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lunes, 15 de febrero de 2021

Jillette Johnson — What Would Jesus Do

Jillette JohnsonWhat Would Jesus Do

It’s a Beautiful Day and I Love You (2021)

Nashville, Tennessee (USA)

Enlace

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El tercer disco de Jillette Johnson refleja el espíritu actual.

Si nada es predecible y todo escapa a nuestro control, quizá sea mejor dejarse llevar.

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No soy médico ni abogado

No soy nadie para juzgarte

Haz lo que creas que debes hacer

 

Espero que lo que hagas te alivie

Aunque estés trapicheando con droga

Nunca pierdas la esperanza

¿Qué haría Jesús?

No lo sé, pero sé que no lo haría a mi manera

 Es mejor aceptar que culpar

viernes, 15 de enero de 2021

Todo esto es culpa vuestra

La serie Years and Years (BBC, 2019) sigue la vida de los cuatro hermanos Lyons: Edith (Jessica Hynes), Stephen (Rory Kinnear), Daniel (Russell Tovey) y Rosie (Ruth Madeley), desde una fecha crucial de 2019 y un vertiginoso avance distópico que abarca los siguientes quince años.

La familia se articula en torno a la abuela, Muriel (Anne Reid) que, habiendo alcanzado esa incierta edad, se toma la licencia de soltarles la siguiente arenga:


 

En realidad no es más que una versión moderna y actualizada del conocido alegato de Martin Niemöller:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a por los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío. Cuando finalmente vinieron a por mí, no había nadie más que pudiera protestar”.

 Nada menos.

domingo, 31 de julio de 2016

James Carr — At The Dark End of the Street

James CarrAt The Dark End of the Street
You Got My Mind Messed Up (1967)

Memphis, en 1966, era una ciudad pequeña, aunque muy importante en el negocio musical, por la cantidad y variedad de personajes implicados en él. En el verano de ese año se celebró una convención de DJ, seres dedicados a la mala vida, que, a la menor ocasión, organizaban una timba. En una de ellas se aburrían Dan Penn y Chips Moman, dos músicos blancos que, si no hubiera existido el soul, se habrían dedicado para siempre al country. Pero Memphis era un lugar especial, en el que no existía (al menos en lo musical) segregación: compositores y productores, músicos y propietarios de sellos discográficos o estudios de grabación, trabajaban juntos para hacer una mezcla altamente explosiva. Así que Penn y Moman, blancos ambos, hartos de perder el tiempo jugando a las cartas, se involucran en componer una canción, aprovechando retazos de la melodía de uno y frases escritas por el otro. Necesitan concentración y tranquilidad, algo que no encuentran en el hotel donde se realiza la convención. Quinton M. Claunch les ofrece una habitación para trabajar, en el hotel que está enfrente, de su propiedad, poniendo una condición: la canción que compongan la interpretará su protegido, James Carr.

Claunch, blanco, era, además de propietario del hotel donde finalmente se compuso la canción, fundador de los sellos HI, donde Al Green alcanzaría la inmortalidad, y Goldwax, donde publicaba Carr. Era también su representante y, el cantante, su apuesta más firme para destilar esa música, conocida como  southern soul, y cocinada con dos ingredientes básicos: la pasión de los intérpretes (negros) y los sentimientos de los compositores y músicos (blancos).

Ese lugar, a mitad de camino, donde todos nos mostramos débiles y nos atrevemos a compartir nuestras difíciles experiencias vitales, las que han hecho mella en nosotros para siempre.

Treinta minutos necesitaron Penn y Moman para poner la guinda a una canción eterna. En ella, un adúltero le habla a la mujer con la que mantienen relaciones ilícitas, con quien se reúne en el lado oscuro de la calle. El tono es de culpa absoluta, abrumado por estar haciendo lo que sabe que no debería hacer. La letra tiene pasajes estremecedores: “esconderse en la oscuridad”, “vivir en las tinieblas”, “ser víctimas”, “pagar por lo robado”, “es un pecado”, “está mal”, “escabullirse”, “nos encontrarán”, “no llores”.

