La libertad es la capacidad de elegir. Tener alternativas y, entre ellas, optar por la que, cada uno, considere más adecuada a sus circunstancias particulares.
Los librepensadores piensan por sí mismos: son independientes de los criterios de orden general; no siguen consignas y valoran las cosas según su juicio personal.
Parte de la libertad está condicionada por la asunción de responsabilidades: soy libre para decidir lo que quiero hacer, pero asumo responsablemente las consecuencias de mis actos.
Ser un librepensador no es una muestra de rebeldía; es una manifestación de responsabilidad.
Los librepensadores son seres eminentemente sociales: comprenden las consecuencias que sus propios actos acarrean sobre los demás; sufren en ocasiones la inconsecuencia de los que, ajenos a los que les rodean, se comportan de manera egoísta, atendiendo únicamente a sus deseos y pervirtiendo el sentido comunitario de la convivencia.
El librepensamiento se fundamenta en tres patas que le prestan su apoyo y fortalecen su firmeza:
ü Libertad
ü Raciocinio
ü Responsabilidad
Es un camino en ocasiones solitario: supone una búsqueda de la propia identidad y la voluntad de afirmarla frente a quien quiera combatirla.
Es peligroso: convierte a sus practicantes en seres independientes, no alineados, difícilmente manejables e imposibles de encasillar.
El librepensamiento no es un fenómeno político, ni religioso, ni sectario: es un acto —simple y llanamente— humano.
