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domingo, 23 de enero de 2022

El protagonismo

Publiqué este texto, por primera vez, el 18 de junio de 2011.
Creo que sigue manteniendo vigencia, más de diez años después.

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Foto: Luringa

¿Te gusta ser el protagonista?

Una pregunta, dos formas de entenderla. Voy a repetirla y voy a hacer énfasis en un momento determinado:

“Me gusta ser el protagonista”.

Normalmente, la mayoría de las personas muestran su desacuerdo ante esta afirmación. Suelen apreciar una connotación negativa: entienden que se les pregunta si quieren ser el centro de atención, si quieren eclipsar a los demás. Les parece que demostrar su acuerdo les convertiría en un ogro egocéntrico que sólo se presta atención a sí mismo, que desprecia a los demás y que quiere destacar a toda costa. Es, hoy en día, un valor claramente a la baja.

Por descontado, existen algunos excéntricos, gente llamativa, socorridos para entretener durante un rato a la concurrencia, pero —como los bufones de antaño o los mimos de hoy— tremendamente cansinos a largo plazo.

“No, por favor, lo que quiero es pasar desapercibido”.

*****

Voy a hacer otro énfasis diferente:

“Me gusta ser protagonista”.

Quien así entiende la pregunta, suele tener más fácil expresar su acuerdo con tal afirmación. Entienden que quieren participar activamente en el rumbo que llevan en su propia vida, que pueden tomar decisiones que determinen su situación personal y la de otros. Personas que consideran que quieren cambiar su mundo, su sociedad, desde el ámbito de influencia que cada uno pueda mostrar. Dar un paso para hacer que las cosas cambien, comprometerse con sus ideas, pensamientos o creencias. Reconocer que una experiencia es mucho más intensa, memorable y gratificante cuando uno ha formado parte de ella, cuando la ha protagonizado.

Uno de los principales males de la sociedad actual, absurdamente incubado hasta la médula, es la flojera (No solamente atrapa a los jóvenes, pero en ellos es especialmente activo). Consumidos por el pecado más peligroso de todos —la pereza— desarrollamos una serie de conductas: la apatía, la indefinición, el conformismo existencial. No destacar, mimetizarse con el entorno, pasar desapercibido. Rechazar el compromiso, eludir el protagonismo, la individualidad y la particularidad. Sólo queremos ir donde van todos.

Si todos renunciamos a protagonizar nuestras propias vidas, el escenario quedará vacío.

O lo que es peor: otros ocuparán nuestro lugar y decidirán por nosotros.
No renuncies a ser el protagonista de tu propia vida.

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viernes, 28 de junio de 2019

Yo compro en comercio local [Manifiesto]


Actualización (28/06/2019)
Escribí este artículo el 25 de abril de 2012, hace más de siete años.
Lo recupero porque (creo que) su espíritu sigue vigente.

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En el artículo hablo de 20 comercios. De ellos, hoy siguen funcionando 16. 2 han cambiado de dueño (y orientación). 2 han cerrado. Dudo que la muestra se ajuste a la realidad, porque veo cada vez más locales vacíos. El porcentaje probablemente esté segado por la elección de la muestra, que distaba mucho de ser aleatoria. Quizá la especialización haya sido la garante de su supervivencia.

El panorama ha cambiado: el número de reglamentos, legislaciones, trámites, impuestos no deja de crecer, en volumen y complejidad.

Uno tiene la sensación de que la Administración aplica criterios universales, con independencia de que, determinados requisitos, tienen sentido aplicados a las grandes empresas, pero carecen de él cuando estrangulan la iniciativa de los pequeños.


A continuación el artículo original íntegro:

Admito que el título que encabeza el artículo suena a una “declaración de intenciones”. Mi propósito es aún más profundo; pretendo que, en su desarrollo, se convierta en un “manifiesto”. Yo compro en comercio local.

