viernes, 30 de mayo de 2014

Mente positiva

Os presento a mi amigo.
Se llama Max.
Impecable presencia.
Aire resuelto.
Discreta elegancia.
Gesto firme y una leve altanería.
Sonrisa franca y animosa.
Decisión para cortar por lo sano.
Sin ataduras.

No parece conocer problemas.

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Aunque eso es ahora mismo.

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Hace sólo un ratito…





Una calle flanqueada por casas idénticas, diferenciadas exclusivamente por el atrevido color con que algunas de sus fachadas han sido decoradas, es atravesada fugazmente por un coche translúcido.

  
En este escenario se desarrollarán los vertiginosos próximos 20 segundos.



En una de las casas, la pintada de color pardo para ser preciso, asoma a la puerta un títere: se muestra osado atreviéndose a llevar una chaqueta magenta dos tallas más pequeñas de lo aconsejable, acompañada por un cuello almidonado que acentúa su porte, claramente abatido, con los pies apuntando hacia dentro y los hombros caídos, pese a las cuatro cuerdas que se aprecian pero no evitan la acción gravitatoria ejercida sobre quien aparenta ser más ligero que una pluma (rematado con un cabello rubicundo).


Repentinamente, toma conciencia de su situación, percatándose de que actúa como una marioneta, manipulado por alguien ajeno a él mismo, situado por encima suyo (conforme a la taxonomía establecida por Mané Bernardo y Sarah Bianchi). Una situación que le incomoda y que provoca que adquiera consciencia de que “hoy es un buen día para volver a ser tú mismo”.


Como si se tratara de un prestidigitador, no se sabe de dónde, aparecen unas tijeras en su mano izquierda, que emplea para cortar lazos con el titiritero que le maneja, desaprovechando la oportunidad de mutilar las cortinas de crochet que decoran puerta y ventanas (acto que tonificaría el aire mustio que su cara transmite).


Al instante, se le ilumina el semblante, literalmente. En realidad, se trata de un efecto óptico externo a él. No importa: Max se yergue, los párpados dejan de mostrarse entornados y su rostro adquiere el aspecto que se identifica con el emoticono del cierra paréntesis.


Ese insignificante gesto (cortar con lo establecido) le permite armarse del valor suficiente para aventurarse por la balaustrada de la escalera, sin preocuparse ni de cerrar la puerta (se cierra sola). La felicidad le embarga (mucho más llevadero que si lo hiciera el fisco).


Fffiiiiiiiiiiiiiuuuuuuussssssshhhhhhhhhhhhhhh. Un deslizamiento y…


…se encuentra en condiciones de emular a Gene Kelly.


Nada le importa: puede jugarse el físico, ofreciendo golosinas con forma de corazón, mostrando su falta de juicio y su despreocupación porque la madre del infante le vaya a considerar peligroso, imaginando que pudiera tratarse del tipo de las chuches.


Hay en el gesto, de facto, un leve alzamiento de cejas y un mohín que sugiere las oscuras intenciones del mozo, en particular su necesidad de aprobación y, muy en concreto, de complacencia. La perspectiva óptica ojo de buey favorece esta visión intrusiva, desde luego. Y es, también, una muestra de su insensatez alimentaria, dándole piruletas a un bebé.


¡Qué más da! El pipiolo es feliz. Puede seguir con su trote matinal, dar palmas y sentirse extasiado por haber vuelto a ser él mismo. De forma natural.


En la imagen superior se resumen todas las claves del anuncio. Esteve, el laboratorio que comercializa Tritptomax, utiliza mensajes encriptados para transmitir la idea de que se trata de un remedio espontáneo.
Con ingredientes* de ORIGEN NATURAL
*El triptófano y el magnesio son ingredientes de origen natural.
Estos argumentos circulares, explicaciones que no explican nada, meras tautologías, sirven para provocar un efecto tranquilizador, esencial en un producto destinado a un público proclive a caer fácilmente en el desánimo que desencadenan las preocupaciones. Así que, tratándose de un Complemento alimenticio, que favorece el desarrollo de una Mente Positiva, nada puede haber mejor que se trate de un producto con ingredientes de origen natural.


