viernes, 24 de abril de 2026

Jorge (y el Tragón)

Vamos a ver si me explico.

Jorge (Georgius en latín, Γεώργιος en griego, ܓܝܘܪܓܝܣ en siríaco clásico), nació en Capadocia (parte de Anatolia, en la actual Turquía), hijo de Policromía, entre 275 y 281 (un parto tan duradero, seis años, justifica que su madre lo viera de todos los colores; no quiero imaginar su depresión post-partum).

Tras la muerte de su padre (Geroncio, oficial del ejército romano) su madre quiso trasladarse a su ciudad natal (Lydda, en Siria Palestina, el nombre que Adriano dio a la provincia romana de Judea; hoy es la actual Lod, en Israel, muy cerca de Tel Aviv) para educar a Jorge en la fe cristiana. Una vez alcanzada la mayoría de edad, Jorge se enroló en el ejército (romano) y, dadas su valentía y carisma, no tardó en ascender. Joven (tribuno y patricio al tiempo) fue reclamado para la guardia personal del emperador Diocleciano.

En esas estamos cuando el emperador dicta un Real Decreto (E-dicto, se le llamaba entonces), en el año 303 (capicúa) para que se persiguiera a los cristianos por todo el Imperio. Jorge, al que se ordenó participar en la persecución, confesó sus creencias y, Diocleciano (que, como todos los tiranos llevaba bastante mal que le desobedecieran) mandó torturarle, dando lugar a un diálogo que, más o menos, discurrió así:

-        Georgius, Quo Vadis?

-        In dubio pro reo.

Me sospecho que no todos domináis el latín clásico, así que traduciré:

-        Jorge, ¿qué haces?

-        Concédeme el don de la duda.

-        ¿Cómo osas responderme?

-        ...-

-        Y ahora, ¿por qué callas?

-        Para no turbarle más, Excelencia.

-        No lo estás consiguiendo, voto a bríos.

-        No es a posta, Reverendísimo. Fue un parto muy largo.

-        ¡Eso! ¡Apostata!

-        No. Vade retro.

-        ¡¡Apostata!!

-        No. Alea jacta est.

-        ¡¡¡Apostata!!!

-        Puedes apostar que no lo haré.

Excusamos a Jorge que, en momentos de tanta tensión, recurra a latinajos, pero la respuesta de Diocleciano fue la previsible: ordenó su ejecución (no se andaban con chiquitas de aquellas).

El resultado fue trágico: frente a las murallas de Nicomedia (el nombre aventuraba un final así), el 23 de abril de 303 (ayer se cumplieron [2026 menos 303 son mil setecientos, ochocientos, ...] un montón de años de tan fatídica fecha), le colgaron de los pies, lo izaron y, de un cimitarrazo (homenaje a su origen turco), le decapitaron y le tuvieron un par de días soltando sangre, de la que, poco después, brotó un rosal.

Tal acto fue considerado digno de veneración y en 494 (capicúa), 191 años después de su muerte, el papa Gelasio (todavía no era primero, pese a ser el primero, o precisamente por serlo), digo, Gelasio I (así evito dudas) consideró válida su inclusión en el catálogo de santos, por lo que se le empezó a conocer como San Jorge, mártir.

Se erigió una iglesia en el lugar de su tortura y muerte, que fue destruida, reconstruida, vuelta a derribar y que, hoy, sigue en pie (esperemos que los acontecimientos en Israel se resuelvan pronto).

La veneración a San Jorge se extendió desde Palestina hacia el resto del Imperio romano de Oriente. Y con las idas (y venidas) de los Cruzados, su veneración llegó también a Occidente. La Cruz de San Jorge es la bandera de Inglaterra, está en la Union Jack, en la de Georgia, en el escudo de Aragón, en la bandera de Barcelona y en una lista interminable de motivos que le recuerdan, urbe et orbi.

*****

En la Edad Media se desarrolló un mito que le vinculaba con un dragón, de origen difuso y manifestaciones muy extendidas y con ligeras variantes.

En lo básico, el dragón (que podría haberse gestado gracias a la sangre derramada por Jorge en su martirio), aparecía de improvisto y anidaba (¿un rasgo femenino?) en la fuente que proveía de agua una población. Dado que no tenía las dudas del asno de Buridán (y el suministro de agua estaba asegurado al tiempo que lo contingentaba a los aborígenes), reclamaba que se le facilitara alimento: empezó siendo un cordero al día, pero su apetito no se saciaba (y desarrollaba tolerancia; era claramente un tragón), por lo que su ración no dejaba de aumentar. Pasó a dos corderos, luego a cuatro, luego incluyó gallinas, cerdos, caballos, terneros; no le hacía ascos a nada. Cuando reclamó una doncella (además de todo lo que ya ingería), se le preguntó si debía ser guapa o fea y, el dragón alzó una ceja lo que, desconociendo el idioma en que pudieran comunicarse, podemos asumir que significaba “¿tomáisme el pelo?”, o su variante local.

En fin, que el ser quería princesa y princesa habría que darle.

¿O no?

