sábado, 20 de agosto de 2011

Cuestión de tamaño

Atendiendo a la superficialidad de los tiempos que nos ha tocado vivir, a nadie se le escapa la importancia de la apariencia. La pátina externa –que cubre las cosas y que en ocasionas les presta una presencia falsamente dorada, cual de oropel, y en otras desluce equívocamente su fulgor interior– condiciona la súbita percepción de quien se fía de las primeras impresiones. El juicio sereno, profundo, meditado, extraído después de una pausada reflexión no es, precisamente, abundante. Así que algunos –muchos, la mayoría– se dejan seducir por la precipitación de sus temerarias valoraciones.

Y en estos asuntos de la apreciación externa, de valorar la forma por encima del fondo, de juzgar el interior vislumbrando únicamente el exterior, de otorgar prevalencia a la estética sobre la funcionalidad; en este prejuicio alocado y voraz en el que nos vemos inmersos, el tamaño realmente importa.

Foto: deVos
Recoge el refranero la preferencia por el caballo grande, ande o no ande y asistimos confusos a una desproporción en las proporciones que hace que el paso del tiempo dilate los recuerdos. Sólo permanecen en nuestra memoria cosas que, de niños, percibíamos inmensas y, hoy, redescubiertas y nuevamente contempladas, adquieren una nueva dimensión. Aquellos amplios espacios hoy transmutan convertidos en pasajes angostos. Lo que antes fue majestuoso, hoy se aprecia encogido. Lo modesto torna en mustio y se escurre y empobrece al volverlo a ver de nuevo.

Serán las proporciones; será que hemos crecido y el objeto permanece el mismo. Tal vez ha sido el objeto que ha visto cómo los nuevos, similares a él, han alcanzado una nueva categoría, han mudado su status desarrollando su estatura.

Y se han puesto a ello, afanosamente, las mentes pensantes. No los que regulan –los políticos– o programan –los periodistas, ésos que los ingenuos consideran los creadores de opinión– el comportamiento colectivo. No: lo han hecho sin piedad los que modulan nuestra forma de percibir el mundo y, por tanto, de actuar. Son los verdaderos impulsores de tendencias, los que marcan estilo. Son creativos, son publicistas, son ingenieros, son directores de marketing, son product manager, son desarrolladores. Son los think tank. Gente extraña, agrupados en torno a intereses comunes, visionarios del futuro que dictan lo que en breve terminaremos haciendo, los que vivimos aquí y los que lo hacen en el otro extremo del planeta –ya no buscan globalizar, forma compleja de acentuar distancias; su propósito es aplanar conciencias y eliminar diferencias manejando conjunta y colectivamente los deseos de un mercado total, único, por eliminación de la individualidad y la competencia–.


Jo, ya sé que suena triste y deja a uno abatido. Pero salir a la calle y mirar lo que pasa, también produce ese efecto. Viajar y comprobar que todas las ciudades son cada vez más iguales es absolutamente descorazonador. Adivinar el comportamiento de otros, predecir lo que van a hacer es, cada día que pasa, relativamente más sencillo.

Nuestra única herramienta es ponernos en su lugar y averiguar cómo actúan. Aquí os daré unas pistas. Explicaré cómo serán las cosas dentro de, pongamos, quince años (en el 2025) y os diré cómo se realizará el proceso de toma de decisiones para llegar a producir esos cambios en nosotros.

Vamos allá.


Abril de 2023. Clermont-Ferrand (Francia). Histórica reunión en la sede central de Gilito. Tras meses de trabajo en el desarrollo del nuevo producto estrella, la maratoniana reunión concluye su cometido acordando las líneas maestras de la nueva campaña de presentación a los medios del nuevo mesías del afeitado: la Gilito Titanium Total 17. La GTT17. Su nombre lo dice todo y, si no lo entiendes eres gilipollas. Es Gilito, es Titanium, es Total y, novedad de novedades, tiene 17 hojas. Lo nunca visto. Más grande que nunca. El mejor afeitado. (Regalan mochila para que puedas transportarla).