James Carr había interiorizado esas emociones y debía expresarlas en el estudio de grabación —Royal Studios, propiedad de Willie Mitchell, en lo que antes había sido el Royal Theatre—. Llegado el momento de grabar, Carr no aparecía. Claunch le encontró, agazapado en el techo del estudio, casi catatónico. Era evidente que sufría una crisis personal; el texto y las emociones contenidas en él le habían calado con tal hondura que no podía despegarse de ellas.

La mano izquierda de Claunch, su amigo y reverenciado admirador, su charla tranquila y unos pitillos compartidos, lograron convencer a Carr para que bajara y mostrara al mundo —a todos, para siempre— lo que implica reprocharse a uno mismo y sentir la necesidad de verse redimido.

Eso es implicarse, cantando una historia, y lo demás, monsergas.



James Carr era un tipo complejo, introvertido y atormentado, incapaz de cantar en público, pero dotado de una dilatada sensibilidad.

La anécdota referida, una de las más esclarecedoras de su personalidad, sería juzgada hoy por cualquiera de los que esperan a ser atendidos en la cola del supermercado, despachada con la ligereza y superficialidad que caracterizan los tiempos que vivimos, identificada como muestra evidente de bipolaridad.

Sin despeinarse siquiera.

Y sin posibilidad de apelación o recurso.

lunes, 13 de junio de 2016

Bonnie Raitt — Guilty

Bonnie RaittGuilty
Takin' My Time (1973)

Sí. Soy culpable.
Seré culpable para el resto de mi vida.

Ya sabes lo que me pasa.
No me soporto.
Tengo que tomar mucha medicina.
Para poder fingir que soy otra persona.

La amarga sensación de la derrota y la desesperación, en una composición de Randy Newman, interpretada magistralmente por Bonnie Raitt.



Es imposible ahogar las culpas en alcohol cuando ya han aprendido a nadar.

viernes, 6 de mayo de 2016

Schrödinger se fue de parranda sin saber si le había tocado la loto

Ricardo Villegas:

En los últimos años, quizá a remolque de alguna mala educación o de un mal entendimiento de los libros de autoayuda, ha aparecido una generación variable, desconcertada, activa y pasiva a la vez, que, probablemente, no sabe hacia dónde esforzarse, si es que ha de hacerlo, para poder tener acceso a la cuarta parte de sus sueños.

Es la misma generación que cree que todo se puede, que “sí se puede”, pero no sabe realmente lo que se puede, si es que se puede, o si quizá se llegará a poder pero, joder, debería de poderse.
¿Te has enterado tú?
Yo tampoco.

Es una generación convencida de que todos sus males son siempre culpa de otro.
Si conducen, la culpa es del peatón, porque no sabe dónde están los pasos de cebra.
Cuando van andando, la culpa es de los desaprensivos conductores, que van como locos.
Culpa de los defraudadores, siempre los demás; ellos velan por su subsistencia.
Culpa del gran poder, del gran capital.
Culpa, culpa, culpa.

Que los demás —que no lo merecen tanto como yo— no puedan, pero yo sí, resulta ser una especie de objetivo absoluto que no está centrado en nada en particular. Ahí radica uno de los problemas.

¿Qué se puede? Felicidad, democracia, igualdad, equilibro, solidaridad. Joder, es muy bonito y muy feliz. Es ser el hombre mágico del país feliz de la casa de gominola de la calle de la piruleta. Pero en realidad no es nada. NADA. Un objetivo es comer ternera el martes. Un objetivo es poder ahorrar 4200€ para cambiar de moto.
Eso es un objetivo: algo cuantificable.

Las pseudociencias son muy de esa manera de pensar. Curar el cáncer con flores de Bach. Solucionar los mareos con reiki. Pero ninguna, absolutamente ninguna peudomedicina, promete que el jueves que viene la herida habrá cicatrizado, porque eso es cuantificable.
En el momento de cuantificar se pierde la emoción de lo mágico.


Guay. Chachi. Mola.

