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viernes, 28 de junio de 2019

Yo compro en comercio local [Manifiesto]


Actualización (28/06/2019)
Escribí este artículo el 25 de abril de 2012, hace más de siete años.
Lo recupero porque (creo que) su espíritu sigue vigente.

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En el artículo hablo de 20 comercios. De ellos, hoy siguen funcionando 16. 2 han cambiado de dueño (y orientación). 2 han cerrado. Dudo que la muestra se ajuste a la realidad, porque veo cada vez más locales vacíos. El porcentaje probablemente esté segado por la elección de la muestra, que distaba mucho de ser aleatoria. Quizá la especialización haya sido la garante de su supervivencia.

El panorama ha cambiado: el número de reglamentos, legislaciones, trámites, impuestos no deja de crecer, en volumen y complejidad.

Uno tiene la sensación de que la Administración aplica criterios universales, con independencia de que, determinados requisitos, tienen sentido aplicados a las grandes empresas, pero carecen de él cuando estrangulan la iniciativa de los pequeños.


A continuación el artículo original íntegro:

Admito que el título que encabeza el artículo suena a una “declaración de intenciones”. Mi propósito es aún más profundo; pretendo que, en su desarrollo, se convierta en un “manifiesto”. Yo compro en comercio local.

"Mercado" Foto: jose_gonzalvo


A pesar de que hablaré de los comercios que frecuento por residir en Oviedo, mi pretensión no es hacer publicidad de ninguno de ellos —aunque me honraría que algún amigo se sintiera orgulloso de reconocerse—. Espero no pecar tampoco de un provincianismo excluyente que impidiera que el relato fuera reconocible más allá del entorno que lo propició, pero, tengo para mí, que determinadas características humanas son extrapolables, transportables, generalizables. He sido capaz de identificarme con las motivaciones personales de asesinos sistemáticos, políticos corruptos, hombres de la prehistoria, escarabajos, psicóticos, oficinistas, y tantos otros...

He viajado en el tiempo y he podido sentir como míos, ideas pensamientos y creencias de la época victoriana, del Renacimiento, de la Guerra Civil —o de cualquier otra guerra sobre la que haya leído—, o incluso del año 2.050. El tiempo no supone una frontera que mi imaginación no pueda franquear —hago homenaje, con dos días de retraso, a lectores y escritores, protagonistas principales, mayores en su importancia, que determinados objetos (de) culto—.


Así que, mirando hacia mi interior —a là Montaigne—, podré encontrar claves en mi comportamiento que otros más puedan identificar y comprender, aunque no necesariamente tengan que compartirlas.


Dos claves resultan significativas en mi formación como persona —integrada en una comunidad— y las expongo, sin rubor, orgulloso de sus implicaciones de alcance:

1 – Soy boy-scout. Cuando digo “soy”, no quiero decir que “lo fui”; quiero decir que “lo sigo siendo”. Cumplir la promesa era como ingresar en los marines: se adquiría una condición —así me lo transmitieron— perpetua, que no se perdía, que te acompañaba para siempre.

Entre las múltiples enseñanzas que conllevaba la integración en ese colectivo, la más decisiva —ahora— era la búsqueda permanente, cotidiana, de dejar el mundo un poco mejor de cómo lo habías encontrado, lo que se objetivaba en “la buena acción diaria” —una receta simple de recordar— y en la implicación, más relevante y revolucionaria, de la importancia de la huella transformadora que cada uno dejamos.

2 – Las meriendas con “Barrio Sésamo”, un programa contenedor que aunaba episodios extraídos de “Sesame street” (spin-off de “The Muppets”) —en los que destacaban Epi y Blas, Coco, Triki, el Conde Draco o Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo, cuando está trabajando— con la ambientación de la vida en un barrio, de producción local, que explicaba las peripecias cotidianas de dos niños: Ruth (acreditada como Abellán, de mayor se convertiría en Ruth Gabriel) y Roberto, hijos de Matilde y Antonio, dueños de la horchatería. En el barrio también echaba tiempo Julián, el quiosquero (cuando todavía no se escribían con “k”), de carácter cascarrabias, y, junto a otros personajes interpretados por personas reales —incluyendo a Cristina Higueras, la amiga hippie, deudora de Julia, la pintora cómplice de Chanquete—, conformaban el coro que daba soporte al verdadero trío protagonista de las aventuras: Don Pimpón, Espinete (el erizo) y Chema (el panadero).

Sucintamente perfilaré sus personalidades: Don Pimpón era un adelanto de Matt, el viajero (tanto del original, como del franquiciado), uno de los primeros en aprovechar al máximo las iniciativas del Inserso (justo tras crearse) para que los mayores —entonces se les denominaba jubilados— recorrieran mundo. Don Pimpón, sin necesitar psicotrópicos, estaba permanentemente de viaje, a pesar que, fatalmente para el resto de vecinos, volvía y no paraba de dar la chapa sobre sus aventuras con su compinche, el Maharajá de Kapurthala. Era una recreación espídica y (entonces) futurista del abuelo Cebolleta.

