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jueves, 22 de enero de 2015

Urraca, O.N.G.

Entre las excentricidades que se despliegan con el ajetreo matinal de una familia de siete miembros, que se despereza y se despierta; que trata de ponerse en marcha para afrontar el trajín diario; algunas de esas singularidades, por llamarlas de algún modo, cobran un cariz reiterado que, precisamente por ello, alcanzan el carácter de idiosincrático.

La somnolencia habitual no facilita prestar atención al conjunto de detalles, ocultos tras el velo legañoso, su adaptación mimética y su asimilación por la vía de la costumbre.

Percatarte de que algo lleva tiempo sucediendo —y dotarle de una explicación— resulta gratamente sorprendente. Como si pudieras observarte a ti mismo.

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"Supervisados"
El último miembro en incorporarse a la troupe, es una gata tuerta, recogida en el albergue de ADAGA —gracias a Marichu y María, entre muchos otros, por su extraordinaria labor—, a la que llamamos Xika.

Luce un pelaje blanquinegro que haría que, si fuera una vaca, sería lechera; si fuera una perra, sería dálmata; siendo una gata, debe conformarse con ser del tipo “europeo común”, una forma de no decir nada, diciéndolo todo.

Ha desarrollado un gusto por practicar extraños deportes, de los que nos cuesta identificar su procedencia, disimulados en ese momento del día en que, los demás, nos comportamos como si fuéramos zangolotinos.

Empieza con el curling: hace deslizar los tapones de los envases de leche o zumo —que, distraídamente, tras haberse servido, alguien olvidó volver a colocar en su sitio— hasta dejarlos justo en el borde de la barra, como si fueran las piedras del juego de origen escocés. Cuando nadie mira, aprovecha para dar un ligero toque con su pata derecha, propiciando su caída al abismo.

Una vez en el suelo, el tapón se convierte en disco —con propiedad, un puck— y se abalanza, a lo largo del pasillo, empleando su pata derecha a modo de stick de hockey sobre hielo, esquivando en slalom contrincantes que sólo ella puede ver.

Como colofón de su triathlon personalizado, prueba su temple en las imaginarias troneras en que convierte cualquier recoveco que encuentra, en una interminable partida de snooker. Manifiesta querencia por el hueco que queda debajo del piano, donde se acumulan sus múltiples trofeos.

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El ruido que hace, mientras ejercita su precisión, su velocidad y su puntería —ese fis, ploc, tac, zuk— es imperceptible para unos sentidos (todavía) atontados. Pero el resultado se muestra como un evidente axioma: “todo lo que quede olvidado encima de cualquier mesa, es susceptible de convertirse en ganancia obtenida al descuido”.

Su predilección por la recolección de tapones —y su venida desde un hogar comunal— nos ha hecho pensar que replica las actividades altruistas de los generosos humanos solidarios que la acogieron. Nosotros, su nueva familia, hemos decidido nombrarla presidenta de honor de una ficticia “Urraca, O.N.G.”; su capacidad para rebañar la faculta para esa tarea.

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Como contraste a su ánimo benefactor, que queremos intuir, se opone su enemistad natural hacia los roedores. Ayer mismo, arrebató a Pérez (ratón) el último presente que había madurado en la boca de MC, justo antes de que pudiera envolverlo en un pañuelo y dejarlo bajo su almohada.

Tras una búsqueda en el nido favorito de Xika...


…bajo el piano, hubo suerte y …


…no encontramos una esmeralda, pero, sí, marfil.

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La actitud rapiñera de Xika hace que nos planteemos acortar el nombre a la entidad que preside, transformándolo en uno más idóneo, “Urraca, Organización Gubernamental.

Guardaríamos a buen recaudo ese ausente “NO”.

Debajo del piano.

sábado, 1 de febrero de 2014

Las alas de mariposa de Obama

A principios de año recibí una llamada de Kerry Blue, la clínica veterinaria, avisándome de que tocaba la revisión anual de la perra, para que acudiera a buscar las pastillas antiparasitarias. Compro allí también su alimento, y el de la gata. Además de quedar cerca de casa, son siempre muy amables.

Con el final de las vacaciones escolares, el inicio del curso, un viaje que tuvimos que hacer y el trajín del premio a la mejor web, he estado liado y había olvidado acercarme.

Por fin pude cumplir el trámite.

Llegué, después de haber dado un largo paseo con Z, con una molesta lluvia y un frío invernal que me obligaba a ir pertrechado con camiseta interior térmica debajo de la camisa, chaqueta de forro polar, bufanda, sombrero, guantes, chaquetón impermeable y otro conjunto de elementos para abrigar la parte inferior de mi cuerpo que, por decoro, omitiré relacionar.