"Mercado" Foto: jose_gonzalvo


A pesar de que hablaré de los comercios que frecuento por residir en Oviedo, mi pretensión no es hacer publicidad de ninguno de ellos —aunque me honraría que algún amigo se sintiera orgulloso de reconocerse—. Espero no pecar tampoco de un provincianismo excluyente que impidiera que el relato fuera reconocible más allá del entorno que lo propició, pero, tengo para mí, que determinadas características humanas son extrapolables, transportables, generalizables. He sido capaz de identificarme con las motivaciones personales de asesinos sistemáticos, políticos corruptos, hombres de la prehistoria, escarabajos, psicóticos, oficinistas, y tantos otros...

He viajado en el tiempo y he podido sentir como míos, ideas pensamientos y creencias de la época victoriana, del Renacimiento, de la Guerra Civil —o de cualquier otra guerra sobre la que haya leído—, o incluso del año 2.050. El tiempo no supone una frontera que mi imaginación no pueda franquear —hago homenaje, con dos días de retraso, a lectores y escritores, protagonistas principales, mayores en su importancia, que determinados objetos (de) culto—.


Así que, mirando hacia mi interior —a là Montaigne—, podré encontrar claves en mi comportamiento que otros más puedan identificar y comprender, aunque no necesariamente tengan que compartirlas.


Dos claves resultan significativas en mi formación como persona —integrada en una comunidad— y las expongo, sin rubor, orgulloso de sus implicaciones de alcance:

1 – Soy boy-scout. Cuando digo “soy”, no quiero decir que “lo fui”; quiero decir que “lo sigo siendo”. Cumplir la promesa era como ingresar en los marines: se adquiría una condición —así me lo transmitieron— perpetua, que no se perdía, que te acompañaba para siempre.

Entre las múltiples enseñanzas que conllevaba la integración en ese colectivo, la más decisiva —ahora— era la búsqueda permanente, cotidiana, de dejar el mundo un poco mejor de cómo lo habías encontrado, lo que se objetivaba en la buena acción diaria —una receta simple de recordar— y en la implicación, más relevante y revolucionaria, de la importancia de la huella transformadora que cada uno dejamos.

2 – Las meriendas con Barrio Sésamo, un programa contenedor que aunaba episodios extraídos de Sesame street (spin-off deThe Muppets) —en los que destacaban Epi y Blas, Coco, Triki, el Conde Draco o Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo, cuando está trabajando— con la ambientación de la vida en un barrio, de producción local, que explicaba las peripecias cotidianas de dos niños: Ruth (acreditada como Abellán, de mayor se convertiría en Ruth Gabriel) y Roberto, hijos de Matilde y Antonio, dueños de la horchatería. En el barrio también echaba tiempo Julián, el quiosquero (cuando todavía no se escribían con “k”), de carácter cascarrabias, y, junto a otros personajes interpretados por personas reales —incluyendo a Cristina Higueras, la amiga hippie, deudora de Julia, la pintora cómplice de Chanquete—, conformaban el coro que daba soporte al verdadero trío protagonista de las aventuras: Don Pimpón, Espinete (el erizo) y Chema (el panadero).

Sucintamente perfilaré sus personalidades: Don Pimpón era un adelanto de Matt, el viajero (tanto del original, como del franquiciado), uno de los primeros en aprovechar al máximo las iniciativas del Inserso (justo tras crearse) para que los mayores —entonces se les denominaba jubilados— recorrieran mundo. Don Pimpón, sin necesitar psicotrópicos, estaba permanentemente de viaje, a pesar que, fatalmente para el resto de vecinos, volvía y no paraba de dar la chapa sobre sus aventuras con su compinche, el Maharajá de Kapurthala. Era una recreación espídica y (entonces) futurista del abuelo Cebolleta.

Espinete era un erizo —de identidad sexual no definida claramente— que, viviendo desnudo, se ponía pijama, zapatillas y gorro para irse a dormir. Tenía un punto de rebeldía comedida que lo convertía en simpático para padres e ídolo potencial de la chiquillería.

