viernes, 30 de junio de 2017

A propósito de independencia y calidad en los medios de comunicación

La revista en la que colaboro con una columna mensual, Yonlok, se toma un par de meses de descanso. Mi entrega más reciente era una petición de continuidad.


Resulta del todo cansino escuchar peroratas referidas a las maldades asociadas a la libertad, proclamadas desde una posición de superioridad que, con un mínimo de análisis, resultan del todo indefendibles.

Viene esto como consecuencia de ese persistente y machacón runrún por el que los medios convencionales defienden que lo suyo es periodismo, del de verdad, del bueno —dando a entender que lo otro, el que practican los medios que no son tradicionales, o agregados, o conglomerados, o involucrados en complejas tramas de intereses diversos; los pequeños, los independientes: la morralla; esa bazofia intolerable—, en lo que se muestra como un reduccionismo tan infantil y contradictorio que suena poco más que a una pataleta de perdedores.

Porque todos sabemos que los grandes, los de siempre, son cada vez más pequeños, menos influyentes, cuyo compromiso decreciente con la realidad —mantenerse alejados de la verdad siempre ha sido parte nuclear de su historia— se transforma en patético.

Sólo atienden a la perspectiva económica; desde esa órbita —decisiva para ellos—, no hacen más que perder. Pierden lectores, pierden compradores, pierden seguidores, pierden suscriptores; todo para ellos son pérdidas. Y como el niño abusón que se acostumbró a que le dejaran tirar los penaltis —con el único argumento válido de que la pelota era suya—, no soportan ver a otros que juegan a su aire, de manera diferente, incomprensible para el que hacía pasar por el aro a todos los que querían participar; ese conocido contexto —repetible en otros ámbitos en un mundo en continuo cambio— les hace culpabilizar a los demás. Ni se les pasa por la cabeza imaginar que pudiera ser algo que ellos estuvieran haciendo lo que fuera incorrecto.

Son los nuevos, los recién llegados, los intrusos, los extraños; la morralla.

Son los que opinan en redes sociales (se muestran incapaces de entender que no se puede desentrañar un entramado que carece de orden estructural rígido, ni tienen interés en intentarlo), los que mantienen criterio propio, los que escriben en un blog (a su bola), o se juntan en soportes nuevos y se afianzan en la idea de que la afirmación de que “una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones” es una consideración arcaica, establecida sobre modelos seriales y no apta para lelos.

Me extiendo: que, según ellos, sintetizando, la culpa la tiene Yonlok.


Ilustración: Gemma Cantador

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No toda la culpa, claro.

También la tienen los usuarios, los lectores, los clientes, los que —otrora— pagaban por leer y, ahora —putos ingratos— se niegan a tener que tragarse la publicidad —el veneno de su manzana—, la que —la única parte de su anatomía que recuerda que un día fueron titanes son unas pelotas de titanio que les faculta para afirmar esto y dejarlo por escrito, sin inmutarse— “nos permite ser independientes. Nos permite ser libres”—.

El periódico de mi pueblo (al que por aquí conocen como la hoja parroquial), muestra continuada de periodismo paleto y cerril, se empeña en que les dé las llaves de mi casa para entrar y colarme todo lo que les pase a ellos por el arco del triunfo.

Como el otro día, cuando un sujeto llamó al telefonillo de mi domicilio (en realidad, llamó a todos los del edificio) y soltó la segunda contraseña más anticuada de la historia (tras el “ábrete Sésamo”), ese repugnante “cartero comercial”. Le dije, como acostumbro, “no, gracias” y el individuo se indignó conmigo, alegando que tenía derecho a entrar y que yo no podía dejar al resto de vecinos sin información y bla bla bla...

Sentí lo mismo entonces que cuando en mi equipo salió este aviso emergente.


Soy incapaz de responder con argumentos a una mentira de esta envergadura.

*****

Sólo puedo hacer una cosa: pedir.

Alverú: no cierres Yonlok. Tómate una pausa, merecida. Pero con la condición de volver tras el verano. Prescinde de mí si quieres, pero no permitas que la información y la opinión queden en manos de periodistas.



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Por si tengo que volver al hospicio: Común sin sentido


3 comentarios:

  1. ¿Cómo que no hay comentarios? Hay que gritar bien alto que no se cierre YONLOK!!!!

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  2. Totalmente de acuerdo con lo expuesto. Hace tiempo que abandoné la prensa seria y vivo más mucho más contento, me costó algo más que con la TV y la radio (no toda, he de reconocer que aun sigo enganchado a Radio 3). Desconocía esto del Yonlok. Voy a indagar.
    Saludos,
    JdG

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  3. Es bastante complicado todo esto. Deje definitivamente de comprar "El Pais" en papel hace cosa de tres meses. He ido comprando otros, impensables para mí hace unos años. Ahora ya no compro en papel ninguno, más bien sigo a determinados periodistas en los que sigo confiando aun con sus errores y leo online artículos sueltos, y cada vez más libros y menos periódicos. Radio: intento aguantar la publicidad de la SER, por ejemplo, pero ya me resulta imposible, así que escucho, con toda su tendenciosidad, Radio Nacional, aunque sus podcast, por ejemplo de Documentos, me parecen bien hechos. Y a ti de vez en cuando, en tus programas. Televisión: muy poca, y creo que no he visto ninguna de esas series tan modernas y de las que se habla en general muy bien. Veo series convencionales: presentación, nudo y desenlace.

    En fin, de música ya hablaremos otro día, que tengo clase de piano.

    Un abrazo

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