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miércoles, 13 de diciembre de 2017

Cayetana Álvarez de Toledo (y algunas reflexiones sobre las ideas de libertad, igualdad e individuo)

El pasado lunes, 11 de diciembre, Cayetana Álvarez de Toledo recibía el Premio Sociedad Civil, concedido por Think Tank Civismo, “por su defensa de la libertad” como portavoz y fundadora de la plataforma Libres e Iguales, y entregado por Albert Boadella, según recoge una nota de El Mundo.



En su página personal, Cayetana, desde ayer mismo, ofrecía la posibilidad de leer el discurso de agradecimiento, titulado ¿Queréis ser libres? Sed españoles.

sábado, 14 de mayo de 2016

Calma fría

"¿Nadie ha pensado en el estrés del pavo?"

Una empresa burgalesa, especializada a la fuerza en comercializar embutido ahumado, nos regala una pieza que, según ellos, ayuda a equilibrar a la mujer y, como consecuencia, a la sociedad.



Su mensaje: “Una sociedad equilibrada también ayuda a reducir el estrés. Alimentando otro modelo de mujer”.

Conclusión: para equilibrar a la sociedad, y a la mujer —que se colige debe estar desequilibrada—, lo mejor es aislarla, llevarla a un recinto en el que se encuentre rodeada por otras como ella —sin hijos ni hombres, haga el favor— y dejarla que despliegue un sinfín de conductas estereotipadas, infantiles, antojadizas, que insistan en mostrar sus supuestas debilidades en vez de exponer sus verdaderas fortalezas, de las que no andan en absoluto escasas.

No me atrevería yo a decir algo parecido: “estáis para que os encierren”.

Me quedo frío con estos pavos. Indignante.

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Una lectura alternativa del spot.

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Un visionario James Brown denunciaba hace cincuenta años que, éste, era un mundo de hombres.



Me lleno de sudor frío viendo qué poco han avanzado algunos.

martes, 26 de abril de 2016

Madres TNT

Prepárense amigas.
El día de la madre está a punto de llegar.
El primer domingo de mayo.
Seguro que esperan una sorpresa, ¿verdad?


En TNT ¿dónde si no? han decidido que este año sea la bomba.
Un especial DÍA DE LA MADRE explosivo.
Lo nunca visto.




Programarán “Gladiator”, “Soy leyenda”, “Crazy, stupid, love” y “Sin compromiso”.

Las ciruelas a las que se les cae la baba, mandíbula batiente mediante, son Connie Nielsen, Alice Braga, Julianne Moore, Emma Stone, Marisa Tomei, Analeigh Tipton y Natalie Portman.

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Las nuevas madres:
Sin complejos.
Sin inhibiciones.
Sin compromisos.

Sin hijos.

Porque ser madre —como ser mujer— es un acto volitivo.
No vomitivo, que no se me malinterprete.

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No sé muy bien por qué, pero recordé la sensación del 2015, la estupenda Elle King.
Para ella, sólo existen dos tipos de hombres: ex’s y oh’s.

Los que ya no me interesan.
Y los que se interesan por mí.



Bravo, chicas: esto es lo que habéis conseguido en vuestra lucha por la igualdad.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Bechdel (y el reparto de cuotas)

Asumiendo la evidencia de que la industria cinematográfica, en un reflejo de la época que nos toca vivir, no otorga la necesaria presencia a las mujeres —en atención a su número, su capacidad y, sin duda, su importancia—, se constata que ciertas películas no cuentan con la cuota de participación que debería ser considerada normal.

Que están hechas por hombres, con hombres, para hombres.

Eso puede resultar un inconveniente, para ciertas personas. Muchas mujeres (y algunos hombres) se oponen a este sistema de reparto, que consideran androcéntrico y se ha popularizado una prueba para determinar si una película cumple los criterios y es “admisible”.

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Para ello se emplea un instrumento, denominado: LA REGLA

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[Paréntesis

Ahora deben imaginar que el relato se interrumpe, surge una voz en off, que plantea la siguiente reflexión:

¿Alguien más se ha fijado en las connotaciones asociadas a una prueba,
un test, en el que la regla cobra importancia decisiva?
¿Es mi imaginación?
¿Se debe a una traducción (mía) chapucera?
¿O se trata de una simple coincidencia?

Fin del paréntesis]


Surgido en el cómic Dykes To Watch Out For, o DTWOF, publicado en España por La Cúpula bajo el título Unas bollos de cuidado, obra de Alison Bechdel, ilustradora y activista (en el sentido de trabajar activamente para aminorar la brecha que separa a hombres y mujeres). La tira original se publicó en 1985 y, en ella, se atribuía su concepción a Liz Wallace, amiga y amante de la dibujante.