Noviembre de 2022. Duisburgo (Alemania). Los ingenieros de FT (Fon Tractören) han descubierto que los monovolúmenes ya no pueden crecer a lo ancho (se saldrían de las carreteras por los dos lados a la vez), ni a lo largo (ya no pueden girar en ángulos superiores a los 80 grados sin tener que maniobrar). Su solución es completamente revolucionaria: crecerán hacia arriba. Una familia estándar (marido, mujer, hija de él, hijo de ella, abuela viuda chá-chá) puede organizar su escapada sabatina sin problemas. La primera fila del vehículo permanece igual, pero la segunda y tercera (destinadas a los seis pasajeros) han sido ascendidas por elevación. Eso permite una mejor panorámica (de serie se incorpora un holograma 3D en el que los niños se integran holísticamente en su juego preferido y la abuela desarrolla patologías de ansiedad crónica). Por debajo, una bandeja con extractor hidráulico permite la ubicación de todo el equipaje, incluyendo los muebles desmontables de Idea, hasta formato máximo X3PW. Los sábados compran, los domingos montan. Plan familiar integral con la MonoVanVan.


Enero de 2024. La Haya (West-Europe). La sede central de la USA-UE-OCDE-FMI-BC-ONU aprueba la implantación, en el torrente sanguíneo, del nuevo dispositivo integrado y microminiaturizado chip-IN. Incluye todo: comunicación interpersonal, generación de hologramas 3D para plataformas ir-reales, posicionamiento GPI, pay-pan, nexus de memoria slot, medical-card, etc. Todo incluido. Nuestras vivencias registradas. Y es minúsculo.


No todo crecerá para ser más grande. Algunas cosas se miniaturizarán. Incluyendo nuestra libertad.

Así será.

lunes, 8 de agosto de 2011

La puntualidad

Foto: Daveybot
Éste es uno de esos conceptos difíciles de definir que, normalmente, por intangibles, terminan siendo definidos como contrarios de su antagonista. Así que, al leer el título de la entradilla, muchos de vosotros estaríais esperando que os fuera a soltar un sermón sobre lo inadecuado que resulta ser impuntual y los inconvenientes que ese comportamiento lleva asociados, sobre todo para los demás. De la falta de respeto que supone llegar tarde, que hay que saberse organizar y que, en definitiva, la gente impuntual demuestra una falta de sensibilidad hacia los otros y otras cosas por el estilo. Las páginas que he estado mirando para preparar el artículo, así lo hacían, por lo que era una respuesta perfectamente previsible.

Así que, dejando sermones al margen, que tampoco ibais a escuchar, ¿qué es la puntualidad? Hacer las cosas en el momento justo. Llegar a tiempo, empezar a la hora, pero también terminar ajustándose a lo programado, entregar en plazo.

Vayamos con calma (virtud que suele acompañar en muchos casos a los puntuales, lo mismo que el orden).

La puntualidad es una habilidad social. Esto no significa que quién sea puntual es un inadaptado, un tío raro, una especie de puntilloso y escrupuloso pendiente de molestar a los demás afeándoles su comportamiento. NO. Las personas puntuales son más eficaces a la hora de organizar su vida. Son más eficientes en cumplir con sus obligaciones. Son más felices y facilitan las relaciones al resto de personas de su entorno.

“¡Pues vaya! Y yo que pensaba que eran unos estirados que miraban el reloj cuando se me hacía tarde y no llegaba a tiempo a los sitios”, que diría el celebre amigo de Alicia.


Recordemos: La puntualidad es una habilidad. Y, ¡grandes noticias, amigos!, como todas las habilidades, se puede desarrollar. Para conseguirlo, el mejor camino —realmente el único que produce verdaderos resultados, provocando cambios duraderos en el tiempo— es el entrenamiento, la práctica. Las habilidades se forman de hábitos que, a fuerza de repetirlos, se automatizan y se interiorizan. Esto significa que, lo que hemos entrenado e interiorizado —a lo que nos hemos habituado—, ya no supone ningún esfuerzo para nosotros. Todos tenemos hábitos interiorizados, no hace falta ser especialmente creativo para conseguirlo, sólo hace falta ponerse a ello.


Normalmente, los artículos que he leído no suelen dar pistas para mejorar nuestra habilidad a la hora de ser puntuales. Aquí las vais a encontrar.

