Mostrando entradas con la etiqueta Atención al cliente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Atención al cliente. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de junio de 2019

Yo compro en comercio local [Manifiesto]


Actualización (28/06/2019)
Escribí este artículo el 25 de abril de 2012, hace más de siete años.
Lo recupero porque (creo que) su espíritu sigue vigente.

*****

En el artículo hablo de 20 comercios. De ellos, hoy siguen funcionando 16. 2 han cambiado de dueño (y orientación). 2 han cerrado. Dudo que la muestra se ajuste a la realidad, porque veo cada vez más locales vacíos. El porcentaje probablemente esté segado por la elección de la muestra, que distaba mucho de ser aleatoria. Quizá la especialización haya sido la garante de su supervivencia.

El panorama ha cambiado: el número de reglamentos, legislaciones, trámites, impuestos no deja de crecer, en volumen y complejidad.

Uno tiene la sensación de que la Administración aplica criterios universales, con independencia de que, determinados requisitos, tienen sentido aplicados a las grandes empresas, pero carecen de él cuando estrangulan la iniciativa de los pequeños.


A continuación el artículo original íntegro:

Admito que el título que encabeza el artículo suena a una “declaración de intenciones”. Mi propósito es aún más profundo; pretendo que, en su desarrollo, se convierta en un “manifiesto”. Yo compro en comercio local.

"Mercado" Foto: jose_gonzalvo


A pesar de que hablaré de los comercios que frecuento por residir en Oviedo, mi pretensión no es hacer publicidad de ninguno de ellos —aunque me honraría que algún amigo se sintiera orgulloso de reconocerse—. Espero no pecar tampoco de un provincianismo excluyente que impidiera que el relato fuera reconocible más allá del entorno que lo propició, pero, tengo para mí, que determinadas características humanas son extrapolables, transportables, generalizables. He sido capaz de identificarme con las motivaciones personales de asesinos sistemáticos, políticos corruptos, hombres de la prehistoria, escarabajos, psicóticos, oficinistas, y tantos otros...

He viajado en el tiempo y he podido sentir como míos, ideas pensamientos y creencias de la época victoriana, del Renacimiento, de la Guerra Civil —o de cualquier otra guerra sobre la que haya leído—, o incluso del año 2.050. El tiempo no supone una frontera que mi imaginación no pueda franquear —hago homenaje, con dos días de retraso, a lectores y escritores, protagonistas principales, mayores en su importancia, que determinados objetos (de) culto—.


Así que, mirando hacia mi interior —a là Montaigne—, podré encontrar claves en mi comportamiento que otros más puedan identificar y comprender, aunque no necesariamente tengan que compartirlas.


Dos claves resultan significativas en mi formación como persona —integrada en una comunidad— y las expongo, sin rubor, orgulloso de sus implicaciones de alcance:

1 – Soy boy-scout. Cuando digo “soy”, no quiero decir que “lo fui”; quiero decir que “lo sigo siendo”. Cumplir la promesa era como ingresar en los marines: se adquiría una condición —así me lo transmitieron— perpetua, que no se perdía, que te acompañaba para siempre.

Entre las múltiples enseñanzas que conllevaba la integración en ese colectivo, la más decisiva —ahora— era la búsqueda permanente, cotidiana, de dejar el mundo un poco mejor de cómo lo habías encontrado, lo que se objetivaba en “la buena acción diaria” —una receta simple de recordar— y en la implicación, más relevante y revolucionaria, de la importancia de la huella transformadora que cada uno dejamos.

2 – Las meriendas con “Barrio Sésamo”, un programa contenedor que aunaba episodios extraídos de “Sesame street” (spin-off de “The Muppets”) —en los que destacaban Epi y Blas, Coco, Triki, el Conde Draco o Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo, cuando está trabajando— con la ambientación de la vida en un barrio, de producción local, que explicaba las peripecias cotidianas de dos niños: Ruth (acreditada como Abellán, de mayor se convertiría en Ruth Gabriel) y Roberto, hijos de Matilde y Antonio, dueños de la horchatería. En el barrio también echaba tiempo Julián, el quiosquero (cuando todavía no se escribían con “k”), de carácter cascarrabias, y, junto a otros personajes interpretados por personas reales —incluyendo a Cristina Higueras, la amiga hippie, deudora de Julia, la pintora cómplice de Chanquete—, conformaban el coro que daba soporte al verdadero trío protagonista de las aventuras: Don Pimpón, Espinete (el erizo) y Chema (el panadero).

Sucintamente perfilaré sus personalidades: Don Pimpón era un adelanto de Matt, el viajero (tanto del original, como del franquiciado), uno de los primeros en aprovechar al máximo las iniciativas del Inserso (justo tras crearse) para que los mayores —entonces se les denominaba jubilados— recorrieran mundo. Don Pimpón, sin necesitar psicotrópicos, estaba permanentemente de viaje, a pesar que, fatalmente para el resto de vecinos, volvía y no paraba de dar la chapa sobre sus aventuras con su compinche, el Maharajá de Kapurthala. Era una recreación espídica y (entonces) futurista del abuelo Cebolleta.

