer a un club que aceptara como socio a gente como uno mismo.

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De todas formas, más allá de los intentos de resultar (provocativo) provocador, es una combinación agradable para la lectura.

Y una forma de definir un estilo, por qué no admitirlo.

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Ya sabréis cómo somos. Nos empeñamos en decir a los demás lo que deben hacer. Insistimos en que las cosas deberían ser hechas de otra forma, en un intento que, de no resultar estéril (por infructuoso), daría lugar a una monotonía tremendamente sosa y aburrida.

En fin, que ciertas personas, con la mejor de las intenciones se empeñaban en decirme que cambiara el color del blog.

— Ponlo azul.
— No quiero. Me gusta rosa.
— Pero es que azul quedaría mejor.
— Pero a mí me gusta rosa.
— Azul.
— Rosa.
— Azul.
— Rosa. ¿No vas a parar?
— No. ¿Tú tampoco? Ponlo azul.
— No. Rosa.
— Azul.
— Rosa.



Llegado a este punto debo reconocer a la pantera rosa como una influencia esencial.

Me gustó la película y, especialmente, me fascinó la secuencia en que se presentaban los títulos de crédito (al inicio de la proyección, cuando todo el mundo estaba pendiente, en lugar de esos interminables rótulos finales que no interesan a nadie), con la fantástica música de Henry Mancini.



Por descontado, disfruté como un enano de los dibujos animados que programaban en la TV de mi infancia.

La pantera rosa: Proyecto rosa.


La pantera rosa: Ponche rosa.


Ese estilo que se marcaba la pantera, absurdo y obstinado, picotero y demencial, alocado y excéntrico, resultaba cautivador. La forma de alterar el orden establecido, con su habitual despreocupación, parecían inimitables.

No hará falta que lo diga, pero me atreveré a despejar dudas: nunca tuve tentaciones de disfrazarme de pantera (ni rosa, ni de ningún color). Pero debo admitir que, cuando ingería un brebaje que denominábamos “leche de pantera”, ardía en mi interior un deseo de que algo de su actitud se me pegara.

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Un amigo mío utiliza una estrategia para su supervivencia diaria. Cada vez que se encuentra con algún conocido, con el que hace tiempo que no coincide, si éste le pregunta “¿qué tal?”, responde a la gallega, con otra pregunta (siempre la misma): “¿explicación abreviada estándar, o con profusión de detalles?”.

Todos escogen la primera opción. Él sabe lo que va a ocurrir y sentencia el encuentro, de modo satisfactorio para todos, con un simple:

“Bien, gracias. ¿Y tú?”.

La sabiduría encerrada en esta fórmula es que se evita el intercambio de malas noticias, en la presunción de que todos tenemos problemas.

Quizá pueda resultar hipócrita admitir esto en público, pero no quiero reducir mis andanzas sociales a un mero intercambio de cromos, en una escalada creciente, en la que, en lugar del “tú mas” (tan decepcionante en el diálogo político), se emplee un egoísta “yo más”, centrado en exponer las calamidades que nos asolan a cada uno, extendiendo un tono deprimente a las conversaciones (y a la vida).

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Así que practico la estratagema de mi amigo, más atrevida que la que he visto usar a otros, de forma cobarde, cambiando de acera (o agachando la cabeza) con aquellos que se acercan con intención de atormentarnos con sus cuitas.

Y busco tener capacidad para superar mi propio sufrimiento (y el de los de mi entorno), intentando poner al mal tiempo, buena cara.

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Trato de vencer esa sensación que se tiene, cuando las cosas se presentan complicadas y se carece de fortaleza para afrontar las adversidades; cuando parece que los problemas son tan grandes y agobiantes que dependen de algo que hayamos hecho y que, como si fuera un castigo por nuestro comportamiento indebido, nos mortificamos preocupándonos más y aumentando la ansiedad de no ser capaces de evitar una situación así.

Y, en ese momento, estando a punto de abandonar, alguien hace algo que te da un nuevo motivo para encontrar la ilusión. Una llamada de teléfono, una sonrisa en la calle, un pequeño guiño, un “gracias” acompañado de un gesto amable.

Un leve instante que recordarás siempre.