Chema era la piedra angular del invento: nunca se le veía trabajar (a pesar de que siempre llevaba el delantal puesto y, sorprendentemente, impecable en su blancura, como la camiseta de manga ultra-corta que en ocasiones vestía). Bailaba con estilo, cantaba a la menor oportunidad, lucía un flequillo rubio arrebatador y, visto hoy, contemplando el subidón permanente de sus juergas de barrio, hace sospechar que la harina no era el único ingrediente blanco de su (nunca visto) pan. Descubrir que Chelo Vivares —la actriz que sudaba para meterse, literalmente, en la piel del erizo—, era su pareja tras las cámaras, no hace más que aumentar las sospechas de que su negocio era una tapadera.


Estos son dos de los ingredientes básicos que conformaron mi infancia: la importancia de las relaciones de proximidad, de tu entorno, de tu barrio. La gente que ves todos los días y que te hace desear ponerte a cantar —en un mundo de relaciones personales, de gente que se conoce y se saluda, que protagoniza el ¡Viva la gente! particular de cada uno—.

Y por otro lado, la trascendencia que todos tenemos en relación a los demás, nuestra relevancia.  Entender que el mundo es como es, en parte, por nuestra aportación y, como comprobamos todas las Navidades con James Stewart y ¡Qué bello es vivir!, la huella imborrable que dejamos en nuestro entorno y en los demás. Asimilar para siempre que “el mundo no sería igual si tú no hubieras existido”.


Siempre tuve un claro objetivo personal: convertirme en alguien exótico, que dispone de tiempo para hacer las cosas ordinarias en una dimensión diferente. Hoy me siento rara avis por no visitar los centros comerciales, por frecuentar las tiendas de mi entorno y por buscar profesionales especializados en sus distintas ocupaciones.

Compro el periódico en el quiosco, la carne en la carnicería, las frutas en la frutería y, cuando fumaba, el tabaco en un estanco. No me gustan los comercios que tienen de todo —cuando se junta el concepto “bazar” con el de “país asiático en franca expansión”, se produce una mezcla de complicada digestión— y creo firmemente que las cosas baratas terminan siendo caras a la larga.

Mi suegro siempre decía —y en eso, como en muchas otras, tenía toda la razón—: “no tengo dinero para comprar zapatos baratos”.

Cuando voy a comprar, por lo común, me gusta que me conozcan. Si, por alguna razón, tengo que volver, me gusta que me recuerden.

La mejor forma de animar a que un cliente vuelva —lo que algunos confunden con fidelizar—, es sugerirle productos que se ajusten a sus hábitos de compra. Eso implica (re)conocimiento: la sugerencia bien realizada estimula la sensación de identificación y de pertenencia que todos anhelamos. Las tendencias más novedosas del marketing on-line avanzan en esa dirección: personalizar las recomendaciones que se nos ofrecen (incluyendo en esta directriz a los algoritmos de búsqueda más sofisticados).

El comerciante tradicional (el tendero) atesora esta cualidad que parece telepática y que algunos quieren, ahora, reutilizar de forma telemática.


Compro en una tienda de ultramarinos, cuya dueña ha obtenido merecidamente la medalla al trabajo, por sus muchos años de atención continuada. Llevo legumbres, conservas, embutidos y fruta: siempre me dice el punto y me recomienda la que está mejor. Si alguna vez no está del todo bien, me la deja un poco más barata. Está cerca de casa y, mandando a los hijos, siempre nos saca de un apuro. Sé cuánto la llegaré a echar en falta.

Visito la papelería cercana a mi casa: lo hago porque su dueña tiene mucho gusto y me ayuda a encontrar la solución, para organizarme, que mejor se adapta a mis necesidades y preferencias. Conoce las novedades del mercado y, si no las tiene disponibles, hace todo lo posible por encontrarlas y, si terminara resultando imposible, me ofrece alternativas adecuadas.

Frecuento una carnicería que siempre tiene el pollo del tamaño que yo pido; incluso cuando, a veces, compruebe más tarde que no era “exactamente” pequeño (o grande, o mediano). A veces llega incluso a suponerme una molestia, pero, de momento, sigo aguantando.

Me gustan las tiendas especializadas: tienen todos los artículos que puedo llegar a necesitar de un gremio concreto: voy a una ferretería de mostrador de las de toda la vida (renovada por un traslado forzoso por incendio) y compro allí cuchillos, tijeras, cafeteras y multitud de enseres domésticos; encargo las flores en el mismo sitio que adornó la iglesia para nuestro enlace; a ella le gusta ir a la misma mercería de siempre, que lo tiene todo y con la que compartí tantos desayunos con su dueña.

