El Massachusetts Institute of Technology, también.
Un profesor de matemáticas del MIT plantea un ejercicio muy difícil y lo deja en la pizarra. El chico encargado de limpiar el centro, Will Hunting, lo resuelve con prontitud. Pero es un chico de origen humilde y no quiere afrontar su capacidad, lo que origina diversos conflictos. Un psicólogo se encarga de ayudarle a resolver su situación.
El argumento, esbozado por Matt Damon como parte del curso de cinematografía al que asistía en la Universidad de Harvard, y completado junto a Ben Affleck, se convirtió en la película dirigida por Gus Van Sant en 1997 y obtuvo el Oscar al mejor guión. También obtendría una estatuilla Robin Williams en el papel de psicólogo.
Algunos psicólogos resuelven problemas.
Otros, los planteamos (con ayuda de Marcel Proust).
Los
nativos de New Hampshire asumen como rasgo identitario su espíritu
independiente, formulado en su lema: “vive
libre o muere”. Lo que no evita su carácter conservador en lo político.
El
viejo tenaz, “The Old Man of the Mountain”,
unos salientes en el perfil de la montaña Cannon que asemejan el rostro de un
viejo sabio y expectante, son uno de los símbolos del estado y, según Daniel Webster, la señal que dejó Dios
para mostrar que en New Hampshire se forjan hombres.
No
importó que la formación colapsara el 3 de mayo de 2003.
Siguen
haciendo mención a la tenacidad del viejo, como si nada hubiera ocurrido.
Según el “Diccionario del español actual” es una “invitación a tomar lo bueno que ofrece cada momento, sin pararse demasiado a pensar en lo que pueda traer el futuro”. Wikipedia menciona dos formas —se puede pensar que antagónicas— de entender la máxima:
üNo dejes para mañana lo que puedas hacer hoy
üVive cada momento de tu vida como si fuera el último
La primera vez que escuché esta expresión fue en la película “El club de los poetas muertos” dirigida por Peter Weir en 1989 y protagonizada por Robin Williams, Robert Sean Leonard (el Dr. Wilson de "House") y Ethan Hawke. He aquí la escena:
La secuencia presenta al profesor Keating en su primer contacto con los que van a ser sus alumnos. Como formador, debo detenerme en los recursos didácticos que emplea para captar la atención de los estudiantes:
üRuptura de los esquemas tradicionales: el profesor entra en el aula, pasea sin decir nada —sólo silba— y después de terminar su recorrido sale al pasillo e invita a sus alumnos a que le sigan.
üNo comienza con un exhorto —explicando cómo van a funcionar las clases, repasando el temario o comentando los manuales que emplearán durante el curso—. Su asignatura es literatura: les hace leer un poema. Es un formador: les hace pensar.
üUtiliza el sentido del humor y la sorpresa: resulta más sencillo alcanzar a los formandos empleándolos desde el inico.
El propósito de Keating es provocar cambios en sus alumnos. Para quien no haya visto la película, es obligado decir que versa sobre cómo afectan a sus alumnos los cambios provocados por Keating. Para quien la haya visto, recordaré algunos de los cambios que Keating quería provocar.
ü“Les contaré un secreto: no leemos y escribimos poesía porque es bonita. Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana; y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería... son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son cosas que nos mantienen vivos".
üLas normas están al servicio de las personas y pueden ser cambiadas para ajustarse a las necesidades de las personas a las que sirven.
üCada persona tiene que buscar su propio camino para mostrar su individualidad. No todos somos iguales y debemos trabajar en mostrar nuestras diferencias y aceptar las de los demás.
üEl trabajo duro —más todavía en los jóvenes— no excluye la diversión.
La película, que en su momento tuvo gran repercusión, ha motivado la generalización de una falsa interpretación del mensaje implícito en la máxima “carpe diem”. Muchos jóvenes se han apropiado del lema y lo repiten como una suerte de mantra. Se venden camisetas, se realizan tatuajes y se encuentran en muy variados soportes publicitarios. Y la juventud repite el mantra apelando a la necesidad de vivir experiencias intensas, al límite, sin importar las consecuencias. Descargar adrenalina, vivir a tope, oír la música a tope, gritar a tope, bailar a tope, beber a tope. Subirse a un puente para tirarse atado a unas cuerdas y —donde antes gritábamos al tirarnos: Jerónimoooooo!!!— gritar ahora mientras caen al vacío: Carpe dieeeeeem!!!.
En fin, reducir la posibilidad de convertir nuestra vida en algo extraordinario, trabajando y esforzándose en alcanzar ese fin, en una sucesión de subidones y saltos, irresponsables e irreflexivos, es algo que, para un observador imparcial, resulta meridianamente simple.
Vivir pensando sólo en el presente y sin reflexionar en las consecuencias para el futuro de lo que estamos haciendo. Negar la posibilidad de establecer un plan, un objetivo, una forma de dedicarnos —apasionadamente, eso sí— en alcanzar algo que, nos satisfaga mientras nos ocupamos en su desarrollo, y que pueda dejar huella.
“Carpe diem”
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