Tratamos
de protegernos y creemos que podemos evitarnos las complicaciones, como si
éstas surgieran a voluntad (y desaparecieran por arte de magia), sin
entender que las personas somos complicadas porque la vida lo es.
Suceden
cosas que nos dejan huella, por mucho que tratemos de guardarlas en un cajón y
hagamos como que no nos afectan.
Hay
personas complicadas (que viven y disfrutan y sufren y hacen lo que está en su
mano para llevar como pueden aquello que la vida les ofrece, impredecible e
irracional; el ingrediente de toda existencia) y personas complejas (que
irradian dificultades y que dejan a su paso una sensación de desasosiego
apoyada en su propio egoísmo).
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En
ocasiones, algunos se comprometen y se empeñan en compartir las cosas que les
vayan a ocurrir, las buenas y las malas, las predecibles y las impredecibles,
las racionales y las irracionales. Se complican en una vida común que les
convierte en cómplices.
Con
todos los vaivenes, ellos son los afortunados.
Su
vida será fructífera y, quizá, en ocasiones, llena de la felicidad verdadera de
las cosas que se consiguen con tiempo y esfuerzo.
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Judd Altman (Jason
Bateman) está casado, tiene un trabajo que le satisface y su vida tiene una
apariencia feliz. El descubrimiento de la infidelidad de su esposa coincide con
la noticia de la muerte de su padre. Debe volver a casa con sus hermanos y su
madre, Hillary (Jane Fonda). Allí coincide con una antigua amiga, Penny Moore (Rose Byrne). Su hermana Wendy
(Tina Fey) le ayuda a superar el
trago.
Es
el argumento de la película dirigida por Shawn
Levy, “Ahí os quedáis” (“This
is where I leave you”), que ayer vi y
disfruté en buena compañía.