Espinete era un erizo —de identidad sexual no definida claramente— que, viviendo desnudo, se ponía pijama, zapatillas y gorro para irse a dormir. Tenía un punto de rebeldía comedida que lo convertía en simpático para padres e ídolo potencial de la chiquillería.

Chema era la piedra angular del invento: nunca se le veía trabajar (a pesar de que siempre llevaba el delantal puesto y, sorprendentemente, impecable en su blancura, como la camiseta de manga ultra-corta que en ocasiones vestía). Bailaba con estilo, cantaba a la menor oportunidad, lucía un flequillo rubio arrebatador y, visto hoy, contemplando el subidón permanente de sus juergas de barrio, hace sospechar que la harina no era el único ingrediente blanco de su (nunca visto) pan. Descubrir que Chelo Vivares —la actriz que sudaba para meterse, literalmente, en la piel del erizo—, era su pareja tras las cámaras, no hace más que aumentar las sospechas de que su negocio era una tapadera.


Estos son dos de los ingredientes básicos que conformaron mi infancia: la importancia de las relaciones de proximidad, de tu entorno, de tu barrio. La gente que ves todos los días y que te hace desear ponerte a cantar —en un mundo de relaciones personales, de gente que se conoce y se saluda, que protagoniza el ¡Viva la gente! particular de cada uno—.

Y por otro lado, la trascendencia que todos tenemos en relación a los demás, nuestra relevancia.  Entender que el mundo es como es, en parte, por nuestra aportación y, como comprobamos todas las Navidades con James Stewart y “¡Qué bello es vivir!”, la huella imborrable que dejamos en nuestro entorno y en los demás. Asimilar para siempre que “el mundo no sería igual si tú no hubieras existido”.


Siempre tuve un claro objetivo personal: convertirme en alguien exótico, que dispone de tiempo para hacer las cosas ordinarias en una dimensión diferente. Hoy me siento rara avis por no visitar los centros comerciales, por frecuentar las tiendas de mi entorno y por buscar profesionales especializados en sus distintas ocupaciones.

Compro el periódico en el quiosco, la carne en la carnicería, las frutas en la frutería y, cuando fumaba, el tabaco en un estanco. No me gustan los comercios que tienen de todo —cuando se junta el concepto “bazar” con el de “país asiático en franca expansión”, se produce una mezcla de complicada digestión— y creo firmemente que las cosas baratas terminan siendo caras a la larga.

Mi suegro siempre decía —y en eso, como en muchas otras, tenía toda la razón—: “no tengo dinero para comprar zapatos baratos”.

Cuando voy a comprar, por lo común, me gusta que me conozcan. Si, por alguna razón, tengo que volver, me gusta que me recuerden.

La mejor forma de animar a que un cliente vuelva —lo que algunos confunden con fidelizar—, es sugerirle productos que se ajusten a sus hábitos de compra. Eso implica (re)conocimiento: la sugerencia bien realizada estimula la sensación de identificación y de pertenencia que todos anhelamos. Las tendencias más novedosas del marketing on-line avanzan en esa dirección: personalizar las recomendaciones que se nos ofrecen (incluyendo en esta directriz a los algoritmos de búsqueda más sofisticados).

El comerciante tradicional (el tendero) atesora esta cualidad que parece telepática y que algunos quieren, ahora, reutilizar de forma telemática.


Compro en una tienda de ultramarinos, cuya dueña ha obtenido merecidamente la medalla al trabajo, por sus muchos años de atención continuada. Llevo legumbres, conservas, embutidos y fruta: siempre me dice el punto y me recomienda la que está mejor. Si alguna vez no está del todo bien, me la deja un poco más barata. Está cerca de casa y, mandando a los hijos, siempre nos saca de un apuro. Sé cuánto la llegaré a echar en falta.

Visito la papelería cercana a mi casa: lo hago porque su dueña tiene mucho gusto y me ayuda a encontrar la solución, para organizarme, que mejor se adapta a mis necesidades y preferencias. Conoce las novedades del mercado y, si no las tiene disponibles, hace todo lo posible por encontrarlas y, si terminara resultando imposible, me ofrece alternativas adecuadas.

Frecuento una carnicería que siempre tiene el pollo del tamaño que yo pido; incluso cuando, a veces, compruebe más tarde que no era “exactamente” pequeño (o grande, o mediano). A veces llega incluso a suponerme una molestia, pero, de momento, sigo aguantando.

Me gustan las tiendas especializadas: tienen todos los artículos que puedo llegar a necesitar de un gremio concreto: voy a una ferretería de mostrador de las de toda la vida (renovada por un traslado forzoso por incendio) y compro allí cuchillos, tijeras, cafeteras y multitud de enseres domésticos; encargo las flores en el mismo sitio que adornó la iglesia para nuestro enlace; a ella le gusta ir a la misma mercería de siempre, que lo tiene todo y con la que compartí tantos desayunos con su dueña.

