Ben Harper se divorció de su primera esposa en
2001 y empezó a salir con Laura Dern,
hija de Diane Ladd y Bruce Dern.
Dio
vida a la atormentada mente de Lula
en “Corazón salvaje”, la película
dirigida en 1990 por David Lynch, donde
sigue a Sailor, Nicholas Cage, en sus andanzas, con Willem Dafoe y Harry Dean Stanton acechantes, mientras Chris Isaak asiste al despliegue de ese perverso juego.
Haber
nacido en Pomona, California no es garantía de sol suficiente; Ben y Laura rompieron lazos en 2013.
Hoy
es Black Friday. Las ofertan vuelan
y martillean. Todo es más barato. Todo tiene una oferta. Un tanto por ciento de
descuento. Una rebaja. Los comerciantes de las grandes empresas se han puesto
de acuerdo para ser benévolos y hacernos partícipes de su generosidad. Nos
quieren y nos tienen sumergidos en los grandes titulares de los precios.
Juegan, como ese juego modernete de adultos al que parece que hay que jugar, a
que encuentres el cofre del tesoro y, sin embargo, las monedas de oro se las debes
dar a ellos.
"Precios fluctuando"
Los
que estamos en el mundo sabemos que es una gran estafa, una gran mentira.
Sabemos que MaryMark sube los
precios para bajarlos ese día y posicionarlos un poco más altos de su lugar
habitual. Sabemos que existe un determinado tipo de engendro social al que le
da igual lo que compre, siempre y cuando pueda sentirse más hábil que sus
vecinos. “Me he comprado una trócola de
titanio con ziritione que estaba a 1.600€ por 12€” y lo dice entornando los
ojos y arqueando las cejas, que es como miran los gilipollas. Algún imbécil
cabalga entre mensajes de oferta para alimentar su ego o ver si sus genitales
crecen como el que va en un enorme 4x4. Ellas se quedan delante del ordenador
para ver si ese vestido está rebajado y van como zombies con tarjeta de crédito
buscando la sensación de sentirse poderosas.
Eso
es lo que alimenta el Black Friday porque ya sabemos que siempre hay una
falsedad, una mentira y una pequeña estafa. Queremos jugar a un juego en el que
las compañías engañan y nosotros nos creemos más listos y hoy es la celebración
mundial de ello.
No
voy a comprar nada. Mucho menos hoy. Quizá compre pan...
Como
no quiero que me vuelva a pasar lo del año
pasado, haré un trabajo rápido.
El
anuncio de la Lotería de Navidad, 2015, ya está aquí.
El
anuncio toma como protagonista a Justino, vigilante nocturno en una fábrica de
maniquíes.
A
pesar de su horario —en el que no comparte tiempo con sus compañeros en la
fábrica—, o de lo tedioso de su ocupación —hacer la ronda de vigilancia—,
Justino es capaz de encontrar motivos que le impulsen a levantarse todos los
días, a la misma hora —en un remedo del inicio del bucle de “El día de la marmota”
y su “¡buenos días excursionistas!”—;
a Justino le gusta lo que hace, le gusta con quién lo hace.
*****
Había
mimbres suficientes para fabricar un cesto estupendo: una persona aplicada, que
cumple con su obligación y que lo hace de forma animosa; alguien que contagia a
sus compañeros (a los que no ve) su ilusión y su entusiasmo.
Una
persona que va feliz a trabajar.
Nada
más y nada menos.
*****
Hasta
que, yendo en el autobús nocturno, poniendo su hombro para que su habitual compañero
de trayecto se quede dormido, ve el periódico en el que informan de que la
Fábrica en la que trabaja ha ganado el Gordo.
Sin
que nadie le haya informado o se haya puesto en contacto con él.
Han
pasado más de 12 horas desde el momento en que se dieron cuenta (10:12 AM)
hasta la hora en que llega a la fábrica: Justino siempre ficha a las 11:00 PM.
Ese
pequeño detalle hace que Justino, por
primera vez en lo que vemos de anuncio, llega a trabajar sin ganas; con un
mohín de disgusto en su rostro alicaído. La puñetera codicia ha transformado su
apariencia.
