La tarea consistía en escribir un texto
ambientado en algún hecho ocurrido en el Estado.
Acompaño mi tarea.
Eran otros tiempos. Aún
no habían llegado las revoluciones disgregadoras, las que lograrían que el
Régimen se cuestionara su propia edad y la necesidad de adaptarse, la
asimilación lampedusiana que todo debía cambiar para que todo siguiera siendo
igual.
De hecho, ya todo había cambiado: ya no era un mundo de señores feudales que diezmaban las ganancias de los agricultores arrendados, ni exigían derechos de pernada sobre las doncellas más donosas de cada una de las familias. Ni siquiera se veía ya el mundo de una forma constreñida, porque las fronteras y los límites antiguos habían dejado de tener sentido. El descubrimiento de que Finisterre era una quimera trastocó todos los esquemas y la contención del empuje musulmán (expulsión de Córdoba, rendición de Bizancio) eran el impulso definitivo que necesitaba la monarquía, ese sistema basado en la construcción de castas (sagas, dinastías; como cada uno prefiera) que transmiten sus privilegios por herencia, otorgando prevalencia al mayor frente al pequeño —o al hombre frente a la mujer—, en lugar de hacerlo atendiendo a sus capacidades. Ítem más: la perpetuación endogámica (no abrir el círculo) se convierte en una ruleta rusa genética; la única en la que salen todos perjudicados, no sólo el que dispara.
En todo caso, una vez abierto el grifo Atlántico, todas las potencias europeas se dispusieron a extender sus redes allende su confín terrestre y, obviando portugueses, franceses, holandeses, belgas, alemanes o nórdicos (que tuvieron sus propias variedades y que olvidaremos aquí), se impusieron diferentes modelos que hoy sintetizaremos en dos: a la española y a la inglesa. Resumiendo mucho, el método inglés consiste en convencer a los nativos de la importancia de saber combinar la tónica, la imposibilidad de sobrevivir sin una provisión frecuente de nuevos ejemplares del Times y la necesidad de practicar deportes civilizados como el cricket. Todo ello redunda en esa sensación por la que el inglés siempre se encuentra como si estuviera en casa y convence a los aborígenes de ser extranjeros en su propio territorio. Queda muy pronto claro quiénes (y por qué) con ciudadanos de primera y sirvientes (prescindibles) de segunda.
Los españoles (por su carácter pasional) comprendieron pronto que el mestizaje privaba de la abstinencia. Su carnalidad les llevó a considerar a los indígenas como iguales. El componente ecuménico de su misión primaba sobre el económico (au contraire de los ingleses). El sistema de virreinatos difería del de las colonias, en el que el Rey inglés (con)cedía la explotación de un terreno en el Nuevo Mundo, con una cuota de autonomía que permitía el lucro del otorgante siempre que satisficiera los correspondientes impuestos. Se trataba de un régimen más cercano a los concesionarios que a los de los confesionarios (la religión queda en segundo plano).
El primer asentamiento inglés en lo que luego sería EE UU, Jamestown (donde se conocieron John Smith y Pocahontas) fue concedido por Charles I a George Calvert, Lord Baltimore, como parte de una colonia a la que le pondría el nombre de Maryland (la tierra de María), en homenaje y recuerdo a Henrietta Marie, esposa de Carlos I. Una buena estrategia. Poco después, Charles II concedió otra provincia a William Penn, como forma de saldar la deuda que el monarca había contraído con su padre. Como ya no había tanto que agradecer, Penn se dio homenaje a sí mismo y llamó a la colonia Pennsylvania (los bosques de Penn). La colonia se convirtió en lugar afecto a los cuáqueros y fundó Philadelphia (la ciudad del amor fraternal) ese mismo año.
Pero dado que ni padre ni hijo habían cruzado el charco (ningún monarca se enrolaría en una campaña tan arriesgada y privada de comodidades) y puesto que las mediciones no eran precisamente precisas, los Calvert y los Penn litigaban sobre uno de esos conceptos que dan de comer a los especialistas en leyes desde el principio de los tiempos: las lindes. Muchas reyertas locales han empezado por un quítame ese muro divisor, un el mojón lleva ahí desde toda la vida, o un la servidumbre de paso debe permitir unas dimensiones mínimas de tres onzas. Mutatis mutandi. Así que, a mediados del siglo XXVIII, un astrónomo y un agrimensor, Charles Mason y Jeremiah Dixon (nunca quedó muy claro quién era cuál), recibieron el encargo de poner fin al debate y trazar una línea que marcara los límites entre Pennsylvania y Maryland, además de Delaware, una línea que tendría unas implicaciones posteriores impredecibles en su momento, pues se tomó dicha línea como la que diferencia a los estados esclavistas (al Sur) de los abolicionistas (al Norte), lo que condicionó la aceptación de Nuevos Estados, una vez que la declaración de Independencia fuera efectiva el 4 de julio de 1776, el desarrollo de la guerra de Secesión y un montón de cosas más.
Tanto es así, que al sur se le conoce como Dixieland (la tierra del Dixie, en recuerdo de nuestro agrimensor Jeremiah) y la masonería tuvo su desarrollo en los Estados del Norte, los yankees, como influencia de Charles, nuestro astrónomo predilecto.
Cuanto me gustaría leer sobre le epopeya que debió ser trasladar al terreno los límites esbozados en un plano.
También tomamos nota de
libros, series de TV y películas ambientadas en el Estado.
Libros
John
Updike: Corre, Conejo (1960)
John
Updike: El regreso de Conejo (1971)
John
Updike: Conejo es rico (1981) Premio Pulitzer
John
Updike: Conejo en paz (1990) Premio Pulitzer
Stephen Chbosky: Las ventajas de ser
un marginado (1999)
Series TV
Colgados
en Philadelphia: Diecisiete temporadas. (2005 – 2012)
Películas
Historias
de Filadelfia — (George Cukor, 1940). Con Cary
Grant y Katherine Hepburn.
Rocky — (1976). Con Sylvester Stallone y Talia Shire.
El
Cazador — (Michael Cimino, 1978). Con Robert De Niro y
Christopher Walken.
Flashdance — (Adrian, Lyne, 1983). Con Jennifer Beals.
Atrapado
en el tiempo — (Harold Ramis, 1993). Con Bill
Murray y Andie MacDowell.
Philadelphia — (Jonathan Demme, 1993). Con Tom Hanks y Denzel Washington.
Fallen — (1998). Con Denzel Washington.
El
sexto sentido — (M. Night Shyamalan, 1999). Con Bruce
Willis.

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