El gato de Schrödinger, simplificación máxima de la física cuántica, está a la vez vivo y muerto dentro de la caja porque no lo sabremos hasta que la abramos. En ese instante de duda previa, de momento dramático casi televisivo, coexisten ambos estados como si fueran dos universos paralelos.
Quienes vivimos en este dramático mundo estamos a la vez vivos y muertos.
Nos indignamos con valores absolutos y mandamos vídeos graciosos a la vez.
Pero nos aterra mirar en la caja por si acaso estamos muertos o tenemos la responsabilidad de estar vivos.
Hay una falta de control de la lógica: trabajo + esfuerzo (ya no) es igual a recompensa.
No se puede saber si mañana, al llegar a la empresa, habrá empresa. En ese sentido uno se puede aferrar a lo mágico o aferrarse a la desidia que son los dos estadios en el mundo cuántico social. La desidia es una posición lógica y eso es muy malo

En vez de aprender a afrontar las hipócritas casualidades que nos suceden a diario, hemos aprendido a protegernos, a quitarnos culpa, a pensar en magias.
Hemos aprendido a no cuantificar para no decepcionarnos y eso no es más que una gran coraza que nos lleva de la indignación a la pasividad, de “La Sexta noche” a “Gran Hermano”, sin querer asumir limitaciones o responsabilidades.

Somos reyes de la oposición, sin querer ser gobierno.

La culpa es de los otros. La solución la tienen que encontrar otros. Los problemas son NUESTROS.
Algo no cuadra en esa ecuación.

La nueva postura social —postureo en términos modernos—, es sentarse frente a la caja, en la posición del loto, para publicar en facebook que estás en contra de matar gatos. Muy en contra. También gritar que te gusta ver saltar a los gatos, cuando están vivos. Pero, JAMÁS, abrir la caja. Como mucho, iniciar una petición en change.org.

Hijos de puta: os estáis convirtiendo en gatos.

Empezad a hacer cosas, a aprender a fracasar, a jugar con breves objetivos, a valorar lo que cuesta hacer pequeñas cosas y entonces, quizá, saldréis de la caja donde no os ha metido nadie más poderoso que vuestro propio miedo.


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PD — me metamorfoseo en un gurú de autoayuda que abofetea a los que pagan por ir a sus charlas vacías, llenas de términos absolutos.
No es culpa mía.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Culpables

—Acabo de pasar un episodio de amnesia del reconocimiento.
—¿Qué?
—Ya sabes: la experiencia procognoscitiva descrita por Émile Boirac.
—¿Por quién?
—El difusor del esperanto, traductor de la “Monadología”, de Leibniz.
—¿Lo cuálo?
—Precursor de la metognimia, o percepción extrasensorial.
—¿Mande?
—El conocimiento adquirido sin el uso de los sentidos...
—El sinsentido.
—No, hombre. El afamado miembro de la Sociedad Magnetológica argentina, fundada por el psíquico paraguayo Ovidio Rebaudi, junto a Charles Richet, César de Vesme, Enrico Morselli y Théodore Flournoy, ya sabes.
—Sí. Me suena...
—El déjà vu.
—Lo sabía.


Es lo que ocurre cuando tienes memoria de pez; nunca sabes si ya has pasado antes por lo mismo.

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Unos amigos hablaban de los discos y de cómo era posible que se hicieran, sin poner ningún cuidado, y de por qué no se incluía en el CD un libreto con los créditos (compositores e intérpretes), letras de las canciones (una traducción al español podría considerarse un lujo, pero...), fotos de conciertos; y de que, en todo caso, teniendo en cuenta que había que desempolvar quince napos por unas canciones que era sencillo copiar, que alcanzaban siempre la docena aunque era posible que con una o dos hubiera sido suficiente, y que como eran tan pocos los clientes que compraban los CDs, si acaso no resultaba mejor prestar un poco de atención al detalle y hacer objetos, formato físico, de calidad —por descontado mis amigos obviaban la calidad de la música en general, porque ellos tienen un gusto refinado del que tengo a bien aprovecharme, y no se paraban en observar quiénes copan las listas de venta— y en ese momento más o menos decidí apearme de la conversación antes de que a alguien se le ocurriera echar las culpas a los que oímos música —a los clientes— porque somos piratas y nos bajamos música sin pagar por ella y somos responsables de que desaparezcan un mogollón de puestos de trabajo y de que en la industria discográfica haya unas pérdidas del carajo y ese discurso que, por conocido, no deja de ser pestilente.

