Vamos
a ver si me explico.
Jorge
(Georgius en latín, Γεώργιος en griego, ܓܝܘܪܓܝܣ en siríaco clásico), nació
en Capadocia (parte de Anatolia, en la actual Turquía), hijo de Policromía,
entre 275 y 281 (un parto tan duradero, seis años, justifica que su madre lo
viera de todos los colores; no quiero imaginar su depresión post-partum).
Tras la muerte de su padre (Geroncio,
oficial del ejército romano) su madre quiso trasladarse a su ciudad natal
(Lydda, en Siria Palestina, el nombre que Adriano dio a la provincia romana de
Judea; hoy es la actual Lod, en Israel, muy cerca de Tel Aviv) para educar a
Jorge en la fe cristiana. Una vez alcanzada la mayoría de edad, Jorge se enroló
en el ejército (romano) y, dadas su valentía y carisma, no tardó en ascender. Joven
(tribuno y patricio al tiempo) fue reclamado para la guardia personal del
emperador Diocleciano.
En esas estamos cuando el emperador
dicta un Real Decreto (E-dicto, se le llamaba entonces), en el año 303
(capicúa) para que se persiguiera a los cristianos por todo el Imperio. Jorge,
al que se ordenó participar en la persecución, confesó sus creencias y,
Diocleciano (que, como todos los tiranos llevaba bastante mal que le
desobedecieran) mandó torturarle, dando lugar a un diálogo que, más o menos, discurrió
así:
Me sospecho que no todos domináis el latín clásico, así que traduciré:- Georgius, Quo Vadis?
- In dubio pro reo.
- Jorge, ¿qué haces?
- Concédeme el don de la duda.
- ¿Cómo osas responderme?
- ...-
- Y ahora, ¿por qué callas?
- Para no turbarle más, Excelencia.
- No lo estás consiguiendo, voto a bríos.
- No es a posta, Reverendísimo. Fue un parto muy largo.
- ¡Eso! ¡Apostata!
- No. Vade retro.
- ¡¡Apostata!!
- No. Alea jacta est.
- ¡¡¡Apostata!!!
- Puedes apostar que no lo haré.
Excusamos
a Jorge que, en momentos de tanta tensión, recurra a latinajos, pero la respuesta
de Diocleciano fue la previsible: ordenó su ejecución (no se andaban con
chiquitas de aquellas).
El
resultado fue trágico: frente a las murallas de Nicomedia (el nombre aventuraba
un final así), el 23 de abril de 303 (ayer se cumplieron [2026 menos 303 son
mil setecientos, ochocientos, ...] un montón de años de tan fatídica fecha), le
colgaron de los pies, lo izaron y, de un cimitarrazo (homenaje a su origen
turco), le decapitaron y le tuvieron un par de días soltando sangre, de la que,
poco después, brotó un rosal.
Tal
acto fue considerado digno de veneración y en 494 (capicúa), 191 años después
de su muerte, el papa Gelasio (todavía no era primero, pese a ser el primero, o
precisamente por serlo), digo, Gelasio I (así evito dudas) consideró válida su
inclusión en el catálogo de santos, por lo que se le empezó a conocer como San
Jorge, mártir.
Se
erigió una iglesia en el lugar de su tortura y muerte, que fue destruida,
reconstruida, vuelta a derribar y que, hoy, sigue en pie (esperemos que los acontecimientos
en Israel se resuelvan pronto).
La
veneración a San Jorge se extendió desde Palestina hacia el resto del Imperio
romano de Oriente. Y con las idas (y venidas)
de los Cruzados, su veneración llegó también a Occidente. La Cruz de San Jorge
es la bandera de Inglaterra, está en la Union Jack, en la de Georgia, en el
escudo de Aragón, en la bandera de Barcelona y en una lista interminable de
motivos que le recuerdan, urbe et orbi.
*****
En la Edad Media se desarrolló un mito que le vinculaba con un dragón, de origen difuso y manifestaciones muy extendidas y con ligeras variantes.
En
lo básico, el dragón (que podría haberse gestado gracias a la sangre derramada
por Jorge en su martirio), aparecía de improvisto y anidaba (¿un rasgo
femenino?) en la fuente que proveía de agua una población. Dado que no tenía
las dudas del asno de Buridán (y el suministro de agua estaba asegurado al
tiempo que lo contingentaba a los aborígenes), reclamaba que se le facilitara
alimento: empezó siendo un cordero al día, pero su apetito no se saciaba (y
desarrollaba tolerancia; era claramente un tragón),
por lo que su ración no dejaba de aumentar. Pasó a dos corderos, luego a
cuatro, luego incluyó gallinas, cerdos, caballos, terneros; no le hacía ascos a
nada. Cuando reclamó una doncella (además de todo lo que ya ingería), se le
preguntó si debía ser guapa o fea y, el dragón alzó una ceja lo que,
desconociendo el idioma en que pudieran comunicarse, podemos asumir que
significaba “¿tomáisme el pelo?”, o
su variante local.
En fin, que el ser quería princesa y princesa habría que darle.
¿O
no?
