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viernes, 23 de septiembre de 2011

La felicidad (II)

Viene de La felicidad

Si necesitas recordar el vídeo, vamos por el minuto 2:02 — justo a mitad de camino—.



Otra aportación anónima: “mis vacaciones ideales son estar en la playa, tumbada, sin hacer nada”.


No comentaré nada, para no cansarme. O sea, me da así como pereza, tía.


“Mi ideal de felicidad es pasar las vacaciones en una isla del Caribe. No es muy original, ya lo sé, pero me pierden esas playas de arena blanca y aguas transparentes”.


Es Carmen Beltrán, periodista (por ocupación) y soñadora (por definición) Le falta hacerse clienta del banco naranja. Eso sí, tiene una amiga y una bañera.

“Mucha espuma olorosa, velitas de colores, música agradable, cerrar los ojos y a gozar hasta que se me arruguen los dedos de los pies. Un momento de felicidad perfecto tras un día agotador y a buen precio. No hay como el buen consejo de una buena amiga”.


Pero, ¿no era que le faltaba plan para las vacaciones? Así sin conocerte te diré, guapa, que eso lo puedes hacer hasta los días de trabajo. De hecho, suena a plan al salir del trabajo. ¿Verdad que no nos estarías intentado engañar para parecer más feliz?



El 87.1% de la gente que se
considera muy feliz admite darse
algún capricho con regularidad


¿Ves? Te hemos pillado: con regularidad lo dice todo. Es el plan que haces todos los días cuando terminas de trabajar y llegas a casa, sola, y te pones velitas y espuma y musiquita y dejas que los dedos de tus pies se arruguen como los de una bruja mentirosa. Tu amiga te contó ese cuento, y se ligó a tu antiguo novio, y se dedica a hacer con él, lo que las amigas hacen con los antiguos novios de sus amigas, y luego tu amiga te cuenta cuentos como si fueran consejos, porque tu amiga sabe que eres de las amigas que se creen los consejos que les dan, y así te quedas en casa, arrugándote en una bañera, mientras piensas en el Caribe y no sales a la calle para hablar y conocer y hacer cosas de verdad con personas reales. Y ya.




“La felicidad humana generalmente
no se logra con grandes golpes de
suerte, que pueden ocurrir pocas veces,
sino con pequeñas cosas que ocurren
todos los días”

Benjamin Franklin



Dejo capturada imagen de los responsables: Clara Vila en la dirección —la maletera— y Marta Vila —dedos arrugados— y Tobias Leierkasten —viajero volador— en el guión (Aviso a rotulistas que guión lleva acento).


Y ahora me toca a mí. Y para ponernos en situación hay que llamar a Palito Ortega:


Hemos llegado a la felicidad en menos de cuatro minutos. Realmente es sencillo alcanzar la felicidad (en cuatro minutos). La idea es que dure algo más que eso. Esa efímera felicidad es del todo insatisfactoria. La madurez es, entre otras cosas, comprobar en uno mismo esa verdad imperecedera: que la felicidad tiene que construirse continuamente.

En un artículo anterior planteábamos condiciones para la felicidad:

ü      No hedonista, no inmediata, no superficial
ü      No exclusiva, no reduccionista, no selectiva
ü      Basada en el juicio personal, individual, identitario

Ahora afirmamos que la felicidad es un camino sin destino. Su propósito es una búsqueda personal. No hay baldosas amarillas que nos guíen como hacían con Dorothy cuando buscaba a Totó en El mago de Oz.



Plantear el camino como la búsqueda de un destino final es problemático, confuso y potencialmente frustrante. Dorothy empieza buscando a Totó, luego sigue tratando de llegar a Ciudad Esmeralda para poder consultar con El mago de Oz y, entre tanto, descubre que sólo quiere volver a Kansas.

En el camino, encuentra a tres simpáticos compañeros de viaje: un espantapájaros, un hombre de hojalata y un león. Cada uno tiene sus propias ambiciones y juntos inician una búsqueda que les lleva, por un montón de peripecias, hasta encontrarse con la decepción del farsante que se esconde detrás de la cortina.

Finalmente, Dorothy vuelve a casa y puede afirmar que “se está mejor en casa que en ningún sitio”. Esa valoración es, desde el punto de vista de un espectador, bastante cuestionable. Nadie hubiera ido a ver al cine una película titulada “La (aburrida) vida de Dorothy en Kansas”. De hecho, al principio ella quería escapar de Kansas. Donde se mostró verdaderamente feliz era en el mundo de Oz, aprendiendo y disfrutando de las experiencias que tenía que vivir junto a sus compañeros de aventuras. Eso es lo que todos queremos ver en la película: las luchas con la Bruja Mala del Oeste y las peripecias que deben ir superando. Lo demás es una fábula interpretativa rebuscada. Mucho se ha escrito sobre los mensajes implícitos de la misma. La actriz que interpretaba el papel protagonista, Judy Garland, no tuvo una vida precisamente feliz. Como homenaje al simbolismo encerrado en la película (que yo no consigo ver) fue elevada a lo más alto de la iconografía gay. Desaprovechó personalmente la posibilidad de extraer el mensaje que tenía a la vista y se sumergió en un mundo ficticio en el que creía que podría ser Dorothy para siempre.

Para nuestros propósitos, los que resultan verdaderamente ejemplares son sus compañeros de viaje: crecieron personalmente afrontando los retos que les preparaba el destino. El espantapájaros desarrolla su inteligencia, el hombre de hojalata muestra sus sentimientos y el león confirma su valentía. Son felices porque consiguieron las habilidades que pretendían. Cambiaron y maduraron hasta alcanzar la felicidad.


El programa transmite un mensaje confuso: plantea el viaje como una huida. Las aportaciones destacan que, en realidad, no son felices en su propia vida.

Un arraigado mensaje es que la felicidad es incompatible con el trabajo. Muchos estamos en desacuerdo. Entendemos el trabajo como una posibilidad de desarrollo personal; le dedicamos muchas horas y nos esforzamos, en una búsqueda activa, tratando de que nos guste lo que tenemos que hacer. El descanso después del esfuerzo es necesario, merecido y reparador. La holganza, la pereza y la flojera son, además de males a combatir, profundamente insatisfactorios.

Plantear una vida en la que, mientras trabajas, no tienes tiempo para hacer otra cosa y, cuando descansas, escapas de tus rutinas, es la causa de que existan las depresiones vacacionales: gente que descubre que, en el fondo, ni siquiera soporta a su familia. Por eso aumentan los índices de divorcios en vacaciones.


Yo quiero ser feliz todos los días. Quiero que ser feliz sea, para mí y los míos, rutinario. Intentaré poner un poco de azúcar en las cosas que tenga que hacer.



A partir de ahora, mientras duren los cuatro minutos de felicidad en La 2, ya sabéis dónde me podéis encontrar. Esperando que empiece Saber y ganar, que se retrasa siempre.


La felicidad depende siempre de uno mismo

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...