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jueves, 23 de junio de 2016

Depre


—Me encuentro fatal.
—¿Qué te pasa?
—No lo sé...
—Dame pistas. ¿Qué sientes?
—Siento que un trastorno afectivo trastorna mi vida y me afecta.
—Un caso de manual. Miremos el DSM-IV.
—¿Qué es eso?
—El libro donde se incluyen, se describen y se clasifican los trastornos mentales. La Biblia de las taras, por así decirlo. Se organiza en categorías diagnósticas.
—¿Eso nos ayudará?
—Vamos a mirar entre los trastornos afectivos. Mira: “depresión mayor, depresión menor, doble depresión, distimia, depresión unipolar, depresión bipolar, personalidad depresiva, depresión no especificada, depresión breve recurrente, depresión sintomática subsindrómica, trastorno mixto de ansiedad y depresión, depresión estacional, trastorno de ajuste con humor depresivo...”.
—¿Es todo lo mismo?
—No. Cada uno es distinto. Y eso que es una versión antigua, de 1994.
—Pues mira en la nueva; a lo mejor han quitado alguna o han aclarado las cosas.
—No lo creo. Es el DSM-5.
—¿Y...?
—¿No sabes hacer rimas modernas...?
—Jo. ¡Cómo eres!
Aquí estoy, ¿no?



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Nadie dijo que ser psicólogo tuviera que ser sencillo.

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“Las críticas son fáciles de hacer, pero las alternativas no lo son tanto”.
Marino Pérez Álvarez

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Esta entrada es la #700 del blog

domingo, 18 de mayo de 2014

Tres años de Común Sin Sentido

Mucho tiempo transcurrido.

Un proyecto que se inició a modo de prueba, que se convirtió en una forma de obsesión y que hoy, tres años después, con más de 400 artículos escritos, presenta un futuro incierto.

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"En stand-by"

Es momento de confesiones.

Tratar de buscar explicaciones, mirando hacia atrás, supone convertir motivos en razones.

Los motivos son los argumentos que conducen a la acción; los que mueven a comportarse de una determinada manera; los motores de nuestros actos. Muchas veces son irracionales y se dejan guiar por impulsos. Son errantes y caprichosos.

Las razones son los argumentos que utilizamos para explicar por qué hicimos las cosas. Son re–construcciones, racionalizadas y no espontáneas, no siempre fieles, que tratan de hilvanar en un hilo lineal lo que, en realidad, pudo haber sido una forma de actuar inconexa y errática (e incluso errónea).

Juzgarse con excesiva benevolencia facilita la aparición de la necedad, un empeño falto de provecho para el que Baltasar Gracián nos prevenía en El arte de la prudencia:

“…todos los necios son audaces. Su misma estupidez, que les impide primero advertir los inconvenientes, después les quita el sentimiento de fracaso”.

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Así que, de forma imprudente, expongo las que hoy juzgo mis razones:

Un cáncer (en el que perdí un pulmón), un ictus como reacción a la quimioterapia (que mermó mis capacidades cognitivas, fulminando mi memoria a corto plazo y afectando áreas asociadas al lenguaje, lo que me impide hablar de seguido, sin trabucarme) me abocaban a tener próxima (y tentadora) la posibilidad de derrumbarme.

No soy dado a andar quejándome. Entiendo que todos andamos sobrados de preocupaciones. Las personas que te hacen partícipes de las suyas, sin quererlo, te trasladan una carga que puedes rechazar o que puede sumirte en una congoja que procede de tu incapacidad para hacer nada e intervenir de forma útil.

Uno debe poner mucho de su parte para afrontar la carga que le haya correspondido. Acabo de terminar el libro de Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido. Una muestra de determinación y de un comportamiento verdaderamente ejemplar. Un estímulo. Una forma de entender que hay una manera apropiada de afrontar lo que corresponda.

En aquel momento, escribir un blog suponía cambiar el foco de atención, desplazarlo desde mi enfermedad y llevarlo hacia otros intereses, haciendo que, estando ocupado, dejara de preocuparme.

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Tuve la inmensa fortuna de contar con la mujer más entusiasta que haya conocido. Siempre estuvo a mi lado y, sin ella, no hubiera sido capaz de superar las dificultades que me he ido encontrando.

Mis hijos fueron la esperanza que tiraba de mí y que hacía que tuviera ganas de vivir, por descontado. Me obligaban a plantearme el futuro, de forma gozosa, buscando encontrar la forma de disfrutar junto a ellos y de seguir pudiendo mostrarme como un ejemplo que quisieran emular (y que les resultara de provecho para su vida futura).

