La
escena más recordada de la primera película del más universal de los manchegos
(con permiso del hidalgo), incluye claves que cobrarían sentido 33 años después
de su filmación en 1980.
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| "El cartel promocional, ilustración de Carlos Sánchez Pérez, Ceesepe" |
Se
trata de Pedro Almodóvar, de su
debut como director y guionista en “Pepi,
Luci, Bom y otras chicas del montón”, y de la escena en que las tres
mujeres se juntan por primera vez y cómo se produce ese encuentro. En 82
segundos se desarrolla el siguiente diálogo.
Pepi
(Carmen Maura), Luci (Eva Siva), Bom (Alaska).
—
[Bom] ¿Quién es ésta?
—
[Pepi] Mi profesora de punto.
—
[Bom] Cuarentona y blandita, como a mí me gustan. ¡Uuuuh, vengo meándome!
—
[Pepi] ¡Espera! Aprovecha y háztelo encima de ella. Está caliente y la
refrescará.
—
[Bom] Un poco difícil sí que va a ser, ¡pero valdrá la pena!
—
[Pepi] Seguro; yo te ayudo. Tú relájate, hija. ¡Súbete a la silla! Levanta la
pierna. Ven, va, venga.
—
[Luci] ¡Ah, aaaaahhhh, uuuuhhhh!
—
[Bom] ¡Cómo disfrutas!
—
[Luci] ¡Aaaaahhhh!
—
[Bom] ¡Oye, que no soy una vaca, eh!
—
[Luci] ¡Oooyyyyhhhh!
—
[Pepi] ¡Bueee...! ¡Hale! ¡Se acabó, ya no hay más!
—
[Bom] ¿Tú de dónde eres?
—
[Luci] Yo de Murcia.
—
[Bom] Tú y yo vamos a hacer muy buenas migas.
El
propio texto sirve como AVISO DISUASORIO para
quien quiera atreverse a ver la escena original.
*****
“Cuarentona y blandita”. Escribo esto cuando la que lo pronuncia ya ha dejado de ser cuarentona (cumplió 50 el pasado 13 de junio), pero hace mucho que aparenta ser blandita.
“Está caliente y la refrescará”. Entiendo la hipérbole. Me parece excesiva, por mucho que el alias adoptado por la desbordante corresponda al estado más grande (y más frío) de la Unión.
“Oye, que no soy una vaca”. Pese a que llegaría a convertirse en la acompañante de Vaquerizo.
“Tú y yo vamos a hacer buenas migas”. Guiño oculto a la gastronomía manchega y al plato pastoral por excelencia.
*****
Antes
de seguir, me siento obligado a fijar un contexto.
Según
la leyenda que se ha construido, Almodóvar escribió la película mientras
trabajaba en Telefónica, por entonces
una empresa pública que actuaba en un régimen de monopolio. Esto se suele pasar
por alto: era un funcionario y, cumpliendo el cliché que siempre se les ha adjudicado a los empleados públicos,
practicaba el escaqueo. Le pagaban con dinero del Estado, de todos, para que
dedicara su jornada laboral a labrarse su futuro. Ésa fue su primera forma de procurarse
subvenciones.
Eran
otros tiempos, claro. En 1976, con el general muerto y la democracia sin hacer
signo de presencia (no estaba, aunque se la esperara), se extendía la
transición, un periodo de cambios en los que los jóvenes creíamos que podíamos
renovarlo todo, mientras los mayores se ocupaban de atar (o desatar) lo que
había quedado atado (o pendiente de atar).
Una
época divertida, excitante, provocadora y movida que, años más tarde, en lo
cultural, se catalogó como madrileña,
cuando era fructífera en todo el país (y no sólo en la capital).
En
todo caso, un fenómeno poliédrico, turbulento, de enfrentamientos, tribus y
clanes. De clones que copiaban lo que se cocía fuera. De guisanderos que
trataban de aportar el aderezo local. De descubrir que, cuando Marshall McLuhan había hablado de la “aldea global”, nosotros nos fijábamos
en la parte contratante de la primera parte, mientras otros, los poderosos, los
de fuera (los que tenían un plan), entendían el verdadero sentido de la parte
contratante de la segunda parte (y las posibilidades de su máximo alcance).
Si
la rebelión consistía en un remedo modernizado del “caca, culo, pedo, pis” que usábamos en el patio de colegio,
nuestro futuro sería infantil y aldeano, aunque eso no lo llegaríamos a descubrir
hasta muchos años después.
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Me
estoy perdiendo; estoy empezando a mear
fuera del tiesto. Sé que, más tarde, estaré tentado de cambiar el título
del artículo, para reescribirlo como “Pedro
Almodóvar, miccionario”.
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La
verdadera clave del asunto es comprender cómo una jovencita, que vino de México haciéndose pasar por punk (y formar parte del grupo
embrionario Kaka de Luxe), podía
ruborizarse teniendo a su lado a El Fary,
el exponente más castizo de la tradición nacional del macho español, según
terminología de Agustín Jiménez.
Puede
comprobarse en una participación conjunta en “Un, dos, tres”,
lo que hoy algunos recuerdan como TV de calidad. Fue el 30 de marzo de 1984,
sólo cuatro años después de orinar encima de una profesora de punto murciana.
El
rubor de Olvido Gara (“que no se te
olviden las cosas ahora”) ante el gracejo de José Luis Cantero Rada (“suerte la de tu novio”, le devuelve a
la azafata que, protocolariamente, se la había deseado a ambos) se empequeñece al
escuchar la naturalidad con que la presentadora, Mayra Gómez Kemp, explica que “todo
lo que ganen aquí, ellos lo van a donar al Montepío de la Sociedad General de
Autores, que engloba, pues, a compositores, autores, cantantes y músicos”,
en un mundo en el que hacía falta explicar qué era la SGAE, pero se obviaba
hacer lo mismo con lo que significaba un Montepío.
Un
camino arriesgado el que la cantante había elegido, “viniendo aquí a jugarse el tipo” y en el que se encontraría a gusto.
Eludo enjuiciar las contribuciones artísticas —como presentadora en “La bola de cristal”
(primer programa emitido el 6 de octubre de 1984; acaban de cumplirse 29 años)
o, junto a Juan Tamariz, en el
programa de magia “Chan-tatachán”—
y me salto ex profeso la exposición
masiva de su vida doméstica, con su pareja, para saber que, siempre que
quieran, serán invitados estrella en el programa de María Teresa Campos, elevados a los altares del mainstream viejuno, compartiendo
tertulia y mesa camilla con la profesora de punto y el resto de aplicadas
alumnas. Fue un poco difícil, pero valió la pena.
Y
recibió ayuda.
¡Qué
jóvenes (e ingenuos) fuimos!