Compro los zapatos en la misma zapatería. Tienen las marcas que calzo (son cómodos, aunque no especialmente baratos).

Encontré hace años una tienda que localiza los vaqueros que me gustan, los que llevo gastando desde hace 30 años y cuando voy, me los llevo por parejas.

Visito siempre la misma farmacia. No explicaré aquí lo que hacen conmigo —porque a lo mejor no es del todo correcto—, pero saben que voy a volver y me facilitan el rato que voy a permanecer allí —uso siempre el banco que todas las farmacias siguen teniendo, por mucho que algunas lo empiecen a llenar de publicidad—.

Compro sombreros, bolsos, macutos, cinturones, tirantes, llaveros, monederos, maletas y guantes en el mismo sitio. Tienen de todo y lo exponen con arte y con gusto. Su dueño ha sido capaz de renovar un comercio tradicional de forma ejemplar. Su escaparate (físico y virtual) está siempre impecable.

Acudo a la colchonería —más que por colchones, que cada vez vende menos— para utilizar las virtudes de su dueño, que parece un genio usando la máquina de coser y que ha demostrado un increíble olfato para adaptar su negocio y hacer lo que ya no hace nadie. Una cuñada viene desde Madrid para plantearle tareas complejas que siempre resuelve con pericia.

Si tengo que comprarme una TV, o una radio, o algún electrodoméstico, o un periférico (no me refiero a un chalet en una urbanización en el campo, sino a una impresora, unos altavoces o un monitor), debo ser rematadamente tonto, porque sé dónde NO voy a ir nunca. Conozco alguna tienda en mi ciudad que sigue abierta, a pesar de las intenciones monopolísticas (oligárquicas, siendo generoso) de algunos. En ellas, me reconocen, saben lo que quiero, me informan de lo que me conviene.

Los productos de higiene personal, para el afeitado o la limpieza, los encuentro en una droguería (perfumería) próxima. Son extremadamente amables y me orientan cuando tengo dudas. Me dejo aconsejar porque sé que saben de lo que están hablando.

Siempre voy a la misma tienda de reparación de calzado. También duplican llaves y son capaces de arreglar un bolso que se ha roto, reparar un remache o parchear los patines de hockey de mis hijos.

Desde que tengo perro, acudo a la misma tienda, tan pequeñita que, para que entre un cliente, debe salir el anterior. A pesar de las dimensiones, tiene una buena selección de artículos y, hasta ahora, siempre he encontrado solución a lo que necesitaba.

Enfrente, hay una tienda “delicatessen” que visito cuando quiero darle una sorpresa a ella, o a alguien que nos venga a visitar. También frecuento otro establecimiento cercano, donde venden una amplia variedad de quesos y embutidos, con una cuidada selección y siempre frescos. Cuando me acompaña algún hijo, les ofrecen una loncha de queso cremoso, recién cortado que mis hijos van aficionándose a tomar.

Me corto el pelo en la misma peluquería desde hace quince años. Desde hace mucho, además de saludar y la charla estimulante entre parroquianos, no tengo nada que hablar; sólo con sentarme, se ponen a trabajar. Saben cómo me gusta el pelo, sin que tenga que volver a repetírselo. Mis hijos se cortan el pelo ahí también; si pasan a saludar les invitan a un puñado de caramelos (a veces me recuerdan a los secuaces de Al Capone).

Cerca hay un supermercado pequeño, en el que compro en ocasiones, y en el que, el segundo de mis hijos, saluda al dueño llamándole “Súper”, a voces, tal y como antes hacía su padre.

Mis hijos van los domingos a gastarse parte de su asignación en la misma tienda de dulces (el tutti). Conocen a los hijos de los dueños y alguna vez jugaron con ellos al fútbol a la puerta de la tienda.


Todos estos locales —y muchos que olvido, espero me disculpen— configuran mi experiencia diaria. Me gusta conocer a los tenderos y comerciantes y saludarlos al paso. Conozco su realidad, como ellos conocen la mía: hacen que me sienta integrado en una comunidad real.

Leo carteles que ponen “Fiamos dos días al año: uno fue ayer, el otro será mañana” y sé que no van conmigo. He podido comprar, tras comprobar que me había olvidado la cartera. Saben que no voy a escapar, que volveré al día siguiente.


Conocen a mis hijos y los ven crecer. Ellos saben dónde acudir si se encuentran en problemas. Sé que muchos pares de ojos les vigilan si los ven pasar.


Todos dejamos huella de nuestro paso; para algunos (los más desafortunados) será efímera y fugaz como una sombra. Los agraciados por su relevancia, dejarán un surco duradero.