Iba al trote, impulsado por ella, tratando de guarecerme de la lluvia, sudando a modo, fatigado por el exceso y calado por completo. En la clínica, para evitar que se escapen los animales, debes llamar al timbre para que te abran la puerta. Es imposible entrar y pasar desapercibido.

Yo ya asumo que a mí me resulta imposible hacerlo, atendiendo a mis dimensiones, por lo que me echo encima el capote de mi natural despiste y eludo percatarme de las reacciones que provoco. El cambio de la gélida temperatura de la calle, al abrigo del interior, hizo que mis gafas se empañasen al instante, por lo que, a toda la carga que ya portaba, se añadió que, por un momento, estuve completamente ciego.

Al entrar, además de dos empleadas, estaba una mujer, con sus dos guapísimos ejemplares de perro de aguas español, si no equivoco la raza, con un pelo precioso. Mientras hablaba con la que supongo la peluquera, la chica que estaba en recepción se puso a atenderme. La clienta resultó ser conocida: un hijo suyo y dos míos practican el mismo deporte. A pesar de que el suyo es mayor, hemos coincidido en muchas pistas de hockey sobre patines y, hace poco, volvimos a encontrarnos en una de las revisiones de la lesión de rodilla del mayor.

Y se produjo una conversación cruzada, a tres bandas, entre mi amiga y la peluquera, la recepcionista y yo, y la que mi amiga, siempre amable y cariñosa, inició conmigo. Con dificultades, trataré de transcribirla aquí.

— Me habíais llamado para avisarme de que tenía que venir a desparasitar a la perra.
— ............................... ella está muy bien ........
— ¿Sabemos cuándo fue eso?
— Sí. No sé. A principios de año. Estuve un poco liado y no me ha sido posible venir antes.
— Hola, ¿qué tal? ¡Mira quién anda por aquí!
— Ah, hola. Perdona, no te había visto. Entré despistado y no me percaté.
— ¿Tenemos ficha de la perrita?
— Sí. Se llama Z.
— ................... ya te digo ............. él .........
— ¿A qué número de teléfono la tendremos puesta?
— No sé. El número de mi mujer, creo. 6XX XXX XXX.
— ¿Qué vienes, con la perra?
— Sí. Le toca la vacuna, o algo así.
— Sí. Aquí está. Cumplimos con la fecha para la pastilla antiparasitaria. Ahora te las doy.
— ....... es que ella ..........
— También quería dar de alta a una gata que tenemos, que no sé si la habéis apuntado ya.
— Vaya perros tan guapos que tienes.
— Miramos a ver. No. Con ese teléfono sólo tenemos a Z. ¿La damos de alta?
— ¿Qué tal el crío. Ya empezó con el hockey?
— Bien. Todavía, no. La rodilla, mejor. Le dejan hacer otros deportes, pero, de momento, hockey, no.
— Sí. Es una gata. Se llama Equis – I – Ca – A.
— ....... pero a mí me parece .......................... ¿no ves?
Xika. ¿Sabemos que raza es?
— Una de esas normales, blanca y negra, de las de la calle de toda la vida.
— ........................ pasar a veces ...................... el rizo ............. muy bien ...................
— Europea...
— Lo importante es que se cure. La rodilla le tiene que durar toda la vida.
— Sí. Eso pensamos. ¿Qué tal vosotros?
— Vino del albergue. De ADAGA. Es una pandillera tremenda. Esta noche tuvo una pelea con ésta, que casi no me dejan dormir.
— ...común.
— ............................... lo que hago .................... queda ................. arriba ...
— Todos bien, gracias. Ya nos iremos viendo por las pistas.
— Eso: europea común. De las de toda la vida, blanca y negra. Si fuera perro, sería dálmata. Como es gata, europea común.
— Si te parece ................... y luego ......................
— ¿Sabemos cuánto pesamos?
— Usted y yo, ¿juntos?


"Podemos"

El uso repetido de la primera persona del plural en establecimientos comerciales (el antiguo plural mayestático, de forma inclusiva) se está empezando a generalizar.

La repetición saciante de una forma muy particular de percibir la realidad, surgida en Obama, extendida urbi et orbe, adquiere especial significado en una clínica veterinaria de Oviedo, una pequeña ciudad de provincias, en la que tengo el gusto de residir.