Espinete era un erizo —de identidad sexual no definida claramente— que, viviendo desnudo, se ponía pijama, zapatillas y gorro para irse a dormir. Tenía un punto de rebeldía comedida que lo convertía en simpático para padres e ídolo potencial de la chiquillería.

Chema era la piedra angular del invento: nunca se le veía trabajar (a pesar de que siempre llevaba el delantal puesto y, sorprendentemente, impecable en su blancura, como la camiseta de manga ultra-corta que en ocasiones vestía). Bailaba con estilo, cantaba a la menor oportunidad, lucía un flequillo rubio arrebatador y, visto hoy, contemplando el subidón permanente de sus juergas de barrio, hace sospechar que la harina no era el único ingrediente blanco de su (nunca visto) pan. Descubrir que Chelo Vivares —la actriz que sudaba para meterse, literalmente, en la piel del erizo—, era su pareja tras las cámaras, no hace más que aumentar las sospechas de que su negocio era una tapadera.


Estos son dos de los ingredientes básicos que conformaron mi infancia: la importancia de las relaciones de proximidad, de tu entorno, de tu barrio. La gente que ves todos los días y que te hace desear ponerte a cantar —en un mundo de relaciones personales, de gente que se conoce y se saluda, que protagoniza el ¡Viva la gente! particular de cada uno—.

Y por otro lado, la trascendencia que todos tenemos en relación a los demás, nuestra relevancia.  Entender que el mundo es como es, en parte, por nuestra aportación y, como comprobamos todas las Navidades con James Stewart y “¡Qué bello es vivir!”, la huella imborrable que dejamos en nuestro entorno y en los demás. Asimilar para siempre que “el mundo no sería igual si tú no hubieras existido”.


Siempre tuve un claro objetivo personal: convertirme en alguien exótico, que dispone de tiempo para hacer las cosas ordinarias en una dimensión diferente. Hoy me siento rara avis por no visitar los centros comerciales, por frecuentar las tiendas de mi entorno y por buscar profesionales especializados en sus distintas ocupaciones.

Compro el periódico en el quiosco, la carne en la carnicería, las frutas en la frutería y, cuando fumaba, el tabaco en un estanco. No me gustan los comercios que tienen de todo —cuando se junta el concepto “bazar” con el de “país asiático en franca expansión”, se produce una mezcla de complicada digestión— y creo firmemente que las cosas baratas terminan siendo caras a la larga.

Mi suegro siempre decía —y en eso, como en muchas otras, tenía toda la razón—: “no tengo dinero para comprar zapatos baratos”.

Cuando voy a comprar, por lo común, me gusta que me conozcan. Si, por alguna razón, tengo que volver, me gusta que me recuerden.

La mejor forma de animar a que un cliente vuelva —lo que algunos confunden con fidelizar—, es sugerirle productos que se ajusten a sus hábitos de compra. Eso implica (re)conocimiento: la sugerencia bien realizada estimula la sensación de identificación y de pertenencia que todos anhelamos. Las tendencias más novedosas del marketing on-line avanzan en esa dirección: personalizar las recomendaciones que se nos ofrecen (incluyendo en esta directriz a los algoritmos de búsqueda más sofisticados).

El comerciante tradicional (el tendero) atesora esta cualidad que parece telepática y que algunos quieren, ahora, reutilizar de forma telemática.


Compro en una tienda de ultramarinos, cuya dueña ha obtenido merecidamente la medalla al trabajo, por sus muchos años de atención continuada. Llevo legumbres, conservas, embutidos y fruta: siempre me dice el punto y me recomienda la que está mejor. Si alguna vez no está del todo bien, me la deja un poco más barata. Está cerca de casa y, mandando a los hijos, siempre nos saca de un apuro. Sé cuánto la llegaré a echar en falta.

Visito la papelería cercana a mi casa: lo hago porque su dueña tiene mucho gusto y me ayuda a encontrar la solución, para organizarme, que mejor se adapta a mis necesidades y preferencias. Conoce las novedades del mercado y, si no las tiene disponibles, hace todo lo posible por encontrarlas y, si terminara resultando imposible, me ofrece alternativas adecuadas.

Frecuento una carnicería que siempre tiene el pollo del tamaño que yo pido; incluso cuando, a veces, compruebe más tarde que no era “exactamente” pequeño (o grande, o mediano). A veces llega incluso a suponerme una molestia, pero, de momento, sigo aguantando.

Me gustan las tiendas especializadas: tienen todos los artículos que puedo llegar a necesitar de un gremio concreto: voy a una ferretería de mostrador de las de toda la vida (renovada por un traslado forzoso por incendio) y compro allí cuchillos, tijeras, cafeteras y multitud de enseres domésticos; encargo las flores en el mismo sitio que adornó la iglesia para nuestro enlace; a ella le gusta ir a la misma mercería de siempre, que lo tiene todo y con la que compartí tantos desayunos con su dueña.

Compro los zapatos en la misma zapatería. Tienen las marcas que calzo (son cómodos, aunque no especialmente baratos).

Encontré hace años una tienda que localiza los vaqueros que me gustan, los que llevo gastando desde hace 30 años y cuando voy, me los llevo por parejas.