Luego
resulta que la historia no era así del todo. Nos habían hecho trampas y nos escamotearon
la posibilidad de descubrir que eran una piña. Todos. No sólo el rondador
nocturno, el que se monta películas con sus muñecos inanimados, a los que dota
de personalidad porque carece de personas reales con las que compartir experiencias
de verdad.
Los
demás, los integrados, los que trabajan en un horario normal y, pese a hacerlo
en una fábrica, parecen un conjunto de oficinistas ramplones; el resto son,
pese a sus desgraciadas vidas, seres humanos capaces de sentir compasión y
comparten una lista en la que se apuntan los que quieran décimos y, para el que
no quiera (Justino), le apuntan uno a cuenta de la casa, que ya veremos si
después toca.
Y
toca.
Y
son generosos.
Y,
ahora con dinero, hacen fiesta y brindan con champagne (“todos somos
franceses”).
Haremos
que te sientas uno más.
No
como antes, cuando tú nos felicitabas, pero nosotros no te dábamos nada a
cambio.
Da
igual.
La
pasta lo iguala todo.
Empezaremos
de cero. Con el bolso lleno de viruta.
*****
La
conclusión es la misma:
El juego es el impuesto
a la ignorancia.
La
sensiblería es el recargo.
*****
Son
unos miserables:
1 — Se cargan el espíritu
del Justino original, aquél que había protagonizado en 1994 la primera película
de La Cuadrilla (Santiago Aguilar y Luis Guridi), en un papel que recibiría un Premio Goya al actor
revelación (Saturnino García, Justino) y otro a la dirección novel. El
primigenio, un puntillero recién jubilado en la plaza de toros, afronta cómo
llenar su tiempo de ocio sin olvidar su afán justiciero, para convertirse en “Justino, un asesino de la tercera edad”.
Es cierto que su ocupación no se corresponde al ánimo navideño (menos aún, visto desde
la perspectiva de un pavo, con esa preocupación por la empatía holística que hemos desarrollado), pero es una canallada hacerle desaparecer, sin
dejar rastro. No vayan a youtube, que no hay imágenes. Sólo la canción de Víctor Abundanciasobre los títulos de crédito.
2 — En la entrega del año pasado creaban un mundo en el que no había niños. Ahora, dan un paso adelante. Se burlan de nosotros,
los paganinis. Nos lo dicen a la
cara: sois unos maniquíes, unas marionetas, unos títeres. Movemos los hilos que
dictan lo que debéis hacer. Callar y
comprar. No sólo es que Justino trabaje en una fábrica de maniquíes. Es que él, como todos los demás, son muñecos. Sin cuentos. Sin rodeos, Sin escrúpulos.
En
mi venganza mostraré algunas de las trampas que han empleado:
Justino
vive en un cuarto pequeño. Desde la entrada puede verse la cama. Sobre ella, un
anaquel con libros. Al lado de la puerta se apilan, amontonados, más libros que
Justino no usa. El que está abierto está en blanco. Justino es un farsante. No
lee. Si lo hiciera, no acumularía los libros de ese modo. Emplearía la
colocación en vertical y trataría de dejar los cantos a la vista (para
identificarlos). Si tienes dudas, podrás comprobarlo en más ocasiones. Aceptamos que en el mundo de la ficción narrativa de un anuncio publicitario, nadie utiliza el móvil. Es la misma regla por la que los protagonistas de una sitcom nunca ven la TV. Pero suponíamos que un vigilante nocturno podría leer. Falso.
Va
a trabajar. Alguien que viene de
trabajar emplea el mismo trayecto. Aprovecha para adormilarse en blando. Hasta
ahí, normal. ¿Pero qué hace Justino llevando su tartera de comida y ningún
libro?
Hecho
confirmado. Se ve que el autobús (que recorta gastos en la señalización de
paradas) le deja a la puerta del curro. Sólo lleva su tartera. Ni un libro.