La regla es que uno de los personajes afirma que sólo acepta ver una película que cumpla tres condiciones (el test de Bechdel):

1 — En la película aparecen, al menos, dos personajes femeninos.
2 — Dichos personajes deben hablarse en algún momento.
3 — La conversación debe tratar sobre algo que no sea los hombres (y no sólo se incluyen las charlas relativas a las relaciones románticas; hablar del padre , o de un hermano, tampoco resulta válido).

Un añadido posterior reclama que los personajes deben tener nombre.

Ésta es la tira completa:


Todo resulta más claro explicado por Anita Sarkeesian, anfitriona en una serie de vídeos que analizan la presencia femenina en la cultura narrativa, con un blog al que merece la pena echar un vistazo.

El vídeo incluye la posibilidad de seleccionar subtítulos en español.



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Superar la brecha, el gap, que separa a hombres y mujeres, es un propósito encomiable.
Aplicar estrictamente criterios basados en cuotas puede resultar comprometido, pero allá cada cual con lo que decide hacer en su tiempo libre.

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A mí no me gustan las películas de explosiones, efectos especiales y persecuciones.
Ni las que tratan de resolver un enigma que se complica de forma inverosímil y se resuelve con una simpleza insultante.
Ni aquellas en que todo consiste en hablar por hablar.

(((En el fondo, me gusta poco el cine actual)))

Pero hay ocasiones en que encuentro cosas que me emocionan.
Aunque sepa que no vayan a pasar el test.

¡Qué demonios! No creo que existan películas específicas para hombres o para mujeres. No sé si Bridget Jones superaría el test, pese a que estoy convencido que presentan una trama y un planteamiento indignos.

Hace poco pude ver la estupidez de promocionar coches para mujeres.

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Lo realmente importante es si una película (o un libro, o una serie de TV), merece la pena, o no.
Valorar el trabajo y las ideas de una persona, con independencia de su sexo.
¡Qué poco me gustan las asignaciones de roles (y qué poco me dejo ajustar a ellas)!

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Una de las primeras cosas que debemos cambiar, para romper la brecha.

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Puedes aprovechar la inercia y pasar el test de Ze Fran para descubrir que, hombres y mujeres, podemos ser humanos.

lunes, 10 de marzo de 2014

Hablamos de relaciones

El pasado sábado, 8 de marzo, se celebró el Día Internacional de la Mujer.

Google le dedicó su doodle. La segunda “O” acogía un triángulo equilátero. No estaba hecho con manos, con el vértice hacia arriba (pese a que la principal reivindicación que se articuló, en España, fue contra la ley del aborto). No. Apuntaba hacia el Este, dibujando el icono que se interpreta globalmente como “play”. Pinchando en él, aparecían mujeres, dejando constancia de su testimonio personal.


Un merecido reconocimiento. Un gran paso para las mujeres y, al tiempo, para el conjunto de la humanidad.

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Se me empieza a echar el tiempo encima, ya han pasado dos días desde la celebración, así que no me detendré demasiado. Resumiré lo sustancial de mi mensaje, en una sentencia breve, que todos sean capaces de recordar. Así, los apresurados podrán saltarse el resto del escrito e ir a despellejarme, mientras el resto —un amigo mío que no tiene otra cosa que hacer y, yo mismo, ocupado en releer y corregir el texto— emplearemos tiempo en llegar hasta el final.

Por de pronto:

Algunas mujeres son despreciables

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Otro amigo (distinto del que llegará al final, leyendo esto) dice que, para conseguir visitas y enemigos, podía lograrlo poniendo una foto (o un vídeo, quise suponer) de unos testículos, aunque prefiero apostar por el humor sutil, la fina ironía, la provocación.

En realidad, él tiene motivos para creer que el doodle parece una celebración de bolleras en éxtasis. Yo lo veo más como un anticipo de una semana santa multicolor, en la que nadie se enorgullece de ser gay, sino que, disfrazados con retraso, parece una cofradía de Cristos con macrocefalia, que evita el uso del negro para no ser considerada cuatricómica.

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Cuando ya no puedo generar más abandono en torno a este espacio, trataré de explicar de qué quiero hablar.

Pesa una sensación agobiante en este mundo, en el que nos pasamos un montón de tiempo mirando por encima de la valla del vecino, para juzgar cómo tiene su césped, sin prestar atención al nuestro, ni empeñarnos en cuidarlo.

