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domingo, 14 de enero de 2024

Jackie Wilson — (Your Love Keeps Lifting Me) Higher and Higher


Jackie Wilson
(Your Love Keeps Lifting Me) Higher and Higher

Higher and Higher (1967)

Detroit, Michigan (USA)

*****

Un verdadero titán.

Tras los traspiés de un buscavidas juvenil (incluyendo dos ingresos en el correccional de menores y su paso, sin demasiado éxito, por el boxeo), estuvo en The Dominoes (el grupo liderado por Billy Ward) hasta debutar en 1957 como solista. Lo hizo con material escrito por su colega de guantes, Berry Gordy, que, tras separarse de Wilson, fundo el sello Motown.

Wilson era un maestro del espectáculo y figura destacada en la transición del R&B al soul, lo que hace más que justificado el apodo por el que se le conoció: “Mr. Excitement”.

Su carrera estaba en declive cuando grabó este tema que le llevaría otra vez a disfrutar de los favores del gran público.

En septiembre de 1975 estaba cantando uno de sus grandes éxitos, “Lonely Teardrops”, cuando sufrió un infarto masivo y se desplomó en el escenario. Los espectadores se pusieron a rugir, entusiasmados, pensando que era una rutina preparada. El presentador de la gala, Dick Clark, comprendió que algo raro pasaba, se acercó a Wilson y, tras devolverle la respiración, se avisó a una ambulancia y se le trasladó al hospital más cercano. Entró en coma y estuvo hospitalizado hasta su muerte en enero de 1984. Elvis Presley corrió con gran parte de la minuta, porque ambos se tenían mutua admiración y respeto.

*****

Tu amor me llevó más alto

De lo que había llegado nunca

Así que sigue así

Apaga mi deseo

Y estaré a tu lado para siempre

Cuando en “Ghostbusters II”, los Cazafantasmas (Bill Murray, Dan Aykroyd y el resto del elenco) debían poner en marcha a la estatua de la Libertad empleando una baba cargada de emociones positivas, el verdadero motor fue poner a todo volumen a Jackie Wilson cantando en el walkman. Ni Iker Jiménez podría plantear la más mínima objeción a esta solución nada improvisada.

Un titán

martes, 17 de noviembre de 2015

Maniquí es

Como no quiero que me vuelva a pasar lo del año pasado, haré un trabajo rápido.


El anuncio de la Lotería de Navidad, 2015, ya está aquí.



El anuncio toma como protagonista a Justino, vigilante nocturno en una fábrica de maniquíes.
A pesar de su horario —en el que no comparte tiempo con sus compañeros en la fábrica—, o de lo tedioso de su ocupación —hacer la ronda de vigilancia—, Justino es capaz de encontrar motivos que le impulsen a levantarse todos los días, a la misma hora —en un remedo del inicio del bucle de El día de la marmota y su ¡buenos días excursionistas!—; a Justino le gusta lo que hace, le gusta con quién lo hace.

*****

Había mimbres suficientes para fabricar un cesto estupendo: una persona aplicada, que cumple con su obligación y que lo hace de forma animosa; alguien que contagia a sus compañeros (a los que no ve) su ilusión y su entusiasmo.

Una persona que va feliz a trabajar.

Nada más y nada menos.

*****

Hasta que, yendo en el autobús nocturno, poniendo su hombro para que su habitual compañero de trayecto se quede dormido, ve el periódico en el que informan de que la Fábrica en la que trabaja ha ganado el Gordo.

Sin que nadie le haya informado o se haya puesto en contacto con él.

Han pasado más de 12 horas desde el momento en que se dieron cuenta (10:12 AM) hasta la hora en que llega a la fábrica: Justino siempre ficha a las 11:00 PM.

Ese pequeño detalle hace que Justino, por primera vez en lo que vemos de anuncio, llega a trabajar sin ganas; con un mohín de disgusto en su rostro alicaído. La puñetera codicia ha transformado su apariencia.