O, en sentido contrario, alguien se acerca y te asfixia con sus preocupaciones, como hace de continuo, que no deja nunca de hacer y que sientes que ha visto en ti un paño de lágrimas, donde volcar, sin que se le haya ofrecido, todas sus frustraciones. Alguien a quien percibes, emboscado, con una sonrisa aviesa, que en lugar de avisar, te atraviesa, te perfora y te inunda.

Una inmerecida carga que te obliga a transportar en su lugar.

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Una francesa de vida atormentada escribió una canción inmortal, mostrando que, a pesar de las circunstancias, es posible encontrar la forma de luchar y sobreponerse. No importa lo que suceda alrededor,

“cuando me toma en sus brazos
me habla en voz baja
veo la vida en rosa”

Edith PiafLa vie en rose


Es mucho más que una declaración de amor (que lo es).

Es la definición de una actitud vital.

Es tener la sensación de que, pase lo que pase, merece la pena luchar y tratar de superar lo que tengas que afrontar.

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Una idea tan poderosa que muchos la han hecho suya.

Louis ArmstrongLa vie en rose


Comprender que, aunque todo te impulse a llorar, necesitas levantarte y seguir adelante.

Grace Jones La vie en rose


Sobrevolar los problemas, aceptando que debes continuar.

Melody GardotLa vie en rose


Aunque nadie sepa por lo que estás pasando (ni quieres que lo lleguen a saber), pese a que te sientas roto por dentro, buscar motivos para sonreír, como si todo fuera de color de rosa.

Pomplamoose La vie en rose


Busca el lado divertido. Todo resultará más sencillo y llevadero. Siente la alegría de estar vivo.

ZAZLa vie en rose


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No me importa que puedan considerarme un simple. He comprendido que, ante la ausencia del lirismo francés, enfrentamos la rotundidad de la sentencia española, que resume lo precedente, de forma ramplona, en un lacónico “contigo, pan y cebolla”.

Por eso, si me tienen que calificar de alguna manera, identificándome con un color, quiero que lo hagan con el rosa.


Es mi secreto.

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El rosa es un color considerado femenino. En el convencimiento de que, para muchos, la orientación sexual es el rasgo identitario que más (les) define, intuyo que habrá quienes hayan creído adivinar una vida íntima que no les interesa.

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A Steve Buscemi no le gusta el rosa:



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Hay una línea estética que acentúa el infantilismo de un tipo de mujer, ñoña y sensiblera, que justifica que haya surgido una iniciativa que afirma que el rosa apesta, que reivindica que la fortaleza de la mujer necesita de argumentos más sólidos que cuentos de hadas y de princesas, en la idea de que hay más de una forma de ser una chica.



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En 1986 Howard Deutch dirigió una película (escrita por John Hughes) protagonizada por una chica rosa (Molly Ringwald) y un guaperas (Andrew McCarthy). El tema principal era interpretado por The Psychedelic Furs (Pretty in pink). Como contrapunto a la relación entre los protagonistas, mediaba un desinhibido Duckie, que ponía la nota cómica. El actor era un entonces desconocido Jon Cryer (antes de embarcarse, junto a Charlie Sheen, en “Two and a half men” y recibir. el año pasado, el Emmy al mejor actor de comedia, batiendo a Don Cheadle, Louis CK, Jim Parsons, Larry David y Alec Baldwin).

Resulta inolvidable su apasionada lectura, con baile incluido, del clásico de Otis Redding, Try a little tenderness.



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Es por añadidura una convicción insidiosa aquella que considera a la sensibilidad un rasgo imposible de vincular a la masculinidad, de forma que, cualquier cosa de color rosa, es una cosa de chicas, aceptada sin cuestionarse, como se admite que los chicos no lloran.


Quizá porque nunca supe dónde crecían las rosas salvajes.

Nick Cave & The Bad Sees ft. Kylie MinogueWhere the wild roses grow


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Me pondré las gafas de cristales de color rosa, que me permitirán ver todo de otra forma.

Blue Rodeo Rose coloured glasses

Dumbo lo intentó; el resultado me hizo llorar de niño (y me sigue alterando de adulto; ahora me decanto por practicar con la gaseosa).

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También expresé un deseo (y me arrepentí para siempre de ello). Quise tomar un martini de color rosa y convertir la vida en un acto simpático.