  1. Incluir el hito que queremos cumplir (una cita, una fecha de entrega, el inicio de una reunión, el avión que tenemos que coger), dentro de una secuencia de acontecimientos.
  2. Retroceder hacia atrás en la secuencia de acontecimientos hasta encontrar el momento desencadenante, el punto que pone en marcha la acción.
  3. Determinar el cierre de la secuencia, estableciendo el momento en que termina y las acciones consecuentes que deben ir asociadas para provocar eficazmente su fin.
Supongamos que tengo una cita para comer a las 14:30. Hemos quedado en un restaurante céntrico y suele haber problemas para aparcar. Cogeré un taxi que tardará en dejarme allí 20 minutos, más los 5 que tardará en llegar desde que lo llame, o lo que tarde en coger a uno que vaya patrullando. Antes de salir tengo que tener una breve charla (15 minutos) con un compañero. Quedo con mi compañero para vernos a las 13:40 y así tendré un pequeño margen por si la charla se alarga. Llamo a Monchu, uno de los dos taxistas que llevo su número memorizado en el teléfono. Me confirma que a las 14:05 me estará esperando para recogerme. Me pongo una alarma a las 13:30 que me permite contar con 10 minutos para cerrar lo que en ese momento esté haciendo.

He programado mi actividad (la comida) incluyendo otras tareas dentro de la misma secuencia. Me olvido de mi cita para ocuparme y preocuparme de otros asuntos pendientes de resolver.

Luego todo sucede así:

13:30 – Suena la alarma. Concluyo una llamada telefónica. Contesto dos correos importantes. Cierro el ordenador.
13:40 – La charla se prolonga 5 minutos más de lo previsto. Terminamos a las 14.00. En el pasillo me llaman para que firme un par de cartas y me recuerdan algunos asuntos de importancia para la tarde. Salgo a la calle a las 14:05
14:05 – Cojo el taxi. En el trayecto anoto los asuntos en mi agenda, repaso un par de notas que había preparado para la comida y aprovecho el resto del trayecto para hablar relajadamente con Monchu.
14:25 – Monchu ganó 5 minutos sobre su calculo inicial. Llegamos con tiempo de sobra para disponerme a esperar. Mi acompañante es tan puntual como yo. Pasamos al reservado.


Ser puntual es hacer las cosas en el momento justo. Si tengo una cita a las 10:00 lo puntual es presentarse a las 10:00, como mucho con una antelación de cinco o diez minutos. Presentarse con una antelación de veinte minutos es una descortesía y una falta de puntualidad. También llegar con retraso, aunque sean sólo cinco minutos. Las faltas pequeñas acumuladas se convierten en graves y alguien que siempre llega mínimo cinco minutos tarde es un impuntual recalcitrante.


Ser puntual es atender a la hora de iniciar una actividad, pero también a la hora de finalizarla. Si preparo una reunión debo detallar la hora de inicio y la de fin. Si no cuido con detalle que la reunión finalice a la hora prevista, estaré mostrando a los demás que realmente no soy puntual. Las reuniones son tremendamente importantes porque en su desarrollo involucran a más personas. Debo atender a que la agenda programada se cumpla. Empezar y terminar según lo previsto


Si programo una actividad en la que quiero contar con la participación de alguna otra persona, debo cursar la invitación con antelación suficiente. Si espero que participe de alguna forma concreta, debo detallar —además del tiempo que debe reservar para la celebración de ese acto: inicio y fin— qué espero de su intervención: contenidos y, especialmente, duración. Debo facilitárselo con tiempo suficiente para que pueda preparar su aportación y ajustarla a los requisitos que le he planteado.

Debo ser especialmente escrupuloso en que todo el mundo se ajuste al programa previsto. Si no lo hago, si permito que las intervenciones se prolonguen innecesariamente y la reunión exceda en su duración lo que se había previsto, estaré mostrando mi impuntualidad.


En ocasiones tenemos que trabajar con plazos de entrega que otros son responsables de fijar. Debo establecer mi programación para poder entregar a tiempo. Si tengo que presentar algo dentro de, pongamos, 15 días, deberé preocuparme en tenerlo todo resuelto para dentro de 12, no esperar a resolverlo todo el día 14 o el 15. Ya sé que los imprevistos ocurren, ya sé que los imponderables se presentan, ya sé que si encargo a alguien una parte que luego deberé revisar, en ocasiones, la gente se retrasa y entrega tarde. Por eso, fijaré que me entreguen su parte para el día 9: así, aunque se retrasen 2 días, tendré margen de maniobra para poder seguir realizando la supervisión y ajustándome al plazo marcado.

La puntualidad es no dejar las cosas para última hora.