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Los culpables soy yo.


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Y entonces me fui a otro lugar, donde prefieren leer a escuchar música —porque hay quienes entienden que ambas actividades puedan ser excluyentes— y se quejaban de que las editoriales actuales no favorecían la explosión de creatividad de los jóvenes talentos que poblaban el territorio nacional y se quejaban de la falta de apoyo por parte de los grandes grupos que no apostaban por la innovación y, otros —o los mismos, no lo sé—, decían que publicar no era indicador de nada, porque ahora podías autoeditarte y tener en la calle un libro que podía ser malo como un truño, porque no había ningún criterio a la hora de seleccionar qué veía la luz y qué no y que, al menos, las cosas que se publicaban por los grandes —más si eran traducciones o adaptaciones— tendrían el sentido de la utilidad y podían ser cosas que la gente —otros— necesitara en su vida y les ayudara en su desempeño cotidiano y eso podía explicar el auge de los libros de autoayuda y de los que facilitaban alcanzar un mínimo bienestar y que, debido al pirateo, se perdían mogollón de puestos de trabajo y la industria editorial tenía un enorme agujero económico, traducido en pérdidas, porque era muy fácil copiar un fichero con un libro y hacerlo circular entre la gente —esa gentuza— y la culpa de todo ese descalabro la tenían los piratas.

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Así que, otra vez, los culpables soy yo.

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Porque las editoriales —Martínez Roca, del Grupo Planeta— se juegan su nombre y su prestigio en cada libro que editan.

Y una pasta —de papel, y económica— en cada libro que publican.

En los ePub, no se juegan pasta —de papel—; por eso son más económicos.

Sueltas 9.99 y en caso de emergencia sólo tiene un uso.
Un rollo: cinco euros (adicionales).

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Ya no voy al cine: las películas no representan el carácter asturiano. Espero una para la que he preparado una posible lista de apellidos: Zapico, Hevia, Vallina, Mier, Ovies, Areces, Llano, Cué.

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Sigo viendo, eso sí, series de TV con las que pueda identificarme: Breaking bad, The newsroom, The wire, The closer, The Big Bang theory, True detective, Blindspot, Mad men, The walking dead, Scandal, Boardwalk empire, House of cards, House, Homeless y tal.

Para ello dispongo de un portátil, con el que me bajo las temporadas y me las veo de una sentada, porque no me gusta perder el tiempo.
Me he ahorrado una pasta y me lo he comprado en China.
Con garantía, ojo.
Y, si se me estropea, puedo ir a la tienda de mi barrio para que me lo arreglen.

—Pero no lo has comprado aquí.
—Ya. Pero está en garantía.
—Garantía ... china.
—Entonces, ¿no lo reparas tú?
—¿Lo has comprado aquí?
—No. En China. Pero tiene garantía.
—Garantía china. En China. Mándalo a China.
—Pero eso me cuesta una pasta.
—Haberlo comprado aquí, con servicio técnico de aquí.
—Era más caro.
—Porque incluye garantía.
—El que yo compré, también.
—Pero en China. No aquí.

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Debo hacer un esfuerzo para entender que estoy encerrado en un círculo.
Vicioso.
Lo mire por donde lo mire:

Los culpables soy yo.

martes, 10 de noviembre de 2015

Desconexión

Nada mejor que acudir a la poesía (si uno busca explicaciones).
Para confirmaciones, acuda a su proveedor de noticias habitual.


La banda argentina Bersuit Vergarabat publica en 2000 su quinto disco: “Hijos del culo”
Incluye Desconexión sideral, según un cuento de Ray Bradbury.



