Me
chifla el inicio con las notas de piano, el sutil cambio que se produce con la
entrada de las bailarinas clásicas ataviadas con tutú negro, su espasmódica
coreografía, ...
La
he escuchado un montón de veces, más todas las que vi el vídeo (pero no me
atrevo a meterme más de treinta y cuatro minutos para ver la versión extendida).
Todo
tiene un límite.
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Me
apetecía subirla aquí, porque tengo la sensación de que el blog está incompleto
sin tenerla.
Y
busco algo más que decir.
Y,
por supuesto, no me imaginaba todo lo que iba a encontrarme.
Sé
que no tengo tiempo para desentrañar todo el embrollo, pero esbozaré un
resumen.
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Kanye
es un genio.
Pero
también un bocazas.
Y tiene un ego del tamaño de Alaska (el Estado, no la pareja
de Vaquerizo).
En 2009 interrumpió a Taylor
Swift mientras le entregaban el premio al mejor videoclip del año y West
subió al escenario, le quitó el micro y dijo: “Sí, vale. Pero el mejor era el de Beyoncé”.
Ésta no daba crédito.
Y nadie de los que estaba presente.
*****
Luego West se casó con Kim
Kardashian y todo alcanzó dimensiones colosales.
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Pero
antes de eso, un año después del desplante a Taylor, Kanye escribe esta canción
en la que explica muchas cosas.
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Siempre
encuentro algo mal
Has
estado aguantando mi mierda demasiado tiempo
Estoy
tan capacitado para encontrar lo que no me gusta
Las imágenes están sacadas de una película que pretendía reflejar
la movida, en la que se mezclaban
actuaciones de grupos de la época, con la delirante ficción de un conjunto de
pijos de chichinabo, en sus
atropelladas peripecias (una versión motorizada de “Verano azul”).
Su título lo dice todo, “¡¡¡A
tope!!!” (1984).
Perpetrada por Tito
Fernández, un sujeto que ya había entregado “Margarita se llama mi amor”, “Sor
Ye-yé”, “No desearás al vecino del
quinto” o “Cateto a babor”. Las
tres películas anteriores a este engendro daban muestras de su deriva: “La insólita y gloriosa hazaña del cipote de
Archidona”, “Gay club” y “Las aventuras de Enrique y Ana”.
La llegada de la TV privada le supuso un respiro y se
¿reivindicaría? con un humor rancio y cateto en “Los ladrones van a la oficina”. Se convertiría en mainstream
gracias a “Cuéntame cómo pasó”.
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Los años pasan y dan (o quitan) razones: Tito fue homenajeado en
vida, porque alcanzó éxito; muchos se mostraron serviles y reconocieron al gran
cineasta que siempre había sido.
Su historia ya se ha escrito; yo no emborronaré ni un renglón.
Me
llama un amigo para decirme que leyó el artículo de ayer, sobre
la evolución de Alaska, y que no
entendía qué significaba eso del mainstream,
ni su relación con la modernidad (ha oído hablar de un hipster, al que imagina como un hippie
con perilla). Da la sensación de andar un poco perdido.
(el servicio de interpretación y traducción ultra–cool)
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Supongamos
que se trata de un partido de tenis.
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El
hipster empieza sacando —porque
siempre va por delante—.
Ocupa
su turno en mencionar grupos musicales, tendencias, accesorios, cantantes, comics, recursos, ideas, apps, programas que no conoce nadie y
que, sospechosamente, siempre vienen de fuera.
Siempre
cree que la demo era un must, la versión beta no es underground y
la secuela está llena de spoilers.
Está
ocupado en estar a la última.
Lo
que venía siendo un seguidor de la vanguardia
(la actitud, no el periódico).
Como
en el mito de
Sísifo, recordando a Albert Camus 100 años y un día después
de su nacimiento, el hipster está
condenado a mantenerse en continuo movimiento ascendente, empujando la roca de
su absurda obstinación, sin percatarse de que su destino final es envejecer y
ser expulsado de la categoría evanescente de la modernidad, en la que es imposible
perpetuarse.
Un
día descubre que alguien (mucho más joven) le llama de usted y zozobra.