En nuestra sociedad se ha desarrollado una pervertida cortesía hacia los impuntuales: todos hemos acudido a algún acto que no ha empezado a la hora programada y que, en algún momento, alguien de la organización anuncia —con unos minutos de retraso sobre la hora estipulada— que “vamos a esperar unos minutos por los que no han llegado todavía” —en ocasiones se puede demorar el inicio más de media hora—.

Si nunca has escuchado esos anuncios de la organización “avisando que empezaremos un poco más tarde”, estarás dentro de uno de estos dos grupos:

  1. Careces de vida social.
  2. Eres un impuntual consumado: siempre llegas después de que hubieran dado el aviso.


Cuando participo como formador en un curso me he habituado a ser respetuoso con las personas puntuales.

Como soy puntual —y además he sufrido por propia experiencia la falta de organización de otros— el primer día de un curso me presento con media hora de antelación en el centro donde se realizará el curso. Eso me permite conocer la distribución del aula, la presencia de pizarra —siempre llevo rotuladores, por si no los hubiera— y, en general, ultimar todos los detalles. Si tengo que utilizar material informático —cosa que suelo evitar en lo posible— debo presentarme una hora antes y con elevadas dosis de paciencia (como todos, he leído que los dispositivos informáticos pueden dialogar entre sí, pero sigo teniendo mis dudas de si lo hacen empleando un lenguaje común).

Y, pase lo que pase —todavía no hemos sufrido hecatombes nucleares, secuestros armados, invasiones de extraterrestres en ninguno de los cursos en los que he participado; espero que la racha continúe—, empiezo a la hora programada. Soy cortés con la gente puntual. Como sé que, al menos el primer día, algunos participantes llegarán tarde, suelo empezar con lo que llamo “bolas extra”: no forman parte estrictamente de los contenidos del curso, pero me sirven para interactuar y entretener a los que se han presentado puntualmente. Comentamos las noticias del día, comparto alguna experiencia personal ilustrativa o cuento algún chiste a los que se han presentado a tiempo. No es parte del curso, pero yo empiezo a la hora. Es un detalle a los puntuales, mi regalo por haber acudido a tiempo. No hablamos de ello con los impuntuales: literalmente, se lo han perdido. Espero que tenga interés para los que se presentan a tiempo y anuncio que es la pauta que seguiremos siempre, mientras dure el curso: he comprobado que el tercer día, todos llegan a tiempo y el que, por cualquier razón, se demora, entra en el aula avergonzado, sabiendo que ha hecho mal.


La gente impuntual se caracteriza por tener un locus de control externo: culpa de su retraso a circunstancias externas a su persona (básicamente el tráfico: los impuntuales no demuestran elevadas dosis de originalidad). Las personas puntuales se caracterizan por su locus de control interno: son previsoras y ordenadas y programan sus actividades —lo que ellos tienen que hacer— para llegar siempre a tiempo.


Las personas puntuales son organizadas, previsoras y respetuosas con los demás. Son más felices porque gracias a su efectiva programación eliminan el estrés derivado de la imprevisión y la falta de planificación. Las personas puntuales atienden a finalizar sus actividades dentro del plazo previsto; los que además son organizados saben que, después de que una actividad haya terminado, deben cumplirse unas tareas asociadas que son las que garantizan el cierre. Dejarlo así, sin rematar, dificulta mucho el procedimiento de trabajo organizado.

Por ejemplo, en un curso, los formandos deben cumplimentar un montón de documentación. Cuando me lo entregan, tengo que ordenarlo. Si en un curso se me pide que realice, es un decir, un informe de características profesionales o de evaluación de competencias comerciales, tengo que recopilar mis notas, mi material de trabajo, mi planilla de información de participantes y buscar un momento, con la menor demora que me permita mi agenda, para redactar el informe y editarlo. Si he tenido que desplazarme para el curso, deberé realizar la liquidación de gastos correspondiente. En fin, que el curso no termina al finalizar la sesión formativa. Hay una serie de tareas, muchas administrativas, directamente asociadas, que no permitan cerrar el curso hasta que todas esas etapas se vean satisfechas.


