sábado, 17 de enero de 2015

Atrapados en el progreso

Al inicio de la lectura del libro de Nicholas Carr, “Atrapados”, tomé una nota en el margen:

Las explicaciones que elaboramos sobre el mundo (y las cosas que en él suceden) son meras abstracciones: construcciones sistemáticas de los hombres; nos ayudan a comprenderlo, pero no lo definen (o delimitan).


Intentando evitar citarme a mí mismo (pese a que asumo que claramente lo está pareciendo), me doy cuenta de que la conclusión a la que conduce el propio libro es que, quizá, esa presunción no sea del todo cierta, sino que, más bien, sucede al contrario:

"El ordenador nunca es una herramienta neutral. Influye, para bien o para mal, en la forma de trabajar y de pensar una persona. Un programa de software sigue una rutina particular, que facilita unas formas de trabajar y complica otras, y el usuario del programa se adapta a la rutina. El carácter y las metas del trabajo, así como los estándares por los que se juzga, son conformados por las prestaciones de la máquina. Siempre que un diseñador o artesano (o cualquier otra persona) se vuelve dependiente de un programa, también asume los preconceptos del fabricante de ese programa. Con el tiempo, termina valorando lo que el software puede hacer y descartando como algo secundario, irrelevante o simplemente inimaginable lo que no puede hacer. Si no se adapta, corre el riesgo de quedar marginado en su profesión [...]. El peligro que se cierne sobre los oficios creativos es que diseñadores y artistas, deslumbrados por la velocidad, precisión y eficiencia sobrehumanas del ordenador, acabarán dando por sentado que la automatización es el mejor camino. Aceptarán los pros y los contras que el software impone, sin evaluarlos. Se apresurarán por el camino del menor esfuerzo, a pesar de que un poco de resistencia, un poco de fricción, podría haber sacado lo mejor de ellos".

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El libro de Carr ofrece argumentos sobre las consecuencias de la adopción de la automatización (un proceso diferente de la mecanización):

“Cuando las personas abordan una tarea con la ayuda de ordenadores, son víctimas muchas veces de un par de afecciones cognitivas:
1 – La complacencia automatizada: estamos tan confiados que la máquina trabajará inmaculadamente y solucionará cualquier imprevisto que dejamos nuestra atención a la deriva.
2 – El sesgo por la automatización: damos un peso excesivo a la información que aparece en los monitores. La creemos incluso cuando la información es errónea o engañosa”.

Así, en el primer caso, desconectamos, dejando de atender y, en el segundo, terminamos en una zanja porque el GPS nos dice que sigamos una ruta, cuando es evidente que esa ruta no existe.

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Desconfiar del camino que está tomando la automatización (que ha reemplazado a la mecanización), no es renunciar al progreso. Quizá sea una reivindicación sobre la necesidad de pararse y ponerse a pensar; tratar de recuperar el control de un proceso que avanza de forma alocada, llevándonos a todos por delante, y que requiere volver a poner de nuevo a las personas en el centro del esquema: como protagonistas y, muy especialmente, como destinatarios de los beneficios que el progreso pueda suponer.

"Los diseñadores de la automatización informática asumen con frecuencia que los seres humanos son 'poco fiables e ineficientes', al menos comparados con un ordenador, y tratan de darles un rol tan pequeño como sea posible en la operación de los sistemas. Las personas acaban funcionando como meros vigilantes, observadores pasivos de pantallas. Ésa es una labor en la que los humanos, con nuestras mentes notoriamente errabundas, somos especialmente malos [...]. Nos aburrimos; soñamos despiertos; nuestra concentración se disipa. Esto significa, en palabras de Lisanne Bainbridge, "que es humanamente imposible desempeñar la función básica de vigilar en busca de anormalidades improbables". Y, dado que las habilidades de una persona se deterioran cuando no se usan, incluso un operador de sistemas experimentado acabará actuando en alguna ocasión como uno inexperto si su trabajo principal consiste en mirar en lugar de actuar. A medida que sus instintos y reflejos se oxiden por el desuso, tendrá problemas para detectar y diagnosticar imprevistos, y sus respuestas serán lentas y deliberativas en lugar de rápidas y automáticas. Combinada con la pérdida de percepción ambiental, la degradación de la experiencia aumenta las probabilidades de que, cuando algo se tuerza (como sucederá antes o después), el operador reaccione con ineptitud. Y una vez que eso ocurra, los diseñadores de sistemas trabajarán para poner incluso mayores límites al papel del operador, sacándole aún más de la acción y haciendo más probable que meta la pata en el futuro. La presunción de que el ser humano será el eslabón más débil del sistema se terminará cumpliendo".