Visito siempre la misma farmacia. No explicaré aquí lo que hacen conmigo —porque a lo mejor no es del todo correcto—, pero saben que voy a volver y me facilitan el rato que voy a permanecer allí —uso siempre el banco que todas las farmacias siguen teniendo, por mucho que algunas lo empiecen a llenar de publicidad—.

Compro sombreros, bolsos, macutos, cinturones, tirantes, llaveros, monederos, maletas y guantes en el mismo sitio. Tienen de todo y lo exponen con arte y con gusto. Su dueño ha sido capaz de renovar un comercio tradicional de forma ejemplar. Su escaparate (físico y virtual) está siempre impecable.

Acudo a la colchonería —más que por colchones, que cada vez vende menos— para utilizar las virtudes de su dueño, que parece un genio usando la máquina de coser y que ha demostrado un increíble olfato para adaptar su negocio y hacer lo que ya no hace nadie. Una cuñada viene desde Madrid para plantearle tareas complejas que siempre resuelve con pericia.

Si tengo que comprarme una TV, o una radio, o algún electrodoméstico, o un periférico (no me refiero a un chalet en una urbanización en el campo, sino a una impresora, unos altavoces o un monitor), debo ser rematadamente tonto, porque sé dónde NO voy a ir nunca. Conozco alguna tienda en mi ciudad que sigue abierta, a pesar de las intenciones monopolísticas (oligárquicas, siendo generoso) de algunos. En ellas, me reconocen, saben lo que quiero, me informan de lo que me conviene.

Los productos de higiene personal, para el afeitado o la limpieza, los encuentro en una droguería (perfumería) próxima. Son extremadamente amables y me orientan cuando tengo dudas. Me dejo aconsejar porque sé que saben de lo que están hablando.

Siempre voy a la misma tienda de reparación de calzado. También duplican llaves y son capaces de arreglar un bolso que se ha roto, reparar un remache o parchear los patines de hockey de mis hijos.

Desde que tengo perro, acudo a la misma tienda, tan pequeñita que, para que entre un cliente, debe salir el anterior. A pesar de las dimensiones, tiene una buena selección de artículos y, hasta ahora, siempre he encontrado solución a lo que necesitaba.

Enfrente, hay una tienda “delicatessen” que visito cuando quiero darle una sorpresa a ella, o a alguien que nos venga a visitar. También frecuento otro establecimiento cercano, donde venden una amplia variedad de quesos y embutidos, con una cuidada selección y siempre frescos. Cuando me acompaña algún hijo, les ofrecen una loncha de queso cremoso, recién cortado que mis hijos van aficionándose a tomar.

Me corto el pelo en la misma peluquería desde hace quince años. Desde hace mucho, además de saludar y la charla estimulante entre parroquianos, no tengo nada que hablar; sólo con sentarme, se ponen a trabajar. Saben cómo me gusta el pelo, sin que tenga que volver a repetírselo. Mis hijos se cortan el pelo ahí también; si pasan a saludar les invitan a un puñado de caramelos (a veces me recuerdan a los secuaces de Al Capone).

Cerca hay un supermercado pequeño, en el que compro en ocasiones, y en el que, el segundo de mis hijos, saluda al dueño llamándole “Súper”, a voces, tal y como antes hacía su padre.

Mis hijos van los domingos a gastarse parte de su asignación en la misma tienda de dulces (el tutti). Conocen a los hijos de los dueños y alguna vez jugaron con ellos al fútbol a la puerta de la tienda.


Todos estos locales —y muchos que olvido, espero me disculpen— configuran mi experiencia diaria. Me gusta conocer a los tenderos y comerciantes y saludarlos al paso. Conozco su realidad, como ellos conocen la mía: hacen que me sienta integrado en una comunidad real.

Leo carteles que ponen “Fiamos dos días al año: uno fue ayer, el otro será mañana” y sé que no van conmigo. He podido comprar, tras comprobar que me había olvidado la cartera. Saben que no voy a escapar, que volveré al día siguiente.


Conocen a mis hijos y los ven crecer. Ellos saben dónde acudir si se encuentran en problemas. Sé que muchos pares de ojos les vigilan si los ven pasar.


Todos dejamos huella de nuestro paso; para algunos (los más desafortunados) será efímera y fugaz como una sombra. Los agraciados por su relevancia, dejarán un surco duradero.


Todos los comercios que frecuento tienen dueños locales. Parece que quisiera fomentar la cerrazón, el asilamiento, el espíritu de un ghetto. Explicaré mi idea: mi barrio es mi casa. No me importa que haya visitas, me encanta que se produzcan; las puertas de casa están abiertas de forma permanente, pero hay momentos reservados para los que son íntimos.

Cuando mis hijos empiecen a salir, no les pondré (demasiadas) trabas: pero me gustará saber con quién lo hacen. No permitiré el acceso de cualquiera al interior de mi hogar. Espero que, para entonces, mis hijos hayan desarrollado su propio criterio y que sepan fundamentar sus relaciones, reservando para los que quieran tener próximos, vínculos profundos, duraderos, basados en la confianza mutua, establecida de forma igualitaria, compartida y recíproca.