Toda actividad de una cierta importancia, una vez que concluye, requiere un proceso de reflexión en el que se realiza un recorrido por todas las etapas del proyecto en el que tratamos de realizar un balance: resultados generales, grado de consecución de objetivos, qué salió bien, qué falló, por qué, qué hemos aprendido en el desarrollo de este proyecto. Es un momento precioso, de reflexión íntima, cuando analíticamente, de forma crítica, examinamos con honestidad el proyecto y nuestra intervención. Después de la paliza de un curso de formación, volviendo en un tren, te encuentras examinando las respuestas de los formandos a los cuestionarios de evaluación, donde contestan con abrumadora sinceridad lo que opinan de ti, de tu forma de trabajar, de la forma de exponer los contenidos, de si se alcanzaron los objetivos previstos, de si se presentaron materiales novedosos y adecuados al asunto sobre la que versaba el curso. Todo eso que quieres saber, pero que ya intuías cuando, mirándoles a los ojos, les preguntaste “si se lo habían pasado bien, si había sido un rato entretenido”. Es la hora del balance inmediato, la más bonita de la formación por descubrimiento. A tu salud.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Un cafelito

Foto: Paul Watson

Sólo, cortado, con leche. ¡Qué tiempos aquellos en los que éstas eran las tres únicas formas de pedir un café! Era más o menos fácil entrar en una cafetería y saber qué era lo que te iban a servir en función de lo que pedías. Ya sé que las cosas también han cambiado desde la perspectiva del camarero. Por descontado: he escuchado esas peticiones absurdas tipo “un café con leche, largo de café, con leche templada, en vaso de cristal y con sacarina”. He visto gente con el EEG tan plano como su televisor mostrando y demostrando su creatividad a la hora de pedir un café, avisando al camarero y a quien le quisiera oír que, ahí mismo, hay alguien especial, único, que pide un café como nunca lo había pedido nadie antes. Conozco nuevas variantes que se han ido poniendo de moda —el “desgraciao”: descafeinado, con leche desnatada y sacarina / el “bombón”: con leche condensada, para amigas de la operación bikini ya / el “carajito”, en sus múltiples posibilidades / etc., la lista es infinita—.  Ya sé que en una comida grupal pedir la comanda de los cafés es mucho más complicado que el resto de comandas. Si hay, pongamos doce comensales, habrá doce formas distintas de pedir el café —e infusiones— y posibilidad 0 de agrupar los pedidos. Pero no soy camarero y esa perspectiva me confunde.

Soy un cliente y mi forma de afrontar un café se limita a tres alternativas elementales:

  1. Despertarme. Los cafés de primera hora que nos devuelven a la vida. Para quien desayune fuera sabrá lo que es ir a quitarse la legaña al sitio de siempre, sentarse en la mesa de costumbre, encender el pitillo, coger el Marca y —sin pedir, porque saben lo que tomamos— esperar a que te sirvan. Ya sé que ésta es una secuencia antigua. He cambiado de hábitos —el Gobierno nos ayudó a dejar de fumar bajo techo, los médicos me recomendaron que bajara la dosis de cafeína—. Lo que más me ha costado es dejar de leer el Marca —ya no sé si CR7 se sigue pintando las uñas de los pies o no—.

  1. Refrescarme. En verano, esos cafés con hielo en lugar de unas cañitas.

  1. Entretenerme. Sólo o en compañía de otros. Siempre me ha gustado trabajar en cafeterías. Leer o escribir. Observar mientras tengo que esperar. Después de una comida acompañado, el café como incitador a la conversación. La sobremesa tranquila con el apetito saciado y el ansia de ser juguetón.


He viajado mucho por toda España. Siempre sé el café que, en ese preciso momento, me apetece tomar, pero no siempre estoy seguro si seré capaz de conseguirlo. Cuando era más joven, y tenía más capacidad para admitir cafeína, me gustaba tomar el cortado como lo sirven en Asturias, con un chorrito breve de leche. Cuando fui a vivir a Madrid, descubrí que, allí, el cortado se sirve con unas gotas de leche —lo que los ingleses llamarían una nube—. En fin, que dependiendo de dónde estuvieras, debías saber cómo se llamaba lo que querías que te sirvieran.

El súmmum llegó en un curso que estuve dando en Santander. Tenía una duración de tres semanas, no continuas, y un horario muy cómodo: de diez a dos. Me permitía dormir en Oviedo y hacer turismo por Cantabria. Comí en y visité Comillas, Santillana del Mar, Suances, Cóbreces, San Vicente de la Barquera, Cabuérniga, Bárcena Mayor y más sitios de la Cantabria occidental que ahora olvido.

