martes, 17 de noviembre de 2015

Maniquí es

Como no quiero que me vuelva a pasar lo del año pasado, haré un trabajo rápido.


El anuncio de la Lotería de Navidad, 2015, ya está aquí.



El anuncio toma como protagonista a Justino, vigilante nocturno en una fábrica de maniquíes.
A pesar de su horario —en el que no comparte tiempo con sus compañeros en la fábrica—, o de lo tedioso de su ocupación —hacer la ronda de vigilancia—, Justino es capaz de encontrar motivos que le impulsen a levantarse todos los días, a la misma hora —en un remedo del inicio del bucle de El día de la marmota y su ¡buenos días excursionistas!—; a Justino le gusta lo que hace, le gusta con quién lo hace.

*****

Había mimbres suficientes para fabricar un cesto estupendo: una persona aplicada, que cumple con su obligación y que lo hace de forma animosa; alguien que contagia a sus compañeros (a los que no ve) su ilusión y su entusiasmo.

Una persona que va feliz a trabajar.

Nada más y nada menos.

*****

Hasta que, yendo en el autobús nocturno, poniendo su hombro para que su habitual compañero de trayecto se quede dormido, ve el periódico en el que informan de que la Fábrica en la que trabaja ha ganado el Gordo.

Sin que nadie le haya informado o se haya puesto en contacto con él.

Han pasado más de 12 horas desde el momento en que se dieron cuenta (10:12 AM) hasta la hora en que llega a la fábrica: Justino siempre ficha a las 11:00 PM.

Ese pequeño detalle hace que Justino, por primera vez en lo que vemos de anuncio, llega a trabajar sin ganas; con un mohín de disgusto en su rostro alicaído. La puñetera codicia ha transformado su apariencia.

Luego resulta que la historia no era así del todo. Nos habían hecho trampas y nos escamotearon la posibilidad de descubrir que eran una piña. Todos. No sólo el rondador nocturno, el que se monta películas con sus muñecos inanimados, a los que dota de personalidad porque carece de personas reales con las que compartir experiencias de verdad.

Los demás, los integrados, los que trabajan en un horario normal y, pese a hacerlo en una fábrica, parecen un conjunto de oficinistas ramplones; el resto son, pese a sus desgraciadas vidas, seres humanos capaces de sentir compasión y comparten una lista en la que se apuntan los que quieran décimos y, para el que no quiera (Justino), le apuntan uno a cuenta de la casa, que ya veremos si después toca.

Y toca.
Y son generosos.
Y, ahora con dinero, hacen fiesta y brindan con champagne (“todos somos franceses”).
Haremos que te sientas uno más.
No como antes, cuando tú nos felicitabas, pero nosotros no te dábamos nada a cambio.
Da igual.
La pasta lo iguala todo.
Empezaremos de cero. Con el bolso lleno de viruta.

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La conclusión es la misma:

El juego es el impuesto a la ignorancia.
La sensiblería es el recargo.

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Son unos miserables:

1 — Se cargan el espíritu del Justino original, aquél que había protagonizado en 1994 la primera película de La Cuadrilla (Santiago Aguilar y Luis Guridi), en un papel que recibiría un Premio Goya al actor revelación (Saturnino García, Justino) y otro a la dirección novel. El primigenio, un puntillero recién jubilado en la plaza de toros, afronta cómo llenar su tiempo de ocio sin olvidar su afán justiciero, para convertirse en “Justino, un asesino de la tercera edad”. Es cierto que su ocupación no se corresponde al ánimo navideño (menos aún, visto desde la perspectiva de un pavo, con esa preocupación por la empatía holística que hemos desarrollado), pero es una canallada hacerle desaparecer, sin dejar rastro. No vayan a youtube, que no hay imágenes. Sólo la canción de Víctor Abundancia sobre los títulos de crédito.

2 — En la entrega del año pasado creaban un mundo en el que no había niños. Ahora, dan un paso adelante. Se burlan de nosotros, los paganinis. Nos lo dicen a la cara: sois unos maniquíes, unas marionetas, unos títeres. Movemos los hilos que dictan lo que debéis hacer. Callar y comprar. No sólo es que Justino trabaje en una fábrica de maniquíes. Es que él, como todos los demás, son muñecos. Sin cuentos. Sin rodeos, Sin escrúpulos.

Eso son Golpes Bajos.
Montarán una fiesta. De maniquíes. Puedo verlo.



Como se nota que ya no está Germán Coppini.