Pink Martini Sympathique

“Yo no quiero trabajar
Yo no quiero almorzar
Yo sólo quiero olvidar
Y después fumar”


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A pesar de todo, reírse es la mejor opción.

Audrey Hepburn:

“Pienso en rosa.
Creo que reírse es la mejor manera de quemar calorías.
Creo en los besos, en besar mucho.
Creo en ser fuerte cuando todo parece ir mal.
Creo que las chicas felices son las más bellas.
Creo que mañana es otro día y creo en los milagros”.

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Más allá del tópico (al que me siento indisolublemente atado) que afirma que “el sentido común es el menos común de los sentidos”, mi experiencia personal me impone la certeza de que resulta mucho más infrecuente el sentido del humor, entendido como una forma más evolucionada que la risa floja, basada en la imprescindible capacidad para, en momentos de apuro, hacer de tripas corazón.

Risitas: Gorrilla


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Tampoco os preocupéis; lo que siento por el color rosa, no alcanzará, NUNCA, las dimensiones de Kitty Kay Sera. No es, ni llegará a ser, una obsesión.

Aunque admito que Philadelphia está preciosa, vacía y rosa.



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Si me has juzgado por lo que digo,
imagínate si supieras lo que pienso.

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Publico esta entrada hoy, porque sí.
Y también porque cumplo uno menos de 50, que también es un motivo.




sábado, 9 de noviembre de 2013

Hipster vs. Mainstream

Me llama un amigo para decirme que leyó el artículo de ayer, sobre la evolución de Alaska, y que no entendía qué significaba eso del mainstream, ni su relación con la modernidad (ha oído hablar de un hipster, al que imagina como un hippie con perilla). Da la sensación de andar un poco perdido.

Es el momento de llamar a:

(el servicio de interpretación y traducción ultra–cool)

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Supongamos que se trata de un partido de tenis.

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El hipster empieza sacando —porque siempre va por delante—.
Ocupa su turno en mencionar grupos musicales, tendencias, accesorios, cantantes, comics, recursos, ideas, apps, programas que no conoce nadie y que, sospechosamente, siempre vienen de fuera.
Siempre cree que la demo era un must, la versión beta no es underground y la secuela está llena de spoilers.

Está ocupado en estar a la última.

Lo que venía siendo un seguidor de la vanguardia (la actitud, no el periódico).

Como en el mito de Sísifo, recordando a Albert Camus 100 años y un día después de su nacimiento, el hipster está condenado a mantenerse en continuo movimiento ascendente, empujando la roca de su absurda obstinación, sin percatarse de que su destino final es envejecer y ser expulsado de la categoría evanescente de la modernidad, en la que es imposible perpetuarse.

Un día descubre que alguien (mucho más joven) le llama de usted y zozobra.

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Las tribulaciones de una hipster son las de una moderna de pueblo.


"La permanente existencia de la duda" Viñeta: modernadepueblo.com

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Tras encajar los golpes del desprecio, el representante del mainstream, agazapado en su resistencia, empieza a reducir la desventaja. Sabe, más por viejo que por diablo, que largo será el camino. Su seña de identidad es carecer de ella. Al fin y a la postre, le interesa lo que interesa a todos. Le gusta lo que a nadie disgusta y encuentra su hábitat natural en un ascensor, en la sala de espera del Centro de Salud, o en las jornadas de puertas abiertas de cualquier cosa que resulte gratis.

Mainstream es Movistar, Vodafone, Yoigo o cualquier otro operador de telefonía móvil, con esa atracción fatal por las promociones exclusivas.

Es la excusa perfecta para organizar una tertulia, sin necesidad de mesa camilla, radio o brasero.

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Entre ambos extremos prototípicos se establecen profundas diferencias (g)astronómicas: el hipster (ser etéreo) tiende a la efervescencia y le gustan emulsiones, aromas, espumas, aires o bocados. Eso explica su capacidad para embutirse en unos pantalones pitillo, más que ceñidos.

En el mundo mainstream se valora más el embutido: gusta el compango, los platos de cuchara contundentes, tradicionales, los de toda la vida. No se hacen ascos a gazpachos, cocidos o gachas.

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En lo afectivo el hipster tiende a las sensaciones; lo mainstream tira de emociones (más o menos básicas).

