Belén Esteban dijo que había escrito un libro. Mario Vaquerizo, dos. El fin de semana
pasado terminé asustado viendo el festival de Eurovisión. Hay un elefante que
dibuja con la trompa y colaron un cuadro de un mono en un museo de arte moderno.
Lo único que une todos esos conceptos es la puta desfachatez. Desfachatez y
desprecio por los que hacen las carreras de Bellas Artes, por los que tiran a
la papelera folios llenos de historias y por los que buscan un acorde nuevo o
un sonido diferente. A veces, ni siquiera es diferente, sino bueno. Aceptable.
Cualquier cosa de la que sentirse orgulloso. Ahí reside otro problema: el
orgullo. No puede tener orgullo el cantante de Polonia, ni Eduardo Inda si uno se llama a sí mismo artista y el otro
periodista. No pueden tener orgullo Pdro
o Pablo; hacen marketing indigno
hasta para los ¿creativos? de MediaMarkt.
No pueden creer que lo hacen bien Mariano
y Albert porque uno no acepta que lo
puede hacer mejor y el otro se ha subido, con el beneplácito de Pablo, a un pódium tras un campeonato
que ni siquiera han permitido que empiece. No puede ponerse la medalla de
director de cine Santiago Segura,
porque tendríamos que asumir que Woody
Allen y él, “8 apellidos vascos”
y “El apartamento”, son lo mismo. Van Morrison y Pitbull. Cervantes y Mari Cielo Pajares.
¡Qué
gran cantidad de insultos! ¡Qué miserable autoestima desequilibrada! ¡Qué puto
mundo de despropósitos y egos desmedidos!
Y
hay quien dice que todo es arte, pero una mierda de perro en medio de la acera
no es una escultura de Rodin. Un
post no es literatura. Un grito no es un cantante (salvo que la que grita sea Beth Hart).
En
algún lugar se quedó la vergüenza. Y los locos rellenan de mentiras sus
tarjetas de visita. Los que siguen a los locos son aún más locos.
Los
artistas de verdad se mueren. Con las manos gélidas.
José Manuel Villegas, vicesecretario general de C’s, concedió
una rueda de prensa en el Congreso de Diputados, hoy, 17 de febrero, para
informar de la reunión del grupo de negociadores de su partido con los del PSOE.
— “Como todo el mundo sabe, hace ya algunos
días en un proceso de negociación entre el Partido Socialista Obrero Español y
Ciudadanos de cara a explorar la posibilidad de llegar a acuerdos políticos
ante el próximo pleno de investidura que, que, que ya está, que ya está
convocado. Ha habido durante esta última semana unos trabajos, eeeh sectoriales,
eeeeh, digamos por ..., temáticos, en cada una de las áreas de trabajo en que
se ha dividido, en que hemos dividido, un poco ese posible programa y hoy era
una reunión de, ..., plenario, le hemos llamado así, de los grupos negociadores
para hacer un poco de puesta en común y evaluar, pues, cuales eran los avances
en esta negociación y en qué puntos, pues, no existían esos avances, o esos
avances, o había dificultades. La valoración general es que, efectivamente, ha
habido avances, que se están avanzando en algunos temas y legando a, a, a
puntos de encuentro y también, ninguna sorpresa, que hay otros puntos en los
que hay más dificultades, hay otros puntos en los que, eeeh, a día de hoy no
hay, no hay un acuerdo y que por lo tanto se va a tener que seguir trabajando.
Tal como dijimos al iniciar la negociación, nos dimos un par de semanas para
evaluar si podía haber acuerdo o no y tenerlo más o menos ultimado; este plazo
expirará este fin de semana y vamos a seguir trabajando con esa idea, con la
idea de, este fin de semana, o principios de la semana que viene, intentar ver
si hemos llegado a un acuerdo definitivo o no. Ha habido aproximaciones, como
he dicho, en algunos ámbitos; menos, en otros, pero, a nadie se le escapa que
un acuerdo de estas características tiene que ser un acuerdo global, tiene que
ser un acuerdo total y por lo tanto, si en alguno de los puntos que, alguna de las
partes considere fundamentales, no hay acuerdo, pues, eeeh, pues no habrá acuerdo
global y de poco servirán los avances parciales que se hayan, que se hayan
podido producir.
