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viernes, 15 de octubre de 2021

Kanye West — Runaway


Kanye West
Runaway (feat. Pusha T)

My Beautiful Dark Twisted Fantasy (2010)

Atlanta, Georgia (USA)

*****

Me entusiasma esta canción.

Es, para mí, la mejor de ese año.

Me chifla el inicio con las notas de piano, el sutil cambio que se produce con la entrada de las bailarinas clásicas ataviadas con tutú negro, su espasmódica coreografía, ...

La he escuchado un montón de veces, más todas las que vi el vídeo (pero no me atrevo a meterme más de treinta y cuatro minutos para ver la versión extendida).

Todo tiene un límite.

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Me apetecía subirla aquí, porque tengo la sensación de que el blog está incompleto sin tenerla.

Y busco algo más que decir.

Y, por supuesto, no me imaginaba todo lo que iba a encontrarme.

Sé que no tengo tiempo para desentrañar todo el embrollo, pero esbozaré un resumen.

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Kanye es un genio.

Pero también un bocazas.

Y tiene un ego del tamaño de Alaska (el Estado, no la pareja de Vaquerizo).

En 2009 interrumpió a Taylor Swift mientras le entregaban el premio al mejor videoclip del año y West subió al escenario, le quitó el micro y dijo: “Sí, vale. Pero el mejor era el de Beyoncé.

Ésta no daba crédito.

Y nadie de los que estaba presente.

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Luego West se casó con Kim Kardashian y todo alcanzó dimensiones colosales.

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Pero antes de eso, un año después del desplante a Taylor, Kanye escribe esta canción en la que explica muchas cosas.

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Siempre encuentro algo mal

Has estado aguantando mi mierda demasiado tiempo

Estoy tan capacitado para encontrar lo que no me gusta

Que creo que es hora de que brindemos

 

Un brindis por los idiotas

Eso nunca te quitará el trabajo

Cariño, tengo un plan

Huir lo más rápido que pueda

Una huida hacia adelante

lunes, 15 de agosto de 2016

Loquillo y Trogloditas — Quiero un Camión

Loquillo y TrogloditasQuiero un Camión
El Ritmo del Garaje (1983)

Yo para ser feliz...

Olvido Alaska Gara:

Llevar el pecho tatuado.
Y camiseta, mascar tabaco.

José María Loquillo Sanz:

Escupir a los urbanos.
A mi chica meter mano.



Las imágenes están sacadas de una película que pretendía reflejar la movida, en la que se mezclaban actuaciones de grupos de la época, con la delirante ficción de un conjunto de pijos de chichinabo, en sus atropelladas peripecias (una versión motorizada de Verano azul).

Su título lo dice todo, “¡¡¡A tope!!!” (1984).

Perpetrada por Tito Fernández, un sujeto que ya había entregado “Margarita se llama mi amor”, “Sor Ye-yé”, “No desearás al vecino del quinto” o “Cateto a babor”. Las tres películas anteriores a este engendro daban muestras de su deriva: “La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona”, “Gay club” y “Las aventuras de Enrique y Ana.

La llegada de la TV privada le supuso un respiro y se ¿reivindicaría? con un humor rancio y cateto en “Los ladrones van a la oficina”. Se convertiría en mainstream gracias a “Cuéntame cómo pasó”.

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Los años pasan y dan (o quitan) razones: Tito fue homenajeado en vida, porque alcanzó éxito; muchos se mostraron serviles y reconocieron al gran cineasta que siempre había sido.

Su historia ya se ha escrito; yo no emborronaré ni un renglón.

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Pero, ¿y los vocalistas?
¿Qué hacen más de treinta años después?
¿Se cumplieron sus deseos de felicidad?

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Es seguro que lleva el pecho tatuado.
Lleva camiseta. Masca tabaco. A su chico, Mario, le mete mano.




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Él siempre fue rebelde, contracorriente, inadaptado.
Enemigo de las falsas pleitesías.
Amigo de llamar a las cosas por su nombre.
Capaz de tratar de tú a tú a cualquiera.

Salvo que le enseñen la pajarita, con inocencia.



O le dejen claro que no es verdad que se acuerde.



Un bluff: tendrá que escupirse en la palma de la mano (para hacerse un decepcionante homenaje).

sábado, 9 de noviembre de 2013

Hipster vs. Mainstream

Me llama un amigo para decirme que leyó el artículo de ayer, sobre la evolución de Alaska, y que no entendía qué significaba eso del mainstream, ni su relación con la modernidad (ha oído hablar de un hipster, al que imagina como un hippie con perilla). Da la sensación de andar un poco perdido.

Es el momento de llamar a:

(el servicio de interpretación y traducción ultra–cool)

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Supongamos que se trata de un partido de tenis.