Luego resulta que la historia no era así del todo. Nos habían hecho trampas y nos escamotearon la posibilidad de descubrir que eran una piña. Todos. No sólo el rondador nocturno, el que se monta películas con sus muñecos inanimados, a los que dota de personalidad porque carece de personas reales con las que compartir experiencias de verdad.

Los demás, los integrados, los que trabajan en un horario normal y, pese a hacerlo en una fábrica, parecen un conjunto de oficinistas ramplones; el resto son, pese a sus desgraciadas vidas, seres humanos capaces de sentir compasión y comparten una lista en la que se apuntan los que quieran décimos y, para el que no quiera (Justino), le apuntan uno a cuenta de la casa, que ya veremos si después toca.

Y toca.
Y son generosos.
Y, ahora con dinero, hacen fiesta y brindan con champagne (“todos somos franceses”).
Haremos que te sientas uno más.
No como antes, cuando tú nos felicitabas, pero nosotros no te dábamos nada a cambio.
Da igual.
La pasta lo iguala todo.
Empezaremos de cero. Con el bolso lleno de viruta.

*****

La conclusión es la misma:

El juego es el impuesto a la ignorancia.
La sensiblería es el recargo.

*****

Son unos miserables:

1 — Se cargan el espíritu del Justino original, aquél que había protagonizado en 1994 la primera película de La Cuadrilla (Santiago Aguilar y Luis Guridi), en un papel que recibiría un Premio Goya al actor revelación (Saturnino García, Justino) y otro a la dirección novel. El primigenio, un puntillero recién jubilado en la plaza de toros, afronta cómo llenar su tiempo de ocio sin olvidar su afán justiciero, para convertirse en “Justino, un asesino de la tercera edad”. Es cierto que su ocupación no se corresponde al ánimo navideño (menos aún, visto desde la perspectiva de un pavo, con esa preocupación por la empatía holística que hemos desarrollado), pero es una canallada hacerle desaparecer, sin dejar rastro. No vayan a youtube, que no hay imágenes. Sólo la canción de Víctor Abundancia sobre los títulos de crédito.

2 — En la entrega del año pasado creaban un mundo en el que no había niños. Ahora, dan un paso adelante. Se burlan de nosotros, los paganinis. Nos lo dicen a la cara: sois unos maniquíes, unas marionetas, unos títeres. Movemos los hilos que dictan lo que debéis hacer. Callar y comprar. No sólo es que Justino trabaje en una fábrica de maniquíes. Es que él, como todos los demás, son muñecos. Sin cuentos. Sin rodeos, Sin escrúpulos.

Eso son Golpes Bajos.
Montarán una fiesta. De maniquíes. Puedo verlo.



Como se nota que ya no está Germán Coppini.

*****

En mi venganza mostraré algunas de las trampas que han empleado:



Justino vive en un cuarto pequeño. Desde la entrada puede verse la cama. Sobre ella, un anaquel con libros. Al lado de la puerta se apilan, amontonados, más libros que Justino no usa. El que está abierto está en blanco. Justino es un farsante. No lee. Si lo hiciera, no acumularía los libros de ese modo. Emplearía la colocación en vertical y trataría de dejar los cantos a la vista (para identificarlos). Si tienes dudas, podrás comprobarlo en más ocasiones. Aceptamos que en el mundo de la ficción narrativa de un anuncio publicitario, nadie utiliza el móvil. Es la misma regla por la que los protagonistas de una sitcom nunca ven la TV. Pero suponíamos que un vigilante nocturno podría leer. Falso.


Va a trabajar. Alguien que viene de trabajar emplea el mismo trayecto. Aprovecha para adormilarse en blando. Hasta ahí, normal. ¿Pero qué hace Justino llevando su tartera de comida y ningún libro?


Hecho confirmado. Se ve que el autobús (que recorta gastos en la señalización de paradas) le deja a la puerta del curro. Sólo lleva su tartera. Ni un libro.


Ficha a las 11:00 PM.