“Yes, we CAN.

viernes, 12 de julio de 2013

Gatos callejeros. Motivos para la esperanza

“En realidad, seguimos vivos en la medida en que somos capaces de proyectar, de suerte que paradójicamente gozamos del presente porque prevemos un futuro en el que llegará el objeto de una u otra esperanza. Hasta resulta casi irrelevante si ese propósito o aquel plan acariciados al fin se cumplen, pues lo que importa es que desempeñan la función de inyectar vida a cada momento del transcurso. [...] Tan cierto que ‘mientras hay vida hay esperanza’, sería que mientras haya esperanza habrá vida”.


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Es sencillo agachar la cabeza —apesadumbrado por las circunstancias personales y agobiado por el contexto—, y mostrarse abatido. Es una tentación difícil de vencer.

Embarcarse en la denuncia de situaciones oprobiosas o injustas (o simplemente escandalosas) no ayuda a nadie a sobrellevar la carga, pese a que buscar lo ridículo produzca una efímera sonrisa.

Hoy me han pedido que muestre la cara brillante de esta humanidad que, en los gestos cotidianos, muestra su verdadera grandeza. Esos que no salen en las noticias pero que, con su entrega, llenan de vida e ilusión y ejercen una influencia, en su entorno más cercano, enormemente positiva.

Los olvidados.

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Son gatos callejeros.

Mostraron su rebeldía en los ‘80s, descartando el modernismo imperante y mirando hacia atrás para, con ayuda de tupés, patillas y zapatos de gamuza azul, recuperar el clasicismo del rockabilly y la actitud transgresora de Elvis, cuando éste era joven, apuesto, delgado y, pese a haberse embutido en un mono decorado con lentejuelas, su apariencia era decididamente malévola y satánica.

De su primer disco homónimo, Stray Cats extrajeron un tema con el que lo petarían. Rock this town.




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Son gatos pandilleros.

La productora Hanna–Barbera estrenó en 1961 una nueva serie de dibujos animados. Top Cat recordaba la actitud de los buscavidas: esa gente, echada a la calle, que sólo disponía de su ingenio para sobrevivir.


En el primer episodio, ¡Todos a Hawaii!, emitido el 27 de septiembre, se perfilan las características de los protagonistas y las tramas.

Básicamente consiste en una sucesión de peripecias en las que la pandilla tiene oportunidad de mostrar sus argucias. Están liderados por el descarado Don Gato, al que secundan Benito, Cucho, Demóstenes, Panza y Espanto. Intentan superar el control del oficial Matute, que trata de evitar que descarríen definitivamente y se postula como un anticipo del antológico Patrullero Mancuso.

Don Gato – Panza – Benito – Demóstenes – Cucho – Espanto – Oficial Matute

El tipismo del doblaje original, realizado en México, con el que siempre se emitió en España, realza el aire retro de una apuesta divertida.

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Son gatos.

Más allá de las metáforas, los gatos callejeros (los de verdad) no eligen serlo. No son rebeldes, ni pandilleros. Han nacido en la calle, porque ahí vivía su madre, o han sido abandonados porque unos dueños, desaprensivos, han hecho méritos para que se les deje de considerar humanos.

Son territoriales y buscan lugares que reconocer como propios. Sobreviven como pueden. La mayoría de las veces se encuentran desvalidos.

Necesitan un hogar.

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Muchas personas tienen gatos en sus casas. Se adaptan a vivir en compañía perfectamente. Como saben todos los que conviven con alguno, son condescendientes y permiten que otros (gatos, perros o humanos) compartan con ellos un espacio del que se consideran propietarios exclusivos.


ADAGA, Asociación de amigos de los gatos, realiza una increíble labor, ayudando y dando esperanza a los que han sido abandonados y, muchas veces, maltratados.

A los que consideran la calle su lugar, y no podrán adaptarse a otro entorno diferente, los alimentan, cuidan y ayudan a mantener su población en un número estable.

Los que no podrían soportar permanecer en la calle, que han sido apartados, vejados y golpeados, los acogen en un albergue que se sostiene, sin ayuda institucional ni subvenciones públicas, gracias a las aportaciones de los socios y la impagable labor de los voluntarios.

Buscan, en fin, una familia que adopte a los gatos que albergan, intentando aplicar un criterio que implique un mínimo de garantías para que el animal, “abandonado, maltratado, callejero, que ya ha tenido su dosis de sufrimiento en la vida, encuentre cuidados, cariño, protección, seguridad y proyecto de futuro para ese ser indefenso que no pidió nacer en la maldita calle, o que un dueño sin escrúpulos lo abandonara”.

Es una historia de entrega maravillosa. Deseo la mejor suerte del mundo a ADAGA. Pueden establecer contacto con ellos en su página web:

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Son, sin la menor duda, un motivo para la esperanza.


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Tengo que dar las gracias a Marichu (madrina de Otis y Aretha), a José, a Javier y a María.
Y a muchos más.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...