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viernes, 24 de enero de 2014

Prestar atención a las señales

En ocasiones, es posible predecir los acontecimientos futuros. Es preciso prestar atención a ciertas señales que, pese a resultar imperceptibles a ojos no entrenados, la experiencia permite desarrollar un cierto sentido que resulta útil para saber lo que pueda llegar a suceder.

ü      Antes de que se produzca un tsunami, el agua retrocede.
ü      La calma chicha que precede a la tempestad.
ü      Un perro, apaciblemente tumbado en su lugar de descanso, se yergue, azuza las orejas y emite un ligero gruñido.
ü      En el aire se percibe un ligero olor eléctrico, como a ozono dicen, que avisa de que habrá tormenta.
ü      Una rodilla recién operada de menisco.
ü      El dueño del bar de la esquina sale un momento a hacer unos recados: va a buscar los periódicos, tabaco para la máquina y cambio. Al regresar, de un vistazo, sabe si ha habido movimiento.
ü      Él llega a casa y, antes de cerrar la puerta, sabe que algo raro sucede. “¿Qué habré hecho?”, se preguntaba cuando era inexperto. Hoy, recapacita: “¿Qué NO habré hecho?”.

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Algunos se refieren a un sexto sentido, una especie de intuición, inexplicable.
Aquí hablamos de sentido común, esa sensatez alimentada por la observación y la experiencia.


"Creo que avisan que debes empezar a parar"

No es necesario estropear campos de trigo (los aliens, como responsables de los crop circles).

"¡Cómo van a estar avanzados: No tienen ni idea de jugar al tic-tac-toe"

Para revelar el valor de una señal se cumple un principio elemental (Primera ley de la validez predictiva):
“La validez de una señal es inversamente proporcional al tamaño con que se presenta”.

Portada Marca 24-01-2014
"El tipo de letra utilizado como predictor"

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Hay que prestar atención a los detalles, que suelen mostrarse inapreciables, y ser capaz de interpretarlos.

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Las distopías que nos preocupan hoy se fundamentan en la implementación y el desarrollo de “sistemas expertos”, aquellos que aprenden solos, en los que las máquinas deciden ser autónomas y librarse (o utilizar) a los humanos. Pienso en Hal 9000 —de “2001: Una odisea del espacio”—, Skynet —de la saga “Terminator”— o “Matrix”.

Y preocupa porque otorgamos a las máquinas (nuestras creaciones) una capacidad que sustraemos en nosotros: la de aprender por la experiencia, por la observación de los detalles que nos rodean y que anticipan lo que va a suceder.

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Es conocida la historia del día que Rockefeller (el potentado, no el cuervo al que José Luis Moreno le metía la mano por el orto), escuchaba a su limpiabotas hablar del mercado de valores, asesorando al financiero mientras le daba lustre. Supuso el anticipo del crac del 29, en la idea de que si todo el mundo hablaba de la consistencia de algo, su valoración estaba próxima a desplomarse. No existen secretos a voces que sirvan de mucho.

En un curso de formación (Atención al cliente), hacia 2005, una cajera de supermercado aprovecha la pausa para el café para exponer su reciente cambio de planes y su abandono de su idea, “de toda la vida”, de abrir un comercio y anuncia que, junto a su pareja, ha empleado el dinero del paro de él (capitalizándolo), y sus propios ahorros, “en dar la entrada para una segunda vivienda, que alquilaremos, que nos permita pagar la cuota de la hipoteca, venderla en dos años, comprar otra más grande y ganar así dinero para que mi pareja pueda abrir el comercio que queremos abrir, desde siempre”. No es fácil apreciar todos los detalles, pero, implícitamente, se dibujan las características esenciales de un mercado especulativo que, más tarde se comprobó, estaba a punto de estallar.

