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lunes, 30 de mayo de 2016

Vintage Trouble — Nobody Told Me

Vintage Trouble — “Nobody Told Me”
The Bomb Shelter Sessions (2011)

La recuperación de referencias ha dejado de ser un problema.
Puede llegar a ser cool, siempre que huya de términos carcas (clásico, tradicional). Puede ser retro, revival o vintage.
Luego no digas que nadie te lo había dicho.

La banda californiana, Ty Taylor es su frontman, se dedica al soul.

viernes, 21 de marzo de 2014

Visibilidad

Forma evolucionada (y moderna) de afrontar determinados enfermedades, problemas, o síndromes (entendidos como un conjunto de síntomas).


"Lazos"

Es el quinto estadio de un proceso que, gradualmente, ha ido superando las siguientes etapas:

— Síntoma.
Te duele la cabeza. Tomas un analgésico.
Buscar la causa del dolor de cabeza. TAC, EEG, Radiografías.
— Trauma.
Un suceso del pasado puede haber provocado un choque emocional que perdura, grabado en el (sub/in)consciente.
Estoy enfermo. Debo aceptar mi condición, para sublimarla.
Me junto con otros que padecen la misma enfermedad que yo, nos vestimos de colorines (buscando uno que tenga el pantone® disponible) e involucramos a otros en la realización de actividades festivas.

(Vademécum)

Addenda:

No me gustan las etiquetas (por su componente peyorativo, más allá del descriptivo).
Un ciego NO soluciona sus problemas por permitirle un voto accesible.

*****

Conozco a una coleccionista de lazos, de diferentes Pantones; soy su mayor fan. Ruido rosa.

viernes, 13 de enero de 2012

Etiquetar

Una amiga mía tiene un hijo al que han diagnosticado que tiene autismo. Es una mujer ejemplar y llena de energía. Recuerdo su llamada inicial cuando, preocupados como estaban por la sospecha de que a su hijo se le etiquetara de tal forma, no sabía cómo afrontar esa situación y trataba de mover Roma con Santiago para averiguar qué hacer. Aprendió, —a la fuerza, a trabucazos, picoteando de aquí y de allí, avanzando un día mucho y retrocediendo luego un poco, dependiendo del día que tuviera su hijo (y ella) (y el padre) (y el tiempo que hiciera) (y todas esas cosas que nos condicionan a todos para sobrellevar la carga de cada día, de todos los días, de otro día más)— cómo afrontar la situación de su hijo. Supongo yo que el resumen debe ser parecido a esto: todos los hijos son especiales, “pero el mío es muy especial”.

Mi amiga tiene una energía que apabulla y todo ese caudal lo ha enfocado en una lucha para conseguir mejorar las circunstancias de su hijo, y el de otros niños como él. Junto a otros padres de Asturias, han creado una plataforma de trabajo conjunto, la “Plataforma padres de alumnos con TEA [Trastorno de Espectro Autista] de Asturias”. Conocedores de que el futuro de sus hijos, su grado de autonomía y su calidad de vida, dependerá de una atención educativa centrada en su persona, han puesto en marcha multitud de iniciativas, de diferente índole, intentando básicamente ayudarse a resolver los problemas, muchas veces compartidos, con una estrategia claramente colaborativa.

Uno de los principales problemas que rodea a las personas con autismo es que, socialmente, se sigue utilizando el término “autismo” aparejado a connotaciones negativas, porque se parte de mitos e informaciones falsas. Por ello, el Grupo Acciones contra los Mitos del Autismo, en el que la Plataforma se ha incluído, ha editado y distribuido un dossier titulado “Por un tratamiento digno del autismo, sin mitos ni usos peyorativos” con el que tratan de eliminar ese uso del término autista, especialmente en medios de información masivos en los que, determinados periodistas, y otros profesionales, emplean el término para calificar a políticos a los que consideran “alejados de la realidad”, “encerrados en su propio mundo”. Sin cuestionar la veracidad de tales afirmaciones, defienden que el uso de tales términos para asignarles, arbitrariamente, una carga despectiva, no hace más que dificultar la realidad de unos niños que, por ser como son, ya tienen más trabas para relacionarse con su entorno que la mayoría. Es una causa justa y, si alcanzan sus objetivos, la sociedad será más justa. Deseo profundamente que lo consigan.