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El hipster empieza sacando —porque siempre va por delante—.
Ocupa su turno en mencionar grupos musicales, tendencias, accesorios, cantantes, comics, recursos, ideas, apps, programas que no conoce nadie y que, sospechosamente, siempre vienen de fuera.
Siempre cree que la demo era un must, la versión beta no es underground y la secuela está llena de spoilers.

Está ocupado en estar a la última.

Lo que venía siendo un seguidor de la vanguardia (la actitud, no el periódico).

Como en el mito de Sísifo, recordando a Albert Camus 100 años y un día después de su nacimiento, el hipster está condenado a mantenerse en continuo movimiento ascendente, empujando la roca de su absurda obstinación, sin percatarse de que su destino final es envejecer y ser expulsado de la categoría evanescente de la modernidad, en la que es imposible perpetuarse.

Un día descubre que alguien (mucho más joven) le llama de usted y zozobra.

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Las tribulaciones de una hipster son las de una moderna de pueblo.


"La permanente existencia de la duda" Viñeta: modernadepueblo.com

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Tras encajar los golpes del desprecio, el representante del mainstream, agazapado en su resistencia, empieza a reducir la desventaja. Sabe, más por viejo que por diablo, que largo será el camino. Su seña de identidad es carecer de ella. Al fin y a la postre, le interesa lo que interesa a todos. Le gusta lo que a nadie disgusta y encuentra su hábitat natural en un ascensor, en la sala de espera del Centro de Salud, o en las jornadas de puertas abiertas de cualquier cosa que resulte gratis.

Mainstream es Movistar, Vodafone, Yoigo o cualquier otro operador de telefonía móvil, con esa atracción fatal por las promociones exclusivas.

Es la excusa perfecta para organizar una tertulia, sin necesidad de mesa camilla, radio o brasero.

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Entre ambos extremos prototípicos se establecen profundas diferencias (g)astronómicas: el hipster (ser etéreo) tiende a la efervescencia y le gustan emulsiones, aromas, espumas, aires o bocados. Eso explica su capacidad para embutirse en unos pantalones pitillo, más que ceñidos.

En el mundo mainstream se valora más el embutido: gusta el compango, los platos de cuchara contundentes, tradicionales, los de toda la vida. No se hacen ascos a gazpachos, cocidos o gachas.

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En lo afectivo el hipster tiende a las sensaciones; lo mainstream tira de emociones (más o menos básicas).

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Es, para decirlo claramente, el destino de Sísifo que, en una inspiración repentina, se ve como un hámster dando vueltas en su noria y, cansado, se niega a empujar contracorriente, para aceptar transformarse en Maruja, campechana y locuaz, que gusta a todo el mundo (por negarse a formar parte de la generación rock).

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Todos hemos cometido delitos y faltas, pecadillos de juventud que admitimos con un mohín cómplice.




El partido se decide en el tie–break. ¿Quién crees que ganará el punto definitivo?

viernes, 8 de noviembre de 2013

Pedro Almodóvar, visionario

La escena más recordada de la primera película del más universal de los manchegos (con permiso del hidalgo), incluye claves que cobrarían sentido 33 años después de su filmación en 1980.

"El cartel promocional, ilustración de Carlos Sánchez Pérez, Ceesepe"


Se trata de Pedro Almodóvar, de su debut como director y guionista en “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”, y de la escena en que las tres mujeres se juntan por primera vez y cómo se produce ese encuentro. En 82 segundos se desarrolla el siguiente diálogo.

Pepi (Carmen Maura), Luci (Eva Siva), Bom (Alaska).

— [Bom] ¿Quién es ésta?
— [Pepi] Mi profesora de punto.
— [Bom] Cuarentona y blandita, como a mí me gustan. ¡Uuuuh, vengo meándome!
— [Pepi] ¡Espera! Aprovecha y háztelo encima de ella. Está caliente y la refrescará.
— [Bom] Un poco difícil sí que va a ser, ¡pero valdrá la pena!
— [Pepi] Seguro; yo te ayudo. Tú relájate, hija. ¡Súbete a la silla! Levanta la pierna. Ven, va, venga.
— [Luci] ¡Ah, aaaaahhhh, uuuuhhhh!
— [Bom] ¡Cómo disfrutas!
— [Luci] ¡Aaaaahhhh!
— [Bom] ¡Oye, que no soy una vaca, eh!
— [Luci] ¡Oooyyyyhhhh!
— [Pepi] ¡Bueee...! ¡Hale! ¡Se acabó, ya no hay más!
— [Bom] ¿Tú de dónde eres?
— [Luci] Yo de Murcia.
— [Bom] Tú y yo vamos a hacer muy buenas migas.

El propio texto sirve como AVISO DISUASORIO para quien quiera atreverse a ver la escena original.