Por las mañanas paraba a tomar un café en Casa Junco, en El Peral, el último pueblo antes de dejar Asturias y tomar, ya en Unquera, la A-8 hasta mi destino en Maliaño, justo al lado de Santander. En el curso, teníamos un descanso que aprovechábamos para ir a una cafetería próxima a tomar un café y encender un pitillo. Y aquí venía el follón. En las dos cafeterías utilizaban vajillas similares, con dos tamaños de taza para el café con leche: en Asturias se les llama taza pequeña y mediana, mientras en Cantabria, las llaman mediana y grande. Era un jaleo: tenía que recordar dónde estaba y traducir lo que quería al lenguaje local. Las dos primeras semanas la camarera se acordaba de mí (el asturiano chiflado) y podía ocuparme de las preguntas que los formandos, pese a ser la pausa para el descanso, me seguían haciendo. La tercera semana, por motivos que no vienen al caso, se cambió de centro de formación. Mis problemas volvieron a aparecer.

Me ha sucedido en un montón de sitios: sé lo que quiero tomar, pero no sé cómo pedirlo. Quiero decir: sé que si lo pido como suelo hacerlo siempre —café con leche—, puede que no me traigan lo que quiero tomar. Antes sucedía cuando cambiabas de ciudad, un inconveniente añadido a los viajes. Si era yendo como turista, añadía una nota de color. Si era en un viaje de trabajo, se convertía en una incomodidad añadida. Si además, tienes que trabajar con traje y corbata y empiezas a detallar al camarero lo que quieres que te sirvan y cómo, te consideran un pijo y terminan haciendo lo que les da la gana. La dosis adicional de cafeína, sumada al estrés de viajar y trabajar, para encontrarte con un camarero que te mira con desprecio, no ayuda a tranquilizar las cosas.

Ahora, cuando la movilidad es una constante en el gremio de hostelería, ni siquiera sabes seguro si en la ciudad en la que resides te van a poner el café como te lo han puesto siempre. La rotación de personal en determinados establecimientos hace que ya ni siquiera en el mismo sitio sepas lo que va a pasar cuando empiezas a pedir tu café.

Y el Gobierno mira para otro lado. Empeñado en regular cosas que no le interesan a nadie, —atendiendo al IBI, el IVA o el IRPF—, desatiende los verdaderos problemas de los ciudadanos. Los políticos se preocupan del canon digital, se preocupan de calificar y recalificar terrenos, de calificar y descalificar al adversario, pero pasan olímpicamente de calificar y clasificar el café y sus modos de presentación.

En Málaga durante la celebración de un curso me contaron que hay una cafetería que tiene siete formas de llamar al café, en función de las proporciones de leche y café que cada uno lleva. Durante un tiempo utilicé la estrategia de pedir el café 50% —mitad leche, mitad café—, pero descubrí que, como aquí no se aplica el porcentaje para calcular las propinas como hacen en USA, los camareros nacionales tienen más descuidada la aritmética.

Así que, ahora que ya sabemos cuando serán las próximas elecciones, en este foro público que es mi blog, anuncio mi decisión de votar al partido político que se comprometa a incluir en su programa electoral la propuesta de redactar un Decreto-Ley que regule, para todo el territorio nacional, las proporciones de leche y café que debe llevar un cortado, un café con leche largo y uno corto, un americano, un carajito, un irlandés, un escocés y un senegalés. Propongo además el nombre que, siguiendo el ejemplo francés deberá llevar esa regulación: “Decreto Ley Café Olé”. Esos son los temas de relevancia que nuestros políticos deben afrontar y no las mariconadas a las que suelen prestar atención: límites de velocidad, normalidad lingüística, regulación del desempleo y sus propias subidas de sueldo.


Coda final: en una cena con amigos pedí un café con hielo y, como ya voy teniendo problemas para conciliar el sueño, añadí que fuera descafeinado. El camarero me preguntó si lo quería de máquina. ¿Cómo podría haber tomado un café con hielo con un sobre de descafeinado?


Chema, Maite, Vanesa, Abel y Ana son los responsables de que perpetrara este artículo
Gracias por una cena tan agradable

martes, 2 de agosto de 2011

Declaración de intenciones

Foto: ecstaticist
Casado, con tres hijos (Yago 12) (Luis 10) (Martín 5)

Persona de proyectos. Me gusta articular los diferentes momentos vitales en torno a proyectos de distinta índole. En importancia decreciente: el compromiso junto a mi pareja, el desarrollo personal de nuestros hijos, la Panadería Santumedé, la labor de formador en que ayudo a Forja.