Foto: Auntie P

En la profundidad de la preocupación de mi amiga y, desde luego, en la mía, se encuentra la ligereza con la que la gente etiqueta situaciones, de una forma rápida, excesivamente simple, sin interés ninguno en percibir los matices que, para los interesados, expresan las diferencias de cada caso concreto. Asignar etiquetas es muy sencillo y quedarse en la impresión pasajera que produce la presencia de una etiqueta poderosa resulta también cómodo. Pero, todos sabemos que, ni la vida es simple, ni las soluciones cómodas son las verdaderamente válidas. A la fuerza, aprendemos que las situaciones que nos encontramos son complejas y que, son tantos los factores que intervienen que, solucionarlo de un plumazo —con una etiqueta facilona— no sirve, a la larga, para nada. Quedarse en la superficie lo reservamos para los superficiales, sujetos inmaduros carentes del más mínimo interés.


Me estoy calentando y pondré un poco de música para aplacarme:


El efecto tranquilizador que siempre me produce escuchar a The Beatles y, la sensación térmica por contemplar las imágenes que recordaba de la nieve, han templado mi ánimo.


Veo ahora un vídeo sobre la inteligencia emocional.



Una experiencia que trata de implantar talleres pioneros para enseñar a los niños a tratar con sus emociones. Ya sé que es un resumen, una especie de presentación a vuelapluma, pero me quedo con el reduccionismo implícito en el ejercicio que muestra a un niño jugando con un corazón que está roto y la profesora le hace explicar cómo debería sentirse y qué hacer para que no se sienta así.


La gestión de las emociones debe ser algo más elaborado que el “tiritas pa’ este corazón partío” con el que empieza la canción.

La poesía de Alejandro Sanz está en sus preguntas “¿quién llenará de primaveras este enero?, ¿quién bajará la luna para que juguemos?”.

Su desarrollo emocional, en este aprendizaje maduro: “Dar solamente aquello que te sobra, nunca fue compartir, sino dar limosna, amor”.

La etiqueta dual que explica que, por un lado, las emociones están en el corazón y, por otro, los pensamientos en el cerebro creador, está tan arraigada que parece complicado luchar contra ella. Si encima añadimos el argumento falaz del recurso a la autoridad —Punset, claro—, todo se complica.

Contemplando el final del vídeo y la explicación del “Rincón de la paz” se confirma, tristemente, que enseñan exclusivamente a etiquetar las emociones de una forma realmente vaga, en lugar de a gestionarlas (hubiera sido más interesante intentar que las controlaran, y mejor, que las dirigieran). Más importante que saber si son tristes o alegres las emociones que nos abordan, las personas debemos aprender a convivir con ellas. No podemos luchar contra nuestra percepción personal del mundo y de las situaciones en que nos encontremos, tratando de eliminar las emociones “negativas”. La vida es un viaje continuo, en el que hay que superar los vaivenes que, continuamente, nos vamos encontrando. Y a los niños se les debe educar en el proceso de identificación y asimilación de las emociones, reorientándolas de forma útil para su persona y su entorno social.

Y, si el éxito de las estrategias para gestionar sus emociones, tiene que buscar un refrendo más allá de su vida personal, en el ámbito académico y, precisamente eso, las convierte en útiles y necesarias, aviados vamos. Los resultados en el colegio no pueden ser el principio y final por el que deba juzgarse al niño. Será un elemento importante, pero no exclusivo y, si hablamos de emociones, ni siquiera el más relevante.