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Es, para decirlo claramente, el destino de Sísifo que, en una inspiración repentina, se ve como un hámster dando vueltas en su noria y, cansado, se niega a empujar contracorriente, para aceptar transformarse en Maruja, campechana y locuaz, que gusta a todo el mundo (por negarse a formar parte de la generación rock).

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Todos hemos cometido delitos y faltas, pecadillos de juventud que admitimos con un mohín cómplice.




El partido se decide en el tie–break. ¿Quién crees que ganará el punto definitivo?

viernes, 8 de noviembre de 2013

Pedro Almodóvar, visionario

La escena más recordada de la primera película del más universal de los manchegos (con permiso del hidalgo), incluye claves que cobrarían sentido 33 años después de su filmación en 1980.


"El cartel promocional, ilustración de Carlos Sánchez Pérez, Ceesepe"

Se trata de Pedro Almodóvar, de su debut como director y guionista en “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”, y de la escena en que las tres mujeres se juntan por primera vez y cómo se produce ese encuentro. En 82 segundos se desarrolla el siguiente diálogo.

Pepi (Carmen Maura), Luci (Eva Siva), Bom (Alaska).

— [Bom] ¿Quién es ésta?
— [Pepi] Mi profesora de punto.
— [Bom] Cuarentona y blandita, como a mí me gustan. ¡Uuuuh, vengo meándome!
— [Pepi] ¡Espera! Aprovecha y háztelo encima de ella. Está caliente y la refrescará.
— [Bom] Un poco difícil sí que va a ser, ¡pero valdrá la pena!
— [Pepi] Seguro; yo te ayudo. Tú relájate, hija. ¡Súbete a la silla! Levanta la pierna. Ven, va, venga.
— [Luci] ¡Ah, aaaaahhhh, uuuuhhhh!
— [Bom] ¡Cómo disfrutas!
— [Luci] ¡Aaaaahhhh!
— [Bom] ¡Oye, que no soy una vaca, eh!
— [Luci] ¡Oooyyyyhhhh!
— [Pepi] ¡Bueee...! ¡Hale! ¡Se acabó, ya no hay más!
— [Bom] ¿Tú de dónde eres?
— [Luci] Yo de Murcia.
— [Bom] Tú y yo vamos a hacer muy buenas migas.

El propio texto sirve como AVISO DISUASORIO para quien quiera atreverse a ver la escena original.


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“Cuarentona y blandita”. Escribo esto cuando la que lo pronuncia ya ha dejado de ser cuarentona (cumplió 50 el pasado 13 de junio), pero hace mucho que aparenta ser blandita.
“Está caliente y la refrescará”. Entiendo la hipérbole. Me parece excesiva, por mucho que el alias adoptado por la desbordante corresponda al estado más grande (y más frío) de la Unión.
“Oye, que no soy una vaca”. Pese a que llegaría a convertirse en la acompañante de Vaquerizo.
“Tú y yo vamos a hacer buenas migas”. Guiño oculto a la gastronomía manchega y al plato pastoral por excelencia.

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Antes de seguir, me siento obligado a fijar un contexto.

Según la leyenda que se ha construido, Almodóvar escribió la película mientras trabajaba en Telefónica, por entonces una empresa pública que actuaba en un régimen de monopolio. Esto se suele pasar por alto: era un funcionario y, cumpliendo el cliché que siempre se les ha adjudicado a los empleados públicos, practicaba el escaqueo. Le pagaban con dinero del Estado, de todos, para que dedicara su jornada laboral a labrarse su futuro. Ésa fue su primera forma de procurarse subvenciones.

Eran otros tiempos, claro. En 1976, con el general muerto y la democracia sin hacer signo de presencia (no estaba, aunque se la esperara), se extendía la transición, un periodo de cambios en los que los jóvenes creíamos que podíamos renovarlo todo, mientras los mayores se ocupaban de atar (o desatar) lo que había quedado atado (o pendiente de atar).

Una época divertida, excitante, provocadora y movida que, años más tarde, en lo cultural, se catalogó como madrileña, cuando era fructífera en todo el país (y no sólo en la capital).