Así que, acompañado por ella, inspirado por mis hijos, apoyado por mi familia y los profesionales médicos que cuidaron de mí, tuve la fortuna de encontrar un montón de gente buena, cariñosa, amable, agradecida, desprendida. Todos los que con sus gestos generosos, grandes o pequeños, hicieron que todo resultara más sencillo.

Cuando el blog cumplió un año, quise mostrar mi gratitud para todos. Hoy ese agradecimiento se ve renovado (y debería ampliarse a más personas que han pasado a formar parte de mi vida desde entonces).

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No sabría definir el blog. Sé que quise tratar de plasmar mis propias ideas, evitar ser predecible y establecer conexiones de formas no convencionales.

No sé si ha funcionado. Aunque creo que su nombre encierra las claves de mis pretensiones:

Común

Quise tratar aspectos cotidianos, cosas que contemplaba a mi alrededor, comportamientos propios y ajenos que suscitaran interés. En algunos casos, por lo novedoso; en otros, por lo sorpresivo; en la mayoría, tratando de encontrar explicación a la forma de actuar en asuntos ordinarios. Plantear preguntas, más que intentar establecer respuestas.

Sin

…ataduras para mí, ni obligaciones para quien se acercara a leer. Traté de forzar límites, de buscar nuevos formatos, de no mantenerme en un territorio que, por conocido, me resultara cómodo.

Sentido

Parecerá pretencioso: intentaba devolver (de una extraña manera, admito) la generosidad y el apoyo que recibí en mis momentos de debilidad.
Planteé preguntas, compartí inquietudes, busqué sonrisas.
No sé si supe lograrlo.

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Estoy orgulloso de tres artículos que hoy puedo releer sin ruborizarme.
Expresan lo que opinaba entonces, firmes convicciones que se mantienen vigentes.


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Mi dedicación se volvió obsesiva, convirtiéndose en un refugio en el que invertía tiempo y esfuerzos, cayendo atrapado en una rutina de la que me costaba salir.

Y me dejaba robar a mi mujer y a mis hijos, y a todos los que debería seguir sintiéndome vinculado, para enredarme de forma virtual en proyectos que, pese a ser vibrantes, me exigían más de lo que podía ofrecer.

No era consciente de que todos mis amigos (en Madrid, Bilbao, Barcelona, La Coruña, Albacete, Santiago de Compostela, Ciudad Real, Pamplona, Burgos, Valencia, León, y más sitios) estaban presentes, pero que mi realidad cercana era a la que debía prestar verdadera atención.

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¿Cómo darse cuenta de los errores que uno comete?
Nos acostumbramos a criticar al vecino; nos mostramos osados dando consejos a los demás; percibimos las malas intenciones en los actos ajenos, pero no somos capaces de vernos como vemos a los demás (y, menos aún, como los demás nos ven a nosotros).

Nadie reconoce en sí mismo a un miserable. Es fácil encontrar excusas.

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Me avergüenza reconocerlo; un programa que emite Divinity Channel me abrió los ojos: Consumidos por el caos.



Lo presenta Jill Pollack, una mujer que recuerda a Monica Lewinsky. Ejerce de terapeuta del hogar, incluyendo las relaciones entre los miembros de la familia y el entorno que comparten (porque el desorden y el caos están causados por otros problemas implícitos).

Vi que lo que resultaba evidente en otros, era patente en mi forma de actuar: más allá del apego a los objetos, resultaba deprimente comprobar que usaba la tecnología como forma de evadirme de lo que debía sentir más cercano.




Dejarme seducir, una vez más, por los matices de quien lleva más de 17 años compartiendo éxitos y fracasos, haciendo encantadora la compañía y la rutina.

Descubrir que tengo a tres hijos llenos de virtudes; que es agradable compartir tiempo con ellos; que saben enseñarme a jugar, porque desbordan imaginación, curiosidad e ingenio. Que la labor que iniciamos da frutos, porque tratamos de hacer con ellos lo mismo que hicieron con nosotros: “prepararles para lo imprevisible”.

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Cumplidos tres años de este blog, ya no volverá a ser el mismo.

Yo tampoco.

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Recuerdo las veces que me reí con ellos, los artículos que le dediqué a ella, los muchos que le leí a mi madre y que son su recuerdo más reciente. También los comentarios de los que, por cualquier conducto, me mostraron su gratitud por cualquier cosa que hubiera escrito.

