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sábado, 25 de mayo de 2013

Vivir el presente

“El ayer es historia. El mañana es un misterio. Sin embargo, el hoy es un regalo; por eso se le llama presente”.

"Oogway, el Maestro"

Aquí, la secuencia completa.

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Quizá parezca un sinsentido acudir al cine infantil para buscar referencias inspiradoras.

Puedo asegurar que es de lo más común: yo mismo lo he hecho. Por lo menos, dos veces.

Y hay un montón de ejemplos en la red. Teclea en tu buscador favorito “el ayer es historia” y descubrirás un pelotón de seguidores del Maestro Oogway, seducidos por la simplicidad de un argumento demoledor.

“El mañana es un misterio”.

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Estos son los referentes que impulsan a la juventud. Las pantallas adoctrinan. La TV está siempre presente. Las películas forman conciencias.

Siempre lo han hecho. Y no carecen de intención.

Quienes no han oído hablar de Kant, o piensan que Schopenhauer sólo puede ser un  defensa del Bayern o del Borussia (que hoy juegan la final de la Champions), son capaces de recitar consignas extraídas de Kung Fu Panda, pero niegan la posibilidad de sentirse aleccionados, porque se sienten libres y dueños de su destino.

Cosas de juventud.

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“Aquellos que olvidan su pasado, están condenados a repetirlo”, según la cita conocida de George Santayana (incluida en “La razón en el sentido común”, de 1905).

Quien carece de pasado, no dispone de experiencia y no ha aprendido de ella. Permanece en una infancia perpetua.

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Despreciar el futuro es dejar al arbitrio del azar las condiciones y circunstancias en que nos deberemos desempeñar.

Programar el comportamiento, tratando de anticipar lo que pueda llegar a ocurrir, es dar fundamento a un proyecto (que, por definición, sería imposible sin estar orientado hacia el futuro).

La instantaneidad, la superficialidad o la fugacidad son las trampas encerradas en una visión de tan corto alcance (caduca hoy).

Es preciso actuar asumiendo que, lo que se haga hoy, dejará huellas mañana. De lo contrario, nos comportaremos con la solvencia de un azucarillo.

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No se puede escoger discípulos, aunque todos podamos elegir maestros. Y pueden ser más de uno —quedarse con uno sólo, conducirá a una (l)imitación, una burda copia del original, en lugar de definir la propia (id)entidad—.

Uno de los que yo elegí, hace años, Marino Pérez Álvarez, establece “Las raíces de la psicopatología moderna” en la hiperreflexividad. De ahí a que se recomiende actuar de forma irreflexiva, media un trecho.

Otra influencia, más moderna, me pone al día de que el 90% de lo que vemos es una mierda.


Puede que algo de eso explique esa obsesión con vivir en un permanente carpe diem. Intentamos, por medio de los enlaces, superar la mierda que nos rodea (lo que genera mayor abundancia de mierda, de la misma calidad).

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Aunque esto es lo que pienso hoy. Probablemente, mañana cambie de opinión.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...