En todo caso, un fenómeno poliédrico, turbulento, de enfrentamientos, tribus y clanes. De clones que copiaban lo que se cocía fuera. De guisanderos que trataban de aportar el aderezo local. De descubrir que, cuando Marshall McLuhan había hablado de la “aldea global”, nosotros nos fijábamos en la parte contratante de la primera parte, mientras otros, los poderosos, los de fuera (los que tenían un plan), entendían el verdadero sentido de la parte contratante de la segunda parte (y las posibilidades de su máximo alcance).

Si la rebelión consistía en un remedo modernizado del “caca, culo, pedo, pis” que usábamos en el patio de colegio, nuestro futuro sería infantil y aldeano, aunque eso no lo llegaríamos a descubrir hasta muchos años después.

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Me estoy perdiendo; estoy empezando a mear fuera del tiesto. Sé que, más tarde, estaré tentado de cambiar el título del artículo, para reescribirlo como “Pedro Almodóvar, miccionario”.

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La verdadera clave del asunto es comprender cómo una jovencita, que vino de México haciéndose pasar por punk (y formar parte del grupo embrionario Kaka de Luxe), podía ruborizarse teniendo a su lado a El Fary, el exponente más castizo de la tradición nacional del macho español, según terminología de Agustín Jiménez.

Puede comprobarse en una participación conjunta en Un, dos, tres, lo que hoy algunos recuerdan como TV de calidad. Fue el 30 de marzo de 1984, sólo cuatro años después de orinar encima de una profesora de punto murciana.


El rubor de Olvido Gara (“que no se te olviden las cosas ahora”) ante el gracejo de José Luis Cantero Rada (“suerte la de tu novio”, le devuelve a la azafata que, protocolariamente, se la había deseado a ambos) se empequeñece al escuchar la naturalidad con que la presentadora, Mayra Gómez Kemp, explica que “todo lo que ganen aquí, ellos lo van a donar al Montepío de la Sociedad General de Autores, que engloba, pues, a compositores, autores, cantantes y músicos”, en un mundo en el que hacía falta explicar qué era la SGAE, pero se obviaba hacer lo mismo con lo que significaba un Montepío.

Un camino arriesgado el que la cantante había elegido, “viniendo aquí a jugarse el tipo” y en el que se encontraría a gusto. Eludo enjuiciar las contribuciones artísticas —como presentadora en La bola de cristal (primer programa emitido el 6 de octubre de 1984; acaban de cumplirse 29 años) o, junto a Juan Tamariz, en el programa de magia Chan-tatachán— y me salto ex profeso la exposición masiva de su vida doméstica, con su pareja, para saber que, siempre que quieran, serán invitados estrella en el programa de María Teresa Campos, elevados a los altares del mainstream viejuno, compartiendo tertulia y mesa camilla con la profesora de punto y el resto de aplicadas alumnas. Fue un poco difícil, pero valió la pena.

Y recibió ayuda.

¡Qué jóvenes (e ingenuos) fuimos!

jueves, 7 de noviembre de 2013

Afán recaudatorio

Ponen multas con la única intención de recaudar.

Una coletilla que se va extendiendo, conforme aumenta la presión fiscal, la regulativa, la arterial, la hipotecaria, la de la suegra o la de la parienta.

Todos repetimos lo mismo, recalcando su “afán recaudatorio”.

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En ocasiones es fácil encontrar motivos que justifican esa idea, máxime viendo sus ganas de confundirnos.


"¿En qué quedamos?"

Pero yendo más allá del recurrente tópico, absolutamente cierto, es sencillo comprobar que a muchos —la mayoría—, les parece que las normas no van con ellos. Basta con fijarse por dónde cruzan, cuando van andando, cómo lo hacen, sin importarles el color del semáforo y dónde se han situado los pasos de peatones, que consideran que están ahí, puestos para los otros, los demás, el vulgo.

O esos conductores que paran dónde les place. No conocen el significado de las rayas amarillas (continuas, quebradas o en entramado). Esos que giran sin poner el intermitente, invento que sólo emplean para incorporarse a la autovía y hacerte cambiar de carril, pase lo que pase, venga quien venga.

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No hay mayor justicia poética ciudadana que ver una grúa llevarse un coche con las luces de “warning” puestas, asumiendo que, al activarlas, su conductor creía que había adquirido inmunidad para su vehículo y que la indicación de “no estacionar” ya no le afectaba.