En cuanto a ..., por entrar un poco en
detalle, sin querer ser exhaustivo, pero, por ver un poco cuáles son los temas
en los que se ha avanzado más, o los temas en los que aún hay dificultades,
podemos decir que, ..., hay avances, digamos significativos, o parece que puede
haber puntos de encuentro en ámbitos sobre todo como es la lucha contra el
capitalismo de amiguetes, que le llamamos nosotros..., la lucha contra la
corrupción ...”.
Exhausto,
tras el proceso de negociación y haberse expuesto, en persona, a la mayor
expectación de su carrera, con una comparecencia en la que había más de lo que
no podía hablar que aquello de lo que sí podía hacerlo —porque el significado
de “luz y taquígrafos” resulta tan
incomprensible que no merece la pena detenerse en él; como nadie hace, en
efecto—, Villegas, frustrado por tener que improvisar —algo que detesta—, pero
paladeando el excitante momento de una fama que intuye efímera, decide que
cenará en casa, donde le espera lo que —él así lo desea— un suculento
tentempié; ha podido comprobar que los focos le ponen y que aguantará despierto
toda la noche, si es preciso.
Se
entregará, sin dudarlo un instante.
*****
— ¿Viste
la comparecencia, chiqui?
— Claro. Me llamaste justo antes de que
empezaras. Tuve que poner el 24 horas, justo a la hora de Sálvame...
—
Espero que no fuera el naranja.
— Cari, ya lo sabes: sólo Albert y tú os fijáis en el color de
Sálvame.
—
Es que entre limón y naranja, ¡no hay color!
— Cari: naranja y limón son colores.
—
Siempre eres tan práctica, chiqui.
— Ya te digo.
— ¿Y
qué, te gusté?
— ¿Perdón?
—
En la comparecencia: ¿te gusté?
— No llevabas la corbata que te había preparado...
—
Es que, con la nueva etiqueta que estamos poniendo, ya sabes que nadie va de corbata...
— Ya. No me importan los otros. Yo te
había preparado una; te la regaló mi madre por tu cumple, cari...
—
Sí. Si la llevaba. Pero me la tuve que quitar. Era el único.
— A mí no me importan los otros. No
llevabas la corbata.
—
La próxima vez la llevo.
— La próxima vez no será la primera vez
que te atiende todo el mundo.
—
Jo, chiqui, ya lo siento. Trataré de acordarme la próxima...
— ...vez. Ya lo has dicho.
—
...
— ...
— Pero,
¿Qué te pareció?
— Que no tenías ganas de irte.
—
Sí.
— Estabas disfrutando y no querías dejar
de hacerlo.
—
Sí.
— Le habías cogido gusto y estabas
disfrutando y no querías irte.
—
Sí.
— Te estaba gustando ver cómo te
atendían todos, y no al jefe, y no querías irte.
—
Sí.
— Te estaba gustando. Le pillaste el
tranquillo y avanzabas, pero no...
—
Sí.
— Avanzabas, pero retrocedías; adelante,
pero poco...
—
Sí.
— Un poco para atrás; decías, pero no
decías.
—
Sí.
— Me recordaste el día que salimos por
primera vez.
—
Sí.
— Después de toda la noche, mandándote
señales de que estaba accesible...
—
Sí.
— Me acompañaste a casa de mis padres.
—
Sí.
— Nos acompañaba Alberto.
—
Lo recuerdo. Nunca olvidaré ese día.
— Yo estaba en la puerta, con la mano
detrás de la cabeza, con la señal universal de luz verde.
—
Sí. Siempre dices eso.
— Estaba en escorzo. Me empezaba a doler
el cuello.
—
Sí.
— Y tú, ahí, hablando y hablando y
hablando.