*****

En mi venganza mostraré algunas de las trampas que han empleado:



Justino vive en un cuarto pequeño. Desde la entrada puede verse la cama. Sobre ella, un anaquel con libros. Al lado de la puerta se apilan, amontonados, más libros que Justino no usa. El que está abierto está en blanco. Justino es un farsante. No lee. Si lo hiciera, no acumularía los libros de ese modo. Emplearía la colocación en vertical y trataría de dejar los cantos a la vista (para identificarlos). Si tienes dudas, podrás comprobarlo en más ocasiones. Aceptamos que en el mundo de la ficción narrativa de un anuncio publicitario, nadie utiliza el móvil. Es la misma regla por la que los protagonistas de una sitcom nunca ven la TV. Pero suponíamos que un vigilante nocturno podría leer. Falso.


Va a trabajar. Alguien que viene de trabajar emplea el mismo trayecto. Aprovecha para adormilarse en blando. Hasta ahí, normal. ¿Pero qué hace Justino llevando su tartera de comida y ningún libro?


Hecho confirmado. Se ve que el autobús (que recorta gastos en la señalización de paradas) le deja a la puerta del curro. Sólo lleva su tartera. Ni un libro.


Ficha a las 11:00 PM.


Es el único que está (columna izquierda: IN). Los demás se han ido (columna derecha: OUT).


Más trampas. El lugar de trabajo cuenta con unos estantes repletos de carpetas A-Z. Ni un libro. Mientras, Justino se dispone a hacer la ronda y sintoniza su radio. Al menos uno de los dos entretenimientos de un vigilante nocturno (libro o radio) podrá ayudar a Justino a pasar el tiempo. No hay TVs (sólo los monitores de vigilancia) y un PC del año que Ronaldo (el gordo) jugaba en el Barça, imposible para echarse una partidita de FIFA, actualizar el estado de facebook, o mirar el número de seguidoras en Ashley Madison, en el que su nick ha perdido una vocal con respecto a su nombre verdadero, en el nombre, y ha añadido un lacónico Breve para conformar su ficticio apellido.


Ya se ve que la mano derecha empuña la linterna (al modo pre-CSI, sin flexión del codo en 90º para que la luz esté a la altura de los ojos) y la izquierda se posa relajada en su retaguardia, liberada del transporte del transistor. ¿Quién dijo radio?


Resulta mucho más interesante pasear por la nave (sin misterio) y dejar que tus ideas fluyan. Ves la foto de una moza jovial, con gafas de protección, secundada por cinco maromos y un sexto, al que por permanecer en la más reta de todas las guardias, se le intuye dotes de mando. Todos gritan “cheese”, al grito de “selfie”. El que no sabe inglés —y lleva la torola despejada—, ha quedado con el gesto contrito porque, bienintencionado, pero lerdo en idiomas, pensó que estaban mandándole callar. Su mirada (izquierda, arriba) busca la neurozona donde se neuroubiquen los neuroreceptores que neuroconsigan neuroevitar que le neurodé una neura.


¡Caramba! Estamos en la Fábrica de Maniquíes. Un mundo vivo y nuevo.


En el que Justino hace amigos (manipulables) que consienten en salir en fotos colectivas junto a él.


Ha estrechado vínculos. Ya no sólo puebla las paredes de su espacio con selfies de amigotes. También les considera su familia y, como anunció Francisco, la familia que no come unida no puede considerarse una familia, sino una pensión. Así que, Justino, con la mejor de las intenciones ofrece una de sus albóndigas teletransportadas desde IKEA, a lo que su amigo de plasti dice que “nasti”. “He visto cinturones de Orión en Primark, por un euro; se irán como lágrimas en la lluvia”. “Eso significa no, ¿verdad?”.


Harto de sus amigos de látex, que carecen de prótesis u orificios útiles, Justino busca inspiración como todos los vigilantes de seguridad hicieron antes, y seguirán haciendo mientras tengan que prestar el juramento Prosegur: fisgar en los lugares de trabajo de los compañeros que están ausentes. Se aprende a ver detalles. Una pelota dibujada el 6 de noviembre, el anterior al Viernes 13. Una foto de una calle de París.


El 25: “Cumple Carmen”. Me mostraré ingenioso. Haré como Eduardo con sus tijeras. Y entra en un desfase similar a Johnny Depp.