Ficha
a las 11:00 PM.
Es
el único que está (columna izquierda: IN). Los demás se han ido (columna
derecha: OUT).
Más
trampas. El lugar de trabajo cuenta con unos estantes repletos de carpetas A-Z.
Ni un libro. Mientras, Justino se dispone a hacer la ronda y sintoniza su
radio. Al menos uno de los dos entretenimientos de un vigilante nocturno (libro
o radio) podrá ayudar a Justino a pasar el tiempo. No hay TVs (sólo los monitores de
vigilancia) y un PC del año que Ronaldo
(el gordo) jugaba en el Barça,
imposible para echarse una partidita de FIFA,
actualizar el estado de facebook, o
mirar el número de seguidoras en Ashley
Madison, en el que su nick ha
perdido una vocal con respecto a su nombre verdadero, en el nombre, y ha añadido un lacónico Breve para conformar su ficticio apellido.
Ya
se ve que la mano derecha empuña la linterna (al modo pre-CSI, sin flexión del
codo en 90º para que la luz esté a la altura de los ojos) y la izquierda se
posa relajada en su retaguardia, liberada del transporte del transistor. ¿Quién
dijo radio?
Resulta
mucho más interesante pasear por la nave (sin misterio) y dejar que tus ideas
fluyan. Ves la foto de una moza jovial, con gafas de protección, secundada por
cinco maromos y un sexto, al que por permanecer en la más reta de todas las guardias,
se le intuye dotes de mando. Todos gritan “cheese”,
al grito de “selfie”. El que no sabe
inglés —y lleva la torola despejada—, ha quedado con el gesto contrito
porque, bienintencionado, pero lerdo en idiomas, pensó que estaban mandándole
callar. Su mirada (izquierda, arriba) busca la neurozona donde se neuroubiquen los
neuroreceptores que neuroconsigan neuroevitar que le neurodé una neura.
¡Caramba!
Estamos en la Fábrica de Maniquíes. Un
mundo vivo y nuevo.
En
el que Justino hace amigos (manipulables) que consienten en salir en fotos
colectivas junto a él.
Ha
estrechado vínculos. Ya no sólo puebla las paredes de su espacio con selfies de amigotes. También les
considera su familia y, como anunció Francisco,
la familia que no come unida no puede considerarse una familia, sino una
pensión. Así que, Justino, con la mejor de las intenciones ofrece una de sus albóndigas
teletransportadas desde IKEA, a lo
que su amigo de plasti dice que “nasti”.
“He visto cinturones de Orión en Primark,
por un euro; se irán como lágrimas en la lluvia”. “Eso significa no, ¿verdad?”.
Harto
de sus amigos de látex, que carecen de prótesis u orificios útiles, Justino
busca inspiración como todos los vigilantes de seguridad hicieron antes, y
seguirán haciendo mientras tengan que prestar el juramento “Prosegur”: fisgar en los lugares de trabajo de los compañeros que
están ausentes. Se aprende a ver detalles. Una pelota dibujada el 6 de noviembre,
el anterior al Viernes 13. Una foto de una calle de París.
El
25: “Cumple Carmen”. Me mostraré ingenioso. Haré como Eduardo con sus tijeras. Y entra en un desfase similar a Johnny Depp.
Mientras,
los colegas del horario diurno (que no se sabe qué hacen, pero que no parecen
trabajar en una fábrica), se ponen a apuntar en una lista los que quieren un
décimo de la Lotería de Navidad. La empresa es tan molona que nadie se ocupa de
hacerlo: cada uno, con su propio bolígrafo, escribe su nombre y un número (de
décimos que quiere), pero nadie recoge la pasta, ni lleva una caja de lata en
la que guarda los fondos, ni paga en la administración o devuelve los que han
sobrado, o se encarga de ir a comprarlos a la administración más próxima, o al
bar de Antonio que tocó el año pasado; a ése no vamos, que ya tocó entonces;
¿compramos por internet donde la bruja de Sort?; mi hijo tiene participaciones
del equipo de fútbol, ¿queréis alguna?; en la estación de servicio también tienen, ¿alguien quiere?; y eso sigue sin apariencia de que nunca pueda cesar...