Prestando atención a Wilson Pickett, mientras canta, dudo entre interpretar si está afirmando que es normal que el césped del vecino parezca más verde, o si, en lugar de eso, está recomendando a su chica que deje de fumar maría, que produce los mismos efectos hipnóticos que las pastillas que me hacen dormir a mí.



En todo caso, nos obsesiona fisgar, ver qué hacen los demás y aprovechar para juzgarlos a ellos —y si es posible, decirles cómo deben actuar— en lugar de enfrentarnos a lo que verdaderamente nos corresponde, que no es otra cosa que cuidar de nuestro jardín.

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Me preocupan las relaciones que se establecen en el conjunto de la sociedad, pero mi responsabilidad, el compromiso que libremente he adquirido y que debo cumplir, se circunscribe al ámbito de mi matrimonio y familia.

Soy consciente de que hablar de matrimonio suena anticuado, porque la neolengua ha reemplazado el término, y yo debería estar hablando de relación de pareja.

Y asumo que hablar de familia, en los términos que se han expresado aquí, resulta profundamente viejuno, porque se afirmó que “la familia es el principal sostén de la sociedad. Su principal utilidad radica en convertirse en instrumento de transmisión de valores, costumbres y tradiciones”.

El método recomendado es el modelo. Los hijos aprenden viendo a los padres.

Yo aprendí viendo a los míos. Recuerdo cómo eran las cosas en casa y, aunque admito que todo recuerdo es una re-construcción de lo vivido, mediatizada por la experiencia, en un intento en el que, según Kevin Dunbar, “las personas tienden a condensar las historias originales […] en un hilo narrativo lineal, y se olvidan de […] un camino lleno de desvíos y de tropiezos”, creo que puedo concluir que las cosas no eran entonces, al menos en nuestra casa, como se quieren pintar hoy.

Para empezar: mis padres estaban casados según el régimen de gananciales que sigue siendo el régimen por defecto que se aplica en la mayoría del territorio español, salvo indicación expresa en sentido contrario. Viene a significar que todos los beneficios o ganancias, de cualquiera de los dos cónyuges, obtenidos después de contraer matrimonio, se consideraban comunes a esa sociedad. Es un sistema justo, y por eso se ha mantenido. Permite que uno de los dos contrayentes no perciba retribución por su trabajo sin que eso signifique que no haya ganado nada. “A las duras y a las maduras”.

Mi madre se ocupaba de las tareas domésticas (en esa calificación tan molesta y condescendiente que en su DNI le hacía poner “sus labores”) y mi padre estaba pluriempleado (una práctica poco extendida hoy). Su actividad principal la realizaba en casa y no percibía un salario: era médico, tenía una consulta en el domicilio familiar y, por lo que hacía, se le consideraba “profesional independiente”. Así que esas condiciones genéricas como “trabajar fuera de casa” o “percibir un sueldo”, le resultaban igualmente ajenas a él.

Recuerdo bien que las cosas se hablaban en casa. Primero entre mis padres, que las trataban a puerta cerrada, sin que estuviéramos delante los hijos y que, con la entendible reserva, prefiero no imaginar cómo hacían para despachar asuntos, en su alcoba. Y, más tarde, cuando éramos capaces de participar, se planteaban en lo que llamábamos “Consejos de familia”, en los que hablábamos de los planes para las vacaciones, de asuntos de diferente grado de relevancia, del cambio de domicilio que tuvimos que afrontar, entre otros varios. Nuestra participación estaba condicionada, pero se nos permitía hablar y expresarnos (teníamos “voz”, aunque no siempre “voto”).

En todo caso, nunca tuve la sensación de que mi padre sometiera a mi madre a sus ideas o proyectos, sino que los discutían y tomaban decisiones, como buenamente podían, según las circunstancias. En la medida de lo posible, dejaban que asomáramos la nariz en lo que resultaba verdaderamente relevante.

No eran una excepción; al menos en el círculo de amistades con el que se relacionaban. Tengo la impresión de que era una fórmula habitual, o, al menos, no del todo infrecuente.

Hoy —cuando ya no puedo preguntar a ninguno de los dos si mis recuerdos, más allá de ser una reconstrucción, son en realidad una invención, ficticios, porque nada fue del modo que me gusta recordar—, debo encontrar los límites del jardín del que me siento responsable.

Estoy a punto de cumplir 17 años junto a ella. En esa decisión, que tomamos “libre y voluntariamente”, que nos vinculaba “en lo bueno y en lo malo”, todos los días de nuestra vida, “hasta que la muerte nos separe”, hemos construido una relación que ha cambiado y evolucionado, madurando y creciendo, haciéndose fuerte por los proyectos que afrontamos (de los que, el más importante, es la educación de nuestros hijos), aprendiendo de los reveses que da la vida, tratando de superarlos aplicando nuestros propios criterios, basados en lo que vivimos en nuestras casas, nuestra experiencia, el sentido común y unas gotas de inconsciencia que hicieron que el recorrido fuera más divertido y apasionante.