Y que, también, aprovechen todo lo que puedan para viajar, conocer mundo, idiomas, culturas y comidas, diferentes y exóticas, variadas y sorprendentes, adquiriendo experiencias inolvidables que me gustaría escucharles narrar a su vuelta.


Apoyarte en tu entorno te permite tener unas bases sólidamente asentadas.

La gente que vive a tu alrededor tiene intereses compartidos contigo. Los comerciantes, —como los que tienen un bar, un servicio de reparaciones, un negocio de albañilería, o de fontanería, o de lo que sea— constituyen el tejido principal de la red social en que nos encontramos inmersos.

Los autónomos nunca podrán ser sustituidos por autómatas. Sus intereses (por mucho que parezcan de pequeña entidad, ámbito o finalidad) nos afectan a todos. Su grandeza es enorme, pese a que sólo se acuerden de ellos cuando ya no están o cuando se les necesita para reafirmar su estatus.


Me gusta dejarme “enredar” por las conexiones que permite la tecnología. (Re)encontrar gente que hacía mucho de la que no sabía nada. Acceder a lugares remotos y encontrar, allí, personas con ideas e inquietudes plenas de interés. Proyectos que me resultan fascinantes y que quiero conocer a fondo.

Pero, para poder ser libre y volar, hay que estar firmemente arraigado, se necesita la fortaleza que se establece en los vínculos, esas relaciones de mutua implicación, basadas en la confianza, que se renuevan todos los días.


La posibilidad de proyectarse viajando a los lugares más remotos carece de interés si no hay un sitio al que volver y contarlo. Otrosí, viajar y descubrir que, en el otro extremo del mundo las costumbres y las comidas son iguales que en tu lugar de residencia habitual, restan entretenimiento a la experiencia. Nadie organiza un viaje turístico para visitar la segunda fase de la urbanización en la que nosotros fuimos pineros. Hay viajes como esos, por supuesto, pero pertenecen a otra categoría y su intención excluye, por antagónica, la condición de social. Viajar y no buscar lo diferente de lo rutinario es viajar “a media pensión”, cuando a todos nos gusta viajar de la forma más exclusiva posible.


Así que esta sociedad aberrante, desequilibrada, injusta, egoísta, anónima, alocada y alienante, esta sociedad basada en un principio funesto —“piensa globalmente, actúa localmente”— cuyo propósito final es convertirnos en marionetas de una uniformidad embrutecida, este mundo donde todo parece cada vez lo mismo, pero no te sientes a gusto en ningún lado, es una sociedad que me disgusta.

Una forma de combatirla es fortalecer las relaciones de proximidad, con la gente que te rodea, y, entre otras cosas, yendo a las tiendas de tu barrio.


Una consideración egoísta, antes de terminar: la implicación del comerciante con su entorno es muy profunda. Se peleará, con uñas y dientes, para defender su negocio y, si las cosas se le tuercen tanto que no pueda aguantar, ni poniendo dinero de su propio bolsillo, echará el cierre notando cómo una parte suya se resquebraja.

Si tiene suerte y le van bien las cosas, sus ganancias se quedarán en el sitio en que vive.

Y todo en una lucha desigual, frente a los que quieren cambiar nuestros hábitos: las grandes multinacionales, impersonales y deslocalizadas, que se llevan sus beneficios y, sin ningún escrúpulo, echan el cierre cuando los balances no acompañan, dejando miseria y penuria a su paso, cual moderno caballo de Atila. En esta tarea son ayudados por los políticos, sus secuaces necesarios en la labor de rapiña.


— ¿Y el pan? ¿O es que coméis sin pan?

— El pan merecería un capítulo aparte.

sábado, 1 de febrero de 2014

Las alas de mariposa de Obama

A principios de año recibí una llamada de Kerry Blue, la clínica veterinaria, avisándome de que tocaba la revisión anual de la perra, para que acudiera a buscar las pastillas antiparasitarias. Compro allí también su alimento, y el de la gata. Además de quedar cerca de casa, son siempre muy amables.

Con el final de las vacaciones escolares, el inicio del curso, un viaje que tuvimos que hacer y el trajín del premio a la mejor web, he estado liado y había olvidado acercarme.

Por fin pude cumplir el trámite.

Llegué, después de haber dado un largo paseo con Z, con una molesta lluvia y un frío invernal que me obligaba a ir pertrechado con camiseta interior térmica debajo de la camisa, chaqueta de forro polar, bufanda, sombrero, guantes, chaquetón impermeable y otro conjunto de elementos para abrigar la parte inferior de mi cuerpo que, por decoro, omitiré relacionar.

Iba al trote, impulsado por ella, tratando de guarecerme de la lluvia, sudando a modo, fatigado por el exceso y calado por completo. En la clínica, para evitar que se escapen los animales, debes llamar al timbre para que te abran la puerta. Es imposible entrar y pasar desapercibido.

Yo ya asumo que a mí me resulta imposible hacerlo, atendiendo a mis dimensiones, por lo que me echo encima el capote de mi natural despiste y eludo percatarme de las reacciones que provoco. El cambio de la gélida temperatura de la calle, al abrigo del interior, hizo que mis gafas se empañasen al instante, por lo que, a toda la carga que ya portaba, se añadió que, por un momento, estuve completamente ciego.