La
lista se cae. Se ve el teléfono del Radio-Taxi (que llamen a Uber), una MasterClass de Zumba, el
cartel de Empanadillas Leo, un folio amarillo en el que se lee: “Hemos hecho una porra. ¿Cuándo llega Dani
Ahuir? (1 €)”. Lo más incomprensible es un post-it azul en el que dos puntos y una curva dotan de una aire
siniestro al emoticono más empleado en los móviles de los pitufos.
Tanta
ida de olla tiene un colofón final en un efecto Rube Goldberg que culmina con el encendido ritual de un árbol de
Navidad compuesto por maniquíes apilados en la fábrica (que tal parece un
almacén y no una factoría).
Justo
en el momento (10:12 AM) en que alguien se percata de que han ganado el Gordo.
La
fábrica ha ganado el Gordo. Porque estos sujetos que diseñan anuncios y que
carecen de contacto con la vida real, que creen que pueden proyectar emociones
en los muñecos de plástico de una factoría al borde de la quiebra, que pueden
sustituir a personas por figurines, que figuran de atrezzo y que, en el mejor de los casos, ni siquiera se quejan por
la calidad de la comida de plástico que sirven envuelta en filminas los de la empresa
de catering que, siendo como es del
hermano del dueño de la productora, se mete unos patinazos que no se puede
contar; estos sujetos desnaturalizados, que emplean tres horas al día en
desplazamientos desde su casa a su domicilio y vuelta, que viven en burbujas y
que no se relacionan con sujetos que hagan cosas con las manos —más allá de hand-shakes o give-me-fives—, que no comprenden que las relaciones son estrechas,
porque se tornan en vínculos que se fortalecen con la reciprocidad; estos seres
que notan su creatividad porque intentan suplantar a las personas que retratan
y, mientras intentan pensar por ellos, se muestran incapaces de pensar con
ellos, justificando otra vez que la suplantación es un impedimento para la
comprensión y que, llegados a este punto, hacen que el premio lo gane la
Fábrica —objeto inerme, inanimado, carente de un antropomorfismo que pueda
llegar a confundir al público, o a los creativos, indistinguibles ya en la mente enfermiza de un moderno creador de monstruos— y no las personas que trabajan en la fábrica. El remate
inverosímil es que la noticia la facilita un periódico vespertino, aquellos que, según cuentan las leyendas, se vendían
por las tardes y reunían las Informaciones
que se habían producido en el día en curso; hace eones de la última vez que una
persona dio crédito a esta leyenda, que Iker
Jiménez piensa estudiar en breve.
Champagne. Preludio de fiesta. Brindaremos
cantando con la marsellesa, que tanto nos costó aprender.
Jarana
total. Jolgorio absoluto. “Sí, bueno;
pero no se me apiñen tanto. Yo soy más de plástico”.
El juego es un invento, ingenioso, lúdico (y, en ocasiones, didáctico). Divertido y diverso. No precisa de objetivos (más allá de su propio desarrollo; pese a todo, es posible que la fantasía pueda requerir de unas reglas que concilien la participación coral). Tampoco de objetos (los juguetes; esos artefactos, secundarios, que aumentan su cotización cuando son diseñados -y fabricados- por el propio usuario).
Todo lugar es propicio como escenario de un juego
Los que se nutren de la imaginación, acarrean dosis ilimitadas de ilusión.
Nos
cuesta renunciar a las tradiciones, al tiempo que adoptamos modas que vienen de
fuera.
Aceptamos
cualquier propuesta que implique juerga (por mucho que resulte desfasada).
Nuestra
imposible mezcla nos dota de un aire de modernidad, y nos resta (id)entidad.