—
Sí.
— Me dolía la cabeza. Habíamos estado
toda la noche bebiendo.
—
Sí.
— Y tú hablabas. Y no callabas.
—
Sí.
— Llegó un momento en que ya no sabía si
quería que me besaras o no.
—
Sí.
— No. No lo sabía, de verdad.
—
Sí.
— Al principio pensaba que quería; luego
tenía dudas.
—
Sí.
— Luego empezó a amanecer. Ya no veía
nada, porque el sol me daba en la cara...
—
Sí.
— ...y me estaba cegando.
—
Sí.
— Entonces te moviste y vi a Alberto.
—
Sí.
— Estaba parado, encima de la valla de
la casa de mis padres, parado sobre una pierna.
—
Sí.
— Parecía que estaba en la postura de la
grulla.
—
Sí. Dijo que se aburría.
— Sí. Él también tenía ganas de que me
besaras y pudierais iros.
—
Sí.
— Pero no.
—
No.
— Y estaba en la postura de la grulla. Y
lo vi. Y me empezó a entrar la risa.
—
Dijo que se aburría y se puso a hacer de gárgola.
— Ya lo sé. Alberto nunca deja pasar la
oportunidad de contar esa historia.
—
Sí.
— Aunque no venga a cuento.
—
Sí.
— Y tú no parabas de hablar. Y a mí me
dolía la cabeza. Y estaba bebida. Y quería entrar en casa de mis padres. Y
echarme a dormir. Y el sol me cegaba la vista. Y te moviste. Y vi a Alberto. Y
estaba parado sobre una pierna, en la valla de la casa de mis padres, en la
postura de la grulla...
—
Haciendo de gárgola.
— Ese día debía haberte mandado a hacer
gárgaras.
—
Sí.
— Mi madre tenía razón. Debía haberme
quedado con tu hermano Ricardo.
Si
fuera una mujer llamada España sentada en un bar y dispuesta a ser cortejada,
podría tener varios pretendientes:
Uno
seria mi ex. Nunca me gustó del todo pero creí que era el compañero mediocre y
capaz con el que salir adelante. Trajo comida a casa, no lo voy a negar, pero
no me llevó a bailar y me pisó cuando lo intentó en el salón. Ahora le veo como
conocido y agotado, con amor y con distancia. He hecho tantos chistes sobre su
pene que no soy capaz de diferenciar la verdad de la realidad que tuvimos en
las pocas noches de idilio que nos permitió la vida y que nos llevó a tener un
piso hipotecado que no es un castillo ni un loft. Se parece más a la antigua
casa de la abuela y es mucho, muchísimo más cara. Cada mes que llega la
hipoteca pienso que el calzonazos ese podía haber negociado mejor, cada vez que
aparece a la hora de la cena me da un asco que flipas y me pregunto cómo pasó
de ser un faro a ser el abuelo de Heidi y ahora un mendigo de amor pidiendo,
cual recién abandonado, una nueva oportunidad de ser felices.
Otro
es un tipo joven y elegante con una sonrisa embriagadora. Tiene una
conversación fluida y estoy segura que se depila los huevos. Le pregunto si
acaso es bueno en la cama y me dice que será lo mejor que pueda, que lo hará
como le sea posible pero que más adelante, cuando pasen los años y miremos a
nuestros hijos a los ojos, estaré orgullosa. “Al fin y al cabo” —me dice— “una
relación tiene que tener un objetivo y habrá que trabajar por ello”.
Y sí, eso está bien. Aburridamente bien. Conceptualmente correcto y
hasta factible. Está bien controlar el misionero y no hacer ruido para que no
se despierten los niños. Pero, joder, de vez en cuando también quiero que me
follen y que me empotren entre el ruido ensordecedor de nuestros gemidos sin
que sea una promesa que no llega nunca después de prepararme y esforzarme y
sacrificarme por un bien superior que me ponen en la estantería de “lejano”.
