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martes, 22 de mayo de 2012

G8

Reconozco que el chiste es más fácil en bable; sale sólo cuando el número se convierte en letra: GOCHO.


¿Por qué son 10? ¿Y quiénes son? Recordando la final ganada por el Chelsea, narramos, de izquierda a derecha:


Con el número 1, el presidente de la Comisión europea, Jose Manuel Barroso
Con el 2, el primer ministro ruso, Dmitri Medvedev
Con el 3, el primer ministro de Japón, Yoshihiko Noda
Con el 4, el primer ministro de Canadá, Stephen Harper
Con el 5, el presidente francés, François Hollande
Con el 6, el presidente de USA, Barack Obama
Con el 7, la canciller alemana, Angela Merkel
Con el 8, el primer ministro británico, David Cameron
Con el 9, el primer ministro de Italia, Mario Monti
Con el 10, el presidente del Consejo europeo, Herman Van Rompuy


Vamos con los detalles. Un vídeo nos lo deja más claro. “Quizás la foto de familia sirva de metáfora”, narra la locutora. No reconoce que “foto de familia” es una metáfora. Sin duda es la metáfora más importante que nos tratan de colar: “somos una familia” y, como en cualquier familia que se precie —Los Soprano, Los Simpson, Los Ewing, Los Gioberti, Los Channing, Los Picapiedra— unos piensan las decisiones que adoptaran para que, el resto, las cumplamos a regañadientes. Así que, esa foto es la metáfora.

Y, para reforzar el mensaje, se cierra el vídeo con las distracciones que nos resultan tan familiares (por conocidas) a todos: esa foto fija de Cameron levantando el puño (en un gesto tan común como apasionado) para celebrar el gol de Didier Drogba.

— ¿Ves? Si les emociona lo mismo que a nosotros.
— Pásame otra cervecita, anda.

Y, si McLuhan tenía razón y “el medio es el mensaje”, deben transmitir que son una familia como las demás, deben dar un paso y, aunque se alineen en una plataforma, eliminar su habitual encorsetamiento y desenvolverse como gente ordinaria. ¿Cómo? Eliminando barreras. Vistiéndose en lo que más llega al pueblo: desecharon el atuendo cervecero y decidieron ponerse de sport. Para no iniciados, aclaro que, ahora, este tipo de indumentaria se llama casual wear y, en lo básico sustituye al chándal y, más atrás a la chaqueta de tweed con coderas. Es lo que un conjunto Cocoon se pone para estar cómodos.

Fíjate qué monos, cómo saludan, moviendo sus manitas. Solo Merkel, por mujer y Hollande, nervioso en su debú, dejan de practicar, como octeto con coreografía sincrónica, el cinco lobitos”.

Y parémonos en su atuendo:

1 — Barroso

Aunque por el gesto no transmite esa sensación, está profundamente sobrecogido porque Cristiano Ronaldo no jugará en la final de Munich, y, también, por actuar como invitado de piedra, lo que le relega a una posición escorada, lejos de la posición central, que tanto le gusta.

Recordemos que todo está estudiado de antemano.

Se rebela poquito; su gesto es quitarse la corbata de luto que tenía preparada para la ocasión. En cualquier caso, la guarda en el bolsillo izquierdo, por si la cosa se les va de las manos, y necesita terminar anudándosela a la frente, a lo samurai, a lo Nicky en la ruleta rusa del final de El cazador.

2 — Medvedev.

Como si ya hubieran dispuesto de suficiente vodkay las walkirias sonaran atronadoras—, el ruso ya está lanzado. Se ha quitado la chaqueta, la ha hecho rodar enérgicamente sobre su cabeza y la ha lanzado, ya no importa dónde.


Sabe que el Chelsea, de su amigo Abramovich, será el vencedor, dentro de muy poco, y, por eso, se quita la chaqueta anticipando el fiestón.

3 — Noda.

Mantener los ojos entrecerrados en un gesto permanente —y la sonoridad de su apellido— le convierten en  maestro (por viejecillo, pero, también, por sabio). Transmite la sensación de que está a punto de desvelar un gran secreto: puede manejar la fuerza, o sabe encerar el coche a conciencia.

Nada más lejos.

Debemos atender a los detalles. Obviemos su chaqueta con cremallera hasta el cuello (el epítome del calor confortable) y centrémonos en su desorbitada macrocefalia. Buscando el detalle en el pantalón, se percibe el crecimiento de una (incipiente) erección. Es la erótica del poder.

4 — Harper.

Admito pronto que no sé quién es este punto. Reconozco que no estoy puesto en la radiografía de los poderosos y, cada vez que tengo que empezar a escribir un alegórico biopic, descubro cuántos eran, para mí, grandes desconocidos. Como Urdaneta para la mayoría.

A primera vista parece un predicador baptista metodista, blanco, de la iglesia del juicio final de los últimos días. Un pastor (sin rebaño), protestante (en las reuniones con público) y callado en casa (sometido al juicio de la parienta).