Es el único que está (columna izquierda: IN). Los demás se han ido (columna derecha: OUT).


Más trampas. El lugar de trabajo cuenta con unos estantes repletos de carpetas A-Z. Ni un libro. Mientras, Justino se dispone a hacer la ronda y sintoniza su radio. Al menos uno de los dos entretenimientos de un vigilante nocturno (libro o radio) podrá ayudar a Justino a pasar el tiempo. No hay TVs (sólo los monitores de vigilancia) y un PC del año que Ronaldo (el gordo) jugaba en el Barça, imposible para echarse una partidita de FIFA, actualizar el estado de facebook, o mirar el número de seguidoras en Ashley Madison, en el que su nick ha perdido una vocal con respecto a su nombre verdadero, en el nombre, y ha añadido un lacónico Breve para conformar su ficticio apellido.


Ya se ve que la mano derecha empuña la linterna (al modo pre-CSI, sin flexión del codo en 90º para que la luz esté a la altura de los ojos) y la izquierda se posa relajada en su retaguardia, liberada del transporte del transistor. ¿Quién dijo radio?


Resulta mucho más interesante pasear por la nave (sin misterio) y dejar que tus ideas fluyan. Ves la foto de una moza jovial, con gafas de protección, secundada por cinco maromos y un sexto, al que por permanecer en la más reta de todas las guardias, se le intuye dotes de mando. Todos gritan “cheese”, al grito de “selfie”. El que no sabe inglés —y lleva la torola despejada—, ha quedado con el gesto contrito porque, bienintencionado, pero lerdo en idiomas, pensó que estaban mandándole callar. Su mirada (izquierda, arriba) busca la neurozona donde se neuroubiquen los neuroreceptores que neuroconsigan neuroevitar que le neurodé una neura.


¡Caramba! Estamos en la Fábrica de Maniquíes. Un mundo vivo y nuevo.


En el que Justino hace amigos (manipulables) que consienten en salir en fotos colectivas junto a él.


Ha estrechado vínculos. Ya no sólo puebla las paredes de su espacio con selfies de amigotes. También les considera su familia y, como anunció Francisco, la familia que no come unida no puede considerarse una familia, sino una pensión. Así que, Justino, con la mejor de las intenciones ofrece una de sus albóndigas teletransportadas desde IKEA, a lo que su amigo de plasti dice que “nasti”. “He visto cinturones de Orión en Primark, por un euro; se irán como lágrimas en la lluvia”. “Eso significa no, ¿verdad?”.


Harto de sus amigos de látex, que carecen de prótesis u orificios útiles, Justino busca inspiración como todos los vigilantes de seguridad hicieron antes, y seguirán haciendo mientras tengan que prestar el juramento Prosegur: fisgar en los lugares de trabajo de los compañeros que están ausentes. Se aprende a ver detalles. Una pelota dibujada el 6 de noviembre, el anterior al Viernes 13. Una foto de una calle de París.


El 25: “Cumple Carmen”. Me mostraré ingenioso. Haré como Eduardo con sus tijeras. Y entra en un desfase similar a Johnny Depp.


Mientras, los colegas del horario diurno (que no se sabe qué hacen, pero que no parecen trabajar en una fábrica), se ponen a apuntar en una lista los que quieren un décimo de la Lotería de Navidad. La empresa es tan molona que nadie se ocupa de hacerlo: cada uno, con su propio bolígrafo, escribe su nombre y un número (de décimos que quiere), pero nadie recoge la pasta, ni lleva una caja de lata en la que guarda los fondos, ni paga en la administración o devuelve los que han sobrado, o se encarga de ir a comprarlos a la administración más próxima, o al bar de Antonio que tocó el año pasado; a ése no vamos, que ya tocó entonces; ¿compramos por internet donde la bruja de Sort?; mi hijo tiene participaciones del equipo de fútbol, ¿queréis alguna?; en la estación de servicio también tienen, ¿alguien quiere?; y eso sigue sin apariencia de que nunca pueda cesar...