Al entrar, además de dos empleadas, estaba una mujer, con sus dos guapísimos ejemplares de perro de aguas español, si no equivoco la raza, con un pelo precioso. Mientras hablaba con la que supongo la peluquera, la chica que estaba en recepción se puso a atenderme. La clienta resultó ser conocida: un hijo suyo y dos míos practican el mismo deporte. A pesar de que el suyo es mayor, hemos coincidido en muchas pistas de hockey sobre patines y, hace poco, volvimos a encontrarnos en una de las revisiones de la lesión de rodilla del mayor.

Y se produjo una conversación cruzada, a tres bandas, entre mi amiga y la peluquera, la recepcionista y yo, y la que mi amiga, siempre amable y cariñosa, inició conmigo. Con dificultades, trataré de transcribirla aquí.

— Me habíais llamado para avisarme de que tenía que venir a desparasitar a la perra.
— ............................... ella está muy bien ........
— ¿Sabemos cuándo fue eso?
— Sí. No sé. A principios de año. Estuve un poco liado y no me ha sido posible venir antes.
— Hola, ¿qué tal? ¡Mira quién anda por aquí!
— Ah, hola. Perdona, no te había visto. Entré despistado y no me percaté.
— ¿Tenemos ficha de la perrita?
— Sí. Se llama Z.
— ................... ya te digo ............. él .........
— ¿A qué número de teléfono la tendremos puesta?
— No sé. El número de mi mujer, creo. 6XX XXX XXX.
— ¿Qué vienes, con la perra?
— Sí. Le toca la vacuna, o algo así.
— Sí. Aquí está. Cumplimos con la fecha para la pastilla antiparasitaria. Ahora te las doy.
— ....... es que ella ..........
— También quería dar de alta a una gata que tenemos, que no sé si la habéis apuntado ya.
— Vaya perros tan guapos que tienes.
— Miramos a ver. No. Con ese teléfono sólo tenemos a Z. ¿La damos de alta?
— ¿Qué tal el crío. Ya empezó con el hockey?
— Bien. Todavía, no. La rodilla, mejor. Le dejan hacer otros deportes, pero, de momento, hockey, no.
— Sí. Es una gata. Se llama Equis – I – Ca – A.
— ....... pero a mí me parece .......................... ¿no ves?
— Xika. ¿Sabemos que raza es?
— Una de esas normales, blanca y negra, de las de la calle de toda la vida.
— ........................ pasar a veces ...................... el rizo ............. muy bien ...................
— Europea...
— Lo importante es que se cure. La rodilla le tiene que durar toda la vida.
— Sí. Eso pensamos. ¿Qué tal vosotros?
— Vino del albergue. De ADAGA. Es una pandillera tremenda. Esta noche tuvo una pelea con ésta, que casi no me dejan dormir.
— ...común.
— ............................... lo que hago .................... queda ................. arriba ...
— Todos bien, gracias. Ya nos iremos viendo por las pistas.
— Eso: europea común. De las de toda la vida, blanca y negra. Si fuera perro, sería dálmata. Como es gata, europea común.
— Si te parece ................... y luego ......................
— ¿Sabemos cuánto pesamos?
— Usted y yo, ¿juntos?


"Podemos"

El uso repetido de la primera persona del plural en establecimientos comerciales (el antiguo plural mayestático, de forma inclusiva) se está empezando a generalizar.

La repetición saciante de una forma muy particular de percibir la realidad, surgida en Obama, extendida urbi et orbe, adquiere especial significado en una clínica veterinaria de Oviedo, una pequeña ciudad de provincias, en la que tengo el gusto de residir.

— “Yes, we CAN”.

miércoles, 9 de enero de 2013

Alfombra roja

"Andando sobre rojo" Foto: Fellowship of the Rich


Es una de las costumbres más molestas que ha ido desarrollando el nuevo comercio: extender una alfombra roja (red carpet), en una idea que, como muchas otras, aunque inicialmente pueda parecer brillante, al ponerse en práctica, se convierte en un completo fiasco.

En primer lugar, debido a su carácter invasivo, por ocupar —sin autorización, de forma inadecuada, con voluntad de permanencia— el espacio público y apropiarse, para sus fines interesados, de lo que, sin atisbo de duda, debe ser accesible a todos. En realidad, el concepto antiguo (tradicional) de la cortesía (la voluntad de servicio, primar las necesidades del cliente), se manifiesta aquí del modo más anticuado, más obsoleto, más carpetovetónico —acierto etimológico que podría depurarse en carpetoberméllico—, traducido en un simple artificio, en un gesto a la galería que se percibe como muestra de desidia y desdén.

Y, además, fallido: en lugar de extenderse hacia los clientes, a modo de puente, como reclamo para facilitar la entrada, se muestra como una barrera que circuncida los límites exteriores del establecimiento y deja a los paseantes, siempre fuera, del otro lado, proscritos (más que incitados a entrar).