Unos años en los que nos empeñamos en conocernos, en comprendernos, en aceptarnos y, cuando nada de eso funcionaba, a resignarnos y entender que las debilidades ajenas tenían tanto sentido como las propias. Que las fortalezas de tu compañero te hacen más fuerte a ti, más capaz y complejo. Que los matices desconocidos y los cambios de humor y los días malos (como los buenos) no son siempre predecibles. Que no siempre vale tener planes, porque no todo lo bueno se puede prever. Que no todo debe dejarse para última hora, porque hay cosas que se pueden esperar.

En este jardín en el que estoy metido, del que no quiero salir —acompañado por una mujer llena de mérito y coraje, una verdadera luchadora, tierna y esforzada, trabajadora con denuedo, llena de iniciativas, testaruda y peleona, cariñosa y libre para pensar por su cuenta— compruebo la realidad de una sociedad que trata de manera diferente a hombres y mujeres, lo que me llena de espanto. Un mundo en el que, cuando la mujer no es ninguneada o despreciada, como si fuera inferior, surge un batallón de mujeres que luchan contra la injusticia tratando de cambiarla de signo, como si la injusticia a la inversa no fuera igual de injusta.

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Me enciende que traten de hacernos creer que hombres y mujeres somos iguales.
No consiste en establecer relaciones de igualdad.

Me exaspera cuando quieren tratarnos como idénticos.
No se trata de establecer relaciones de identidad.

Somos igual de valiosos. No es una realidad que dependa del sexo.
Es preciso construir relaciones de equivalencia.

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Nos quedamos turulatos escuchando las afirmaciones cientifistas de los invitados de Punset —al que su suspiro final en el anuncio debería haber fulminado como personaje de referencia— y, sin entender nada, repetimos conceptos vacuos —neuronas espejo, plasticidad cerebral, potenciales evocados, ritmos circadianos, cualquier variedad de neurociencia— y creemos comprender que todo comportamiento se corresponde a una predestinación contenida en las instrucciones fijadas en nuestra dotación genética, localizada en una topografía cerebral que pretendemos vislumbrar, más que en los hábitos que hayamos aprendido y desarrollado; en todo lo que hemos terminado interiorizando.

El estudio de las razones de las diferencias sólo presenta argumentos para sostenerlas, en lugar de ayudar en la búsqueda de formas de superarlas.

No nos maravillamos por la forma particular que tenemos de hacer las cosas (con independencia de nuestro sexo, que hoy nos es permitido elegir); nos reafirmamos en describir la forma en que estamos predeterminados para realizarlas.

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Imagino una existencia más allá de un pasado como cazadores / recolectores y amamantadoras / maestras. Quiero suponer que todo eso, nuestra herencia ancestral, supone un marco de referencia. Y que mi vida es un lienzo en el que puedo bosquejar un tipo de relación particular que construiré junto a ella, con reglas definidas por nosotros, considerándonos como equivalentes, que ayuden a la consecución de nuestros proyectos compartidos y sirvan de modelo para el desarrollo de la autonomía de nuestros hijos.

Si alguien ve el cuadro, mientras se está realizando, más o menos brillante en su esbozo (pero único en su expresión concreta) y se fija en los genes que nos han marcado, me resultaría tan sorprendente y ridículo como alguien que, viendo La Gioconda, quedara fascinado por la veta de la madera del marco.

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Son despreciables todas aquellas mujeres que pretenden excluir de la formulación de los términos de su relación de pareja a los hombres —máxime al pretender excluirlos de todas, y no sólo de las que son partícipes—, dando por hecho que resulta preciso revertir la dominación precedente y que, dado que sus abuelas fueron sumisas, sus nietos deberán ahora ser sometidos.

Despreciables, por tratar de imponer a la fuerza un tipo de relación, de la que excluyen de un plumazo a los que deben ser parte ineludible en su definición.

Despreciables, por ponerse a mirar por encima de la valla, diciéndole al vecino lo que tiene que hacer, en lugar de dedicarse a cuidar su jardín, que se mantiene seco, lleno de trastos y descuidado como un erial.

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Recuerdo un curso en Madrid y una alumna sosteniendo que “si toda la lucha de las mujeres había servido para que su hija se pusiera de rodillas y la practicara una felación a un chico de quien ni siquiera sabía su nombre, era una lucha que no había servido para nada”.

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Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...