Para rematar la faena se recurre a la falacia cientifista, mostrando la imagen de un cerebro irradiante, en el que emergen como setas una sucesión de puntitos que se intuyen como episodios de dicha suprema.
Se subraya el efecto de uno de los componentes (El magnesio contribuye a una función psicológica normal). Eso garantiza tranquilidad de forma inminente.


Los problemas de Max se han evaporado. Mente positiva.

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Max supone un resumen del estado actual de la cuestión acerca del mundo, las relaciones personales y los estados de ánimo. Esboza un fiel dibujo (animado).

Una sociedad compleja, vertiginosa, fragmentada, desatenta, hiperactiva, bipolar y cambiante —una verdadera locura— acepta colectivamente una posición pasiva para la solución de los propios problemas que debe afrontar. Resulta mucho más sencillo buscar intermediarios que ponerse a la tarea.

Y, hartos de leer libros de autoayuda, Max considera más apropiado leer prospectos.

Una pequeña ayuda.

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La publicidad esquiva la realidad de los productos que trata de vender, haciéndolos atractivos para su público potencial, sin tener demasiados escrúpulos a la hora de presentarlos de una forma favorable a los intereses de quien intenta comercializarlos.
Es evidente.
Tratar de arrojar un poco de luz, puede resultar conveniente.

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Lo primero es buscar una descripción alternativa a la propuesta en el spot y en la página en la que te animan a triptonizarte (actualizando el consejo final del Super Ratón).

Sería absurdo que su slogan fuera tan diáfano como el que me sugiere Max:

Comprimidos para deprimidos

Pese a que sea de eso de lo que se trata: unas pastillas que te dopan y que hacen que veas las cosas de color de rosa.

Se empeñan en explicar que no consiste en un fármaco, ni un medicamento y que es, simplemente, un producto natural.
Intentan convencernos de que se trata de un complemento alimenticio.

Nada de eso tiene sentido: se comercializa en farmacias, para su administración se deben seguir las indicaciones de médico y farmacéutico y, por más que busque, no puedo imaginar un bosque en el que encontrara a discreción arbustos cuyos frutos violáceos estuvieran compuestas de triptófano, el aminoácido favorito del Dr. Gaona.


Este sujeto barbado no es un tipo cualquiera. Miembro del Grupo de Expertos del Triptófano de ESTEVE (que puede incluir entre 1 y n+1 sujetos, siendo n un número variable e indeterminado), realiza sus comprobaciones desde su despacho en NY. Allí, alterna miradas al microscopio, con ojeadas por su visor de aumentos, pudiendo vigilar de reojo la silueta de la Estatua de la Libertad que se aprecia de fondo.

En su blog, el Dr. Gaona, José Miguel para los amigos, da respuestas diversas:


Mira que es majo.


Y modesto.

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Dejamos al Dr. Gaona tratando de adivinar si Woody Allen vuelve a estar dentro de una mujer y nos acercamos al blog del triptófano (existen blogs para todas las necesidades).


Susi no nota mejoría, pero demuestra una fe y una voluntad increíble.


Lulu plantea preguntas demasiado complejas. Quizá vaya siendo hora de cerrar el blog.

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Y este artículo, que se está eternizando.

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Antes de acabar, debo mostrar mi deuda con Bernardo Dual, mi amigo compostelano, que me mostró el camino para identificar la canción, lo mejor de todo este manejo. Una composición del tándem formado por Joel Evans (música) y Adryan Russ (letras), incluida en su disco de 2011 Changing my tune, una verdadera delicia jazz. Para la canción que aparece en el spot, “There’s never been a day like this”, contaron con The Marquee All Stars Band y la voz solista de Dante Marchi.

Nunca ha habido un día como éste.

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En todo caso, admitiendo la conveniencia de tratar de afrontar, con buen talante, los reveses que la vida nos presenta, empecinarse en mostrar una sonrisa bobalicona, artificial, tratando de mostrarse siempre positivo, encierra una trampa peligrosa que Barbara Ehrenreich desmontó hábilmente en Sonríe o muere.