En
otro lugar está el amor platónico de la universidad. Se ha convertido en un
anuncio de supermercado como si quisiera ser el galán de las películas
somnolientas de los sábados por la tarde. Tintinea con destellos cuando sonríe.
Fue el capitán del equipo de fútbol y estoy segura que le siguen quedando bien
las medias de deporte. Me dice lo que quiero oír: me dice que estoy guapa, me
dice que estoy delgada. Me dice que “no
tengo que poner en duda que tendré con él el mejor sexo de mi vida porque ha
aprendido de los errores de universidad y ahora es el momento de disfrutar todo
lo aprendido”. Me dice que tengo derecho a disfrutar del sexo con él, que
es la mejor opción en la cama, que me la puede meter de tres y que la va a
meter de tres. Sin embargo tengo la percepción de que quiere disfrutar él
solo y eso nunca es divertido. Nunca es apasionante encontrarse con un tipo
guapo y ufano en el otro lado de la cama esperando a que le digas lo viril que
es, como si necesitase una aprobación continua, como si le tuvieras que dar un
azucarillo después de correrse.
Se
me ha acercado un tipo algo desaliñado. Me ha prometido sexo infinito,
veganismo y reiki. Me ha asegurado la temperatura correcta en el jacuzzi de
nuestra pasión, rodeados de productos ecológicos que fotografiaremos para
subirlos a su cuenta de twitter. Me ha intentado convencer de que no debo
preocuparme por nada y que él mismo, magnífico en su propia magnificencia, hará
de su lengua la varita mágica en la que nos subiremos para no bajar jamás. Es
más, me afirma que tiene amor para mí, para la vecina, para una que pasa por
ahí, tres turistas, dos refugiadas y cualquiera que lo necesite porque cogerá
el amor de los que tienen mucho para repartirlo gratis. Todo será luz tras este
bar de oscuridad, tras estos años en los que no tuvimos la suerte de conocer su
senda ni su prolífico amor y, sin embargo, creo que quiere follarme en el
callejón de atrás para contar a sus amigos lo bien que lo hizo. Comer una,
contar veinte. Ser un trilero del parchís que se olvida que el efecto Coolidge no es
infinito y el amor, tampoco. La promesas de amor eterno siempre son mentira
hasta en el convencimiento inexperto de los adolescentes que no han salido de
casa ni para comprar el pan y no ha sabido gestionar una sola erección en
compañía.
Así
que, aunque me carcomo por dentro después de apurar el gin tonic que es la
bebida de las separadas porque es amarga, debo de elegir entre esos cuatro y
mis genitales se empequeñecen cuando todos, absolutamente todos, en vez de
decirme lo que me harán bien, se empeñan en decirme lo mal que lo harán los
demás.
Como
un reality contemporáneo y miserable no puedo quedarme con lo bueno de cada
uno. Me encantaría poderles mezclar en una coctelera, bebérmelos y orinarlos.
*****
SOLUCIÓN (Como en los pasatiempos): Rajoy,
Rivera, Sánchez e Iglesias.
SOLUCIONES ALTERNATIVAS: Garzón, Urkullu, Mas,
el tuerto, el barbudo, tu primo.
Vengo
de comparecer en Santiago (de Compostela) y, a la vuelta, me entero que el
ministro de Hacienda, tocayo del patrón de los conductores (Montoro), no ha comparecido (en la sesión
de control del Congreso), convencido de que la dificultad de los temas que
pretendía tratar iban a generar una natural controversia y, por ello, delegó en
Santiago Menéndez, Director General
de la Agencia Tributaria, para que, a
la vista de lo complejo y delicado de la información de la que dispone, sobre
la que se cuestiona su confidencialidad, deba resolver compareciendo (o comparecer
resolviendo), en un intento desesperado de contener el sinsentido, aportando
información para desfacer el entuerto.
Conclusión:
otra tediosa sesión parlamentaria, para otear mirlos y dejar pasar guarros.
— ¡Ssshhhh! ¡Calla! Ahí está Santiago:
el del centro.