Deberíamos buscar una sociedad que quisiera personas que supieran “sobreponerse” a sus reveses, que tengan afán de superación personal y sean capaces de desarrollar un entorno social constructivo, en el que las aportaciones de todos sean válidas para el establecimiento de relaciones sociales maduras, basadas en emociones reales. Que establecieran la colaboración y la aceptación como elementos imprescindibles de integración e inclusión. Que sé yo. Un mundo más justo y que merezca más la pena ser vivido. La herencia que queramos dejar a nuestros hijos.

En ese mundo ideal que a veces imagino, la Paz no tendría presencia restringida en un rincón; se eregiría orgullosa para presidir, de forma ineludible, nuestra convivencia.


Asignar etiquetas es demasiado peligroso. Las etiquetas suelen ser extremas, especialmente en lo que se refiere a los patrones de comportamiento: inquieto versus tranquilo, apacible versus peleón, simple versus complicado, listo versus tonto —veo una mano que se levanta y pregunta: ¿listo o tonto son patrones de comportamiento? Dejo a Forrest Gump que conteste—.

 

Y yo no voy a llevar la contraria a la mamá de Gump, Forrest Gump.


Cuando las personas carecen de herramientas para solucionar los problemas que encuentran, desarrollan lo que se llama la “Indefensión aprendida”, fenómeno descrito por Martin Seligman, que se muestra en el vídeo siguiente:

Las etiquetas reiteradas favorecen el desarrollo de respuestas no adaptativas, como la indefensión aprendida. El proceso de maduración debe guiarse de forma que el individuo no se encuentre en situaciones que no sepa resolver.

Hay un libro precioso de Daniel Pennac, Mal de escuela, dedicado a los malos alumnos; él lo era, pero, gracias a un profesor que conectó con él, consiguió llegar a ser capaz de entender de lo que se hablaba en clase. Él era, hasta ese momento, un tonto, un zoquete, pero a partir de entonces pudo participar en clase y seguir lo que pasaba a su alrededor. Terminaría convirtiéndose en un buen profesor (supongo) y un excelente escritor (lo afirmo). Recuerdo hoy una conversación que mantuve ayer con mi hijo mediano en la que le preguntaba, como hago muchas veces, como hacemos muchos padres, como cito textualmente del libro:




—¿Comprendes? ¿Comprendes al menos lo que te estoy explicando?

Y yo no comprendía. Aquella incapacidad para comprender se remontaba tan lejos en mi infancia que la familia había imaginado una leyenda para poner fecha a sus orígenes: mi aprendizaje del alfabeto. Siempre he oído decir que yo había necesitado todo un año para aprender la letra a. La letra a, en un año. El desierto de mi ignorancia comenzaba a partir de la infranqueable b.

—Que no cunda el pánico, dentro de veintiséis años dominará perfectamente el alfabeto.

Así ironizaba mi padre para disipar sus propios temores.

La conversación con mi hijo, no versaba sobre asuntos académicos. Era sobre sus emociones. Espero que la afirmación de que, —al final, después de un largo trayecto—, había terminado comprendiendo, sea cierta. Deseo que así lo sea. No quiero que se encuentre indefenso ante el manejo de sus propias emociones.


Las etiquetas no ayudan al etiquetado: te engloban en un todo mayor con el que, a pesar de que no encuentres el parecido, te asignan como idéntico a todos y cada uno de los pertenecientes al grupo.

Etiquetar destruye la individualidad. No ayuda a las personas que son, de esa manera, descritas y despachadas, de un golpe.


Identificar a políticos como “autistas” por no escuchar la voz de la calle, es tan perjudicial como decir que, por no cumplir con su cometido, se han convertido, como colectivo, en el “cáncer” de la sociedad.

Las etiquetas son denigrantes. Evítalas y ayuda a que los demás las eviten.


Leo La Nueva España de hoy (12 de enero de 2012) y veo que coinciden dos noticias en portada:


Rural deja de ser tosco. La Real Academia acepta las peticiones de Cudillero de suprimir las acepciones peyorativas del término.

