Incluso
llegué a utilizar el momento del anuncio, tras la fumata blanca, como trama para explicar
la valoración personal que me pidieron hacer, a principios del año pasado,
de Urdangarín.
Así
que es un tema que me ha interesado y sobre el que he leído.
Pero
asisto, ligeramente perplejo, a una realidad en la que, todos saben todo lo que
afirman que necesitan saber.
Son
capaces de determinar si resulta más conveniente un cónclave largo o uno corto,
las características que debería tener el futuro Papa, su cualificación, la edad
que debería tener y su procedencia.
Por
descontado, nadie se pone de acuerdo y frente a cada uno que apunta la
necesidad de que vuelva a ser italiano, otro apuesta por que sea hispano
parlante y un tercero sostiene que debería ser africano.
Unos
prefieren un Papa conservador y otros se decantan por uno reformista.
Y
más.
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No
importa cuál sea el punto sobre el que se debata: todos tienen sus posturas
definidas y se enrocan en su defensa a ultranza, en lugar de tratar de entender
los argumentos de quien se encuentra delante. No parece la forma
más recomendable de debatir.
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Un
proceso tan delicado, tan elaborado y en el que se debe ser tan cuidadoso; un
sistema apoyado en muchos años de experiencia, encaminado a facilitar la
reflexión sosegada, se ventila de un plumazo en una intervención apresurada.
La
mayor sorpresa se produce al contemplar que, el mayor acaloramiento, procede de
los que se definen, rápidamente, como ajenos al club del que cuestionan sus
normas.
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Así
que, ahora que, por motivos que no vienen al caso, deberé estar un par de días
confinado, aprovecharé el espíritu reflexivo que el cónclave transmite, en mi
propio beneficio, tratando de encontrar, en mí mismo, los cambios que deba
llegar a procurarme (que seguro que los hay), las cosas que deba mantener y las
que deba imperiosamente empezar, para, más que tratar de decirles a otros lo
que deben hacer, asegurarme de que yo sí hago las cosas como debiera.
Por
descontado, esto resulta mucho más complejo y, al conocerme, me resultará más
difícil conseguir engañarme.
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Para
conocer los mecanismos del cónclave, leí en su momento el libro que escribió Alfredo Urdaci en 2005, El cónclave. Los secretos de la elección del
Papa al descubierto, escrito antes del fallecimiento de Juan Pablo II. También leí el que
escribió, tras la celebración del cónclave más reciente, Benedicto XVI y el último cónclave. Los secretos de la elección del
nuevo Papa.
Ambos
libros, editados por Planeta,
estaban llenos de interés (estoy releyéndolos ahora), aunque están
descatalogados.
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Más
información:
Conferencia Episcopal Española: Colegio
cardenalicio / Sede
vacante
Iuscanonicum: La
elección del romano pontífice