Todos los comercios que frecuento tienen dueños locales. Parece que quisiera fomentar la cerrazón, el asilamiento, el espíritu de un ghetto. Explicaré mi idea: mi barrio es mi casa. No me importa que haya visitas, me encanta que se produzcan; las puertas de casa están abiertas de forma permanente, pero hay momentos reservados para los que son íntimos.

Cuando mis hijos empiecen a salir, no les pondré (demasiadas) trabas: pero me gustará saber con quién lo hacen. No permitiré el acceso de cualquiera al interior de mi hogar. Espero que, para entonces, mis hijos hayan desarrollado su propio criterio y que sepan fundamentar sus relaciones, reservando para los que quieran tener próximos, vínculos profundos, duraderos, basados en la confianza mutua, establecida de forma igualitaria, compartida y recíproca.

Y que, también, aprovechen todo lo que puedan para viajar, conocer mundo, idiomas, culturas y comidas, diferentes y exóticas, variadas y sorprendentes, adquiriendo experiencias inolvidables que me gustaría escucharles narrar a su vuelta.


Apoyarte en tu entorno te permite tener unas bases sólidamente asentadas.

La gente que vive a tu alrededor tiene intereses compartidos contigo. Los comerciantes, —como los que tienen un bar, un servicio de reparaciones, un negocio de albañilería, o de fontanería, o de lo que sea— constituyen el tejido principal de la red social en que nos encontramos inmersos.

Los autónomos nunca podrán ser sustituidos por autómatas. Sus intereses (por mucho que parezcan de pequeña entidad, ámbito o finalidad) nos afectan a todos. Su grandeza es enorme, pese a que sólo se acuerden de ellos cuando ya no están o cuando se les necesita para reafirmar su estatus.


Me gusta dejarme “enredar” por las conexiones que permite la tecnología. (Re)encontrar gente que hacía mucho de la que no sabía nada. Acceder a lugares remotos y encontrar, allí, personas con ideas e inquietudes plenas de interés. Proyectos que me resultan fascinantes y que quiero conocer a fondo.

Pero, para poder ser libre y volar, hay que estar firmemente arraigado, se necesita la fortaleza que se establece en los vínculos, esas relaciones de mutua implicación, basadas en la confianza, que se renuevan todos los días.


La posibilidad de proyectarse viajando a los lugares más remotos carece de interés si no hay un sitio al que volver y contarlo. Otrosí, viajar y descubrir que, en el otro extremo del mundo las costumbres y las comidas son iguales que en tu lugar de residencia habitual, restan entretenimiento a la experiencia. Nadie organiza un viaje turístico para visitar la segunda fase de la urbanización en la que nosotros fuimos pineros. Hay viajes como esos, por supuesto, pero pertenecen a otra categoría y su intención excluye, por antagónica, la condición de social. Viajar y no buscar lo diferente de lo rutinario es viajar “a media pensión”, cuando a todos nos gusta viajar de la forma más exclusiva posible.


Así que esta sociedad aberrante, desequilibrada, injusta, egoísta, anónima, alocada y alienante, esta sociedad basada en un principio funesto —“piensa globalmente, actúa localmente”— cuyo propósito final es convertirnos en marionetas de una uniformidad embrutecida, este mundo donde todo parece cada vez lo mismo, pero no te sientes a gusto en ningún lado, es una sociedad que me disgusta.

Una forma de combatirla es fortalecer las relaciones de proximidad, con la gente que te rodea, y, entre otras cosas, yendo a las tiendas de tu barrio.


Una consideración egoísta, antes de terminar: la implicación del comerciante con su entorno es muy profunda. Se peleará, con uñas y dientes, para defender su negocio y, si las cosas se le tuercen tanto que no pueda aguantar, ni poniendo dinero de su propio bolsillo, echará el cierre notando cómo una parte suya se resquebraja.

Si tiene suerte y le van bien las cosas, sus ganancias se quedarán en el sitio en que vive.

Y todo en una lucha desigual, frente a los que quieren cambiar nuestros hábitos: las grandes multinacionales, impersonales y deslocalizadas, que se llevan sus beneficios y, sin ningún escrúpulo, echan el cierre cuando los balances no acompañan, dejando miseria y penuria a su paso, cual moderno caballo de Atila. En esta tarea son ayudados por los políticos, sus secuaces necesarios en la labor de rapiña.


— ¿Y el pan? ¿O es que coméis sin pan?

— El pan merecería un capítulo aparte.

viernes, 19 de mayo de 2017

Pequeños placeres

Así que hoy se cumplen 6 años de vida de este blog.
Un gran placer, sin duda.
Me ha permitido iniciar un montón de proyectos, conocer los de otras personas que ahora son amigos y tener la sensación, con 895 entradas, de que me quedan cosas por decir.

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En Yonlok, uno de los sitios donde (todavía) me dejan participar, publicaban la semana pasada mi más reciente colaboración.


viernes, 17 de marzo de 2017

Aprender

Todos sentimos la necesidad de experimentar.
Bueno; yo la siento.
Y he encontrado un lugar donde, una vez al mes, me permiten hacerlo.
Es Yonlok.