Compro los zapatos en la misma zapatería. Tienen las marcas que calzo (son cómodos, aunque no especialmente baratos).

Encontré hace años una tienda que localiza los vaqueros que me gustan, los que llevo gastando desde hace 30 años y cuando voy, me los llevo por parejas.

Visito siempre la misma farmacia. No explicaré aquí lo que hacen conmigo —porque a lo mejor no es del todo correcto—, pero saben que voy a volver y me facilitan el rato que voy a permanecer allí —uso siempre el banco que todas las farmacias siguen teniendo, por mucho que algunas lo empiecen a llenar de publicidad—.

Compro sombreros, bolsos, macutos, cinturones, tirantes, llaveros, monederos, maletas y guantes en el mismo sitio. Tienen de todo y lo exponen con arte y con gusto. Su dueño ha sido capaz de renovar un comercio tradicional de forma ejemplar. Su escaparate (físico y virtual) está siempre impecable.

Acudo a la colchonería —más que por colchones, que cada vez vende menos— para utilizar las virtudes de su dueño, que parece un genio usando la máquina de coser y que ha demostrado un increíble olfato para adaptar su negocio y hacer lo que ya no hace nadie. Una cuñada viene desde Madrid para plantearle tareas complejas que siempre resuelve con pericia.

Si tengo que comprarme una TV, o una radio, o algún electrodoméstico, o un periférico (no me refiero a un chalet en una urbanización en el campo, sino a una impresora, unos altavoces o un monitor), debo ser rematadamente tonto, porque sé dónde NO voy a ir nunca. Conozco alguna tienda en mi ciudad que sigue abierta, a pesar de las intenciones monopolísticas (oligárquicas, siendo generoso) de algunos. En ellas, me reconocen, saben lo que quiero, me informan de lo que me conviene.

Los productos de higiene personal, para el afeitado o la limpieza, los encuentro en una droguería (perfumería) próxima. Son extremadamente amables y me orientan cuando tengo dudas. Me dejo aconsejar porque sé que saben de lo que están hablando.

Siempre voy a la misma tienda de reparación de calzado. También duplican llaves y son capaces de arreglar un bolso que se ha roto, reparar un remache o parchear los patines de hockey de mis hijos.

Desde que tengo perro, acudo a la misma tienda, tan pequeñita que, para que entre un cliente, debe salir el anterior. A pesar de las dimensiones, tiene una buena selección de artículos y, hasta ahora, siempre he encontrado solución a lo que necesitaba.

Enfrente, hay una tienda “delicatessen” que visito cuando quiero darle una sorpresa a ella, o a alguien que nos venga a visitar. También frecuento otro establecimiento cercano, donde venden una amplia variedad de quesos y embutidos, con una cuidada selección y siempre frescos. Cuando me acompaña algún hijo, les ofrecen una loncha de queso cremoso, recién cortado que mis hijos van aficionándose a tomar.

Me corto el pelo en la misma peluquería desde hace quince años. Desde hace mucho, además de saludar y la charla estimulante entre parroquianos, no tengo nada que hablar; sólo con sentarme, se ponen a trabajar. Saben cómo me gusta el pelo, sin que tenga que volver a repetírselo. Mis hijos se cortan el pelo ahí también; si pasan a saludar les invitan a un puñado de caramelos (a veces me recuerdan a los secuaces de Al Capone).

Cerca hay un supermercado pequeño, en el que compro en ocasiones, y en el que, el segundo de mis hijos, saluda al dueño llamándole “Súper”, a voces, tal y como antes hacía su padre.

Mis hijos van los domingos a gastarse parte de su asignación en la misma tienda de dulces (el tutti). Conocen a los hijos de los dueños y alguna vez jugaron con ellos al fútbol a la puerta de la tienda.