Más tarde leí que era canadiense. ¡Ah!

5 — Hollande.

El francés. El sustituto de Sarkozy. Con Putin ausente, Yeltsin retirado, a este francés le encomendamos que, con sus gestos, nos entretenga.


Es, sin duda, Levinson (sin pajarita). Esta noche correrá el vino.

6 — Obama.

El blanco de todas las miradas.

En este intento de transmitir al público que (ellos) nos sacarán del apuro, porque (ellos) son de los nuestros, aunque —al final— esto lo tengamos que terminar pagando (nosotros), la posición preeminente se la reservan a él, como cabeza rectora.

“Si una empresa tiene que recortar en París o en Madrid, eso se traduce en menos negocio para las fábricas de Pittsburgh o Milwaukee”.

Esclarecedor.

7 — Merkel.

La que mejor va vestida (porque va como siempre). La que peor va desnuda (aunque trato de que esa imagen no se me quede grabada).

Mantiene una postura pimpante que aparenta que, con un poco de impulso, se lanzará a la piscina.

No. Si hubiera pasado, sabríamos que había sido ella.

Y nos queda, para el final el tridente. Ellos sabrán por qué se han colocado así.

8, 9 y 10 — Cameron, Monti y Van Rompuy.

Les consideraremos como una unidad trina.

El triángulo de las bermudas (doy las gracias porque ninguno se animo a lucir sus pantorrillas fláccidas portando esa prenda indecorosa) se extiende entre los tres vértices que se dibujan por la caída de sus respectivos pullover en torno a tres montículos adiposos: las dos protuberancias de sus pechos fofos y la apuntada barriga cervecera.

Es evidente que hay algunos asesores de imagen que estarán despedidos.



Pues esto es todo amigos. Estos personajes se han reunido para, en la comodidad de su refugio infernal, decidir qué hacer con nuestro dinero.


Para no iniciados en bable, ofrezco traducción simultánea;
¡qué gochos! se puede entender como ¡qué cerdos!

miércoles, 3 de agosto de 2011

Un cafelito

Foto: Paul Watson

Sólo, cortado, con leche. ¡Qué tiempos aquellos en los que éstas eran las tres únicas formas de pedir un café! Era más o menos fácil entrar en una cafetería y saber qué era lo que te iban a servir en función de lo que pedías. Ya sé que las cosas también han cambiado desde la perspectiva del camarero. Por descontado: he escuchado esas peticiones absurdas tipo “un café con leche, largo de café, con leche templada, en vaso de cristal y con sacarina”. He visto gente con el EEG tan plano como su televisor mostrando y demostrando su creatividad a la hora de pedir un café, avisando al camarero y a quien le quisiera oír que, ahí mismo, hay alguien especial, único, que pide un café como nunca lo había pedido nadie antes. Conozco nuevas variantes que se han ido poniendo de moda —el “desgraciao”: descafeinado, con leche desnatada y sacarina / el “bombón”: con leche condensada, para amigas de la operación bikini ya / el “carajito”, en sus múltiples posibilidades / etc., la lista es infinita—.  Ya sé que en una comida grupal pedir la comanda de los cafés es mucho más complicado que el resto de comandas. Si hay, pongamos doce comensales, habrá doce formas distintas de pedir el café —e infusiones— y posibilidad 0 de agrupar los pedidos. Pero no soy camarero y esa perspectiva me confunde.

Soy un cliente y mi forma de afrontar un café se limita a tres alternativas elementales:

  1. Despertarme. Los cafés de primera hora que nos devuelven a la vida. Para quien desayune fuera sabrá lo que es ir a quitarse la legaña al sitio de siempre, sentarse en la mesa de costumbre, encender el pitillo, coger el Marca y —sin pedir, porque saben lo que tomamos— esperar a que te sirvan. Ya sé que ésta es una secuencia antigua. He cambiado de hábitos —el Gobierno nos ayudó a dejar de fumar bajo techo, los médicos me recomendaron que bajara la dosis de cafeína—. Lo que más me ha costado es dejar de leer el Marca —ya no sé si CR7 se sigue pintando las uñas de los pies o no—.

  1. Refrescarme. En verano, esos cafés con hielo en lugar de unas cañitas.

  1. Entretenerme. Sólo o en compañía de otros. Siempre me ha gustado trabajar en cafeterías. Leer o escribir. Observar mientras tengo que esperar. Después de una comida acompañado, el café como incitador a la conversación. La sobremesa tranquila con el apetito saciado y el ansia de ser juguetón.