La lista se cae. Se ve el teléfono del Radio-Taxi (que llamen a Uber), una MasterClass de Zumba, el cartel de Empanadillas Leo, un folio amarillo en el que se lee: “Hemos hecho una porra. ¿Cuándo llega Dani Ahuir? (1 €)”. Lo más incomprensible es un post-it azul en el que dos puntos y una curva dotan de una aire siniestro al emoticono más empleado en los móviles de los pitufos.


Tanta ida de olla tiene un colofón final en un efecto Rube Goldberg que culmina con el encendido ritual de un árbol de Navidad compuesto por maniquíes apilados en la fábrica (que tal parece un almacén y no una factoría).


Justo en el momento (10:12 AM) en que alguien se percata de que han ganado el Gordo.


La fábrica ha ganado el Gordo. Porque estos sujetos que diseñan anuncios y que carecen de contacto con la vida real, que creen que pueden proyectar emociones en los muñecos de plástico de una factoría al borde de la quiebra, que pueden sustituir a personas por figurines, que figuran de atrezzo y que, en el mejor de los casos, ni siquiera se quejan por la calidad de la comida de plástico que sirven envuelta en filminas los de la empresa de catering que, siendo como es del hermano del dueño de la productora, se mete unos patinazos que no se puede contar; estos sujetos desnaturalizados, que emplean tres horas al día en desplazamientos desde su casa a su domicilio y vuelta, que viven en burbujas y que no se relacionan con sujetos que hagan cosas con las manos —más allá de hand-shakes o give-me-fives—, que no comprenden que las relaciones son estrechas, porque se tornan en vínculos que se fortalecen con la reciprocidad; estos seres que notan su creatividad porque intentan suplantar a las personas que retratan y, mientras intentan pensar por ellos, se muestran incapaces de pensar con ellos, justificando otra vez que la suplantación es un impedimento para la comprensión y que, llegados a este punto, hacen que el premio lo gane la Fábrica —objeto inerme, inanimado, carente de un antropomorfismo que pueda llegar a confundir al público, o a los creativos, indistinguibles ya en la mente enfermiza de un moderno creador de monstruos— y no las personas que trabajan en la fábrica. El remate inverosímil es que la noticia la facilita un periódico vespertino, aquellos que, según cuentan las leyendas, se vendían por las tardes y reunían las Informaciones que se habían producido en el día en curso; hace eones de la última vez que una persona dio crédito a esta leyenda, que Iker Jiménez piensa estudiar en breve.


Champagne. Preludio de fiesta. Brindaremos cantando con la marsellesa, que tanto nos costó aprender.


Jarana total. Jolgorio absoluto. “Sí, bueno; pero no se me apiñen tanto. Yo soy más de plástico”.

*****

No existe nada más feo
Que usar para este bis
Con ánimo maniqueo
Al tío del Manneken Pis

sábado, 22 de noviembre de 2014

Dilo bien (Lotería de Navidad 2014, V)

La campaña de anuncios prosigue.
El afán de deconstruir la campaña se mantiene intacto.



Dilo bien



*****

Carlos y María están en casa, un lunes por la mañana, viendo la TV.



Vestidos, con las zapatillas de deporte de él bajo el banco donde se sientan y un  jersey hecho un gurruño en el sofá, como puntos destacados de un comedido desorden. Mirando un poco más, sorprende ver que reservan un sitio preferente para una caldera de hierro que mantienen como ambientación del hogar, y no como fuente de calor, lo que se deduce de que no que hayan instalado una chimenea. La mesa, móvil gracias a unas ruedas, puede desplazarse, habilitando el espacio necesario para convertir el sofá en cama y dormir (o hacer lo que quiere que hagan cuando no ven la TV) en él. Se enfatiza el aire convertible (y efímero) de la estancia.