Quizá resulte más sencillo viéndose recriminado ad æternum por Louis van Gaal.


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Positivamente: nos estamos volviendo gilipollas.

jueves, 29 de mayo de 2014

lunes, 26 de mayo de 2014

MasterChef

En la película “Ratatouille”, Remy (el mejor chef de París, una rata nada común), le enseña a su alumno Linguini los secretos de la gastronomía: los ingredientes del guiso, con entidad propia, al integrarse en las proporciones adecuadas, conforman una sinfonía de sabores, aromas y esencias. El resultado obtenido propicia que la mezcla, cuando es armónica, ofrezca un conjunto que trasciende los ámbitos de las partes que lo forman y que los psicólogos de la Gestalt enunciaron como principio explicativo: “el todo es más que la suma de las partes”.

En una escena preciosa, se apreciaban visualmente las características del queso y las fresas (como colores y formas). Al mezclarse se convertían en una colosal cascada multicolor, como las que coronan los días grandes de las fiestas de cada uno de los pueblos y ciudades que conocemos, en las que nadie se fija en el cohete verde, sino que todos atendemos al efecto final conjunto. Un trabajo fantástico de Michel Gagne.

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El programa de TV que triunfa actualmente, MasterChef, depura el uso de esa técnica como parte esencial del oficio de alquimista que pretende mostrar. Su verdadero logro estriba en que capta la atención de chavalines que se niegan a colaborar en las tareas domésticas cotidianas —ayudando a cocinar, poner la mesa o fregar los cacharros—, al tiempo que repudian las figuras de autoridad que están en la base del título del programa que les fascina: maestros y jefes.

La imperiosa demanda ha provocado la eclosión de un spin-off especializado en su adoctrinamiento.


"Sólo pezqueñines, gracias"

Y así estarán predispuestos para entender la importancia de los sentimientos (los colores), enarbolando banderas colectivas en las que no importa demasiado si representan a partidos (de fútbol, o políticos), siempre que haya alguien que despierte su ilusión mediante el empleo del plural mayestático (sin concretar qué caracteriza a uno o a otro, a la izquierda o a la derecha, porque las pasiones no se explican, sino que se sienten).

Antonio Rico ya lo dejó claro:

“Mientras no se invente una televisión dotada de algún dispositivo que permita percibir sabores a los espectadores, “MasterChef” seguirá siendo un programa concurso en donde vemos a unos aspirantes llevar a cabo un laborioso trabajo, a un jurado que tiene acceso a él, lo percibe correctamente y lo juzga, sin que nosotros hayamos podido apreciar nada de lo que ahí se elaboró”. 

Si la gastronomía puede juzgarse sin necesidad de saborearla y si la política puede despreciarse sin necesidad de ser enunciada, quizá sólo tenga sentido el fútbol, que es capaz de ubicar las coordenadas exactas para celebrar un triunfo, por mucho que sus rituales coincidan en los mismos gestos, insistiendo en reunirse en torno a una fuente (vallada) para coronar con una bufanda, en verano, a dioses paganos, separados por escasos metros en la arteria principal de una ciudad que se desangra. Generador de los verdaderos héroes modernos, capaces de ser tratados con placenta de caballo (en lugar de emplear la de yegua, como haríamos tú y yo).

La culpa fue del MasterChef-Chef-Chef.

(Recetas a cualquier hora)

domingo, 18 de mayo de 2014

Tres años de Común Sin Sentido

Mucho tiempo transcurrido.

Un proyecto que se inició a modo de prueba, que se convirtió en una forma de obsesión y que hoy, tres años después, con más de 400 artículos escritos, presenta un futuro incierto.

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"En stand-by"

Es momento de confesiones.

Tratar de buscar explicaciones, mirando hacia atrás, supone convertir motivos en razones.

Los motivos son los argumentos que conducen a la acción; los que mueven a comportarse de una determinada manera; los motores de nuestros actos. Muchas veces son irracionales y se dejan guiar por impulsos. Son errantes y caprichosos.