*****
No
quiero ponerme pesado. Un repaso al timeline
(global) supondría una secuencia similar a ésta:
Halloween —
Thanksgiving Day — Black Friday — Christmas Day — New Year’s Eve
En
lo patrio, nos empeñamos en mantener ciertas particularidades, marcadas por
algunas liturgias propias: Puente de la Constitución (#EscapaDeTuCiudad),
Nochebuena (#EngañaATuCuñado), Navidad (#InvitaAUnPobr..jajajajajajaja), Nochevieja (#UvasSinAtragantos) y Reyes
(#AVecesSoyMonárquico).
Y,
espoleados por nuestra capacidad para denigrar el enriquecimiento rápido
(siendo ajeno), anhelamos secretamente ser afortunados, al menos un día muy
concreto.
*****
Como
las cosas no pintan bien, Loterías y Apuestas
del Estado se han volcado en promocionar su producto estrella.
Han
olvidado errores (y aciertos) del pasado para
echar la casa por la ventana.
Han
montado un chiringuito.
El
bar de alguien a quien convierten en estrella (dejando actuar a una lotera veterana,
Chelo, que tiene un cameo en la
ficción que ella debería protagonizar).
La imagen
muestra que hay letra pequeña. Es una captura de la imagen que aparece en la
página web www.elbardeantonio.es. Allí lo pone bien claro (blanco sobre negro.
Para entrar en el bar de
Antonio tienes que ser mayor de edad
SOY MAYOR DE EDAD
No es una mera
formalidad.
En el bar de
Antonio mercadean con alcohol y juego.
Ambos son
legales (y sumamente adictivos).
Pero
no tienen reparos para entrar en mi casa, sin avisos, sin pedir permiso.
Vía
TV.
De
forma invasiva.
Para
aprovecharse de mi necesidad.
De
mi debilidad.
De
mi ignorancia.
Usando
toda su astucia.
Atacando
mis emociones.
De
forma perfectamente orquestada.
No
me dieron opciones para defenderme.
Sólo
venían a recaudar.
Querían
hacer caja.
*****
No
han reparado en gastos. Han organizado una completa campaña mediática.
Como
todas las tramas modernas, que han sido deconstruidas, al final las piezas
encajan como en un puzzle. Todo cobra un cierto sentido.
*****
La
deconstrucción es un término popularizado por el cocinero Ferrán Adrià, consistente en aislar los diversos ingredientes de un
plato, por lo general muy conocido (la tortilla de patata es un ejemplo) y
reconstruirlo de manera inusual, siendo el aspecto y la textura diferentes,
pero manteniendo inalterado el sabor, que se aprecia en el momento de la ingesta.
La puesta en escena suele requerir una actuación singular, lo que enfatiza la
cualidad excepcional del momento.
El
término fue acuñado por el filósofo Jacques
Derrida. Está apoyado en el método empleado por Martin Heidegger en su análisis etimológico de la historia de la
filosofía. El pensador alemán trataba de mostrar cómo cualquier concepto ha
sido construido en un proceso histórico, acumulativo, metafórico. Ello conduce
a que, lo que aparenta resultar claro y evidente, dista mucho de serlo. Los
estratos han ido sujetándose unos sobre otros, estableciendo intrincadas
relaciones internas, que dificultan la percepción de las partes que conforman
un concepto concreto.
El
esbozo planteado por Heidegger en “Ser y
tiempo”, sería sistematizado por Derrida. La metodología amplía su radio de
acción: parte de la filosofía, se extiende a la literatura, el arte, la
gastronomía y, finalmente, se acomoda a la publicidad (o propaganda).
*****
Tanto
devaneo filosófico requiere un cambio de tempo.
El
gran descubrimiento de la campaña envolvente.
James Vincent McMorrow, puede que nos haya dejado helados.
En
todo caso, su voz atormentada trata de transmitir un mensaje.
Se
adjunta:
Someone hears a lie, somewhere underneath.
Caught between the reeling, mirroring the beat.
I no longer feel and the years asleep.
Show no sense of hope, staring honestly.
I wanna go south of the river.
Glacier slow in the heart of the winter.
I wanna go south of the river.
Facing alone in the heart of the winter.
And this we'll celebrate, this we'll celebrate.
There and on the stage, this is a mistake.