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Esa idea tan patria y extendida de protestar e indignarse, de dar “like” — pidiendo un botón de “dislike”—, de firmar manifiestos, peticiones por internet, apuntarse a causas solidarias, de quejarse del Gobierno, de los Bancos o de las Grandes Corporaciones, pero no haber rellenado un impreso con una queja en la vida (firmar en los libros de cortesía que ponen en algunos restaurantes no cuenta como reclamación, por más que lo hayas hecho estando beodo y hayas dejado una nota ingeniosa en la que pedías más chupitos por la cara, para la próxima vez).

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Cada vez que alguien se salta las normas a la torera, justifica un mayor desequilibrio y provoca un exceso de regulación.

El responsable de que nos crujan a normas es un sistema abusivo.

Pero también tú, cabrón, que cruzas por dónde te da la gana, que cambias de carril sin usar el intermitente, que no respetas un ceda al paso, que te quejas sin hacer nada, que te saltas las normas (todas), porque piensas que no están hechas para ti.

La próxima vez que vea una grúa llevando un coche con las luces de “warning” puestas, me acordaré de ti. A ver si escarmientas de una vez. Habrá funcionado, contigo, el afán disuasorio.

martes, 5 de noviembre de 2013

Una de alcantarillas

— Policía Local, dígame.
— Hola, buenos días. Soy Oscar Cuervo, del restaurante Casa Lito, en la calle Altamirano. Quería informar de lo que me ha sucedido hoy.
— Dígame.
— Venía de hacer unas gestiones y, en la misma calle Altamirano, un poco más abajo del restaurante, casi llegando a la plaza de Riego, he tropezado con una alcantarilla.
— ¿Y eso?
— Parece ser que han estado unos días trabajando en el jardín de enfrente. De hecho no han dejado de pasar camiones. Ya llamé el otro día para ponerlo en conocimiento de ustedes.
— Sí, lo recuerdo.
— El caso es que ahora, han debido sacar la tapa de la alcantarilla y, al recolocarla, no sé si me entiende, la han puesto del revés y sobresale un reborde —que supongo yo que servirá para impedir que se mueva, cuando está bien colocada— y he tropezado con ella.
— Y se ha hecho daño.
— No. Afortunadamente, no. Me he trastabillado, al tropezar, pero he tenido suerte y no me he caído, ya sabe cómo le digo.
— Gracias a Dios.
— Sí, pero me he llevado un buen susto. Estoy con una racha tremenda y, cuando me pasan estas cosas, me dan palpitaciones. Fíjese lo que le voy a decir que el médico me manda tomar ...
— Sí, pero, ¿para qué llamaba?
— Ya se lo he dicho, que han colocado mal la tapa de una alcantarilla, la han puesto del revés y tiene un reborde que sobresale y ...
— Usted se ha tropezado.
— Sí.
— Pero no le ha pasado nada.
— No.
— Pues asunto resuelto.
— ¿Pero cómo va a estar el asunto resuelto? No le digo que la tapa de alcantarilla está al revés y cualquiera puede tropezarse y ...
— Sí, pero a usted no le ha pasado nada.
— Ya, pero cualquier otro puede tropezar y ocurrir una desgracia, ¿sabe lo que le digo?
— Sí. Está bien. Debería llamar a la empresa que haya puesto la alcantarilla.
— ¡No me faltaría más! Mire, yo tengo un negocio que atender. Están a punto de llegar los clientes que vienen, a esta hora, a la tertulia y no puedo perder toda la mañana con este asunto. Creo que ya he cumplido con mi deber de ciudadano, poniéndolo en conocimiento de la Policía Local y, es mi opinión, deben ser ustedes los que se encarguen de resolver el asunto. Yo ya he cumplido, avisando y no tengo ganas de ...
— Está bien, dígame el nombre de la empresa responsable de la alcantarilla.
— ¿Y cómo quiere que haga eso?
— Pues mirando en la tapa y viendo qué pone, es sencillo.
— Yo creo que usted no me está escuchando. He empezado diciendo que la tapa estaba del revés y, por esa razón y no otra, el cartel que identifica a la empresa está para dentro y, claro, soy incapaz de levantar la tapa y mirar lo que pone, no sé si me entiende.
— Está bien. Mandamos a alguien a mirar.
— Gracias. Buenos días.

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Hace mucho tiempo.