“Sé,
que las portadas de los periódicos y los informativos de las emisoras de radio
y TV han creado muchas expectativas en torno a esta comparecencia, pero yo no
puedo referirme a ningún contribuyente concreto”.
“La
Agencia Tributaria investiga con discreción y sigilo, constantemente. Esta
confidencialidad está en el ADN de los funcionarios de la Agencia”.
“…usted
dispondrá de los datos? Mire, yo dispongo de todos los datos que hay en la
Agencia, que son la ‘repera’, la ‘repera patatera’”.
Si
quieren consultar un “resumen más amplio”,
deben dirigirse al diario de sesiones, pese que, estoy convencido de ello, no
tendrán la más mínima gana de hacerlo.
Mi
experto amigo confirma la tesis de que he procedido de forma incorrecta.
Ayer
era el día en que se iniciaba el debate del Estado de la nación, esa función en
dos (tres) actos en la que los miembros del Congreso de los Diputados se vuelven sobre
sí mismos, más si cabe, enclaustrándose en su intento de tomar el pulso a los
asuntos que les preocupan y hablar sobre ellos.
Quizá
sea el selfie colectivo más
deprimente que puede generar la política.
*****
Las
circunstancias señalaban que éste sería un debate diferente; se esperaba ver a Pdro Snchz y Alberto Garzón (en sus primeras intervenciones en situación similar) y escuchar a Pablo Iglesias y Albert Rivera (como alternativas emergentes, pero sin voz propia
por su falta de representación electa) ante un Rajoy, veterano en estas lides (como presidente del Gobierno y, con
anterioridad, como parte de la oposición).
Pero,
en una muestra de la situación nacional, la verdadera protagonista del evento
fue Celia Villalobos.
Durante
un momento, tuvo que asumir temporalmente las funciones de presidencia de la
cámara. Quizá Jesús Posada anduviera
con cistitis, o quizá no recordara que los
precios de los gin-tonics habían subido, asuntillos perdonables a sus casi
70 años.
Por
el contrario, la actitud de la malagueña fue imperdonable.
En
ese instante en que debió colocarse por encima de su presidente, se puso a
jugar al Candy Crush. Y fue pillada. Por Antonio Maestre, de La
Marea.
Me
resulta tan indignante, que me quedo sin argumentos para analizar este momento
dantesco y dejo que sea Dani Mateo
(colaborador de El Intermedio) quien desgrane los detalles.
Dedicarse
a jugar (por lo que parece, sin demasiada pericia, usando el dedo en modo
buitre) no le impedía cumplir con su obligación; resulta entendible que
mientras su superior orgánico habla de cosas a las que ella debe asentir, pueda
relajarse un instante. Pero, cuando fue necesario, al subir Joan
Coscubiela al estrado de oradores, mostró un nivel adecuado de concentración, atenta
a los descalificativos que el interfecto pudiera emplear, agudizando sus orejas
de lobo. Su rápida intervención evitó que Coscubiela pasara de denominar a
Rajoy como capo (lo que hizo), a demonizarlo y proponer que fuera capado (quedó en conato).
*****
Las
reacciones no se hicieron esperar. La noticia corrió pronto y, olvidando las
propuestas políticas (si es que las hubo) se desató una fuerte indignación hacia
el hecho de que Villalobos se pusiera a jugar al Candy, un engendro que todos sabemos que es maligno,
como bien nos recuerdan Glove and Boots.
Jo.
Ya
he enumerado todos los tópicos del día.
Me
siento completamente infeliz.
Porque
he vuelto a comprobar que no me gustan los tópicos.
*****
¿Debo
criticar a Celia por jugar al Candy, cuando todo el mundo lo hace?
Esté
donde esté, hay gente jugando al Candy (o a sus sustitutos).
¿No
se supone que criticamos a los políticos, y les consideramos
como parte de una casta, porque se encuentran alejados del pueblo,
encerrados en un mundo de cristal que no es en el que vivimos los demás?
Pues
mostrar una debilidad humana (ampliamente extendida), tampoco debería ser para
tanto.