Persona con iniciativas: durante 10 años de mi vida la música y específicamente la realización de un programa de radio (“La Puerta del SOUL").

Recientemente he abierto un blog (http://www.comunsinsentido.com/) en el que presento mis inquietudes o mis ideas en ámbitos tan dispares como la Formación, el Costumbrismo social o las Habilidades sociales.

Soy una persona más cultivada que culta, con un sentido asturiano del humor, no especialmente sociable ni buscador de la interacción. Ciertamente tímido, a pesar de que algunos afirman disentir sobre ese punto.

Provocador, curioso y cariñoso. Sensible en los detalles, y olvidadizo en las celebraciones. Amigo de las charlas informales y breves. Abstemio por convicción provocativa.

Alto, estiloso y crecientemente coqueto. Me gustan los sombreros, las bandoleras, los foulards y últimamente llevo un reloj rosa. Este año he descubierto que las sandalias CallagHan van fenomenal con calcetines cortos blancos.

Español de España, amigo de los que la defienden y temeroso y desconfiado de los que la creen débil. Enemigo declarado de los abusones, de los que no sienten piedad ante los que son más débiles o menos numerosos que ellos, pero que se convierten en cobardes rematados cuando abiertamente se les hace frente.

Me interesan personas, grupo del que me declaro integrado y partícipe. No me interesa en absoluto la gente, seres que, por humanos, comparten derechos y genética conmigo, pero que se transforman en una turba sin ideas propias, manejados por sucios intereses que, realmente, interesan a muy pocos.

Detesto la vulgaridad y el mal gusto, pero me sacan de quicio la falta de ideas y la ausencia de compromiso.

Prefiero una gracia inventada sobre la marcha, incluso aunque no tenga ninguna, que repetir hasta la zafiedad el mismo chiste en una batalla de ingenio aplazado que siempre termina levantándome jaqueca.

Me gusta el deporte, pero escapo de los que sigue todo el mundo: mis hijos mayores practican hockey sobre patines y en casa vemos los tres siguientes acontecimientos deportivos:

  1. Campeonato del Mundo de Snooker
  2. Campeonato del Mundo de Curling
  3. Tour de Francia

Sin orden predeterminado nos gusta la esgrima, el tiro con arco, el biathlon, los dardos, el badminton, etc, lo que hace que los Juegos Olímpicos también nos interesen siempre.

Madrugamos en julio durante 8 días para ver los encierros de San Fermín. Conocemos calles, cánticos y mozos. Cuando juntos estuvimos allí, los cinco lo disfrutamos con tremenda alegría.

Aborrezco el ocio improductivo para mí y sobre todo para mis hijos: me gusta leer, me gusta la música, me gusta escribir y me gusta el cine. Eso no significa que me guste la mayoría de las películas que hacen ahora, en las que piensan que somos incapaces de descubrir matices y los personajes, como los guiones, son planos como alfombras. Me gustan las películas antiguas y he descubierto con gozo que mis hijos también disfrutan con ellas.

Me gusta el viento en la cara y las sillas que te permiten estar sentado y sentirte cómodo. Me gusta oír a gente que sabe y preguntar a los que quieren tener tiempo para explicar lo que saben.

Me gusta el pan, cómo sabe, cómo huele y cómo acompaña. Me gusta cuando está caliente, pero lo prefiero cuando ha madurado y se ha asentado. Me gustan las mujeres que son como panes.

Me gusta tener tiempo para hacer las cosas. Me gusta prepararlas, hacerlo con previsión y planificación. Pero también quiero seguir teniendo la capacidad de improvisar una solución cuando las cosas no salieron como estaba previsto. Quiero saber lo que otros no saben y no quiero que se me note. Quiero hacer pensar a los demás que lo mío es más sencillo de hacer que lo suyo; que lo que ellos hacen es tremendamente complicado y lo que hago yo es realmente simple. Quiero enseñar lo que he aprendido y quiero compartirlo con quien tenga la intención de hacer las cosas bien.

Soy más organizado que ordenado. En ocasiones soy caótico, cambiante de rumbo y de velocidad. Soy parco de intuiciones, pero preciso cuando se presentan.