Ven el sorteo de la Lotería de Navidad, ¡qué sorpresa!, en un aparato flanqueado por tres libros, a un lado, y una foto enmarcada, en el otro, en la que se ve a Carlos espetándole un casto beso a María. En una silla, un gorro cuelga exánime.


La cara de Carlos es un poema. No sé si ha tenido un retortijón o es que ha olvidado dónde ha dejado la bici aparcada.


Mira a María. Es notorio que es ella la que lleva la voz cantante.


La ceja enarcada de María es el síntoma de que ya ha sido capaz de pergeñar un plan.


“Si nos casamos…”. “¿Qué?”. No parece la mejor forma proponer nada. Los caracteres de ambos se intuyen diferentes. María parece tener ánimo lector. A su lado se apilan cuatro libros (aunque, examinados con atención, no parecen gastados por el uso, con las esquinas dobladas y ese aspecto con el que de un vistazo se aprecia si un libro ha sido leído, o no). Carlos es claramente supersticioso. Sujeta el décimo en su mano derecha. A su vera hay ¡una cabeza de ajos! y, más atrás, la radio con la que sigue Carrusel Deportivo, en la SER. No ha notado todavía el cambio del equipo de Paco González a la competencia. Quizá el casco amarillo, que guarda posado encima de un pallet, pudiera salvarle la vida en el accidente de moto (aun no siendo integral), pero no ha evitado que haya quedado un poco tardo en dar una respuesta.


María se hinca de rodillas. “¡Cásate conmigo!”. No lo pide; lo impone.


Carlos esboza una media sonrisa que, traducida, viene a decir “mí no comprender”, mientras balbucea un lastimero “pero si ya estamos casados, cariño”, como si la que tuviera déficits cognitivos fuera ella y María hubiera sufrido un repentino borrado de memoria.


“Vestida de blanco (a estas alturas, hace falta echarle morro), invitar amigos (y que nos regalen cosas y tiramos esta mierda de muebles de pacotilla y renovamos la decoración austera), con viaje de novios, y luna de miel (como si fueran dos conceptos distintos; lo que quiere es viajar de verdad y no una excursión en moto de fin de semana, como hicieron tras la boda íntima a la que acudieron ellos dos y el concejal de festejos de Villaverde, cuñado de Carlos, y único edil que se prestó a oficiar la ceremonia exprés).


“Bueno, vale. Sí. Me parece bien” (si Carlos fuerza más la sonrisa se le terminará cayendo un empaste). “¿Cómo que bueno, vale?” (María es machacona y cansina hasta el hastío). “Se dice ‘sí, quiero’”.


Carlos toma la iniciativa, por primera vez en años. Se yergue, acción que permite apreciar el gotelé casero que cubre las paredes de la casa y contemplar el único cuadro que María ha transigido para dejárselo colgar, a la vista de las infrecuentes visitas. El resto de ellos, escenas sangrientas y desnudos varios superan el convencionalismo de una casta María, a la que la pasta no interesa (“bueno, no tanto”), ni le parece importante (“no sigas”), ni se fija en detalles superfluos (“me estás hartando, majo”).


“Sí, quiero”. Cómo para no querer. Casi le sale espontáneamente. En todo caso, rematan la escena con un beso, mientras el plano se abre y permite observar algunos nuevos detalles en el hogar. Un sillón orejero, esquinado, al lado de la TV, desde donde María observa a Carlos, fingiendo leer, cuando éste se obstina en ver al Atlético. Encima de un armarito blanco se ve el grueso de la librería de María: 8 libros, dispuestos en dos filas. Parecen corresponder a una reedición en cartoné de “Esther y su mundo”, lo que explicaría muchas cosas. Y, algo inexplicado (que ni la aparición de Iker Jiménez pilotando la Nave del Misterio podría arrojar luz al asunto) ha surgido al lado izquierdo del cuadro (según se mira): una especie de orla que, quizá, corresponda al día de graduación de María Gómez Cámara, la residente más famosa en Bélmez de la Mortaleda Mortadela Moraleda.