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Mi prueba más reciente.


jueves, 2 de marzo de 2017

Calcetines

Sólo Yonlok, o su editor Santi Alverú, podrían aceptar una colaboración que renuncia a plazos.
Lo que podría ser considerado inoportuno —en medios carentes de amplitud de miras—, se transformó en un sinsentido impropio.
Espero que no en algo inconveniente.

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domingo, 11 de diciembre de 2016

Contactos


—¡Contáctame!

Así se le dice a alguien, ahora, cuando quieres que te ponga un guasap.

—¿Quieres que te ponga?
—Quiero que me ponga; en eso consiste todo.

Descubrimos la importancia de la educación.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Fotos (Yonlok)

Santi Alverú, el último bohemio, capaz de convertir el desparpajo en virtud, ha ideado un espacio “para los que les gusta leer”, habitado por un variopinto conjunto de seres humanos a los que “les gusta escribir”.

Como si toda esa combinación de riesgos, asumida de forma voluntaria, fuera una ración pequeña, tuvo la deferencia de invitarme a participar, sin límites ni restricciones.

Él sabrá (que para algo ha estudiado)...

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Todo ocurre en Yonlok, un universo a la vuelta de un clic.



Mi primera colaboración se titula “Fotos”.


El tiempo vuela. Cada vez más rápido. Sin que te enteres. Tempus fugit. Hoy aquí, mañana ¿quién sabe? “Me las piro, Ramiro”. Todo cambia. En un instante. Fugaz. “Hasta luego, Lucas”.


miércoles, 7 de octubre de 2015

Planos de Formación (Ponencia)

Ana López-Cancio, presidenta de la Asociación Nacional de Centros con Certificados de Profesionalidad (ANCCP) tuvo la amabilidad de invitarme a participar en la Jornada Técnica que tuvo lugar en Oviedo, el pasado 25 de septiembre, bajo la denominación “Los  Certificados de Profesionalidad, un Recurso para la Formación Dual”.

Participé en una mesa redonda, moderada por Pedro Sánchez Vilches (ANCCP), precedido por las brillantes exposiciones de Isabel García Peromingo (CEOE) y Guiomar Álvarez Reyes (FADE).

Pedro Sánchez Vilches (ANCCP), Isabel García Peromingo (CEOE), Alberto Secades y Guiomar Álvarez Reyes (FADE)

Mi ponencia se titulaba “Planos de Formación”. Se adjuntan capturas de pantalla y notas de la presentación con las que organicé mi exposición. Se incorporan también una colección de referencias que tienen sentido en el contexto de la argumentación expuesta.

Presentación y notas.


Jornada Técnica
Organiza: Asociación Nacional de Centros con Certificados de Profesionalidad (ANCCP)

Oviedo, 25 de septiembre de 2015

Psicólogo, Empresario, Formador
Agradecimientos: ANCCP, presidenta (Ana López-Cancio), Junta Directiva, Asociados, Ponentes, a todos los presentes.
Compromiso adquirido (voluntariamente) en la Asamblea del año anterior (CEOE).
Planteamiento de un Marco Conceptual.


Inversión: Tiempo, dinero, esfuerzo, preocupaciones. Personas involucradas.
[Sentido] – Implica una combinación de dirección y propósito.
Un mundo obsesionado por resolver Qué, Quién, Cuándo, Dónde, Cómo, pierde de vista Por Qué y desconoce Para Qué afronta proyectos.
Idealismo – La fuerza de las ideas. Una pluma y una espada.
Construir un mundo mejor, en el que las personas puedan desplegar todo su potencial, a plena satisfacción.
En sus actividades cotidianas. En su trabajo.
La Tierra se nos ha quedado pequeña. No somos el centro del Universo.
Pero debemos estar en el centro de los PROYECTOS que afrontamos.
En nuestra vida (personal/familiar, laboral, social).


Proceso: “Conjunto de estados sucesivos que constituyen un hecho complejo”. 
Sistematizado: “Sistema es un conjunto ordenado de normas o procedimientos”. 
Intencional: “Determinación de la voluntad en orden a alcanzar un fin”.
Cambio:        La Formación no sirve si no ha producido ningún cambio.
Si no ha permitido alcanzar los resultados PREVISTOS.
Deslindar Formación y Educación. Atienden a criterios distintos.
La Educación busca el desarrollo de personas completas.
La Formación atiende a aspectos laborales.
La empleabilidad es un criterio relevante en Formación.
Recuperación del orgullo profesional. Oficios y Profesiones.
Certificación Profesional.
“De lo mío” (aquello en lo que se trabaja y no aquello que se ha estudiado).
Aprendizaje: “Acción y efecto de aprender algún arte, oficio u otra cosa”.
Beneficios: (para los Trabajadores, las Empresas y el conjunto de la sociedad).
Cambio: Adecuación de competencias.