Todos estos locales —y muchos que olvido, espero me disculpen— configuran mi experiencia diaria. Me gusta conocer a los tenderos y comerciantes y saludarlos al paso. Conozco su realidad, como ellos conocen la mía: hacen que me sienta integrado en una comunidad real.

Leo carteles que ponen “Fiamos dos días al año: uno fue ayer, el otro será mañana” y sé que no van conmigo. He podido comprar, tras comprobar que me había olvidado la cartera. Saben que no voy a escapar, que volveré al día siguiente.


Conocen a mis hijos y los ven crecer. Ellos saben dónde acudir si se encuentran en problemas. Sé que muchos pares de ojos les vigilan si los ven pasar.


Todos dejamos huella de nuestro paso; para algunos (los más desafortunados) será efímera y fugaz como una sombra. Los agraciados por su relevancia, dejarán un surco duradero.


Todos los comercios que frecuento tienen dueños locales. Parece que quisiera fomentar la cerrazón, el asilamiento, el espíritu de un ghetto. Explicaré mi idea: mi barrio es mi casa. No me importa que haya visitas, me encanta que se produzcan; las puertas de casa están abiertas de forma permanente, pero hay momentos reservados para los que son íntimos.

Cuando mis hijos empiecen a salir, no les pondré (demasiadas) trabas: pero me gustará saber con quién lo hacen. No permitiré el acceso de cualquiera al interior de mi hogar. Espero que, para entonces, mis hijos hayan desarrollado su propio criterio y que sepan fundamentar sus relaciones, reservando para los que quieran tener próximos, vínculos profundos, duraderos, basados en la confianza mutua, establecida de forma igualitaria, compartida y recíproca.

Y que, también, aprovechen todo lo que puedan para viajar, conocer mundo, idiomas, culturas y comidas, diferentes y exóticas, variadas y sorprendentes, adquiriendo experiencias inolvidables que me gustaría escucharles narrar a su vuelta.


Apoyarte en tu entorno te permite tener unas bases sólidamente asentadas.

La gente que vive a tu alrededor tiene intereses compartidos contigo. Los comerciantes, —como los que tienen un bar, un servicio de reparaciones, un negocio de albañilería, o de fontanería, o de lo que sea— constituyen el tejido principal de la red social en que nos encontramos inmersos.

Los autónomos nunca podrán ser sustituidos por autómatas. Sus intereses (por mucho que parezcan de pequeña entidad, ámbito o finalidad) nos afectan a todos. Su grandeza es enorme, pese a que sólo se acuerden de ellos cuando ya no están o cuando se les necesita para reafirmar su estatus.


Me gusta dejarme “enredar” por las conexiones que permite la tecnología. (Re)encontrar gente que hacía mucho de la que no sabía nada. Acceder a lugares remotos y encontrar, allí, personas con ideas e inquietudes plenas de interés. Proyectos que me resultan fascinantes y que quiero conocer a fondo.

Pero, para poder ser libre y volar, hay que estar firmemente arraigado, se necesita la fortaleza que se establece en los vínculos, esas relaciones de mutua implicación, basadas en la confianza, que se renuevan todos los días.


La posibilidad de proyectarse viajando a los lugares más remotos carece de interés si no hay un sitio al que volver y contarlo. Otrosí, viajar y descubrir que, en el otro extremo del mundo las costumbres y las comidas son iguales que en tu lugar de residencia habitual, restan entretenimiento a la experiencia. Nadie organiza un viaje turístico para visitar la segunda fase de la urbanización en la que nosotros fuimos pineros. Hay viajes como esos, por supuesto, pero pertenecen a otra categoría y su intención excluye, por antagónica, la condición de social. Viajar y no buscar lo diferente de lo rutinario es viajar “a media pensión”, cuando a todos nos gusta viajar de la forma más exclusiva posible.


Así que esta sociedad aberrante, desequilibrada, injusta, egoísta, anónima, alocada y alienante, esta sociedad basada en un principio funesto —“piensa globalmente, actúa localmente”— cuyo propósito final es convertirnos en marionetas de una uniformidad embrutecida, este mundo donde todo parece cada vez lo mismo, pero no te sientes a gusto en ningún lado, es una sociedad que me disgusta.