Mientras, los colegas del horario diurno (que no se sabe qué hacen, pero que no parecen trabajar en una fábrica), se ponen a apuntar en una lista los que quieren un décimo de la Lotería de Navidad. La empresa es tan molona que nadie se ocupa de hacerlo: cada uno, con su propio bolígrafo, escribe su nombre y un número (de décimos que quiere), pero nadie recoge la pasta, ni lleva una caja de lata en la que guarda los fondos, ni paga en la administración o devuelve los que han sobrado, o se encarga de ir a comprarlos a la administración más próxima, o al bar de Antonio que tocó el año pasado; a ése no vamos, que ya tocó entonces; ¿compramos por internet donde la bruja de Sort?; mi hijo tiene participaciones del equipo de fútbol, ¿queréis alguna?; en la estación de servicio también tienen, ¿alguien quiere?; y eso sigue sin apariencia de que nunca pueda cesar...


La lista se cae. Se ve el teléfono del Radio-Taxi (que llamen a Uber), una MasterClass de Zumba, el cartel de Empanadillas Leo, un folio amarillo en el que se lee: “Hemos hecho una porra. ¿Cuándo llega Dani Ahuir? (1 €)”. Lo más incomprensible es un post-it azul en el que dos puntos y una curva dotan de una aire siniestro al emoticono más empleado en los móviles de los pitufos.


Tanta ida de olla tiene un colofón final en un efecto Rube Goldberg que culmina con el encendido ritual de un árbol de Navidad compuesto por maniquíes apilados en la fábrica (que tal parece un almacén y no una factoría).


Justo en el momento (10:12 AM) en que alguien se percata de que han ganado el Gordo.


La fábrica ha ganado el Gordo. Porque estos sujetos que diseñan anuncios y que carecen de contacto con la vida real, que creen que pueden proyectar emociones en los muñecos de plástico de una factoría al borde de la quiebra, que pueden sustituir a personas por figurines, que figuran de atrezzo y que, en el mejor de los casos, ni siquiera se quejan por la calidad de la comida de plástico que sirven envuelta en filminas los de la empresa de catering que, siendo como es del hermano del dueño de la productora, se mete unos patinazos que no se puede contar; estos sujetos desnaturalizados, que emplean tres horas al día en desplazamientos desde su casa a su domicilio y vuelta, que viven en burbujas y que no se relacionan con sujetos que hagan cosas con las manos —más allá de hand-shakes o give-me-fives—, que no comprenden que las relaciones son estrechas, porque se tornan en vínculos que se fortalecen con la reciprocidad; estos seres que notan su creatividad porque intentan suplantar a las personas que retratan y, mientras intentan pensar por ellos, se muestran incapaces de pensar con ellos, justificando otra vez que la suplantación es un impedimento para la comprensión y que, llegados a este punto, hacen que el premio lo gane la Fábrica —objeto inerme, inanimado, carente de un antropomorfismo que pueda llegar a confundir al público, o a los creativos, indistinguibles ya en la mente enfermiza de un moderno creador de monstruos— y no las personas que trabajan en la fábrica. El remate inverosímil es que la noticia la facilita un periódico vespertino, aquellos que, según cuentan las leyendas, se vendían por las tardes y reunían las Informaciones que se habían producido en el día en curso; hace eones de la última vez que una persona dio crédito a esta leyenda, que Iker Jiménez piensa estudiar en breve.


Champagne. Preludio de fiesta. Brindaremos cantando con la marsellesa, que tanto nos costó aprender.


Jarana total. Jolgorio absoluto. “Sí, bueno; pero no se me apiñen tanto. Yo soy más de plástico”.

*****

No existe nada más feo
Que usar para este bis
Con ánimo maniqueo
Al tío del Manneken Pis

9 comentarios:

  1. Alberto, ya lo he leído y me ha gustado. Un típico argumento para un mundo muy típico. No nos extrañemos pues. Ya sé que sabemos hacer mejor las cosas.... pero no queremos....
    Un abrazo de tu amigo el cántabro.

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    1. Gracias por el comentario y las conversaciones CAO.

      Un abrazo.

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  2. Collons, vaya análisis. Es verdad, ya tocaba. Me gusta todo pero tu conclusión es fundamental para entenderlo todo. Abrazo.

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    1. Pues yo no entiendo nada, si te soy sincero; gracias JJJ.

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  3. intentar ser pixar para un anuncio de loteria no teniendo a sus guionistas pues es un fracaso

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    1. No estés tan seguro Bernardo; por lo que he podido escuchar, a la gente le gusta.

      Y seguro que se venderá un montón de lotería este año (otra vez).

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  4. Respuestas
    1. Copio de Youtube:
      Música, créditos: “Nuvole Bianche” compuesta por Ludovico Einaudi y arreglada por Joan Martorell.

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    2. No, si lo decía porque no suele ser inocente, la música elegida, sobre todo después del fiasco de hace un par de años y el exceso de protagonismo de ella, de la música, en los anuncios anteriores, aquel vals, creo recordar.


      Feliz Navidad para ti también.

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