Quizá ambas Marías estén unidas por un vínculo de sangre, una hipótesis que aclararía su empeño en recordar que a ninguna le mueve el dinero, pero que tampoco les importa que, si les cae algún pellizco, cuanto más grande sea, mejor.

*****

Retrospectivamente reconozco a la rubia y al que se vestía como Craig David poniéndose el gorro que reposaba en la silla blanca, como participantes de la orgía festiva que se celebró en el bar de Antonio, en el anuncio desencadenante de este pormenorizado análisis.

Verle bailar descarta una (grave) lesión neuronal.

*****

Tras ganar el Gordo, la vida de Carlos y María cambiará. Como primera medida, aparcarán su anterior lema, “contigo, pan y cebolla” (del que estaban hasta la …) y, con el aval de un premio conseguido por azar, van a darle importancia capital a la apariencia: “casarse de blanco, invitar a más gente, un viaje, una luna de miel de verdad”.

Claro que el dinero cambia. María y Carlos podrán empezar una vida nueva.

Nadie tiene la certeza de si será una mejor…

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En episodios anteriores:

Episodio 2 – Si tú supieras
Episodio 3 – El secreto
Episodio 4 – Beautiful
Episodio 5 – Dilo bien
Episodio 6 – Llamada
Episodio 7 – Carpeta
Episodio 8 – No siempre se gana
Episodio 9 – No la pierdas
Extras – Traca final

Tras la publicidad, la siguiente entrega.

jueves, 9 de junio de 2011

Clientes

De un tiempo a esta parte se ha venido realzando la importancia de los clientes en las relaciones comerciales. Frente a una estrategia —hoy parece que ya superada— en la que el producto estaba por encima de lo demás, actualmente se ha entronizado al cliente. De esta forma encontramos estrategias definidas como “atención al cliente”, “centradas en el cliente”, “orientadas al cliente”, “el cliente es lo primero”, “el cliente siempre tiene razón”, “clientes externos e internos”, “fidelización de clientes”, “dependencia clientelar” o “El cliente, nuestra razón de ser”. Todos reconocemos este tipo de lemas, que se apoyan en un fundamento común: destacar la importancia del cliente.

Pero, ¿qué es un cliente? Seguramente mi deformación curricular me obliga a definir los conceptos que utilizo, así que he estado buscando alguna definición de cliente y he encontrado las que siguen:

ü      Persona que accede a un producto o servicio a partir de un pago

ü      Persona que utiliza los servicios de un profesional o una empresa

ü      Comprador (el que compra un producto), usuario (el que usa un servicio) o consumidor (el que consume un producto o servicio)

Llevo tiempo tratando de encontrar una definición de cliente que me resulte  satisfactoria y todavía no he sido capaz de encontrarla. Tendré que intentar esbozar una propia. Ésta será ahora mi tarea.

Consideraciones previas

  1. El cliente forma parte de una relación. No constituye un hecho aislado, no puede existir sin otra contraparte que dé sentido a la relación.

  1. La otra parte de la relación la forman los proveedores.

  1. La relación proveedor-cliente puede afectar a bienes, productos o servicios.

  1. Las relaciones entre clientes y proveedores puede establecerse dentro de una misma organización, por lo que se hablaría de clientes internos o externos.

  1. La existencia de una relación proveedor-cliente es independiente de que haya una contraprestación económica. No todos los clientes pagan —aunque todos los que pagan son clientes—.

  1. En una relación pueden considerarse clientes en diferentes niveles —en un colegio los padres son clientes, pero los niños también—.

  1. A efectos de realizar una definición genérica, no tiene sentido diferenciar entre clientes atendiendo al tipo de relación que establezcan (comprador, consumidor, usuario, paciente).

  1. Cada organización otorga de forma implícita unas características a sus clientes que, a su vez, determinan de forma explícita las bases sobre las que se sustenta su relación.

  1. El cliente demanda un bien, producto o servicio. Es su derecho juzgar si las condiciones en que se ha producido la relación han satisfecho sus necesidades.