Damn me off too long, down the earth and moon.
Damn the clawing kneeling, rustling into change.
In a moment I was caught, calling by a storm.
In the moment of a hot.
I wanna go south of the river.
Glacier slow in the heart of the winter.
I wanna go south of the river.
Facing alone in the heart of the winter.
I’m not in a glove called how.
Few became, few became as glory as along
Against the forest state and starting living in the
new.
Harrow since, harrow since the farthest.
Reach underneath inside a cheat.
Something is alive, somewhere underneath.
Caught between the real and the fake.
I don’t want to fit, there and has been found.
Silence is so cold, and there's no sense at all.
And I was someone else, I was something good.
Barely in the old, there among the cold.
I wanna go south of the river.
Glacier slow in the heart of the winter.
I wanna go south of the river.
Facing alone in the heart of the winter.
*****
Alguien
escucha una mentira, en algún lugar debajo suyo Prisionero en una secuencia, reflejando
los golpes
No sentiré
más, los años pasan dormidos
No muestro
esperanza, caminando con honestidad
Quiero ir
al sur del río Un lento glaciar se apodera del corazón
del invierno Quiero ir al sur del río Afrontando en solitario el corazón del
invierno
Y eso es lo
que vamos a celebrar, eso es lo que celebraremos
Allí, en
el escenario, esto es un error
Maldito
demasiado tiempo, bajo la tierra y la luna
Condenado,
las rodillas desgarradas, crujiendo por un cambio
En un
momento fui atrapado, atraído por una tormenta
Un
instante cálido
Quiero ir
al sur del río Un lento glaciar se apodera del corazón
del invierno Quiero ir al sur del río Afrontando en solitario el corazón del
invierno
No llevo
un guante llamado cómo
Pocos
alcanzarán la Gloria para siempre
Atravesaré
un bosque y empezaré a vivir de nuevo
Atormentado
pues, atormentado hasta lo más lejos
Llegamos
buceando al interior del cariño
Algo está
vivo, en algún lugar en su interior Prisionero entre la mentira y la realidad
No quiero
encajar, allí me encontraré
El
silencio es muy frio y allí no existen sentimientos
Y yo fui alguien más, fui algo bueno
Apenas en
lo viejo, más allá del frío
Quiero ir
al sur del río Un lento glaciar se apodera del corazón
del invierno Quiero ir al sur del río Afrontando en solitario el corazón del
invierno
*****
Durante
un momento sentí que la elección de la canción correspondía a un acto
subversivo de alguien que, como Tyler Durden, trata
de mostrar una realidad que nos empeñamos en no ver. Quizá esos retazos [“Alguien escucha una mentira”, “los años pasan dormidos”, “no muestro
esperanza caminando con honestidad”, “un lento glaciar se apodera del corazón
del invierno”, “eso es lo que celebraremos”, “esto es un error”, “condenado”, “crujiendo
por un cambio”, “en un momento fui atrapado”, “pocos alcanzarán la Gloria”, “empezaré
a vivir de nuevo”, “atormentado hasta lo más lejos”, “en algún lugar en su
interior”, “prisionero entre la mentira y la realidad”, “no quiero encajar”, “allí
no existen sentimientos”]
podrían cobrar sentido en un mensaje oculto, críptico, que había que ser capaz
de descifrar.
Puede
que la deconstrucción conduzca a la destrucción.
*****
Fue
lo que hice.
Desmenuzar
cada una de las nueve piezas que constituían el puzzle.
Discovery
Channel está lleno de programas que muestran los engaños a que nos somete
el cerebro.
Parte
de los efectos que se explican son las ilusiones ópticas.
Eso
que sucede cuando crees que has visto algo, sin que haya sido del modo que te
había parecido. O cuando no has visto lo que ha pasado. Esos juegos tan
divertidos (si es otro el que sufre el engaño) y tan desagradable (al ocurrirte a ti, con consecuencias irreversibles).