No
he conseguido averiguar si se le imploró o si apareció motu proprio, pero San Jorge se personó, montando un alazán blanco,
con la cabeza repuesta en su sitio (aunque ver aparecer a Sleepy Hollow hubiera
sido mucho más intimidatorio, estoy seguro) y, lidiando con la bestia, le
retaría a una batalla de
ingenio, en la que debería ingerir uno de los dos vasos en los que San
Jorge había agregado una sustancia. El dragón fue más expedito que Vizzini
(cómo no), pero el resultado fue, quizá, más fulminante, pues el brebaje era
una mezcla de chiles extra picantes (Carolina Reaper) y alacranes de Durango, lo
que, para alguien con sobrepeso y compulsión alimentaria, desconocedor de que
la comida mexicna, pica y repica, le
hizo soltarse un cuesco tan atronador como sorpresivo (por el sentido de su
expulsión) que hizo que el bosque donde yacía ardiera y el dragón muriera
calcinado, como Juana de Arco, en una versión prospectiva de los efectos de
Cotton Mather en Salem, Massachusetts (no Portland), bastantes años más tarde.
Es
posible que sea puesta en duda el final del dragón, tal y como lo acabo de
relatar, pero a la vista de que, uno, se trataba de un dragón, dos, aparecía un
muerto fallecido al menos doscientos años antes, tres, con la cabeza
reimplantada, cuatro, montando un caballo blanco muy parecido al de Santiago Matamoros, cinco, sin constancia de que
ambos jinetes coincidieran al mismo tiempo en el mismo lugar, seis, ¿no podría
ser una muestra de que el milagroso era el equino, casi como Secretariat?
No
quiero ser émulo de Calígula, El Cid, Bonaparte o Jesús Gil (rindiendo excesiva
pleitesía a un cuadrúpedo), pero me gustaría argüir que puedo presentar pruebas
documentales del padecimiento del ser volador (y flatu-lento).
La gesta de San Jorge, como yo la he descrito (o en variantes alternativas), tuvo mucha aceptación en la literatura de caballerías, porque, además, protegió a los Cruzados en la conquista de Jerusalén. Se convirtió en patrón de órdenes militares (templarios, entre otros).
Su
intervención ayudó en la batalla de Alcoraz y la conquista de Huesca en 1096,
lo que motiva que ayer los aragoneses tuvieran fiesta.
Y,
también, se extiende a Cataluña, que, siendo (entonces) parte del Reino de
Aragón, arrastra costumbres, pese a que crea muchas (la creatividad de los
catalanes es admirable).
Y
así, celebran Sant Jordi, cuando era costumbre que los enamorados se
intercambiaran regalos. Ellas recibían rosas rojas (¿recuerdo del destino fatal
de la muerte del santo?); ellos, libros. Tal costumbre es anacrónica y ahora
todos se intercambian libros y rosas, con independencia de su sexo.
En
todo caso, puesto que es seguro que Jorge no habría sabido leer, la Fiesta
Internacional del Libro, así declarada por la UNESCO, conmemora la coincidencia
del fallecimiento del Bardo de Avon y el Príncipe de los Ingenios y, es también
la fecha en que se entrega el Premio Cervantes que, este años, recayó en el
mexicano Gonzalo Celorio.
Su
discurso de aceptación es verdaderamente interesante. Lo enlazo aquí, justo
en el punto en que empieza a hablar, para que podáis ahorraros a Uve Palito, a
Urdasun y a Gálvez.
Defiende
la risa, la sonrisa y la carcajada en la obra de Cervantes, cita a Cortázar meritando
el humor, a Vargas Llosa cuando afirma que “la
libertad no es otra cosa que la soberanía del individuo frente a la autoridad”,
sostiene que “la novela cervantina rompe
con todas las ataduras que pudieran aprisionar el género” y, dice de sus
novelas que, “liberado de las exigencias
de la veracidad histórica, le di cabida a la imaginación literaria; modifiqué
nombres, fechas, parentescos; suprimí de un plumazo personajes anodinos para la
literatura, por más que hubieran sido relevantes para la vida familiar; de
igual manera que engendré otros que se desplazaron por mis páginas con la misma
naturalidad que si hubieran transitado por la historia. La escritura se pobló
de hipérboles, falacias, invenciones, lo que, paradójicamente me permitió hacer
calas más profundas en aquella historia original”.
No
quiero yo compararme con el autor del Quijote, ni con Celorio (de quien me
compré ayer su “Mentideros de la memoria”);
pero reivindico mi fabulación anterior, sabedor de que todo fue escrito para
divertirme (¡y bien que lo he hecho!), interrumpiendo en ocasiones mi tarea con
el acceso sobrevenido de muchas sonrisas, bastantes risas y alguna que otra
carcajada, pero conocedor que aunque el aliento del dragón puede ser
pestilente, como al que hizo frente San Jorge, o tierno o estimulante (según a
quien le preguntes), como el que evocan Peter Yarrow, Paul Stookey & Mary
Travers, trío conocido por sus nombres propios, P, P and M.
Un
final pausado, a estas horas de la madrugada en que termino mi tarea,
Moving (1963)
que
quizá tenga sentido desentrañar
sus claves alucinógenas ocultas, como Ben Stiller hace con Robert De Niro
antes de convertirse en su yerno, su pretensión.
*****



Sublime, divertido y muy Secades, que es lo que debe ser se hable de lo que se hable. Sello personal. Vaya, vaya con el Jordi.
ResponderEliminarNo lo hacía yo , tan lejano,
ResponderEliminaren realidad me estoy enterando
ahora de la historia, aunque lo
había tenido siempre, por un
cruzado, que tal Gemita?,
saludo Alberto.