  1. El proveedor ofrece el bien, producto o servicio. Es el responsable de fijar la cuantía del importe en que valora su trabajo.

Clientes según Pachu.

Pachu, amigo mío, tiene una sidrería. Ha tenido que tratar con muchos clientes a lo largo de su vida. Gente que acude a un chigre a pasar horas charlando, bebiendo y demostrando ser tremendamente ingenioso. La vida en un bar. Ha visto de todo y ya hay pocas cosas que le puedan sorprender.

Un día estábamos viendo la televisión en la que ponían “Cuarto milenio”, el programa de ¿misterio? presentado por Iker Jiménez. Ese día hablaban de extraterrestres. Alguien de los que estábamos en la barra le preguntó a Pachu:

    Pachu, de los extraterrestres, ¿tú qué opinas?
    Si se comportan y pagan…

Esa es la mejor definición que he podido escuchar nunca de lo que es un cliente: alguien que se comporta y paga. No es que pida que sea amable, atento y educado —bueno, educado sí—, no debe ser sonriente, no tiene que demostrarme que tiene un buen día: sólo debe ajustarse a cumplir unas mínimas normas de educación.

Debe ser respetuoso, no me puede faltar el respeto insultándome o pidiéndome algo inapropiado, pero no debe ser amable: ésa es mi obligación si yo debo atenderle a él, si él es mi cliente.

Y tiene que pagar, por descontado. El cliente decide qué quiere y cómo lo quiere y el proveedor le dice lo que eso cuesta. Y el cliente paga. Y juzga si ha sido bien atendido o no, si lo que se le ha ofrecido y cómo se le ha ofrecido cubría sus necesidades, si ha quedado satisfecho.

Todos tenemos que cumplir en nuestra vida con los papeles de proveedor y de cliente. Nuestros derechos y obligaciones serán diferentes atendiendo a la situación en que nos encontremos. A veces nos olvidamos de cuál es la posición en que nos encontramos y qué criterios debemos atender.

No todos los clientes son iguales, se pueden clasificar de diferentes formas, pero todos son necesarios. No hay clientes buenos ni malos. En algunas ocasiones pregunto qué parte de la nómina recoge la categoría de los clientes a los que atendemos. No elegimos a nuestros clientes: ellos nos eligen a nosotros. La idea es que si atendemos sus necesidades, si quedan satisfechos, repetirán y la frecuencia en su repetición los convertirá en habituales. No existen clientes fieles, porque en hacer clientes se echa una vida y perderlos es cuestión de un instante. Las estrategias que conducen hacia la fidelización, pretenden asegurar la persistencia de los hábitos de nuestros clientes. Queremos que repitan con nosotros, que sean habituales, que sus hábitos se fortalezcan. Para ello debemos asegurarnos de que nuestras estrategias se ajustan a los criterios que establecen nuestros clientes, cada uno de una forma distinta, todos con el sentido específico que le asigna cada uno de ellos. Nuestros clientes nos juzgan, todos y cada uno de los días, hagamos lo que hagamos, nos pidan lo que nos pidan. Si nuestra actuación es juzgada favorablemente, repetirán con nosotros.

Cada organización define quiénes son sus clientes. Antes, los criterios se basaban en la realización de un pago por un producto o servicio. Ya hemos visto que no parece una categorización aconsejable: no todas las relaciones cliente-proveedor están acompañadas por una transacción monetaria, no todos los servicios o productos se pagan —no confundir que no se paguen con que sean gratis—. En los centros comerciales se define ahora al cliente, no como al que compra, sino al que está dentro del centro comercial. En algunos casos se confunde la consideración de cliente y se les aplica la etiqueta de “potencial”. Estarían en un estado transitorio que precede al hecho de la compra que sería el que los convertiría —la compra— en clientes de facto. Quien así considere a los clientes estará haciendo una clasificación restrictiva. Mi recomendación es que debe ser más abierta, y ello por dos razones:

ü      Asignar la categoría de cliente —dar un carné de cliente— no conlleva ningún coste añadido para las organizaciones

ü      Las relaciones cliente-proveedor deben basarse en la confianza mutua. Ambas partes obtienen ventajas de esa relación y, deseablemente, las relaciones más provechosas suelen ser las que se establecen a largo plazo. Si yo asigno la etiqueta de cliente de una forma más amplia, trataré a más personas apoyándome en una relación de confianza. Eso será percibido por mis clientes y me devolverán confianza —la relación de confianza es mutua y recíproca—, lo que me reportará a largo plazo un beneficio adicional. La relación de mutua confianza afirma el compromiso y favorece la confirmación de hábitos.

Así que, si considerar a los clientes de forma más amplia, menos restrictiva —emitir carnés de cliente a más personas— no comporta ningún coste añadido, pero supone beneficios adicionales, carece completamente de sentido restringir el ámbito por el que una organización categoriza a las personas como clientes.

Si yo tuviera un establecimiento comercial —por ejemplo una panadería— otorgaría la categoría de clientes a todos los que entraran en el establecimiento. No sólo a comprar, por descontado, sino a informarse, a preguntar lo que vendemos, cómo está elaborado, qué precio tiene, cómo pueden realizar encargos. Si tuviera una panadería mantendría la puerta abierta del establecimiento para animar a entrar a todos los que pasaran por delante y les atendería en lo que me pidieran. Incluso si me preguntan dónde queda la Catedral, la parada del autobús o si me piden una bolsa. De momento no cobro por dar información, ni vendo bolsas, así que eso lo hago sin pedirles que me lo paguen. Naturalmente si me piden pan o dulces mi obligación es decirles cuánto cuesta lo que me están pidiendo y la suya pagarlo si se lo quieren llevar —pueden no estar de acuerdo con el precio que pongo a mis productos y desistir de comprarlos. No pasa nada: seguirán siendo mis clientes—. Pero, si tuviera una panadería asignaría la categoría de cliente, no sólo al que entra en la tienda, sino también a los que miran el escaparate. Incluso digo más, serían también clientes para mí todos los que pasaran por delante. Si tuviera una panadería, me libraría de la barrera de una puerta, saldría a fumar en la calle y ocuparía la acera para hacerla mía y de mis clientes —todos los que pasaran en ese momento por la calle—. Estoy convencido que esa estrategia resultaría beneficiosa para mis clientes y, como consecuencia, también para mí.

Si tuviera una panadería no tendría una escuela de buenos modales: no me ocuparía de enseñar a los clientes cómo me deben tratar. Me preocuparía de cómo debo tratarlos yo a ellos. Entendería que mi obligación es atenderlos amablemente, con paciencia, informarles de las cosas que ellos no saben pero yo estoy obligado a saber. No pediría que me sonrieran, pero ofrecería la mía para solucionar cualquier problema que pudiera surgir. Confiaría en ellos, no supondría que vienen a engañarme, robarme o timarme —aunque tendría preparado un bate de béisbol por si eso pudiera ocurrir— y sabría que, si ofrezco confianza, terminaría recibiendo confianza. Buscaría encontrarme del mismo lado que mis clientes; ambos nos necesitamos y esperamos que el viaje sea largo. Intentaré que además resulte cómodo para todos. Recordaría tres palabras que abren muchas puertas —gracias, por favor, perdón— y estaría preparado para emplearlas cuando fuera necesario. Sabría que, teniendo una panadería, debería tener una vocación de servicio hacia mis clientes. Eso no me coloca en un plano inferior a ellos, no tendría una actitud servil, pero sabría que si abro la puerta todas las mañanas es para atenderlos a ellos, para satisfacer sus necesidades.

Y, si tuviera una panadería, con una persona que se comporta y que me pide lo que quiere, le diría el precio que yo le pongo a lo que me está pidiendo. Si está de acuerdo con el precio y me paga, entonces, según la definición de Pachu, será mi cliente.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...