En
ocasiones, pasa desapercibido. Debes fijarte mucho, con atención plena, para
caer en la cuenta. Pero ahora, en este mundo hiperconectado, acelerado e
instantáneo, lleno de estímulos que se suceden a velocidad vertiginosa, apenas
da tiempo.
Tampoco
hay carteles que avisen que algo va a suceder. Ni siquiera tratándose de la
publicidad. Está tan integrada en nuestras vidas, es tan natural, que no prestamos atención y, cuando lo hacemos, nos
olvidamos que no pretenden ayudarnos o informarnos. No son nuestros amigos.
Tratan
de vendernos algo.
Por
lo que tendremos que pagar.
Es
necesario mantenerse alerta.
Haciéndolo,
con mucha suerte, puedes descubrir el ardid, el montaje, la engañifa. En
ocasiones, no se trata de lo que ves. Es, quizá, lo que NO ves. Lo que echas en falta.
*****
En
el mundo en que yo vivo hay gente que fuma, gente con prisas, gente que
discute.
En
el mundo ficticio que han montado, en “La
Envolvente”, NO hay nadie a la puerta del bar, apiñada en torno a ceniceros
o taburetes en los que posan sus bebidas. En La Envolvente NO hay terrazas en los que, pese a la nieve, la
lluvia o el frío glaciar, se mantengan apoyados por sus cigarrillos. En La
Envolvente NO hay tablets o móviles (salvo los empleados como atrezzo por los figurantes en la trama).
NO hay gente con auriculares, ya sean de botón o circumaurales. NO hay gente
aislada, que va a lo suyo.
En
el bar de Antonio, el proscenio de todo el montaje, NO hay máquinas
tragaperras, la TV atronando, periódicos húmedos con restos de comida y
círculos de café.
En
el edificio donde vive Manuel, y en todo el barrio, NO hay locales vacíos,
desocupados, sin perspectivas de futuro. En el edificio donde vive Manuel NO
hay carteles anunciando que hay un piso en venta, en alquiler, lo suelto como
sea (por lo que sea). En el edificio donde vive Manuel NO hay ropa tendida, ni
tendederos.
En
el barrio NO hay jubilados, NO hay parados, NO hay aburridos. NO hay gente
triste, enfadada, ociosa. NO hay ancianos, paseadores de perro, gente haciendo
la compra. NO hay gente pidiendo. En el barrio NO hay personas que parezcan
vivas.
En
La Envolvente NO hay niños jugando con la nieve, lanzándose bolas en plenas
vacaciones de Navidad. NO hay niños saltando para salir en la TV, tratando de
llamar la atención mientras saludan a cámara. NO hay niños (a excepción de un
bebé que su madre expone a la nieve para enseñárselo a una vecina). NO hay
niños en las casas, ni en el bar de Antonio, ni en fotos en las paredes, ni
haciendo carreras en el aeropuerto.
En
La Envolvente NO HAY NIÑOS.
NO
hace falta decir más de un mundo que elimina a los niños.
*****
Es
un montaje. Una farsa. Una ficción. Una triquiñuela. Un ardid. Un engaño. Una
trampa.
Para
ello se apoyan en nuestros anhelos y deseos, en nuestra confianza, en el afán
que tenemos de entender que el mundo es justo y que hay mucha gente buena y
honesta.
Claro
que sí.
El
mundo está lleno de gente buena, honesta y trabajadora.
Pero
no salen en la TV. Porque no venden.
SÓLO COMPRAN.
*****
El
año 1995 tuve que hacer viajes de trabajo por toda España. Visité sucursales y
delegaciones de mi empresa. Íbamos a comer. Desde junio, nos ofrecían lotería
de Navidad. Y decidíamos comprar: un décimo para cada uno. Yo volvía a Madrid y
a quien iba a visitar se quedaba en su sitio. No podíamos partirlo.
Antes
del sorteo hice cuentas. Había comprado 20 décimos. En 1995 el décimo costaba 3.000
pesetas. 60.000 napos del ala. Un buen pellizco. Hace 19 años.