Una forma de combatirla es fortalecer las relaciones de proximidad, con la gente que te rodea, y, entre otras cosas, yendo a las tiendas de tu barrio.


Una consideración egoísta, antes de terminar: la implicación del comerciante con su entorno es muy profunda. Se peleará, con uñas y dientes, para defender su negocio y, si las cosas se le tuercen tanto que no pueda aguantar, ni poniendo dinero de su propio bolsillo, echará el cierre notando cómo una parte suya se resquebraja.

Si tiene suerte y le van bien las cosas, sus ganancias se quedarán en el sitio en que vive.

Y todo en una lucha desigual, frente a los que quieren cambiar nuestros hábitos: las grandes multinacionales, impersonales y deslocalizadas, que se llevan sus beneficios y, sin ningún escrúpulo, echan el cierre cuando los balances no acompañan, dejando miseria y penuria a su paso, cual moderno caballo de Atila. En esta tarea son ayudados por los políticos, sus secuaces necesarios en la labor de rapiña.


— ¿Y el pan? ¿O es que coméis sin pan?

— El pan merecería un capítulo aparte.

miércoles, 17 de abril de 2019

Cosas que veo en MAD MEN (y no dejan de sorprenderme)

Una agencia de publicidad es el epicentro de esta serie que constó de siete temporadas, entre 2007 y 2015.
Ambientada en los años ‘60s.
De momento he visto las dos primeras temporadas.
En la serie, acaba de pasar la Crisis de misiles de Cuba.
Estamos, pues, en octubre de 1962.


No quiero juzgar la serie (y lo que en ella ocurre) empleando el cronocentrismo, aplicando criterios actuales, porque es una práctica carente de sentido.

Pero, con todo, muchas cosas suceden y me llaman la atención.
Intentaré realizar un ejercicio de costumbrismo comparado.

miércoles, 13 de enero de 2016

Tenta Dora

Sesión del taller Morel de Sal, de creación literaria. 11 de enero de 2016.

El motivo era el fotograma de una película, sin más datos sobre ella.
El motor eran las tentaciones, continuando la sesión precedente en la que habíamos estudiado el cuadro “Las tentaciones de San Antonio”, de El Bosco.


Tenta Dora

— ¿Cómo la ves?
— Imponente.
— Ya te había avisado.
— Sí, Pher. Pero en ocasiones la imaginación es limitada.
— No lo hubiera esperado de ti.
— ¿Qué tuviera límites?
— Que fueras tan atrevido como para reconocerlo. Todos tenemos límites.
— Nunca lo había pensado.
— Lo mismo que precio. Todos tenemos uno.
— No estoy seguro de ello. Creo que no.
— Tú no tienes nada que vender.
— Mi futuro, mi alma, mi condenación eterna.
— Ya estás condenado. Desde que permitiste que la conversación empezara.
— ¿Puedo hablar con ella?
— Seguro. Siempre está dispuesta.
— Hola, Dora.
— Hola, encanto.
— Me dice Pher que estás disponible.
— Dispuesta.
— Dispuesta.
— Pensaba que era lo mismo.
— No lo creas, encanto.
— Me gusta cómo dices “encanto”.
— Eres un encanto.
— ¿Sí?
— Sí. Pher es encantador.
— … de serpientes.
— Me hace arrastrarme…
— …
— …y sentirme como una serpiente.
— Quizás sea mejor que me vaya.
— Ya es tarde para eso.

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En la lectura dramatizada Teresa tomaba el papel de (Luci)Pher. El gesto adusto, la tenebrosa indumentaria, el bigote recortado, la mirada entornada y el ademán esquivo con el que sostiene el cigarrillo, daban un perfil insidioso y maligno que asocié al príncipe de las tinieblas.

El espectador, con el que Pher inicia el intercambio y rompe “la cuarta pared”, fue representado por Pilar, a la que su jersey verde esperanza le confiaba más realismo.

La tercera pata de la función recayó de forma sobresaliente en Daniel —en su debut en esta plaza—, interpretando a Dora, representante voluptuosa de la tentación, a la que Daniel supo dotar de gran profundidad, explotando el juego de una enigmática y sugerente sensualidad.