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“Cuarentona y blandita”. Escribo esto cuando la que lo pronuncia ya ha dejado de ser cuarentona (cumplió 50 el pasado 13 de junio), pero hace mucho que aparenta ser blandita.
“Está caliente y la refrescará”. Entiendo la hipérbole. Me parece excesiva, por mucho que el alias adoptado por la desbordante corresponda al estado más grande (y más frío) de la Unión.
“Oye, que no soy una vaca”. Pese a que llegaría a convertirse en la acompañante de Vaquerizo.
“Tú y yo vamos a hacer buenas migas”. Guiño oculto a la gastronomía manchega y al plato pastoral por excelencia.

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Antes de seguir, me siento obligado a fijar un contexto.

Según la leyenda que se ha construido, Almodóvar escribió la película mientras trabajaba en Telefónica, por entonces una empresa pública que actuaba en un régimen de monopolio. Esto se suele pasar por alto: era un funcionario y, cumpliendo el cliché que siempre se les ha adjudicado a los empleados públicos, practicaba el escaqueo. Le pagaban con dinero del Estado, de todos, para que dedicara su jornada laboral a labrarse su futuro. Ésa fue su primera forma de procurarse subvenciones.

Eran otros tiempos, claro. En 1976, con el general muerto y la democracia sin hacer signo de presencia (no estaba, aunque se la esperara), se extendía la transición, un periodo de cambios en los que los jóvenes creíamos que podíamos renovarlo todo, mientras los mayores se ocupaban de atar (o desatar) lo que había quedado atado (o pendiente de atar).

Una época divertida, excitante, provocadora y movida que, años más tarde, en lo cultural, se catalogó como madrileña, cuando era fructífera en todo el país (y no sólo en la capital).

En todo caso, un fenómeno poliédrico, turbulento, de enfrentamientos, tribus y clanes. De clones que copiaban lo que se cocía fuera. De guisanderos que trataban de aportar el aderezo local. De descubrir que, cuando Marshall McLuhan había hablado de la “aldea global”, nosotros nos fijábamos en la parte contratante de la primera parte, mientras otros, los poderosos, los de fuera (los que tenían un plan), entendían el verdadero sentido de la parte contratante de la segunda parte (y las posibilidades de su máximo alcance).

Si la rebelión consistía en un remedo modernizado del “caca, culo, pedo, pis” que usábamos en el patio de colegio, nuestro futuro sería infantil y aldeano, aunque eso no lo llegaríamos a descubrir hasta muchos años después.

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Me estoy perdiendo; estoy empezando a mear fuera del tiesto. Sé que, más tarde, estaré tentado de cambiar el título del artículo, para reescribirlo como “Pedro Almodóvar, miccionario”.

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La verdadera clave del asunto es comprender cómo una jovencita, que vino de México haciéndose pasar por punk (y formar parte del grupo embrionario Kaka de Luxe), podía ruborizarse teniendo a su lado a El Fary, el exponente más castizo de la tradición nacional del macho español, según terminología de Agustín Jiménez.

Puede comprobarse en una participación conjunta en Un, dos, tres, lo que hoy algunos recuerdan como TV de calidad. Fue el 30 de marzo de 1984, sólo cuatro años después de orinar encima de una profesora de punto murciana.


El rubor de Olvido Gara (“que no se te olviden las cosas ahora”) ante el gracejo de José Luis Cantero Rada (“suerte la de tu novio”, le devuelve a la azafata que, protocolariamente, se la había deseado a ambos) se empequeñece al escuchar la naturalidad con que la presentadora, Mayra Gómez Kemp, explica que “todo lo que ganen aquí, ellos lo van a donar al Montepío de la Sociedad General de Autores, que engloba, pues, a compositores, autores, cantantes y músicos”, en un mundo en el que hacía falta explicar qué era la SGAE, pero se obviaba hacer lo mismo con lo que significaba un Montepío.

Un camino arriesgado el que la cantante había elegido, “viniendo aquí a jugarse el tipo” y en el que se encontraría a gusto. Eludo enjuiciar las contribuciones artísticas —como presentadora en La bola de cristal (primer programa emitido el 6 de octubre de 1984; acaban de cumplirse 29 años) o, junto a Juan Tamariz, en el programa de magia Chan-tatachán— y me salto ex profeso la exposición masiva de su vida doméstica, con su pareja, para saber que, siempre que quieran, serán invitados estrella en el programa de María Teresa Campos, elevados a los altares del mainstream viejuno, compartiendo tertulia y mesa camilla con la profesora de punto y el resto de aplicadas alumnas. Fue un poco difícil, pero valió la pena.

Y recibió ayuda.

¡Qué jóvenes (e ingenuos) fuimos!

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...