La climatología y la falta de educación acelera el proceso de transformación de lo que pretendía transmitir una sensación agradable, acogedora, familiar, hogareña y confortable (por mullida), en una experiencia asquerosa de presenciar.

"Mi basura está más cómoda que tú,
que debes bajar de la acera para pasar por delante" Foto: extranoise

Trapos infectos se arrastran a las puertas de algunos locales, moteados de chicles, escupitajos y colillas, encharcados por la lluvia y, cuando me encuentro alguno, tengo que dar un largo tranco para eludir pisarlos. Ni se me ocurre intentar franquear esa puerta que, francamente, se muestra cerrada para mí, con siete cerrojos proverbiales.

martes, 8 de enero de 2013

Plan de contención del gasto (en 3 sencillos pasos)


1 – Hazte con un perro

Teniendo en cuenta que no parece una buena idea contener el gasto con un desembolso como primera medida, se aconseja no comprar el perro, sino acercarse a un albergue y acoger a uno, de esos que, algunos desalmados, maltratan y abandonan.

2 – Establece un programa de paseo diario

La actividad diaria favorece un mejor estado de salud, impide la contemplación pasiva de la TV y facilita el desarrollo de vínculos sociales enriquecedores. Todo son ventajas.

3 – Practica el outlook (resulta más barato)

—    Querrás decir el outlet.
—    Eso lo harás tú, que te permiten entrar. A los que llevamos acompañante, como se empeñan en no poner carteles indicadores, nos tenemos que limitar a mirar desde fuera.

"Te quedas fuera" Foto: chase_elliott

*****

Y, saliendo a dar un paseo, evitarás caer en tentaciones impulsivas: la cara que pone, tu amigo, te impedirá dejarlo ahí.

(AVISO: eliminarás las tentaciones que suponen un gasto;
las de convertirte en un sociópata, seguirán estando latentes).

lunes, 7 de enero de 2013

Yo rebajo, ¿tú rebajas?


Hoy he salido a dar mi paseo matinal, tratando de quitarme la pereza del ritmo anormal de la Navidad, buscando recuperar, poco a poco, la tranquilidad de la rutina establecida, destilada con el paso de los años y la sabiduría que el tiempo termina otorgando, en ese balance en el que, por mucho que quieras pensar cuáles son las ventajas que puedes llegar a obtener, terminas siempre perdiendo.

Hoy, un día anormal, por la coincidencia del día de Reyes con domingo y, con una normativa que, sin adaptarse a las necesidades reales actuales —obsoleta y anquilosada como se encuentra—, otorga prevalencia a cómputos artificiosos, en lugar de pautarse y acomodarse a los nuevos tiempos y a las nuevas necesidades, sean éstas las que quiera que lleguen a ser. Así que, hoy, 7 de enero de 2013, es festivo (pero no), laborable (según para quién), de frenética actividad callejera, de cambio y cambalache, de trueque y devolución, con el ambiente bullicioso y jaranero que debería reservarse para las revoluciones.

Hoy, es festivo, pero algunos comercios abren.

Hoy se inician las rebajas, aunque ya lleven en marcha desde hace tiempo.

Hoy se notan más que nunca las líneas que los corsés, cuando son demasiado apretados, dejan dibujadas, como marcas lacerantes, en unos cuerpos que exceden los límites sobre los que deberían estar situados.

Hoy, más que nunca, siento que, en el concepto de rebajas, se encuentran las claves de nuestro sistema social, aberrante e insolidario.

Hoy, especialmente hoy, las rebajas no son más que un reflejo.

"Rebajas ¿o reflejas?" Foto: sergis blog

Paseo, arrastrado por una inquieta teckel que tira de mí, y lo hago por el eje comercial de la ciudad en que vivo, aprovechando la convergencia de tres atractivos factores: la proximidad de un parque público (en el que mi acompañante satisface sus necesidades), la suavidad de la orografía de las calles que transito (inusual en esta ciudad, recostada sobre empinadas e interminables cuestas) y el escaparate costumbrista que permite contemplar la frenética (y, en ocasiones, inexplicable) actividad ajena. Una saludable experiencia, siempre, la de atisbar asombrado, de forma fugaz, la extrañeza del comportamiento colectivo.

Y hoy, lunes y fiesta, antes de que todo vuelva a la normalidad, algunos comerciantes cuelgan el cartel de abierto y esperan que la tendencia del inicio del año marque cambios con la línea descendente que, se empeñan en provocar, no sea permanente. [Intuyo ahora, como un fogonazo, que las expectativas actúan siempre con retraso y que, si todos creen que la cosa irá a peor, presto comenzará a mejorar. (Espero, pues, que el pesimismo sea mayoritario)]. Pero, digresión al margen, no todos los comercios están abiertos.

¿Quién abrió y quién no?

Abrieron, por lo pronto, los que abren siempre: bares, cafeterías y restaurantes (salvo los que tienen establecido, como norma propia, lo del “lunes, descanso”).

Pero no dejan de ser hostelería, ese sector tan próximo al comercio (y a la actividad humana), pero que, desde siempre, deslindó su naturaleza esencial, al marcar a fuego, como seña de identidad, su adecuación a las necesidades de sus clientes.