No he conseguido averiguar si se le imploró o si apareció motu proprio, pero San Jorge se personó, montando un alazán blanco, con la cabeza repuesta en su sitio (aunque ver aparecer a Sleepy Hollow hubiera sido mucho más intimidatorio, estoy seguro) y, lidiando con la bestia, le retaría a una batalla de ingenio, en la que debería ingerir uno de los dos vasos en los que San Jorge había agregado una sustancia. El dragón fue más expedito que Vizzini (cómo no), pero el resultado fue, quizá, más fulminante, pues el brebaje era una mezcla de chiles extra picantes (Carolina Reaper) y alacranes de Durango, lo que, para alguien con sobrepeso y compulsión alimentaria, desconocedor de que la comida mexicna, pica y repica, le hizo soltarse un cuesco tan atronador como sorpresivo (por el sentido de su expulsión) que hizo que el bosque donde yacía ardiera y el dragón muriera calcinado, como Juana de Arco, en una versión prospectiva de los efectos de Cotton Mather en Salem, Massachusetts (no Portland), bastantes años más tarde.

Es posible que sea puesta en duda el final del dragón, tal y como lo acabo de relatar, pero a la vista de que, uno, se trataba de un dragón, dos, aparecía un muerto fallecido al menos doscientos años antes, tres, con la cabeza reimplantada, cuatro, montando un caballo blanco muy parecido al de Santiago Matamoros, cinco, sin constancia de que ambos jinetes coincidieran al mismo tiempo en el mismo lugar, seis, ¿no podría ser una muestra de que el milagroso era el equino, casi como Secretariat?

No quiero ser émulo de Calígula, El Cid, Bonaparte o Jesús Gil (rindiendo excesiva pleitesía a un cuadrúpedo), pero me gustaría argüir que puedo presentar pruebas documentales del padecimiento del ser volador (y flatu-lento).

La gesta de San Jorge, como yo la he descrito (o en variantes alternativas), tuvo mucha aceptación en la literatura de caballerías, porque, además, protegió a los Cruzados en la conquista de Jerusalén. Se convirtió en patrón de órdenes militares (templarios, entre otros).

Su intervención ayudó en la batalla de Alcoraz y la conquista de Huesca en 1096, lo que motiva que ayer los aragoneses tuvieran fiesta.

Y, también, se extiende a Cataluña, que, siendo (entonces) parte del Reino de Aragón, arrastra costumbres, pese a que crea muchas (la creatividad de los catalanes es admirable).

Y así, celebran Sant Jordi, cuando era costumbre que los enamorados se intercambiaran regalos. Ellas recibían rosas rojas (¿recuerdo del destino fatal de la muerte del santo?); ellos, libros. Tal costumbre es anacrónica y ahora todos se intercambian libros y rosas, con independencia de su sexo.

En todo caso, puesto que es seguro que Jorge no habría sabido leer, la Fiesta Internacional del Libro, así declarada por la UNESCO, conmemora la coincidencia del fallecimiento del Bardo de Avon y el Príncipe de los Ingenios y, es también la fecha en que se entrega el Premio Cervantes que, este años, recayó en el mexicano Gonzalo Celorio.

Su discurso de aceptación es verdaderamente interesante. Lo enlazo aquí, justo en el punto en que empieza a hablar, para que podáis ahorraros a Uve Palito, a Urdasun y a Gálvez.

Defiende la risa, la sonrisa y la carcajada en la obra de Cervantes, cita a Cortázar meritando el humor, a Vargas Llosa cuando afirma que “la libertad no es otra cosa que la soberanía del individuo frente a la autoridad”, sostiene que “la novela cervantina rompe con todas las ataduras que pudieran aprisionar el género” y, dice de sus novelas que, “liberado de las exigencias de la veracidad histórica, le di cabida a la imaginación literaria; modifiqué nombres, fechas, parentescos; suprimí de un plumazo personajes anodinos para la literatura, por más que hubieran sido relevantes para la vida familiar; de igual manera que engendré otros que se desplazaron por mis páginas con la misma naturalidad que si hubieran transitado por la historia. La escritura se pobló de hipérboles, falacias, invenciones, lo que, paradójicamente me permitió hacer calas más profundas en aquella historia original”.

No quiero yo compararme con el autor del Quijote, ni con Celorio (de quien me compré ayer su “Mentideros de la memoria”); pero reivindico mi fabulación anterior, sabedor de que todo fue escrito para divertirme (¡y bien que lo he hecho!), interrumpiendo en ocasiones mi tarea con el acceso sobrevenido de muchas sonrisas, bastantes risas y alguna que otra carcajada, pero conocedor que aunque el aliento del dragón puede ser pestilente, como al que hizo frente San Jorge, o tierno o estimulante (según a quien le preguntes), como el que evocan Peter Yarrow, Paul Stookey & Mary Travers, trío conocido por sus nombres propios, P, P and M.

Un final pausado, a estas horas de la madrugada en que termino mi tarea,


Peter, Paul and MaryPuff, the Magic Dragon

Moving (1963)





que quizá tenga sentido desentrañar sus claves alucinógenas ocultas, como Ben Stiller hace con Robert De Niro antes de convertirse en su yerno, su pretensión.

 *****

2 comentarios:

  1. Sublime, divertido y muy Secades, que es lo que debe ser se hable de lo que se hable. Sello personal. Vaya, vaya con el Jordi.

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  2. No lo hacía yo , tan lejano,
    en realidad me estoy enterando
    ahora de la historia, aunque lo
    había tenido siempre, por un
    cruzado, que tal Gemita?,
    saludo Alberto.

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