El
año siguiente no jugué y, cuando me preguntaban, decía gallardo, “este año gané 60.000”. La comidilla de
toda la empresa. Nunca quise explicar mi sistema. Sería considerado un
revolucionario.
Este
año me tocarán 360 €. No debo descontar lo jugado. Ni pagar a Hacienda.
Un
pastizal.
*****
Actualizando
el dicho:
“El que
parte y comparte, siempre se lleva la mejor parte”.
*****
El juego es el impuesto a la ignorancia.
La sensiblería es el recargo.
*****
El
juego es una verdadera lacra social.
La
Lotería, como impuesto que es, no supone mayor contribución social que el IVA.
Aunque
haya un montón de proyectos (culturales, deportivos, musicales, literarios,
gastronómicos, festivos o de cualquier índole) que se financien con las
papeletas que nos vemos obligados a comprar (por simpatía hacia el proyecto o
la persona que nos lo ofrece).
Esas
personas con las que nos sentimos diariamente vinculadas, que forman parte del
pedacito de mundo en que nos ha tocado vivir.
Nombres
propios a los que somos capaces de poner rostro. Esos héroes anónimos,
ejemplares, que pueblan nuestro entorno.
Los
que están satisfechos de hacer su trabajo.
Los
que se esfuerzan en poner una sonrisa cuando te los encuentras por la calle.
Los
que tienen a mano una reacción humana, personal, intransferible.
Los
que son más que esos estereotipos a los que algunos quieren reducirnos.
Los
que quieren seguir confiando.
Los
que están llenos de esperanzas, de deseos y sueños.
Los
que contribuyen todos los días.
Los que
son como tú.
*****
La
gente sin rostro, global, deja rastro cuando se arrastra.
Puedes
identificarla en cualquier lugar.
Son
todos idénticos, porque se comportan del mismo modo.
Quieren
envolvernos en un manto que nos nubla y que nos enturbia la visión.
Lo
hacen con un propósito bien definido.
Quieren
que perdamos el sentido, la noción de lo que sucede, la percepción de que se
trata de una ilusión.
Les
interesa que pensemos que estamos a un paso de cambiar nuestras vidas.
Como
si todo fuera una cuestión de suerte.
*****
¿Qué
tal desplegar lo mejor de uno, en un esfuerzo continuado?
Volver
la vista atrás y pensar: “¿cuál fue el
mejor día de mi vida?”.
“Me tocó la lotería”.
“Me casé”.
“Hoy”.
Poder
empezar de nuevo, cada día, aceptando que no se trata de un día cualquiera.
Admitir
que ni siquiera la salud es lo más importante, sino el convencimiento de que el
trabajo continuado, el esfuerzo, será el que te haga construir un edificio
sólido.
La
película de Woody Allen, de 2000, “Small time crooks” (“Granujas de medio pelo”), cuenta con
una fantástica Tracey Ullman,
especialista en hacer pastas, que se deja embaucar por Hugh Grant. En la escena final Ray y Frenchy se reconcilian. Descubren que lo que buscaban no era el
dinero, —que habían logrado trabajando honradamente en la tienda, no en el sótano—, sino
lo que podían hacer cuando lo tuvieran.
*****
El
envoltorio es tan bonito, está tan bien presentado, que deja de tener sentido
lo que encierra en su interior.
Compramos
regalos, sin sentido ni medida ninguna.
Despersonalizados.
Pedimos
que nos los envuelvan para regalo.
Para
ganar tiempo, en los establecimientos usan unos envoltorios que se cierran con
una tira autoadhesiva. Rematan el efecto con pegatinas brillantes y adornos de
colorines. Tardan menos en hacerlo que en pasar la tarjeta de crédito con la
que vamos a pagar.
O en preparar el ticket regalo, “por si no le gusta y quiere cambiarlo”.
Tanto
engaño, tanto fuego de artificio, tanta apariencia, conseguirá un efecto:
“Llenar
la península ibérica de portugueses e ilusos”
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PD: ¿Cómo no va
a tener importancia la ilusión?
Pero la ilusión
no es una trampa en la que vayas a quedar atrapado.