Las razones son los argumentos que utilizamos para explicar por qué hicimos las cosas. Son re–construcciones, racionalizadas y no espontáneas, no siempre fieles, que tratan de hilvanar en un hilo lineal lo que, en realidad, pudo haber sido una forma de actuar inconexa y errática (e incluso errónea).

Juzgarse con excesiva benevolencia facilita la aparición de la necedad, un empeño falto de provecho para el que Baltasar Gracián nos prevenía en El arte de la prudencia:

“…todos los necios son audaces. Su misma estupidez, que les impide primero advertir los inconvenientes, después les quita el sentimiento de fracaso”.

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Así que, de forma imprudente, expongo las que hoy juzgo mis razones:

Un cáncer (en el que perdí un pulmón), un ictus como reacción a la quimioterapia (que mermó mis capacidades cognitivas, fulminando mi memoria a corto plazo y afectando áreas asociadas al lenguaje, lo que me impide hablar de seguido, sin trabucarme) me abocaban a tener próxima (y tentadora) la posibilidad de derrumbarme.

No soy dado a andar quejándome. Entiendo que todos andamos sobrados de preocupaciones. Las personas que te hacen partícipes de las suyas, sin quererlo, te trasladan una carga que puedes rechazar o que puede sumirte en una congoja que procede de tu incapacidad para hacer nada e intervenir de forma útil.

Uno debe poner mucho de su parte para afrontar la carga que le haya correspondido. Acabo de terminar el libro de Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido. Una muestra de determinación y de un comportamiento verdaderamente ejemplar. Un estímulo. Una forma de entender que hay una manera apropiada de afrontar lo que corresponda.

En aquel momento, escribir un blog suponía cambiar el foco de atención, desplazarlo desde mi enfermedad y llevarlo hacia otros intereses, haciendo que, estando ocupado, dejara de preocuparme.

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Tuve la inmensa fortuna de contar con la mujer más entusiasta que haya conocido. Siempre estuvo a mi lado y, sin ella, no hubiera sido capaz de superar las dificultades que me he ido encontrando.

Mis hijos fueron la esperanza que tiraba de mí y que hacía que tuviera ganas de vivir, por descontado. Me obligaban a plantearme el futuro, de forma gozosa, buscando encontrar la forma de disfrutar junto a ellos y de seguir pudiendo mostrarme como un ejemplo que quisieran emular (y que les resultara de provecho para su vida futura).

Así que, acompañado por ella, inspirado por mis hijos, apoyado por mi familia y los profesionales médicos que cuidaron de mí, tuve la fortuna de encontrar un montón de gente buena, cariñosa, amable, agradecida, desprendida. Todos los que con sus gestos generosos, grandes o pequeños, hicieron que todo resultara más sencillo.

Cuando el blog cumplió un año, quise mostrar mi gratitud para todos. Hoy ese agradecimiento se ve renovado (y debería ampliarse a más personas que han pasado a formar parte de mi vida desde entonces).

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No sabría definir el blog. Sé que quise tratar de plasmar mis propias ideas, evitar ser predecible y establecer conexiones de formas no convencionales.

No sé si ha funcionado. Aunque creo que su nombre encierra las claves de mis pretensiones:

Común

Quise tratar aspectos cotidianos, cosas que contemplaba a mi alrededor, comportamientos propios y ajenos que suscitaran interés. En algunos casos, por lo novedoso; en otros, por lo sorpresivo; en la mayoría, tratando de encontrar explicación a la forma de actuar en asuntos ordinarios. Plantear preguntas, más que intentar establecer respuestas.

Sin

…ataduras para mí, ni obligaciones para quien se acercara a leer. Traté de forzar límites, de buscar nuevos formatos, de no mantenerme en un territorio que, por conocido, me resultara cómodo.

Sentido

Parecerá pretencioso: intentaba devolver (de una extraña manera, admito) la generosidad y el apoyo que recibí en mis momentos de debilidad.
Planteé preguntas, compartí inquietudes, busqué sonrisas.
No sé si supe lograrlo.

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Estoy orgulloso de tres artículos que hoy puedo releer sin ruborizarme.
Expresan lo que opinaba entonces, firmes convicciones que se mantienen vigentes.