Creo que quien haya llegado leyendo hasta aquí habrá imaginado que pensaba dejar de escribir. Es entendible. De hecho, fue mi propósito firmar hoy un epitafio. Pero, recapacitando, teniendo presente la lectura del maravilloso libro de Nuccio Ordine en el que reclama la necesidad de reivindicar la utilidad de lo inútil, captando la sutileza del título de Marino en el que anima a volver a la normalidad y comprendiendo que no puedo haber leído a Thoreau y permanecer parado, asumo que probablemente sea mejor no ceder del todo, sino, más bien, moderar mi dedicación y prestar atención a lo que verdaderamente importa.

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Supongo que, siendo así, podré cambiar el stand by, para pedir un poco de comprensión y de confianza

Ben E. KingStand by me

sábado, 25 de mayo de 2013

Vivir el presente

“El ayer es historia. El mañana es un misterio. Sin embargo, el hoy es un regalo; por eso se le llama presente”.

"Oogway, el Maestro"

Aquí, la secuencia completa.

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Quizá parezca un sinsentido acudir al cine infantil para buscar referencias inspiradoras.

Puedo asegurar que es de lo más común: yo mismo lo he hecho. Por lo menos, dos veces.

Y hay un montón de ejemplos en la red. Teclea en tu buscador favorito “el ayer es historia” y descubrirás un pelotón de seguidores del Maestro Oogway, seducidos por la simplicidad de un argumento demoledor.

“El mañana es un misterio”.

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Estos son los referentes que impulsan a la juventud. Las pantallas adoctrinan. La TV está siempre presente. Las películas forman conciencias.

Siempre lo han hecho. Y no carecen de intención.

Quienes no han oído hablar de Kant, o piensan que Schopenhauer sólo puede ser un  defensa del Bayern o del Borussia (que hoy juegan la final de la Champions), son capaces de recitar consignas extraídas de Kung Fu Panda, pero niegan la posibilidad de sentirse aleccionados, porque se sienten libres y dueños de su destino.

Cosas de juventud.

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“Aquellos que olvidan su pasado, están condenados a repetirlo”, según la cita conocida de George Santayana (incluida en “La razón en el sentido común”, de 1905).

Quien carece de pasado, no dispone de experiencia y no ha aprendido de ella. Permanece en una infancia perpetua.

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Despreciar el futuro es dejar al arbitrio del azar las condiciones y circunstancias en que nos deberemos desempeñar.

Programar el comportamiento, tratando de anticipar lo que pueda llegar a ocurrir, es dar fundamento a un proyecto (que, por definición, sería imposible sin estar orientado hacia el futuro).

La instantaneidad, la superficialidad o la fugacidad son las trampas encerradas en una visión de tan corto alcance (caduca hoy).

Es preciso actuar asumiendo que, lo que se haga hoy, dejará huellas mañana. De lo contrario, nos comportaremos con la solvencia de un azucarillo.

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No se puede escoger discípulos, aunque todos podamos elegir maestros. Y pueden ser más de uno —quedarse con uno sólo, conducirá a una (l)imitación, una burda copia del original, en lugar de definir la propia (id)entidad—.

Uno de los que yo elegí, hace años, Marino Pérez Álvarez, establece “Las raíces de la psicopatología moderna” en la hiperreflexividad. De ahí a que se recomiende actuar de forma irreflexiva, media un trecho.

Otra influencia, más moderna, me pone al día de que el 90% de lo que vemos es una mierda.


Puede que algo de eso explique esa obsesión con vivir en un permanente carpe diem. Intentamos, por medio de los enlaces, superar la mierda que nos rodea (lo que genera mayor abundancia de mierda, de la misma calidad).

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Aunque esto es lo que pienso hoy. Probablemente, mañana cambie de opinión.

viernes, 19 de abril de 2013

Buscando motivos


UNO

El mero hecho de hacer algo no implica que uno sea consciente de lo que hace, de cómo lo hace y de por qué lo hace. Estar inmerso en un frenesí trepidante, del que en parte somos responsables pero que, sin remedio, nos rodea y nos envuelve sin que podamos hacer nada para evitarlo, dota de un sentido insólito a quien, por las razones que fuera, decide pararse y ponerse a pensar.

Eso tan viejuno. Pararse y ponerse a pensar.

No en una escala en la que la reflexividad se hipertrofie y se convierta en patológica (tal como muestra Marino Pérez Álvarez, de forma certera, en “Las raíces de la psicopatología moderna”), sino más bien, de forma esquemática, en el establecimiento de una mediación que sirva de análisis, pausa o sosiego y que impida un encadenamiento instantáneo, tipo acción–reacción.

Normalmente, en caso de producirse, este tipo de reflexiones suelen tender a resolver una pregunta, “el quiz de la cuestión”.