En una cena informal, animados por el trasiego de alcohol, dos comensales se empecinan en desentrañar la forma de abaratar costes en su aprovisionamiento, anunciando como medida estrella —y única— “eliminar al intermediario”, dicho en un vano intento de emular a James Gandolfini, sin gracia ni acento, evitando entender que:

1º — Ellos mismos actúan como intermediarios (y que carece de sentido querer hacer a otros lo que resultaría una ruina para ti).
2º — Actuar globalmente, acudiendo a un proveedor remoto, impide que alimentes la economía local, la que nutre de clientes a la zona en la que estás establecido.
3º — Las pretensiones de ambos se limitaban a comprar un único artículo. No trataban de implantar una nueva relación comercial.
4º — Reducir eslabones en una cadena no hace más que debilitarla.

Este tipo de conversaciones, combinadas con los “me gusta” en mensajes de apoyo al comercio local, explican una caída en la demanda interior, el descenso en el consumo y el aumento del paro (las claves que van a encontrar en Davos para describir nuestro sistema social, laboral y económico).

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“El gato escaldado huye del agua fría”.

— Le pasó el otro día al mío. Puse el chorro de agua caliente a llenar la bañera, metió la pata y, el tío, escapó despavorido.
— Eso es que se acababa de quemar.
— Lo que tú decías.
— No. Lo que decía es que del agua caliente escapamos todos. Pero los gatos que ya se han quemado, se han hecho previsores, y ahora no quieren acercarse ni al agua fría. Mira a ver qué hace el tuyo.
— Paso. Cuando me meto en la bañera, aprovecho para jugar al Candy crush.

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Daniele Luppi: Fashion party


lunes, 22 de octubre de 2012

Aneto

"Blanco sobre blanco" Foto: Benoît Dandonneau


Anita y Aniceto son pareja en la devaluada vida real. Están acostumbrados, como muchas otras parejas, a mantener conversaciones establecidas según la dinámica pregunta/respuesta. Pero, lo hacen tan bien, que la TV les ha ofrecido la oportunidad de que todos podamos asistir a sus ditirámbicos diálogos y comprobar por qué nunca se ponen a caldo.

Ella: ¿Será por las verduras?
Él: Aneto selecciona las mejores verduras frescas.
Ella: ¿Será por el pollo?
Él: Aneto, sólo utiliza pollo de corral.
Ella: ¿Será por el jamón?
Él: Aneto selecciona su mejor jamón serrano.
Él: Caldo natural Aneto.
Ella: Natural, de verdad.


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El ritmo que al principio puede resultar insólito (ella pregunta y él responde), finaliza volviendo al curso esperable, al invertirse los términos. Ella aprovecha para rematar el debate, dejándolo definitivamente visto para sentencia. No es otra que emplear para ello uno de los karmas actuales de la alimentación: lo natural (desplazando a lo fresco y lo artesano en las preferencias de los expertos).

Han perfeccionado el uso intencionado de la repetición, como se hacía en la posguerra cuando hablaban de café-café [Nótese que la entonación del segundo café no era la misma]. Ahora se convierten en equivalentes “ser natural” y “ser de verdad” [Vuélvase a notar el énfasis].

Ahora sí que me lo puedo creer.

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Acepto que la vida en pareja desarrolla formas siniestras de complicidad y que las preguntas que ella realiza parece que se las hace a un muñeco, cuya única utilidad es preparar el camino para su sentencia final. No sé por qué recordé a José Luis Moreno, usando su mano para evitar que Rockefeller se pudiera sentar y encontré unos ripios en los que da grima imaginarlos narrados por su verdadero autor.

De todas maneras, cuál creía Anita que podía ser el secreto del caldo de pollo (si no el pollo), del de verduras (si no las verduras) o del de jamón (si no el jamón). ¿Pensaba que estaba hecho con agua sacada de cubitos congelados del glaciar que da nombre al fabricante del caldo?

Y, ya puestos, ¿de qué estará hecho el de pescado que, a pesar de salir en la imagen, no se le menciona en todo el spot?

"El color del pescado hace suponer que esté alimentado con chapapote"

Tétrico final: negro sobre negro.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...