Planos: Estados sucesivos en que se organiza la Formación.
Elementos: Unidades que configuran cada plano.
Metodología didáctica característica.
Competencias: Destrezas que se adquieren o desarrollan. Lo que se aprende.

PLANO TEÓRICO: Imprescindible. Básico. Sobre ese plano se construyen los otros.
Elementos: Nociones. Contenidos. Lo que se debe saber.
[MC quiere ser cocinero. Conocer los procesos (cocer, hervir, freír, asar, marinar, …), las materias primas, el bagaje profesional. Hacer una tortilla francesa. Apagar el fuego].
Metodología: Estudio. Es inevitable. No existen atajos. Se pueden buscar soportes más agradables [clases magistrales, formación a distancia, online, itinerarios personalizados, juegos, interacción, …] pero el trabajo duro, exigente, solitario; el ESFUERZO, debe ser aportado por el Formando [sujeto del cambio; el Formador es el agente de cambio]. No hay pastillas, píldoras. El conocimiento no se transmite; se adquiere. Proceso activo. Protagonista. Calidad de contenidos.
Competencias: Cuando se produce el aprendizaje, el formando adquiere Conocimientos.

PLANO PRÁCTICO: No consiste en explicar ejercicios de matemáticas y luego pedir que realicen cuentas. No son realidades separadas. No se trata de poner en práctica los conocimientos adquiridos.
Elementos: El trabajador interactúa en un mundo real, físico. Objetos, útiles, utensilios, herramientas. Realiza operaciones (operario). La mano. El objeto como extensión del cuerpo.
Metodología: Entrenamiento. Practicar y volver a practicar. [Luis, portero de hockey sobre patines: palo, bola, protecciones, etc.]. Desarrollar pericia. Interiorizar (automatizar) el manejo, de forma NO consciente. Componente manual. Desarrollo de destreza. Vinculación con el instrumento por medio de la tutela de un maestro (talleres, tutelaje, mentoring, coaching). El maestro (Yoda, Kárate Kid) obliga al discípulo a trabajar duro (“dar cera, pulir cera”). Iniciación en la maestría.
Competencias: Habilidad (manual) instrumental. Definir herramientas: “Instrumento, por lo común de hierro o acero, con que trabajan los artesanos”. NO son virtuales. Los dispositivos (pantallas) implican una falta de disposición REAL.
Quizá debamos darnos cuenta que las herramientas “virtuales” han dejado virtualmente de ser “herramientas” (no sólo por etéreas, intangibles, incorpóreas, NO de hierro ni de ningún material), sino porque impiden la interacción humana para realizar cualquier operación.

PLANO APLICADO: Lo aprendido en los planos inferiores (conocimientos, uso de instrumentos) sólo tiene sentido si se emplea. Aplicar en un puesto de trabajo, en un entorno concreto, específico.
Somos lo que recordamos. Somos lo que hacemos. Somos competentes si sabemos hacer, y hacemos, aquello que debemos hacer.
Elementos: Relaciones que debemos desarrollar en nuestro trabajo. Nadie está aislado. [Yago quiere trabajar en una panadería. Entrenar. Practicar. Aprender.]
Metodología: Entrenamiento en habilidades sociales. Aprender a relacionarse de forma provechosa. Cada contexto delimita sus propios procedimientos.
Competencias: Habilidades sociales. Gusto por tratar con los demás. Entender la importancia y la necesidad de los vínculos sociales. Responsabilidad social. “Gracias, perdón, por favor”. Remangarse.


Lo que se aprende, las competencias, se distinguen de forma clásica, en:
Conocimientos
Habilidades (Manuales/Instrumentales) (Sociales/Relacionales).
Quien aplica las competencias específicas requeridas para su Puesto de Trabajo (Oficio o Profesión), en el contexto organizativo en que deba actuar, mostrará ser COMPETENTE en el desempeño de su Trabajo.
“Saber”, “Saber Hacer”, “Saber Ser”.
Cada plano se apoya en el anterior, pero depura el nivel de requisitos precisos.


Se propone un Modelo Humanista de Formación, identificado por las características singulares relacionadas:
El Trabajador dispone de los conocimientos precisos. Ha desarrollado las habilidades requeridas. Se encuentra vinculado al contexto en que debe desenvolverse. Identifica el Propósito para el que actúa.
Se fomenta la preparación para lo inesperado. Se buscan respuestas valiosas; se incentiva la creatividad. Se busca la iniciativa. Se asigna responsabilidad y se exige el cumplimiento de normas y procedimientos.
Un trabajador muestra su excelencia de manera habitual y, también, en circunstancias excepcionales. Tomar decisiones correctas, sin seguir instrucciones de forma permanente.
Una persona autónoma busca resolver por sí misma, en la medida de lo posible, las contingencias que se presentan, acudiendo a:

1 – Normas o procedimientos que regulen una situación específica.
2 – Búsqueda de situaciones análogas.
3 – Experiencia previa.
4 – Sentido común.