He viajado mucho por toda España. Siempre sé el café que, en ese preciso momento, me apetece tomar, pero no siempre estoy seguro si seré capaz de conseguirlo. Cuando era más joven, y tenía más capacidad para admitir cafeína, me gustaba tomar el cortado como lo sirven en Asturias, con un chorrito breve de leche. Cuando fui a vivir a Madrid, descubrí que, allí, el cortado se sirve con unas gotas de leche —lo que los ingleses llamarían una nube—. En fin, que dependiendo de dónde estuvieras, debías saber cómo se llamaba lo que querías que te sirvieran.

El súmmum llegó en un curso que estuve dando en Santander. Tenía una duración de tres semanas, no continuas, y un horario muy cómodo: de diez a dos. Me permitía dormir en Oviedo y hacer turismo por Cantabria. Comí en y visité Comillas, Santillana del Mar, Suances, Cóbreces, San Vicente de la Barquera, Cabuérniga, Bárcena Mayor y más sitios de la Cantabria occidental que ahora olvido.

Por las mañanas paraba a tomar un café en Casa Junco, en El Peral, el último pueblo antes de dejar Asturias y tomar, ya en Unquera, la A-8 hasta mi destino en Maliaño, justo al lado de Santander. En el curso, teníamos un descanso que aprovechábamos para ir a una cafetería próxima a tomar un café y encender un pitillo. Y aquí venía el follón. En las dos cafeterías utilizaban vajillas similares, con dos tamaños de taza para el café con leche: en Asturias se les llama taza pequeña y mediana, mientras en Cantabria, las llaman mediana y grande. Era un jaleo: tenía que recordar dónde estaba y traducir lo que quería al lenguaje local. Las dos primeras semanas la camarera se acordaba de mí (el asturiano chiflado) y podía ocuparme de las preguntas que los formandos, pese a ser la pausa para el descanso, me seguían haciendo. La tercera semana, por motivos que no vienen al caso, se cambió de centro de formación. Mis problemas volvieron a aparecer.

Me ha sucedido en un montón de sitios: sé lo que quiero tomar, pero no sé cómo pedirlo. Quiero decir: sé que si lo pido como suelo hacerlo siempre —café con leche—, puede que no me traigan lo que quiero tomar. Antes sucedía cuando cambiabas de ciudad, un inconveniente añadido a los viajes. Si era yendo como turista, añadía una nota de color. Si era en un viaje de trabajo, se convertía en una incomodidad añadida. Si además, tienes que trabajar con traje y corbata y empiezas a detallar al camarero lo que quieres que te sirvan y cómo, te consideran un pijo y terminan haciendo lo que les da la gana. La dosis adicional de cafeína, sumada al estrés de viajar y trabajar, para encontrarte con un camarero que te mira con desprecio, no ayuda a tranquilizar las cosas.

Ahora, cuando la movilidad es una constante en el gremio de hostelería, ni siquiera sabes seguro si en la ciudad en la que resides te van a poner el café como te lo han puesto siempre. La rotación de personal en determinados establecimientos hace que ya ni siquiera en el mismo sitio sepas lo que va a pasar cuando empiezas a pedir tu café.

Y el Gobierno mira para otro lado. Empeñado en regular cosas que no le interesan a nadie, —atendiendo al IBI, el IVA o el IRPF—, desatiende los verdaderos problemas de los ciudadanos. Los políticos se preocupan del canon digital, se preocupan de calificar y recalificar terrenos, de calificar y descalificar al adversario, pero pasan olímpicamente de calificar y clasificar el café y sus modos de presentación.

En Málaga durante la celebración de un curso me contaron que hay una cafetería que tiene siete formas de llamar al café, en función de las proporciones de leche y café que cada uno lleva. Durante un tiempo utilicé la estrategia de pedir el café 50% —mitad leche, mitad café—, pero descubrí que, como aquí no se aplica el porcentaje para calcular las propinas como hacen en USA, los camareros nacionales tienen más descuidada la aritmética.

Así que, ahora que ya sabemos cuando serán las próximas elecciones, en este foro público que es mi blog, anuncio mi decisión de votar al partido político que se comprometa a incluir en su programa electoral la propuesta de redactar un Decreto-Ley que regule, para todo el territorio nacional, las proporciones de leche y café que debe llevar un cortado, un café con leche largo y uno corto, un americano, un carajito, un irlandés, un escocés y un senegalés. Propongo además el nombre que, siguiendo el ejemplo francés deberá llevar esa regulación: “Decreto Ley Café Olé”. Esos son los temas de relevancia que nuestros políticos deben afrontar y no las mariconadas a las que suelen prestar atención: límites de velocidad, normalidad lingüística, regulación del desempleo y sus propias subidas de sueldo.


Coda final: en una cena con amigos pedí un café con hielo y, como ya voy teniendo problemas para conciliar el sueño, añadí que fuera descafeinado. El camarero me preguntó si lo quería de máquina. ¿Cómo podría haber tomado un café con hielo con un sobre de descafeinado?


Chema, Maite, Vanesa, Abel y Ana son los responsables de que perpetrara este artículo
Gracias por una cena tan agradable

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...