Se busca un por qué.

Es, por lo común, el intento de ofrecer (a uno mismo o a otros) una explicación de los motivos para hacer las cosas de una determinada forma. Una vista hacia atrás, podría decirse, para averiguar qué justifica que se haya hecho algo.

A toro pasado.

A posteriori.

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DOS

Paso parte de mi tiempo escribiendo. También paso parte leyendo. Leo libros y leo blogs. De asuntos diferentes, variados, diversos. Que, por la razón que sea, me interesan. En ocasiones picoteo y en otras puedo llegar a obsesionarme.

Cambio de plan o de idea. No tengo rutinas establecidas, fijas, inalterables. Debo amoldarme a los intereses de otros, con los que convivo y a los que, no siempre, concedo mayor importancia que mis propios intereses particulares.

A veces improviso.

Y vagueo mucho.

En ocasiones descubro que determinadas circunstancias concurren simultáneamente e imagino que las coincidencias resultan aleatorias. A veces, creo conocer el motivo de que algunos asuntos se propaguen y que no respondan al azar, sino más bien al exceso de información y a la sincronía que propicia el que todos parezcamos estar permanentemente conectados.

Pero hay también otros temas, cuya recurrencia no se agota en su propia concurrencia, sino que pueden ser tomados como si fueran atemporales.

Escribir, por ejemplo. No recuerdo que nadie me haya preguntado por qué escribo (imagino que tratando de huir de una explicación que intuyen fastidiosa), pero, de forma reciente, he llegado a varios discursos de seres humanos que se empeñan en explicar sus razones para hacerlo.

En parte se deben a las historias de las que habla Carlos González Peón en La Medicina de Tongoy. Yo le considero mi amigo; me entretiene con sus ideas, me atiende si le planteo dudas y, básicamente, estimula mis deseos de hacerme preguntas. Públicamente le agradezco por, en cierta ocasión, ubicar mi encanto, con su taimado juicio, en mi particular exceso. Ya le hice llegar una píldora, absurdamente excesiva, que comprendo que no tiene cabida aquí.

Un artículo suyo despertó mi delirio. Él no tiene la culpa, claro. Pero su mirada persistente a lo que se cocina en la actualidad del mundillo editorial y que la temática de gran parte de los libros se centre, machaconamente, en un mundo autorreferenciado, una visión ombliguil, una metaliteratura del proceso de la escritura, resulta tremendamente cansino.

En el artículo (y en el debate suscitado en los comentarios) se da vueltas a los motivos de un autor; sucintamente los resumo en el uso de la escritura como catarsis.

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"Escribiendo" (Foto: Fortimbras)

TRES

Tomando un café, mientras esperaba que un hijo terminara su entrenamiento, escribí lo siguiente.

“Sobre la exasperante manía de buscarle sentido a todas las cosas que se hacen y, una vez encontrado, suponer que es exactamente el mismo que movió a otros, ajenos, completamente distintos, a hacer cosas en apariencia similares”

Busco, en mí mismo, motivos para escribir, y encuentro:

1.      Dotar de orden a un mundo (y el comportamiento de otros) que percibo caótico.

2.      Alejar de mí ciertas preocupaciones interiores que —de no hacerlo— me torturarían.

3.      Facilitar, a los que conviven conmigo, una existencia más llevadera, evitándoles compartir algunas preocupaciones que me asedian.

4.      Propiciar la posibilidad de compartir inquietudes con otros que libremente quieran hacerlo.

5.      Mostrar mis ideas de forma que más personas —e incluso yo mismo— puedan conocer las conexiones que en determinado momento he creído establecer.

6.      Incentivar mi creatividad.

7.      Ocuparme de forma productiva.

En diez minutos he dibujado siete motivos diferentes (algunos opuestos entre sí) que se me ocurren para dejar cosas por escrito... y mostrarlas en público.

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Y quiero preguntar: ¿alguien más piensa como yo?

En particular, ¿alguien más cree que la diversidad y la pluralidad —y por tanto que otros tengan opiniones diferentes, incluso contrarias a las propias— debe ser algo deseable y enriquecedor y que debe ser alentado por parte de todos, evitando un mundo gris y monótono, profundamente aburrido, en el que cuando se plantea una pregunta, todo el mundo sabe cuál es la respuesta correcta (la suya) y cree que debe imponer a los demás, a machamartillo, su propia visión reduccionista del mundo?

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CUATRO

Plantear preguntas que atienden a la búsqueda de un por qué, despiertan el instinto de justificar el pasado; explicar lo que hemos hecho.

