“El ayer es historia. El mañana es un
misterio. Sin embargo, el hoy es un regalo; por eso se le llama presente”.
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| "Oogway, el Maestro" |
Aquí, la secuencia
completa.
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Quizá
parezca un sinsentido acudir al cine infantil para buscar referencias
inspiradoras.
Puedo
asegurar que es de lo más común: yo mismo lo
he hecho. Por lo menos, dos veces.
Y
hay un montón de ejemplos en la red. Teclea en tu buscador favorito “el ayer es historia” y descubrirás un
pelotón de seguidores del Maestro Oogway, seducidos por la simplicidad de un
argumento demoledor.
“El mañana es un misterio”.
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Estos
son los referentes que impulsan a la juventud. Las pantallas adoctrinan. La TV
está siempre presente. Las películas forman conciencias.
Siempre
lo han hecho. Y no carecen de intención.
Quienes
no han oído hablar de Kant, o piensan
que Schopenhauer sólo puede ser
un defensa del Bayern o del Borussia
(que hoy juegan la final de la Champions),
son capaces de recitar consignas extraídas de Kung Fu Panda, pero niegan la posibilidad de sentirse aleccionados,
porque se sienten libres y dueños de su
destino.
Cosas
de juventud.
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“Aquellos que olvidan su pasado, están
condenados a repetirlo”, según la
cita conocida de George Santayana (incluida
en “La razón en el sentido común”, de
1905).
Quien
carece de pasado, no dispone de experiencia y no ha aprendido de ella.
Permanece en una infancia perpetua.
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Despreciar
el futuro es dejar al arbitrio del azar las condiciones y circunstancias en que
nos deberemos desempeñar.
Programar
el comportamiento, tratando de anticipar lo que pueda llegar a ocurrir, es dar
fundamento a un proyecto (que, por definición, sería imposible sin estar
orientado hacia el futuro).
La
instantaneidad, la superficialidad o la fugacidad son las trampas encerradas en
una visión de tan corto alcance (caduca hoy).
Es
preciso actuar asumiendo que, lo que se haga hoy, dejará huellas mañana. De lo
contrario, nos comportaremos con la solvencia de un azucarillo.
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No
se puede escoger discípulos, aunque todos podamos elegir maestros. Y pueden ser
más de uno —quedarse con uno sólo, conducirá a una (l)imitación, una burda
copia del original, en lugar de definir la propia (id)entidad—.
Uno
de los que yo elegí, hace años, Marino Pérez
Álvarez, establece “Las raíces de la
psicopatología moderna” en la hiperreflexividad. De ahí a que se recomiende
actuar de forma irreflexiva, media un trecho.
Otra
influencia, más moderna, me pone al día de que el
90% de lo que vemos es una mierda.
Puede
que algo de eso explique esa obsesión con vivir en un permanente “carpe diem”.
Intentamos, por medio de los enlaces, superar la mierda que nos rodea (lo que
genera mayor abundancia de mierda, de la misma calidad).
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Aunque
esto es lo que pienso hoy. Probablemente, mañana cambie de opinión.
