Repentinamente te percatas que has superado la cuarentena.
Me
he convertido en “uno de cincuenta”, la categoría que incluye a hombres (“uno”)
maduros (“de 50”). Nada hace
suponer que por ello deba ser más sabio, interesante o responsable.
Al
fin y al cabo, es sólo un día más y el cambio es casi imperceptible.
Pese
a que resulte inevitable dar mayor relevancia a ciertos pequeños detalles que llenan de gozo la vida.
Disfrutar
de un café, a media mañana, por el mero placer de pararte y pensar.
Encontrarte
a un amigo y charlar un rato.
Alguien se acuerda de un momento en el que, por lo que sea, te guarda en su
memoria y quiere compartirlo.
Una
canción o una lectura, recomendadas, que dejas que te atrapen y te
seduzcan.
Una
foto olvidada que aparece en el fondo de un cajón, escondida entre las hojas de
un libro, como un calcetín desemparejado.
El
tipo de cosas que un día como hoy me encantará recibir. Y que agradeceré.
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Esta
semana he visto dos películas que debería haber visto hace treinta años.
Una,
“Koyaanisqatsi”,
dirigida por Godfrey Reggio en 1982,
acompañada por música de Philip Glass,
que se convertiría pasado el tiempo en la primera parte de una trilogía. El
tipo de cine que mis amigos no me querían acompañar a ver.
La
otra, “Karate Kid”, con Pat Morita y Ralph Macchio, de 1984. No sé cómo lo conseguí pero hasta hace dos
días había sido capaz de evitarla.
Sorprende
sobremanera la transformación en los gustos musicales y estéticos, al igual que
cierto costumbrismo rancio que me niego a detallar, pero me aturde ver que he
caído sin remedio en la trampa simplista de hablar a mis hijos comiéndome los
artículos y moviendo dextrógiramente mi mano derecha, mientras la izquierda lo
hace de forma levógira, repitiendo (y resultando cansino):