Preguntarse para qué, atiende a razones finalistas, plantea la duda sobre cómo hacer algo, antes de haberlo hecho, intentando establecer un objetivo.

Por adelantado.

A priori.

He escrito este artículo para ayudarme a buscar un motivo finalista, un objetivo para seguir alimentando mi blog (mi ego).

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CINCO

“Todo cambio abre un camino: lleva desde lo cómodo hacia lo desconocido

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Marino Pérez Álvarez: El mito del cerebro creador

Marino es psicólogo y Catedrático en la Universidad de Oviedo, en el área de conocimiento “Personalidad, evaluación y tratamientos psicológicos”. Tiene una prolongada dedicación a la docencia que ha manifestado en su dilatada trayectoria como profesor y, para deleite de sus seguidores, ha sintetizado en sus singulares libros, dotados de un sello personal que se concreta en lo acertado del objetivo que se plantea y en el surtido de recursos, metodológicos y argumentales, que siempre despliega.

Vengo, por tanto, animado y respetuoso, a enfrentarme a una compleja tarea: reseñar el libro de un autor, estimado en lo personal, respetado en lo profesional y, en definitiva, forjador del espíritu de muchos estudiantes, futuros psicólogos, entre otros el propio reseñador, describiéndome aquí, sin que espero suponga una losa para él, como discípulo suyo.


El libro “El mito del cerebro creador” se presenta, como suele conseguir siempre Marino, de forma oportuna, relevante y necesaria:

ü      Oportuna, porque, como el mismo autor señala, asistimos a una tendencia, el cerebrocentrismo, consistente en reducir las actividades humanas a procesos fisicoquímicos en los que el cerebro desempeña un papel central, desplazando a la conducta y la cultura de las explicaciones “pseudo” –científicas.

ü      Relevante, porque presenta argumentos que clarifican lo que, al fin y a la postre, puede considerarse que corresponde a una moda, un mito y una ideología.

ü      Necesario, porque aporta elementos para reformular o reconfigurar el espacio que debieran mantener las ciencias sociales y, en cualquier caso, la persona, relegada en la literatura actual a un segundo plano, sometida al relumbrón que se le ha (con)cedido al cerebro como motor y explicación de los asuntos humanos.


Es un libro recomendable, pero que debo acotar, para que, quienes piensen acercarse a su lectura, estén avisados:

ü      Es una obra académica, lo que implica que está vertebrada por las virtudes y los defectos de ese tipo de libros: las referencias están citadas, el manejo de documentación es exhaustivo, la utilización de fuentes originales es indispensable.

ü      Está dotado de rigor. Se manejan los argumentos con la solvencia de una base conceptual profundamente asentada.

ü      Tiene un carácter, en cuanto al conocimiento, no finalista. Busca la gestión del conocimiento como un medio, no como un fin en sí mismo. Eso implica, entre otras cosas que no es un libro para no iniciados: el saber es acumulativo y este libro no es el más adecuado para empezar de cero.

ü      Está plagado de ironía. El discurso de Marino utiliza siempre la ironía como recurso, lo que aporta un valor añadido a su lectura.

Superadas, o mejor todavía, aprovechadas las características del libro, su carácter lo transforma en imprescindible; una especie de salvaguarda erudita ante el cerebrocentrismo infantiloide que nos inunda.


Dejo a continuación una referencia bibliográfica —espero que completa— de obras anteriores del mismo autor.

1990 — Médicos, pacientes y placebos. El factor psicológico en la curación. Pentalfa
1992 — Ciudad, individuo y psicología. Freud, detective privado. Siglo XXI
1993 — La superstición en la ciudad. Siglo XXI
1996 — La psicoterapia desde el punto de vista conductista. Biblioteca nueva
1996 — Tratamientos psicológicos. Universitas
2003 — Guía de tratamientos psicológicos eficaces I. Adultos. Pirámide
2003 — Guía de tratamientos psicológicos eficaces II. Psicología de la salud. Pirámide
2003 — Guía de tratamientos psicológicos eficaces III. Infancia y adolescencia. Pirámide
2003 — Las cuatro causas de los trastornos psicológicos. Universitas
2004 — Contingencia y drama. La psicología según el conductismo. Minerva
2007 — La invención de trastornos mentales. ¿Escuchando al fármaco o al paciente? Alianza (con Héctor González Pardo)
2009 — Manual de psicología de la salud. Pirámide (con Isaac Amigo Vázquez y Concepción Fernández Rodríguez)
2011 — El mito del cerebro creador. Cuerpo conducta y cultura. Alianza

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...