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Un futuro ¿próximo?



“WALL·E: Batallón de limpieza” (2008) es una película de animación, dirigida por Andrew Stanton, producida por Walt Disney Pictures y Pixar Animation Studios.

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Despedida y agradecimientos

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REFERENCIAS

Viktor Frankl — “El hombre en busca de sentido” (1946)

"Quien tiene una razón para vivir, acabará por encontrar el cómo".

Protágoras — (485 – 411 a.C.)

“El hombre es la medida de todas las cosas”

Robert Louis Stevenson — “En defensa de los ociosos” (1877)

“Con el paso del tiempo, llegamos a amar cosas que antes aborrecíamos y a aborrecer cosas que antes amábamos [...]. Sostener las mismas opiniones a los cuarenta años que a los veinte es haber permanecido en un estupor durante dos décadas, y no es algo propio de un profeta, sino de un zoquete incapaz de aprender, al que los castigos recibidos no han servido de nada”.

John Ruskin — “La lámpara de la memoria” (1849)

“Existe una gran diferencia entre ser capitanes o gobernadores del trabajo y agenciarse sus beneficios. Del hecho de que seas el general de un ejército no se desprende que para ti deba ser todo el botín o la tierra que aquél consiga [...]; tampoco que dilapides el conjunto de los beneficios derivados del trabajo de una nación por el hecho de que seas el rey. Por el contrario, el buen monarca destaca invariablemente por apuntar en la dirección opuesta, por quedarse para sí la menor cantidad posible de lo producido por el trabajo de la nación. No hay prueba más infalible de la auténtica valía de un rey que ésa”.

Henry D. Thoreau — “Desobediencia civil” (1849)

“Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! [...] No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas. [...] Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar”.

Michel de Montaigne — “Ensayos” (1595)

“Yo propongo fantasías informes e indecisas, como hacen quienes publican cuestiones dudosas para debatirlas en las escuelas: no con objeto de establecer la verdad sino para buscarla. Y las someto a juicio de aquellos a quienes atañe regir no sólo mis acciones y mis escritos sino también mis pensamientos. Tan aceptable y útil me resultará la condena como la aprobación”.

Marino Pérez Álvarez — “Volviendo a la normalidad” (2014)

“No todo lo que tiene que ser aprendido puede ser enseñado”.

Francis Bacon (1561 – 1626)

"Los ingeniosos aceptan los libros, los simples los admiran y los sabios los utilizan; pero ni unos ni otros enseñan su uso; porque la sabiduría que se obtiene mediante la observación no se encuentra en los libros, sino que se halla por encima de ellos".

Aristóteles — (384 – 322 a.C.)

"La mano parece ser no un solo órgano, sino varios; es como un instrumento en lugar de otros instrumentos. A quien puede, pues, adquirir el mayor número de técnicas, la naturaleza le ha otorgado el instrumento más útil con mucho: la mano. Pero los que dicen que el hombre no está bien constituido, sino que es el más imperfecto de los animales (pues afirman que está descalzo, desnudo y no tiene armas para el ataque) no tienen razón. Los otros animales tienen un único medio de defensa, y no les es posible cambiarlo por otro, sino que es preciso que duerman y lo hagan todo, por así decirlo, calzados, y no pueden quitarse nunca la armadura que llevan alrededor del cuerpo, ni cambiar el arma que les tocó en suerte. Al hombre, en cambio, le correspondió tener muchos medios de defensa, y le es posible cambiarlos y aún tener el arma que quiera y cuando quiera. La mano, entonces, se convierte en garra, pinza, cuerno y también lanza, espada y cualquier otra arma y herramienta, pues es todo esto por poder coger y sostenerlo todo".

Gregorio Luri — “Mejor educados” (2014)

"La excelencia de una persona se pone de manifiesto cuando tiene el hábito de situar sus aspiraciones más allá de la mediocridad y no se conforma con los resultados que estén por debajo de estas aspiraciones".

Nicholas Carr — “Atrapados: Cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas” (2014)

"La automatización debilita el vínculo entre la herramienta y el usuario, no porque los sistemas controlados por ordenador sean complejos, sino porque exigen muy poco de nosotros. Esconden su funcionamiento en un código secreto. Resisten cualquier implicación del operador más allá del mínimo indispensable. Desalientan el cultivo de habilidades en su uso. La automatización termina teniendo un efecto anestésico. Ya no sentimos nuestras herramientas como parte de nosotros".

Marvin Harris — “¿Por qué nada funciona?” (1980)

"Las tareas sencillas, monótonas, rutinarias y repetitivas que se realizan en las oficinas, las escuelas o los hospitales producen el mismo efecto en la psicología del trabajador que las tareas sencillas, monótonas, rutinarias y repetitivas que se llevan a cabo en las fábricas. En ambos casos, los trabajadores se alienan, se aburren y se desinteresan del resultado, ya se trate de un producto manufacturado o de un servicio".