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Mi dedicación se volvió obsesiva, convirtiéndose en un refugio en el que invertía tiempo y esfuerzos, cayendo atrapado en una rutina de la que me costaba salir.

Y me dejaba robar a mi mujer y a mis hijos, y a todos los que debería seguir sintiéndome vinculado, para enredarme de forma virtual en proyectos que, pese a ser vibrantes, me exigían más de lo que podía ofrecer.

No era consciente de que todos mis amigos (en Madrid, Bilbao, Barcelona, La Coruña, Albacete, Santiago de Compostela, Ciudad Real, Pamplona, Burgos, Valencia, León, y más sitios) estaban presentes, pero que mi realidad cercana era a la que debía prestar verdadera atención.

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¿Cómo darse cuenta de los errores que uno comete?
Nos acostumbramos a criticar al vecino; nos mostramos osados dando consejos a los demás; percibimos las malas intenciones en los actos ajenos, pero no somos capaces de vernos como vemos a los demás (y, menos aún, como los demás nos ven a nosotros).

Nadie reconoce en sí mismo a un miserable. Es fácil encontrar excusas.

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Me avergüenza reconocerlo; un programa que emite Divinity Channel me abrió los ojos: Consumidos por el caos.



Lo presenta Jill Pollack, una mujer que recuerda a Monica Lewinsky. Ejerce de terapeuta del hogar, incluyendo las relaciones entre los miembros de la familia y el entorno que comparten (porque el desorden y el caos están causados por otros problemas implícitos).

Vi que lo que resultaba evidente en otros, era patente en mi forma de actuar: más allá del apego a los objetos, resultaba deprimente comprobar que usaba la tecnología como forma de evadirme de lo que debía sentir más cercano.




Dejarme seducir, una vez más, por los matices de quien lleva más de 17 años compartiendo éxitos y fracasos, haciendo encantadora la compañía y la rutina.

Descubrir que tengo a tres hijos llenos de virtudes; que es agradable compartir tiempo con ellos; que saben enseñarme a jugar, porque desbordan imaginación, curiosidad e ingenio. Que la labor que iniciamos da frutos, porque tratamos de hacer con ellos lo mismo que hicieron con nosotros: “prepararles para lo imprevisible”.

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Cumplidos tres años de este blog, ya no volverá a ser el mismo.

Yo tampoco.

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Recuerdo las veces que me reí con ellos, los artículos que le dediqué a ella, los muchos que le leí a mi madre y que son su recuerdo más reciente. También los comentarios de los que, por cualquier conducto, me mostraron su gratitud por cualquier cosa que hubiera escrito.

Creo que quien haya llegado leyendo hasta aquí habrá imaginado que pensaba dejar de escribir. Es entendible. De hecho, fue mi propósito firmar hoy un epitafio. Pero, recapacitando, teniendo presente la lectura del maravilloso libro de Nuccio Ordine en el que reclama la necesidad de reivindicar la utilidad de lo inútil, captando la sutileza del título de Marino en el que anima a volver a la normalidad y comprendiendo que no puedo haber leído a Thoreau y permanecer parado, asumo que probablemente sea mejor no ceder del todo, sino, más bien, moderar mi dedicación y prestar atención a lo que verdaderamente importa.

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Supongo que, siendo así, podré cambiar el stand by, para pedir un poco de comprensión y de confianza

Ben E. KingStand by me

miércoles, 7 de mayo de 2014

Tableta

En los extremos de la curva de adelgazamiento, oscilando entre la flaqueza extrema y la obesidad mórbida, emerge más que surge, una tendencia al desorden en el culto al cuerpo, identificada en ellas, por defecto (anorexia), mientras padecen ellos las consecuencias del exceso (vigorexia).

Y se presta desmedida atención a una unidad de medida standard, en un desenfreno que entroniza a la tableta (de chocolate, como enemigo, para ellas), o como objetivo de todos los esfuerzos (la abdominal, el culmen, en ellos).



En el proceso, todos se mantienen informados, compartiendo logros y tentaciones de forma visual, en un dispositivo virtual que ha perdido peso adelgazando su “a” final.

(Atracción por excesos y defectos)