La Asturias rural, tan vacía como Malí o Níger. El despoblamiento del campo deja zonas con apenas 3 o 4 habitantes por kilómetro cuadrado.

Me sorprendió la coincidencia. Debe hacer muchos años que el periódico enseña de los asturianos —el que más vende— no centra su atención, por partida doble, en el mundo del campo. Es verdad que el campo asturiano se está despoblando, pero, vistos como nos ven desde fuera, se nos sigue tomando por una sucesión de verdes campiñas. El interés del Principado de Asturias en promocionar la etiqueta de Paraíso Natural, los anuncios de la fabada etiquetada como auténtica y el eterno dilema del aislamiento sirve para promover un Turismo Rural no siempre bien entendido. Eso también provoca que los asturianos sigamos siendo, para algunos, gente de pueblo, esos sitios tan bonitos donde la gente es estupenda y se duerme fenomenal.

Promo de tve internacional América


Fabada litoral

Alta Velocidad León Asturias


Pero, dejo una pregunta en el aire para quien haya aprobado los titulares del día del periódico: ¿no cayó en la cuenta que se apreciaba en el “Malí o Níger” el mismo tono peyorativo que Cudillero había conseguido eliminar para “rural”? —ya sé, no me digan que no puso “africano”, que es una simple especulación mía; etiquétenme de lo que quieran—.


No salgo del periódico estrella del terruño: lne, de nuevo, publicaba hace dos días:



El éxito en el inicio de las rebajas devuelve el optimismo a los comerciantes. El mejor inicio de la temporada de las rebajas de los últimos años ha devuelto el optimismo a los comerciantes asturianos que esperan facturar 25 millones de euros en dos meses. “El cliente ha perdido el miedo a comprar”, consideran.

Vale. Pongo un cartel en la puerta en el que digo que reconozco que mi política de precios hasta ese momento ha sido equivocada y, vendiendo con retraso los productos, con menos margen comercial y haciendo la cuenta de le lechera y confundiendo la recaudación con el beneficio, llego a la conclusión de que el comportamiento de los clientes, todo eso en un solo día, ha superado el miedo al consumo que los atenazaba. Ello además en el mismo día en que, lne ¿quién si no? titula, también en portada:

Los sueldos descenderán desde el próximo mes por la subida del IRPF

Pero los comerciantes, gallos que son, anuncian ya la desaparición del miedo a comprar. Y eso con un único gesto: colocar un cartel en el escaparate —o empapelarlo, depende de la contención del titular— que etiquete a los artículos como “rebajados”. Etiqueta, que algo queda. Eso sí, exija su ticket.

Viajo en el tiempo y llego a 1986. Mira qué pieza:



Puedo afirmar que lo que contaré a continuación es absolutamente cierto: quien me lleva los papeles tuvo que ir a pedir un ejemplar del nuevo Libro de Visita, cuando los habían cambiado por, hasta entonces, última vez. A pesar de que podía adquirirlos en cualquier papelería, decidió ir a Hacienda, aprovechando que tenía otros asuntos que resolver. Pagó en ventanilla y solicitó que se le emitiese factura, para poder desgravar y esas cosas que se suelen hacer con los gastos. El funcionario le preguntó:

—La factura, ¿la quiere con IVA?


Como psicólogo me preocupan las etiquetas. Ése era un debate recurrente en los ratos de pitillos en los pasillos. Se sucedían entre clase y clase, porque nuestros profesores —y sus diferentes orientaciones pedagógicas— nos llevaban a ellos. Una Universidad en la que los estudiantes no debatan en los pasillos sobre el modo en que aplicarán los conocimientos aprendidos cuando sean profesionales, carecerá de sentido. No sé si está contemplado en el plan Bolonia.

En cualquier caso, concluíamos entonces que las etiquetas son perjudiciales.