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Una representación extraordinaria.
El juego que propone Patricia es, en cada sesión, más estimulante y divertido.

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El fotograma estaba extraído de una película italiana, “Boccaccio ‘70” (1962), según una idea de Cesare Zavattini, plasmada en cuatro episodios que siguen el estilo de Giovanni Boccaccio y su interés por el amor y la moralidad, constituyendo una adaptación del “Decamerón” a los tiempos modernos (principios de los 60 en Italia).

Los cuatro episodios fueron dirigidos por Mario Monicelli, Federico Fellini, Luchino Visconti y Vittorio De Sica.

El segundo de ellos, “Las tentaciones del doctor Antonio”, estaba protagonizado por Peppino De Filippo y Anita Ekberg. De él se extrajo el fotograma y se adjunta para su visión completa (subtitulada).



Una película costumbrista muy entretenida.


sábado, 9 de enero de 2016

Ritos, costumbres y tradiciones

Rito“Conjunto de reglas establecidas para el culto y ceremonias religiosas”.
Costumbre“Manera habitual de actuar o comportarse”.
Tradición“Doctrina, costumbre, etc., conservada en un pueblo por transmisión de padres hijos”.

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Que cada cual extraiga sus propias conclusiones.

Yo apunto las mías:

1 — En nuestra casa no celebramos ritos. Cuando sentimos la necesidad de intervenir en alguno vamos a lugares en los que participar junto a otros.
2 — Las costumbres cambian según las modas o la conveniencia. Algunas son transmitidas, pero la mayoría se establecen por acuerdo, y se alteran conforme a su utilidad o pertinencia.
3 — Las tradiciones familiares, aprendidas junto a nuestros padres, deseamos que se perpetúen en las que practicamos junto a nuestros hijos.


"España en tradiciones"

El intento de imponer costumbres a los demás, haciéndolo pasar por una forma de tradición, es el más taimado y repugnante de los totalitarismos.

Las costumbres son propias de las personas; las tradiciones son el rasgo de identidad de los pueblos.

Que cada cual se sienta libre para decidir qué quiere hacer. Y que sienta respeto por lo que le ha sido transmitido.

Renunciar a ello es una traición a la tradición.

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No apreciar que todos somos tendentes a pensar que las tradiciones, costumbres o ritos ajenos son ridículos, comparados con los propios, es un verdadero sinsentido.

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Dedicado a MC

jueves, 29 de enero de 2015

Cara o cruz

Tengo una importante decisión que tomar.
Se presentan ante mí dos alternativas.
He analizado las posibilidades.
Hice una lista de “pros” y “contras” de ambas opciones.

Pero sigo sin tener ni idea de qué debo hacer.

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He pensado: ¿qué tal si lo decido lanzando una moneda al aire?
A cara o cruz.
Va.
Venga.

"Espero no perder la moneda"

Cuando se trata de una decisión de índole personal, emplear una moneda implica adoptar una doble dosis de humildad. La primera, procede del gesto anticipatorio de aceptación del resultado, sea el que sea, provocado por el pulgar que queda extendido. La segunda, a la obligación de agacharse a recoger la moneda, en un mudo humillado.

Se desconoce la fiabilidad del procedimiento —que se intuye nula, por su talante azaroso—, pero se reconoce la eficacia de la acción combinada de aceptación y humillación.

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El método “cara o cruz” también se emplea para dirimir diferencias: quién saca y quién elige campo en una contienda deportiva; la asignación de turnos en el uso de un objeto compartido entre hermanos; la elección de la lista de reproducción que sonará en el coche —programada en orden aleatorio, en todo caso—.

En estas ocasiones, el azar es un buen predictor y libera al árbitro, padre o chófer de tener que entregar todo su crédito (la auctoritas romana) en procedimientos rutinarios; permite reservarlo para asuntos de enjundia.