Ahora, en Oviedo, esta ciudad que emprende y se rejuvenece, atenta a las posibilidades de una completa renovación, se ha desarrollado un nuevo sistema para quitar tapas de alcantarilla, consistente en utilizar el martillo neumático (y una pala).


"Mineros urbanos" Foto: Prado

Con todo mi cariño para Oscar y Maite

lunes, 4 de noviembre de 2013

Charlie, mi hijo

Tener un hijo artista conlleva continuas sorpresas. Las ocurrencias de cualquier niño de siete años, multiplicadas por su desbordante imaginación, dejan a un padre estupefacto.

Recuerdo su nueva lectura de una frase clásica y cómo, en Portugal, decidió que quería que le llamáramos Charlie, mientras no dejaba de hacernos reír.

"Charlie, disparando ideas al mundo"

Eligió un buen nombre. Muchos otros utilizaron el mismo.

Charlie Parker, un saxofonista, inspiraría la película Bird, dirigida por Clint Eastwood.

Charlie Reid, uno de los hermanos gemelos que forman The Proclaimers, y que triunfaron con I’m gonna be (500 miles).


En el vídeo de la canción, que cuenta con imágenes de la película “Benny & Joon”, Johnny Depp encuentra múltiples usos, para un sombrero, con los que sorprender a Mary Stuart Masterson.

Cuando Charlie necesitó uno, encontró la forma de agenciárselo.

"Pescar un sombrero"

Johnny también hacía bailar unos panecillos, inspirándose en Charlot, en La quimera del oro.

Otro Charlie genial, Chaplin, en uno de sus momentos más lúcidos y emocionantes, en El gran dictador.


Charlie Sheen, actor, hijo de Martin, hermano de Emilio Estevez; hizo de si mismo en Dos hombres y medio.



Charlie Watts, batería en The Rolling Stones: Charlie Baquetas

Dio nombre a una canción de The Coasters, Charlie Brown, en la que en un momento se preguntan “Why everybody always pickin’ on me?” (¿Por qué todo el mundo está siempre metiéndose conmigo?)

A pesar de que podría parecer el leitmotiv de las andanzas de Charlie Brown, protagonista de Peanuts, la tira cómica creada por Charles M. Schulz, no existe relación entre ambos, te lo juro por Snoopy.

Pese a que sí inspiró una canción de Coldplay: Charlie Brown

El cantante británico Charlie Brown: She makes me se mantiene al margen (aunque recupera influencias).

Una canción de Red Hot Chili Peppers: Charlie.


Charlie Chan, un detective clásico: Eran trece.

Charlie Rivel, payaso, silla y guitarra.

Charlie Townsend contrató a un trío estupendo, Kate Jackson, (Sabrina Duncan) Farrah Fawcett–Majors, (Jill Monroe) y Jaclyn Smith (Kelly Garrett) para que resolvieran sus casos y se convirtieran en Los ángeles de Charlie.

Y, finalmente, Charlie Bucket estuvo en una fábrica de chocolate, imaginada y descrita por Road Dahl, visitando a su propietario, Willie Wonka (otra vez Depp).

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"Charlie bailando"

Afortunadamente, su padre vio la película de Billy Elliot y le dejó bailar.


Todo lo explican aquí.

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Le gusta improvisar y disfrazarse. Cualquier cosa le sirve para ello.

"¿Estaré fashion?"

Un artista no limita su radio de acción. Este fin de semana me hablaba de su idea para un libro.

“Un libro sin final, que no deja de empezar”.

Naturalmente, recordé a Bastian Baltasar Bux, un niño con problemas de socialización, que se guarecía en un trastero y que, con ayuda de un libro escrito en dos tintas (verde y roja), descubría el Reino de Fantasía y las aventuras que corría Atreyu, su alter ego. El libro de Michael Ende, que espero que Charlie lea pronto.



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La última supuso una ducha fría, escuchando el mensaje que dejó al administrador de la comunidad de propietarios.


Gracias a Elisa Novo y a Ricardo Villegas, proveedores de ideas y entusiasmo.

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Su participación en un taller, en EME, Espacio de Mediación y Educación, le permitió debutar como presentador de TV, el 17 de noviembre de 2014.



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Anunciando los "Desayunos del Paraíso".