El
verano da sus últimos coletazos.
Atrás
queda el cuadro que, para muchos, ha enmarcado las vacaciones.
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No
hace falta ir a Salou, Sitges, Sangenjo, Sancti Petri, S’Agaró, Salinas,
Sanlúcar, o Santoña.
Sabemos qué menú ofrecen.
Sol
y playa.
Sexo
y sangría.
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Los
publicistas conocen la argamasa del invento.
El
efecto que produce tanto calor, tanta ligereza de ropa, tanto apelotonamiento.
Donde hay roce, hay cariño.
O,
en todo caso, una ración de sexo.
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Ellas,
más pausadas, necesitan ser aceleradas.
Ellos,
siempre precipitados, tienen que ser refrenados.
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Sin
salir de España, ha llegado el mundial de basket,
un deporte que, sin contemplaciones ni sutilezas, consiste básicamente en
meterla.
Hasta
el punto de que, si ganamos, rejuveneceremos el país (que falta hace) y la
eléctrica nos premiara con un año de energía (por el papo).
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Una
cuestión de puntería. Repoblaremos el solar patrio a base de canastillas.
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Cosas
del orgullo español, que se regenera con una velocidad increíble.
Y
unas gotas de soul, por supuesto; nos recuerdan que, antes de llover, chispea.