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— Me toca a mí montar primero en la bici.
— No. Me toca a mí.
— A mí.
— Que no. Me toca a mí.
(((Cualquier padre asume que este soniquete se prolongará hasta la próxima glaciación)))

— Me toca a mí.
— No. Tú fuiste primero la última vez.
— Que no. Me acuerdo perfectamente.
— Yo sí que me acuerdo perfectamente.
— Me toca a mí.
— A mí.
— A mí.
(((Los casquetes polares empiezan a notar los efectos del deshielo)))

— ¿Qué tal si lo echáis a suertes?
— Jo. Yo siempre pierdo.
— Vale. Lo echamos a cara o cruz.
— Pido cara.
— No vale. La última vez pediste cara.
— Sí. Y perdí.
— Pues no pidas cara.
— Me da suerte.
— La última vez, no. Perdiste.
— ¿Ves cómo la última vez montaste tú primero?
(((Un amigo holandés me llama para avisarme que en Grecia están con el agua al cuello)))

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Tras este interludio, no necesariamente breve, decidimos usar una moneda.
Que, no es necesario explicarlo, debo aportar yo (y que, el que pierda, pretenderá quedársela, a modo de compensación).

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Busco en el bolsillo y encuentro una moneda de 1 €.


Los europeos son unos tipos precavidos. Asumiendo la posible inconveniencia de que las monedas de todo el continente incluyeran un símbolo religioso —pero incapaces de predecir el alcance del cambio en los límites del territorio interior— decidieron sustituir la tradicional cruz por un mapa, que colocaron en el lado al que llamaron reverso. Determinaron que esa imagen fuera común para todo el sistema monetario, permitiendo que en el otro lado, el anverso, cada Estado eligiera la imagen que considerara más representativa.


En España se optó por la efigie de un rejuvenecido JC.

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Las alternativas por las que debemos optar, a la hora de realizar un sorteo, se han transformado.

Ya no se debe elegir a “cara o cruz”; ahora se trata de “cara o mapa”.

El cambio ha sido cosmético: no es que permitan decidir a quién poner en su lugar (o la necesidad de sustituir el sistema político, o económico, por uno nuevo); ni siquiera se considera un acto verdaderamente subversivo nombrar al titular como “cara”.

La consecuencia más relevante es que, recurriendo al azar, se invoca de forma diferente.

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Nuestros vecinos del norte, acostumbrados a las Revoluciones, huyen de la imagen de una cabeza que les recuerda al cesto que ponían a los pies de la guillotina. Su sangrienta historia, que ensalzan cuando la rememoran, les ha hecho cautos, cuando menos. En su lado, en el anverso del que eligen motivo propio, han colocado un árbol y el lema que les hace ponerse firmes.

"Literal: Liberté, Egalité, Fraternité. Árbol hexagonal. RF"
"Interpretación canónica: Lema nacional. Forma del territorio (continental). República Francesa"
"Interpretación icónicaRousseau, Montesquieu, Voltaire. El árbol del ahorcado guillotinado"

Tras la Revolución Francesa y el derrocamiento de Luis XVI en 1789, el terreno quedó abonado para la llegada de un iluminado corso, con nombre de cognac. Empleó como estrategia de reparto la auspiciada por su apellido.

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Los franceses no aprendieron la lección. Casi 200 años después alentaron una nueva revolución, alimentada con ideales de cambio en un mes de mayo del año 1968 que, si se hace caso de las batallitas narradas por españoles, extraña que no se popularizara el flamenco en las calles de París. Todo el que se opusiera al régimen que imperaba aquí, debía acudir a la ciudad de la luz para pedir, comme il faut, que pararán el mundo para poder apearse.

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Me he ido.

Lo sé.

En 2015, año de cambios (todos lo son), debo decidir algo importante. Emplearé mi moneda francesa de 1 € y elegiré entre mapa y árbol. Si lo hiciera optando entre anverso y reverso nunca sabría cuál es cuál.

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Aquí, en España, en 1987, Radio Futura describió la necesidad de buscar alguna luz.

Pongamos la cosa clara
Busquemos alguna luz
Lo echamos a cara o cruz
O lo hacemos por la cara



Creo que en los pasillos del Congreso han escuchado una copia pirata de “La canción de Juan Perro”.


Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...