Viktor Frankl — “El hombre en busca de sentido” (1946)

"El hombre ha sufrido otra pérdida nuclear: las tradiciones. Las tradiciones cumplían la misión de contrapeso de su conducta, y ahora se diluyen en la sociedad moderna a pasos agigantados. Carece, pues, de instintos que le impulsen a determinadas conductas, y ya no conserva las tradiciones que le indicaban los comportamientos socialmente aceptados; en ocasiones ignora hasta lo que le gustaría hacer. En su lugar, desea hacer lo que otras personas hacen (conformismo), o hace lo que otras personas quieren que haga (totalitarismo)".

George Horace Lorimer — “Cartas de un comerciante a su hijo” (1902 - 1904)

“En este mundo no es posible hacer nada verdaderamente grande a menos que sepas cómo tratar a las personas; y no es posible tratar a las personas si no se simpatiza con ellas. Y la simpatía nace de la humildad. No me refiero a la humildad que se arrastra por las calles por unas monedas y se inclina en los despachos por unos miles, sino a la humildad que encuentra uno cuando va a cazar en los bosques la verdad acerca de sí mismo. Se trata de la clase de humildad que hace que uno se enorgullezca de haber tenido una oportunidad de trabajar en este mundo, y le hace desear ser un comerciante honrado, o un buen médico, o un abogado decente, antes que ser rico. Te hace comprender que aunque la vida te ofrezca muchas oportunidades, también está llena de responsabilidades hacia los demás”.

Samuel Johnson — “El patriota y otros ensayos” (1751)

“Todo ser humano tiene la obligación y el deber de esforzarse para contribuir con su trabajo al bienestar y al conocimiento de las futuras generaciones. Tal vez sean pocos los que puedan aportar grandes logros, pero el hecho de hacer algo, por poco que sea, es cosa que todos podemos hacer. Y no olvidemos que todo esfuerzo sincero, aunque no logre alcanzar el éxito perseguido, tendrá finalmente su recompensa”.

Martha C. Nussbaum — “Sin fines de lucro” (2010)

“Si no insistimos en la importancia fundamental de las artes y las humanidades, éstas desaparecerán, porque no sirven para ganar dinero. Sólo sirven para algo mucho más valioso: para formar un mundo en el que valga la pena vivir, con personas capaces de ver a los otros seres humanos como entidades en sí mismas, merecedoras de respeto y empatía, que tienen sus propios pensamientos y sentimientos”.

Hannah Arendt — “La condición humana” (1958)

"El conjunto de la sociedad moderna se ha organizado como una sociedad trabajadora, en la que trabajar por una paga, y gastar después esa paga, es la manera en la que la gente se define a sí misma y mide su valor. La mayoría de las actividades más elevadas y significativas veneradas en el pasado han sido marginadas u olvidadas, y sólo quedan individuos que valoran lo que hacen en términos de obra y no en términos de ganarse la vida. Que la tecnología satisfaciese el permanente deseo humano de ser liberado del esfuerzo y los problemas del trabajo es este momento sería perverso. Nos arrojaría más profundamente al purgatorio del malestar [...]. Con lo que nos confronta la automatización es con la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo; es decir, sin la única actividad que les queda. Nada, seguramente, podría ser peor".

Nuccio Ordine — “La utilidad de lo inútil” (2013)

“Identificar al ser humano con su mera profesión constituye un error gravísimo: en cualquier hombre hay algo esencial que va mucho más allá del 'oficio' que ejerce”.

Iván Illich — “La sociedad desescolarizada” (1971)

“Los profesores de habilidades se hacen escasos por la creencia en el valor de los títulos. La certificación es una manera de manipular el mercado y es concebible sólo para una mente escolarizada. La mayoría de los profesores de artes y oficios son menos diestros, tiene menor inventiva y son menos comunicativos que los mejores artesanos y maestros”.

John Barth — “El plantador de Tabaco” (1960) (método de Henry Burlingame)

“Existen tres motivos usuales para aprender las cosas: necesidad, ambición y curiosidad”

Nicholas Carr — “Atrapados: Cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas” (2014)

"Antes de que Frederick Winslow Taylor presentara su sistema de gestión científica, el trabajador individual, basándose en su formación, conocimientos y experiencia, adoptaba sus propias decisiones acerca de cómo hacía su trabajo. Escribía su propio guión. Después de Taylor, el obrero empezó a seguir un guión escrito por otra persona. Del operario de una máquina no se esperaba que entendiera cómo se escribía ese guión ni el razonamiento subyacente; de él simplemente se esperaba obediencia. Se liquidó el desorden que acompaña a la autonomía individual; y la fábrica en su conjunto se hizo más eficiente; y su producción, más previsible. La industria prosperó. Lo que se perdió junto con el desorden fue la iniciativa personal, la creatividad, el capricho. La artesanía consciente se tornó rutina inconsciente".


Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...