Seguir el modelo médico al que Bolonia parece que nos conduce como especialidad, encierra un problema terminológico. Si tratamos de evitar el uso de las etiquetas y, tal como los médicos afirman que “no hay enfermedades, sino enfermos”, los psicólogos nos veremos obligados a sostener que “no hay trastornos, sino trastornados”. A mí, ciertamente, no me gusta nada. Llámenme lo que quieran, etiquétenme cómo les parezca, pero contemplar un mundo rodeado de trastornados, francamente, me asusta.


Vivimos inmersos en un mundo con exceso de información. Tratar de simplificar las cosas asignando etiquetas es, simplemente, una simpleza.






Para quien quiera etiquetarme, propongo embarullador, el que embarulla.

Embarullar: “Confundir o mezclar desordenadamente [varias cosas o unas con otras]”.

Justo el día siguiente a firmar un artículo titulado Desorden. Admito, por descontado, que pueda estar confundido. Ya me he percatado que he confundido “ticket” y “label”. Y mis opiniones son siempre personales y, en muchos casos, probablemente erróneas. Pero, mientras siga haciendo el blog que quiero hacer, seguiré mezclando las cosas, unas con otras. Es la parte que más me interesa.


Gracias a Carmen, impulsora, por su imparable entusiasmo, de este artículo.
Estoy también en deuda con Joma, proveedor de ideas y recursos.

Post-scriptum:

Me envía mi amiga un comentario y un enlace a un vídeo, que adjunto:



Dice que ahora soy una pieza más del puzzle que, entre todos, están construyendo. Y sólo con eso, me han devuelto, entre todos, más de lo poco que yo pude haberles ofrecido. Su generosidad es enorme.

De corazón, gracias por entender así vuestra lucha.
 

sábado, 3 de septiembre de 2011

Los hábiles 10

Tres elementos se combinan, no aleatoriamente, y actúan como impulsores en la búsqueda de una etiqueta que defina y categorice la “nueva” sociedad en que nos encontramos.

Foto: Thomas Hawk
El primero de ellos es el cambio de milenio, que dejó huérfanos a los primeros diez años (serán recordados como los del nuevo milenio). El cambio de década urge a resolver el problema de forma apremiante.

El segundo elemento es el desarrollo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, las famosas Tic’s que no implican necesariamente conductas compulsivas y el establecimiento de rituales en la mayoría de los ciudadanos (que también), sino que hemos asistido a un proceso de extensión y normalización en el acceso a la información, así como a la democratización (generalización) de las comunicaciones. La revolución alcanza a la forma de comunicarse, al acceso a la información y, también, a la transformación de las costumbres cotidianas, sustancialmente al aprovechamiento del tiempo de ocio.

Finalmente, el tercer elemento que subyace en el cambio producido en esta nueva sociedad es la globalización. Sin pretender cuestionar, ahora, los efectos derivados del proceso, apuntamos dos características clave en la sociedad de los años 10: la uniformidad y la simultaneidad. Los cambios se producen a nivel global de maneras sustancialmente similares y de forma sincrónica (o sincronizada, según los casos).

Así que, estos tres elementos transformadores (nueva década, TIC’s, globalización) reclaman una etiqueta que identifique, no sólo el momento temporal en que nos encontramos, sino que clasifique la nueva sociedad que hemos construido.

Superado ya el ímpetu inicial que recibió –con el cambio de milenio- la divisa “sociedad de la información”, se ha venido consolidando la más novedosa “sociedad del conocimiento”. Subliminalmente percibe uno el cambio subyacente que pretendidamente encierra. Frente a la mera disponibilidad de la información, se destaca, se subraya, se enfatiza, la capacidad de gestionar la que se encuentra disponible. Se nos pretende hacer creer que ésta es una sociedad más sabia, más madura, más rica (en matices), porque hemos avanzado en nuestra capacidad colectiva de manejar nuestro acervo cultural y social.