Tras
encajar los golpes del desprecio, el representante del mainstream, agazapado en su resistencia, empieza a reducir la
desventaja. Sabe, más por viejo que por
diablo, que largo será el camino.
Su seña de identidad es carecer de ella. Al
fin y a la postre, le interesa lo que interesa a todos. Le gusta lo que a
nadie disgusta y encuentra su hábitat natural en un ascensor, en la sala de
espera del Centro de Salud, o en las jornadas de puertas abiertas de cualquier
cosa que resulte gratis.
Mainstream es Movistar, Vodafone, Yoigo o cualquier otro
operador de telefonía móvil, con esa atracción fatal por las promociones exclusivas.
Es
la excusa perfecta para organizar una tertulia, sin necesidad de mesa camilla,
radio o brasero.
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Entre
ambos extremos prototípicos se establecen profundas diferencias
(g)astronómicas: el hipster (ser
etéreo) tiende a la efervescencia y le gustan emulsiones, aromas, espumas, aires
o bocados. Eso explica su capacidad para embutirse en unos pantalones pitillo,
más que ceñidos.
En
el mundo mainstream se valora más el
embutido: gusta el compango, los platos de cuchara contundentes, tradicionales,
los de toda la vida. No se hacen ascos a gazpachos, cocidos o gachas.
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En
lo afectivo el hipster tiende a las
sensaciones; lo mainstream tira de
emociones (más o menos básicas).
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Es,
para decirlo claramente, el destino de Sísifo que, en una inspiración repentina,
se ve como un hámster dando vueltas en su noria y, cansado, se niega a empujar contracorriente, para aceptar
transformarse en Maruja, campechana y
locuaz, que gusta a todo el mundo (por negarse a formar parte de la generación rock).
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Todos hemos cometido “delitos y faltas”,
pecadillos de juventud que admitimos con un mohín cómplice.
El
partido se decide en el tie–break.
¿Quién crees que ganará el punto definitivo?
La
escena más recordada de la primera película del más universal de los manchegos
(con permiso del hidalgo), incluye claves que cobrarían sentido 33 años después
de su filmación en 1980.
"El cartel promocional, ilustración de Carlos Sánchez Pérez, Ceesepe"
Se
trata de Pedro Almodóvar, de su
debut como director y guionista en “Pepi,
Luci, Bom y otras chicas del montón”, y de la escena en que las tres
mujeres se juntan por primera vez y cómo se produce ese encuentro. En 82
segundos se desarrolla el siguiente diálogo.
—
[Bom] Cuarentona y blandita, como a mí me gustan. ¡Uuuuh, vengo meándome!
—
[Pepi] ¡Espera! Aprovecha y háztelo encima de ella. Está caliente y la
refrescará.
—
[Bom] Un poco difícil sí que va a ser, ¡pero valdrá la pena!
—
[Pepi] Seguro; yo te ayudo. Tú relájate, hija. ¡Súbete a la silla! Levanta la
pierna. Ven, va, venga.
—
[Luci] ¡Ah, aaaaahhhh, uuuuhhhh!
—
[Bom] ¡Cómo disfrutas!
—
[Luci] ¡Aaaaahhhh!
—
[Bom] ¡Oye, que no soy una vaca, eh!
—
[Luci] ¡Oooyyyyhhhh!
—
[Pepi] ¡Bueee...! ¡Hale! ¡Se acabó, ya no hay más!
—
[Bom] ¿Tú de dónde eres?
—
[Luci] Yo de Murcia.
—
[Bom] Tú y yo vamos a hacer muy buenas migas.
El
propio texto sirve como AVISO DISUASORIOpara
quien quiera atreverse a ver la escena original.
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“Cuarentona y blandita”. Escribo esto cuando la que lo pronuncia ya ha
dejado de ser cuarentona (cumplió 50 el pasado 13 de junio), pero hace mucho
que aparenta ser blandita.
“Está caliente y la refrescará”. Entiendo la hipérbole. Me parece excesiva, por
mucho que el alias adoptado por la desbordante corresponda al estado más grande
(y más frío) de la Unión.
“Oye, que no soy una vaca”. Pese a que llegaría a convertirse en la acompañante
de Vaquerizo.