Tengo una sinceridad que cruje. Empieza por mí y se va atenuando conforme las personas se alejan de mí. Juzgo con dureza a los que más quiero y encuentro benevolencia para los que no me importan. Respeto las decisiones de los demás, pero me incomoda que no me permitan formular las mías.

Soy amigo de mis amigos, afortunado de haberlos conocido y abro las puertas de mi casa y de mis ideas para compartirlas juntos.

Quiero cambiar el mundo, quiero encontrar otra forma de hacer las cosas, quiero convertir esta sociedad en la nuestra. No quiero permanecer invitado en una fiesta en la que no me gusta la música, los anfitriones no quieren hablar conmigo, los invitados te dan codazos para quedarse con el mejor sitio, las bebidas están calientes y el buffet frío. Un sitio lleno de gente, donde la conversación es tediosa y nadie se preocupa más que de lo suyo.

Quiero encontrar a más personas que crean que otra cosa es posible. Que no sepan cómo debe ser —cómo terminará siendo— pero que quieren trabajar duro para conseguirlo.

lunes, 1 de agosto de 2011

Resumen julio 2011

Después del prolífico mes de junio —en el que escribí 18 artículos— éste, comparativamente, puede parecer un poco rácano, pero con vacaciones de por medio el ritmo de trabajo se vio necesariamente alterado. Al final fueron 9 aertículos.

Quizá fue el aire veraniego, pero parece que me voy decantando hacia los artículos descritos como “costumbrismo social”. En el fondo, en ellos me permito más licencias que cuando abordo otros artículos de carácter más técnico. Me parece que resulta interesante encontrar este contraste que pueda incluso encerrar alguna sorpresa estimulante.

Trato de recoger las sugerencias que me hacéis en vuestros comentarios lo que me permite construirme una imagen de lo que interpreto que es lo que os pueda interesar (atendiendo tanto a la temática, cómo a la forma de abordarla).

En ocasiones me marcó límites sobre lo que no quiero hacer y luego me sorprendo asomándome en la frontera misma del límite que me he auto-impuesto. Eso lo hace también entretenido para mí.

Por motivos que escapan a mis conocimientos técnicos, tengo constancia de personas que, estando apuntadas al grupo de seguidores, no han recibido artículos que, me consta que han sido enviados. Lucharé con la informática y con los que saben de ella, para ajustar el procedimiento de envío, de forma que, cada vez que complete un artículo, todos los que estáis apuntados al grupo de seguidores, recibáis el correo con el enlace directo. Al final del escrito encontraréis, como siempre, enlace a los artículos de julio, por si alguno se os hubiera escapado. Aprovecho también para recordar que el único que tiene obligaciones con mi blog soy yo. Si alguna persona está incluida como seguidor del blog y, por la razón que sea, no tiene tiempo para visitarlo o la frecuencia de los envíos le incomoda o, en definitiva, quiere que deje de hacerlo, me envía un correo y le borro de la lista de seguidores. Naturalmente, no quiero importunar a nadie, ni resultar pesado.

Se igual modo, si consideráis que el blog podría resultar de interés para algún conocido vuestro, me facilitáis su dirección de correo y le apunto en las mismas condiciones que al resto. Mi objetivo al iniciar el blog era alcanzar la mayor difusión posible. Todas vuestras aportaciones en ese sentido os son agradecidas de antemano.

Si alguien prefiere seguir el blog desde facebook, incluyo a continuación enlace a mi página donde reboto cada artículo que voy subiendo al blog. (http://www.facebook.com/profile.php?id=100001144837792)

No se me ocurre más que deciros que gracias.

Agua (29/7/11) [Costumbrismo social, Creatividad]

El tiempo (28/7/11) [Costumbrismo social]


Apropiación indebida (25/7/11) [Costumbrismo social]

Adictos al móvil (23/7/11) [Costumbrismo social, Habilidades sociales, Padres]

Volver (16/7/11) [Desarrollo personal, Viajes]

Puertas abiertas (8/7/11) [Creatividad, Desarrollo personal, Padres]

Dirigido a: (7/7/11) [Desarrollo personal, Formación, Habilidades sociales]

Daniel H. Pink: La sorprendente verdad sobre qué nos motiva (6/7/11) [Desarrollo personal, Formación, Libros]

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...