*****

Las etiquetas no son casuales: las usadas y divulgadas mediante los medios de comunicación utilizados “masivamente” no se imponen de forma arbitraria. Como todas las tendencias, van cambiando y alterando su forma para adaptarse al propósito para el que son concebidas. Cuando escucho repetidamente algunos términos y percibo que terminan aceptándose (“hoja de ruta”, “diferentes escenarios”, “revolución digital”), sé que constituye una imposición que penetra en las conciencias individuales a través de los medios de comunicación y la mal llamada opinión pública, para convertirse en un “fenómeno mediático”. Es lo que está ocurriendo con la “sociedad del conocimiento”.

  1. Dudo que sea cierto. La utilización de las TIC’s está transformando nuestra sociedad (fundamentalmente a los más jóvenes), encaminándolos hacia la superficialidad. La difícil situación del mercado laboral y la deficiente calidad del sistema de formación reglada no hacen más que estimular un proceso en el que se potencia el desarrollo de jóvenes de escasa preparación y baja empleabilidad. Ciertamente son mucho más inespecíficos y tienen nociones elementales en un rango de campos de mayor amplitud que cualquier generación precedente. Este panorama conducirá irremediablemente a una sociedad del entendimiento, más que a una del conocimiento.

  1. Afirmo que es inútil. El empuje social debería conducirnos en otra dirección. El camino que nos quieren convencer que hemos iniciado y que supuestamente nos guía hacia la consecución de la sabiduría, no lleva a ningún sitio. Es evidente que saber es bueno (y hay quien incluso afirma ingenuamente que no ocupa lugar; le invito a que visite cualquier biblioteca), pero el éxito personal en la búsqueda de la felicidad está reservado exclusivamente para los más hábiles, no para los más sabios. Este énfasis absurdo, casi obsesivo, en el conocimiento, en la sabiduría, presenta como prototipo ejemplar a Yoda, ese simpático ermitaño que seducía al aprendiz Skywalker con su orientalismo, su conexión energética universal y su poderío emanado de controlar la fuerza. En su voluntario retiro era capaz de comprehender todo lo que ocurría en la galaxia. Sí, reconozco que mola mucho, pero las cosas no empezaron a cambiar hasta que abandonaba su aislamiento para tutelar a Luke en un viaje iniciático en el que le enseñaba a repartir bofetadas (en la sofisticada versión intergaláctica de la espada láser). Su mesianismo, su indiscutido liderazgo provenía, no de su capacidad contemplativa, no de su desarrollo interior, no de su comunión con la naturaleza, no de su fuerza mental, sino que se encontraba en su capacidad para hacer cosas: en sus habilidades. Los hechos son, ciertamente, más importantes que las palabras.

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Estamos inmersos en un viaje que no tiene fin (eso esperamos). El colectivo que forma la especie humana está en continua evolución. Nuestra sociedad está regida por unas leyes y unos valores que nosotros mismos nos otorgamos. Corresponde a un acuerdo social, del que todos formamos parte, y en el que todos intervenimos.

No es una entelequia. No es una construcción abstracta que se forma en las mentes de algunos elegidos. Es el resultado de la intervención y la participación de todos y, sólo la capacidad de influencia de cada uno determina nuestra relevancia individual a la hora de proceder a su construcción.

Así que, desde el ámbito de influencia que personalmente pueda llegar a tener, reclamo un cambio de orientación en la percepción de las características definitorias de la sociedad que estamos construyendo. No debemos anhelar una sociedad de sabios, debemos buscar afanosamente una sociedad de hábiles: personas que sean capaces de hacer cosas, que sean reconocidas por sus logros, por sus resultados. Una sociedad que valore el talento de sus miembros atendiendo a lo que hacen, en lugar de centrarse en lo que conocen. Una sociedad, en definitiva que prime la interacción social y no el aislacionismo intelectual.

En esa “sociedad de los hábiles” todos tendremos cabida y todas las aportaciones serán bienvenidas. Si empezamos ahora a resaltar la importancia de las habilidades sociales, teniendo toda la década por delante, estos años se recordarán como los hábiles años 10. Y tú podrás afirmar con orgullo dónde lo leíste por primera vez.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...