Tratar de alentar debates de este tipo quizá arrojen sobre uno descalificaciones variadas: retrógrado, ludita (en recuerdo de aquellos revolucionarios que, a principios del XIX, quemaron máquinas y telares en Inglaterra, en oposición al maquinismo reinante), reaccionario, atrasado y otros.

"Los ideales democráticos y humanitarios de la Ilustración culminaron en las revoluciones de Estados Unidos y Francia, y aquellos ideales también influyeron en la visión de la sociedad sobre la ciencia y la tecnología. Los avances técnicos eran valorados como medios para la reforma política. El progreso se definía en términos sociales, y la tecnología jugaba un papel secundario".

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Quizá nos demos cuenta de que las herramientas ‘virtuales’ han dejado de ser virtualmente ‘herramientas’ (no sólo por ser etéreas, incorpóreas, intangibles, NO de hierro ni de ningún otro material), sino porque impiden la interacción humana para la realización de cualquier operación.

“La automatización debilita el vínculo entre la herramienta y el usuario, no porque los sistemas controlados por ordenador sean complejos, sino porque exigen muy poco de nosotros. Esconden su funcionamiento en un código secreto. Resisten cualquier implicación del operador más allá del mínimo indispensable. Desalientan el cultivo de habilidades en su uso. La automatización termina teniendo un efecto anestésico. Ya no sentimos nuestras herramientas como parte de nosotros”.

“Los problemas sociales y económicos causados o exacerbados por la automatización no se van a resolver echándoles más software encima […]. Si los problemas han de ser resueltos, o al menos atenuados, la sociedad tendrá que afrontarlos en toda su complejidad. Puede que tengamos que poner límites a la automatización para asegurar el bienestar de la sociedad en el futuro. Puede que tengamos que cambiar nuestra visión del progreso, poniendo el énfasis en el florecimiento social y personal, en lugar de en el avance tecnológico. Puede incluso que debamos valorar una idea que ha llegado a ser considerada impensable, al menos en círculos impensables: dar prioridad a las personas sobre las máquinas”.

Quizá sea el momento de mirar atrás y recordar a Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”.

Quizá podamos intuir un futuro distópico, no el reflejado en libros, sino el que aparece en películas infantiles.



Quizá sea el momento de levantarnos, de quitarnos de encima la modorra y la pereza, para tratar de vencer el engañoso ensueño que ofrece la comodidad.

“Uno de los aspectos más extraordinarios sobre nosotros mismos es también uno de los más fáciles de pasar por alto: cada vez que chocamos con lo real profundizamos nuestro entendimiento del mundo y pasamos a formar mayor parte de él. Mientras nos enfrentamos a un reto, puede ser que la motivación provenga de la anticipación de los fines de ese esfuerzo, pero es el trabajo –los medios– lo que nos convierte en quienes somos. La automatización secciona los fines de los medios. Hace más fácil conseguir lo que queremos, pero nos distancia de la labor de conocer”.

Quizá sea necesario recordar que la destreza es un camino hacia la(s) virtud(es).

“El talento del virtuoso surge de la automaticidad. Lo que parece instinto es destreza ganada a pulso […]. Sin un montón de práctica, repetición y ensayo de una habilidad en diferentes circunstancias usted y su cerebro nunca serán realmente hábiles en nada, al menos en nada complicado. Y sin práctica continuada, cualquier talento que posea se oxidará”.

“Dar los pasos necesarios para promover el desarrollo de la destreza –restringir el ámbito de la automatización, dar un papel mayor y más activo a las personas, impulsar el desarrollo de la automaticidad mediante el ensayo y la repetición- conlleva un sacrificio de la velocidad y del rendimiento. El aprendizaje requiere ineficiencia. Las empresas, que persiguen una maximización de la productividad y el beneficio, nunca (o muy pocas veces) aceptarían semejante canje. La principal razón por la que invierten en automatización, después de todo, es reducir costes laborales y coordinar operaciones”.

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Quizá sea el momento de volver a empezar.



Quizá.


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