La culpa y el miedo también dificultan reconocer quién es la bruja y quién el astronauta.
¿O no?

jueves, 19 de mayo de 2011

Entendiendo la CRISIS

Desde una perspectiva individual, cada vez más personas se autodefinen como insatisfechas. La depresión es una enfermedad en vías de crecimiento, acercándose a los niveles de una pandemia, y es, además, inherente e indisociable a la vida occidental.

Desde una perspectiva social, cada vez más personas identifican, ya no sólo en su propia experiencia vital personal, sino en su entorno, rasgos que le desagradan del modo de vida en que se ven inmersos.

Ambos tipos de análisis de carácter intuitivo coinciden en señalar un tipo de crisis que aumenta exponencialmente y que hunde sus raíces más allá de las crisis económicas o financieras. Son independientes de la situación económica presente en cada momento, y son indiferentes a las expectativas que cada persona pueda plantearse para los demás o para el conjunto de su territorio.

Así que, con el objetivo de presentar algunas claves personales que ayuden a resolver las causas que están presentes en la definición de la crisis, se apuntan las siguientes:

Culpa. El locus de control se define como “la percepción de una persona de lo que determina o controla el rumbo de su vida”. Aquellas personas caracterizadas por un locus de control interno, perciben que los eventos ocurren principalmente como consecuencia de sus propias acciones. Para las caracterizadas por un locus de control externo, los eventos suceden como consecuencia del azar, el destino, la suerte o el poder y decisiones de otros. La tendencia creciente a culpabilizar a otros de las consecuencias en las vidas de cada uno de nosotros, está en la raíz de la percepción de infelicidad, tanto en nuestra propia vida, como con la sociedad en la que nos vemos inmersos.

Reactividad. Al asumir una persona que no controla de forma activa las consecuencias en su propia vida de fuerzas externas a él, niega la posibilidad de desempeñarse de forma proactiva. Como consecuencia, su única posibilidad consiste en reaccionar ante las situaciones que, causadas por otros, va encontrándose en su vida diaria.

Irreflexión. En un mundo marcado por un ritmo de vida crecientemente estresante, parece difícil encontrar un momento de calma y de sosiego para pararse a reflexionar sobre cualquier asunto de importancia. Hagan una prueba y comprueben cuántas personas se encuentran en su entorno –ya sea familiar, laboral o personal–, dedicando un momento a pensar. Cada vez tenemos que tomar más decisiones con menos posibilidad de reflexionar sobre ellas.


Superficialidad. En la era de la información, con tantos recursos disponibles desde la comodidad de nuestro hogar, picoteamos pedacitos de información sin disponer ni de las ganas ni del tiempo para profundizar en ellos. Nos estamos irremediablemente convirtiendo en “maestrillos de todo, aprendices de nada”.

Inmediatez. A las ventajas de los avances tecnológicos –particularmente el teléfono móvil y el correo electrónico– se les suma maliciosamente la manzana podrida de la inmediatez. “Queremos todo y lo queremos ahora. No sólo tenemos que ser irreflexivos y superficiales, sino que además debemos de ser instantáneos. ¿Cuántas personas conocen que les trasladen algo a lo que ellos mismos atribuyen suma importancia, que necesitan nuestro consejo o asesoramiento, y que nos conceden el tiempo que consideremos necesario, dentro de unos plazos razonables, para ayudarles en su resolución?

Simplicidad. A pesar de la complejidad creciente en el entorno en que nos desenvolvemos, nos estamos volviendo rematadamente simples. Nos decantamos por los extremos y rechazamos la riqueza de los matices intermedios. Un amigo que vende calderas me contaba que de su catálogo de 18 modelos distintos, ya solamente vende dos: el más caro y el más barato.

Sirvan estos apuntes para perfilar posibles debilidades que se encuentran enmarcadas en los orígenes de lo que definimos como crisis. Están tan arraigadas que no sólo la describen, sino que además la denominan. Pasen y vean:


C
ulpa
R
eactividad
I
rreflexión
S
uperficialidad
I
nmediatez
S
implicidad


Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...