“Tú y yo vamos a hacer buenas migas”. Guiño oculto a la gastronomía manchega y al plato
pastoral por excelencia.
*****
Antes
de seguir, me siento obligado a fijar un contexto.
Según
la leyenda que se ha construido, Almodóvar escribió la película mientras
trabajaba en Telefónica, por entonces
una empresa pública que actuaba en un régimen de monopolio. Esto se suele pasar
por alto: era un funcionario y, cumpliendo el cliché que siempre se les ha adjudicado a los empleados públicos,
practicaba el escaqueo. Le pagaban con dinero del Estado, de todos, para que
dedicara su jornada laboral a labrarse su futuro. Ésa fue su primera forma de procurarse
subvenciones.
Eran
otros tiempos, claro. En 1976, con el general muerto y la democracia sin hacer
signo de presencia (no estaba, aunque se la esperara), se extendía la
transición, un periodo de cambios en los que los jóvenes creíamos que podíamos
renovarlo todo, mientras los mayores se ocupaban de atar (o desatar) lo que
había quedado atado (o pendiente de atar).
Una
época divertida, excitante, provocadora y movida que, años más tarde, en lo
cultural, se catalogó como madrileña,
cuando era fructífera en todo el país (y no sólo en la capital).
En
todo caso, un fenómeno poliédrico, turbulento, de enfrentamientos, tribus y
clanes. De clones que copiaban lo que se cocía fuera. De guisanderos que
trataban de aportar el aderezo local. De descubrir que, cuando Marshall McLuhan había hablado de la “aldea global”, nosotros nos fijábamos
en la parte contratante de la primera parte, mientras otros, los poderosos, los
de fuera (los que tenían un plan), entendían el verdadero sentido de la parte
contratante de la segunda parte (y las posibilidades de su máximo alcance).
Si
la rebelión consistía en un remedo modernizado del “caca, culo, pedo, pis” que usábamos en el patio de colegio,
nuestro futuro sería infantil y aldeano, aunque eso no lo llegaríamos a descubrir
hasta muchos años después.
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Me
estoy perdiendo; estoy empezando a mear
fuera del tiesto. Sé que, más tarde, estaré tentado de cambiar el título
del artículo, para reescribirlo como “Pedro
Almodóvar, miccionario”.
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La
verdadera clave del asunto es comprender cómo una jovencita, que vino de México haciéndose pasar por punk (y formar parte del grupo
embrionario Kaka de Luxe), podía
ruborizarse teniendo a su lado a El Fary,
el exponente más castizo de la tradición nacional del macho español, según
terminología de Agustín Jiménez.
Puede
comprobarse en una participación conjunta en “Un, dos, tres”,
lo que hoy algunos recuerdan como TV de calidad. Fue el 30 de marzo de 1984,
sólo cuatro años después de orinar encima de una profesora de punto murciana.
El
rubor de Olvido Gara (“que no se te
olviden las cosas ahora”) ante el gracejo de José Luis Cantero Rada (“suerte la de tu novio”, le devuelve a
la azafata que, protocolariamente, se la había deseado a ambos) se empequeñece al
escuchar la naturalidad con que la presentadora, Mayra Gómez Kemp, explica que “todo
lo que ganen aquí, ellos lo van a donar al Montepío de la Sociedad General de
Autores, que engloba, pues, a compositores, autores, cantantes y músicos”,
en un mundo en el que hacía falta explicar qué era la SGAE, pero se obviaba
hacer lo mismo con lo que significaba un Montepío.
Un
camino arriesgado el que la cantante había elegido, “viniendo aquí a jugarse el tipo” y en el que se encontraría a gusto.
Eludo enjuiciar las contribuciones artísticas —como presentadora en “La bola de cristal”
(primer programa emitido el 6 de octubre de 1984; acaban de cumplirse 29 años)
o, junto a Juan Tamariz, en el
programa de magia “Chan-tatachán”—
y me salto ex profeso la exposición
masiva de su vida doméstica, con su pareja, para saber que, siempre que
quieran, serán invitados estrella en el programa de María Teresa Campos, elevados a los altares del mainstream viejuno, compartiendo
tertulia y mesa camilla con la profesora de punto y el resto de aplicadas
alumnas. Fue un poco difícil, pero valió la pena.