Toda la vida me ha costado distinguir entre un bar y una cafetería. Hay muchas formas para denominarlos: tasca, mesón, taberna, sidrería, cantina, ambigú, bistrot, pub, restorán, cervecería, vinatería, vinoteca, brasserie, horchatería, choco, bodegón, fonda, figón y alguno más que seguro que se me escapa.
En lo fundamental coinciden en que son lugares de encuentro en los que tomar una colación breve y, durante un tiempo, establecí como rasgo distintivo que al bar iban los hombres y a las cafeterías las señoras. Por descontado, la distinción quedó tan antigua como suena hoy mismo, día internacional de la mujer, separar a los clientes —y a los establecimientos— atendiendo exclusivamente a su sexo.
Más tarde esbocé una teoría relacionada con el mobiliario: en el bar los clientes —de pie— se agolpan apoyados en una barra, mientras en las cafeterías se reparten de forma distribuida en torno a mesas. La observación de que la mayoría de locales —se llamen como se llamen— conjugan ambos espacios, me hizo abandonar esa elección.
Imaginé que podía estar relacionado con el tipo de bebidas que, por lo común, se despachaban en cada local: quedó restringido para los que, específicamente, así lo indican en su denominación (vinatería, cervecería, sidrería, licorería o tintorrería), porque las cafeterías exceden el ámbito que les es propio y, no sólo despachan todo tipo de cafés e infusiones, sino cualquier otro tipo de bebidas que se les solicite.
Tampoco servía el protagonismo del tipo de excitante que protagonizara el local —cafeína o alcohol—: de esa forma seguían siendo difícilmente distinguibles.
Hoy lo he visto. En mi paseo matinal he sido capaz de descubrir el matiz diferencial que distingue entre uno y otro; la raya que marca dónde se es bar y dónde se es cafetería.
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| Foto: cszar |
Cafetería: lo que hay detrás de la gente que está fumando.
Y, por el humo, siempre se sabe dónde está el bar.
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| Foto: LuRoGo |
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