Así que, sin dejar el ámbito comercial, los que siempre abren (panaderías, quioscos y algunas farmacias), hoy también estaban abiertos. No es novedad en comerciantes que tienen a gala no cerrar más que dos días al año (1 de enero y 25 de diciembre) y los que, por ser notorios (por emplazamiento o actividad), son obligados a hacerlo en caso de huelga voluntaria (nótese la ironía).

He tratado de marcar una línea que señale, para el resto de comercios, los motivos para abrir, o dejar de hacerlo. La única que me aventuro a trazar, viene determinada por el lugar en el que la decisión se haya tomado. Así, todas las cadenas, de todos los sectores; todos los establecimientos que han tomado una única decisión, centralizada, todos estaban abiertos. Los únicos valientes que mantuvieron sus puertas sin abrir, son aquellos en los que el lugar de decisión estaba en el propio establecimiento: en los que, con seguridad, quien tomó la decisión tiene también la responsabilidad de tratar y atender a sus clientes. Para quien ponga en duda que cerrar significa ser valiente, aporto un único argumento: es más valiente quien rema en contra de la corriente y, hoy, ser pequeño significa una gran corriente en contra.

Además, hoy, como siempre, defiendo que la libertad viene determinada por la capacidad de elegir. Y seremos más libres para elegir, cuántas más alternativas se presenten a nuestra disposición. Cada comercio que echa el cierre, me hace menos libre. Cada red que se extiende, global y uniforme, hace que me sienta más atrapado. Cada paso que avanzamos hacia una estandarización alienante, hacía un igualitarismo a la baja, profundizamos en una caída sin fin en la que terminaremos siendo todos iguales, pero en la que “unos serán más iguales que otros”.

Y, en esta sociedad de dos velocidades (en la que unos trabajan los festivos y otros tienen horario de lunes a viernes al mediodía, con dos días y medio de descanso semanales que emplean en huir de una rutina que les oprime y les asfixia y sienten que no les permite vivir como les gustaría vivir), nos olvidamos que, muchos (demasiados), no pueden moverse a ninguna velocidad (pese a que no parece que la olla esté próxima a explotar).

Lunes, festivo, de comercios abiertos, de bullicio y jarana, de rebajas y devoluciones, de trajín callejero, de niños ociosos (ocupados, en el mejor de los casos, en desmontar el Belén y preparar el reinicio del curso escolar ordinario).

*****

—    Alberto, querido, he estando leyendo el artículo y no entiendo nada.
—    Ya dije que, en las rebajas, encontré un reflejo de lo que está pasando. Yo tampoco entiendo nada.

*****

Sobre los clientes o el comercio local, ya dejé establecidas algunas ideas, de forma más serena.

viernes, 13 de julio de 2012

La relojería: Propuesta de solución


Es una propuesta, porque supongo que habrá quien no la comparta.

--------------------------------------------------

Recuerdo el planteamiento inicial: Una persona (a quien, visto el desarrollo de los acontecimientos, negamos la etiqueta de cliente y catalogamos como potencial comprador), entra en una relojería y pretende pagar un reloj (cuyo precio es 300 €) con un billete de 500 €. Después de diversas peripecias se comprueba que el billete era falso y —dado que se le había atendido, se había conseguido cambio en la farmacia próxima y se le había dado la vuelta—, se preguntaba cuánto dinero había perdido el comercio.

"Claramente falso" Foto: dontmindme

Incluyo aquí el enunciado completo:

Un hombre entra en una relojería a comprar un reloj de 300 €. Le paga al dependiente con un billete de 500 €. Como es muy temprano, el dependiente de la relojería no tiene cambio. Coge el billete y va a la farmacia que está al lado para que le cambien el billete de 500 € por billetes de 50 €.

Vuelve y le da el cambio al cliente.

Más tarde, el dueño de la farmacia le dice al de la relojería: "Este billete de 500 € es falso"; el dependiente se disculpa, toma el billete falsificado y le da cinco billetes de 100 €.

Ahora bien, sin tener en cuenta el costo del reloj, ¿cuánto dinero perdió la relojería?
 
--------------------------------------------------
 
El protocolo de actuación de la relojería no estaba establecido, o el dependiente no lo conocía, o —a pesar de conocerlo— decidió no aplicarlo y aceptó el billete, sin comprobar si se trataba de uno de curso legal.

El dependiente debió dormir mal la noche anterior (o no se había despertado completamente antes de ponerse a desempeñar sus funciones). Muestra una iniciativa que excede la responsabilidad que tiene asumida —más todavía cuando conoce que no tiene cambio para dar una vuelta tan elevada—. No es tarea de un establecimiento comercial (una relojería en este caso), facilitar cambio. El dependiente debería haber indicado al potencial comprador la entidad bancaria más próxima en la que pudieran atenderle —reservando para los bancos las tareas que deberían ser habituales para ellos, en lugar de aquellas a las que se (nos) están acostumbrando—.

En cualquier caso, a pesar del carácter sospechoso del comprador (al personarse a primera hora tratando de realizar un pago utilizando un billete de tan elevado importe), la situación debería haber extremado el (re)celo y la alarma en el proceder del empleado. Una medida de precaución adecuada es avisar a la policía, para que despejen dudas en una situación delicada, apelando a su condición de autoridad. Visto el enunciado del problema, se asume que hay más de un empleado en la tienda (en caso contrario, abandonar el establecimiento para ir a buscar cambio, supone una imprudencia temeraria que aconseja el cese fulminante del dependiente). La presencia de varias personas, permite activar —asegurando la discreción— el procedimiento de alarma que se tenga previsto.

No parece, en ningún caso, aconsejable abandonar el establecimiento con el billete del comprador. Lo recomendable es que permanezca siempre en sus manos, para que no pueda, más tarde, exculparse (y tratar de incriminar a otros), asegurando que se le ha dado el “cambiazo” —como sin duda terminaría calificando el suceso—.

En definitiva, el dependiente debería haber rehusado aceptar un billete de importe tan elevado. Además, se muestra descuidado en su proceder y carece de la habilidad para, siguiendo una actuación precavida, no transmitir al comprador que se está sospechando de su comportamiento “anormal”.

Nadie dijo que trabajar en comercio fuera sencillo.

--------------------------------------------------

El problema, visto ahora, no era sólo matemático. Era, principalmente, un problema de atención al cliente. Cómo actuar en una situación inhabitual o infrecuente. Se supone que las tareas repetidas son más fáciles de resolver, porque se trabaja para interiorizar, por medio de la repetición, los hábitos asociados al comportamiento requerido. Es más complicado resolver situaciones infrecuentas. Cuando se han previsto, debe aplicarse el protocolo de actuación que se haya diseñado al efecto. En caso de situación no prevista, no se ha planificado la respuesta, por lo que se debe improvisar.

Dos comentarios:

1 — Las prisas no son buenas consejeras. No parece que una relojería sea un sitio adecuado para atender a clientes dominados por la urgencia. El dependiente debería haber sido más sosegado a la hora de decidir qué hacer.

2 — Las situaciones se presentan sin avisar. No hay ninguna señal que anticipe qué va a suceder. Los timos, robos al descuido, cambiazos se basan en este simple principio.

--------------------------------------------------

Y llegando a lo matemático. El principal motivo de confusión viene derivado por el valor que se asigna al billete.

Las cosas son así de claras (sin entrar en disquisiciones más profundas que exceden el propósito del presente artículo):

—    Un billete de curso legal de 5 € vale 5 €
—    Un billete de curso legal de 10 € vale 10 €
—    Un billete de curso legal de 50 € vale 50 €
—    Un billete de curso legal de 100 € vale 100 €
—    Un billete de curso legal de 500 € vale 500 €

—    Un billete falso de 5 € vale 0 €
—    Un billete falso de 10 € vale 0 €
—    Un billete falso de 50 € vale 0 €
—    Un billete falso de 100 € vale 0 €
—    Un billete falso de 500 € vale 0 €

El relojero y el farmacéutico saldan sus deudas (quedan como estaban). Primero se cambian 0 € por 500 € y, más tarde, al hacer el camino de vuelta, se vuelven a cambiar 500 € por 0 €. Ya puestos, su relación de confianza mutua se verá fortalecida. Son muchos años de vecindad y, primero, el farmacéutico le facilita el cambio (a pesar de que es una faena hacerlo nada más empezar la jornada) y, más tarde, el relojero se disculpa y, rápidamente, acepta el billete falso, sin cuestionarlo. Eso es lo que tiene el comercio local y las relaciones de proximidad.

Así que el problema está, es evidente, en el intercambio que se produce entre el timador (ahora empleamos el calificativo que se merece) y la relojería.

—    Timador = 0 €
—    Relojería = Reloj más vuelta (200 €)

En el planteamiento inicial, se avisaba de que no se debería tener en cuenta el coste del reloj, por lo que el resultado de la pérdida (en dinero) es de 200 €.

Para quien ponga en duda si se debe tener en cuenta (o no) la valoración económica del reloj, se dirá que sí. Es evidente que el propietario de la relojería podrá pedir una indemnización a su compañía de seguros por el valor del reloj. Lo tendrá complicado, porque la compañía de seguros alegará (con toda razón) que hubo un comportamiento imprudente del dependiente y (una vez más) conseguirá evitar tener que indemnizar a su cliente.

El dueño de la relojería podrá imputar en su contabilidad una pérdida en concepto de mermas. Es un asunto especialmente complejo y no hay garantías de que la Agencia Tributaria (tal y como están las cosas) comparta los argumentos del titular del establecimiento. Supongamos que sí. En todo caso, la imputación de la pérdida se realizará por el coste del objeto (el precio de compra). No se dispone de esa información y, por eso, se pedía que no se tuviera en cuenta. Lo único que se sabía era el PVP del reloj (300 €) que, ni la Agencia Tributaria, ni ninguna compañía de seguros ni, nadie con criterio, puede aceptar como importe de la pérdida del relojero.

La solución matemática: 200 €.

Corresponde a la vuelta de la compra realizada. Por eso no se intenta pasar billetes falsos comprando productos caros. Al margen de otras consideraciones (que más tarde veremos), la principal es que un producto caro acarrea poca vuelta.

No estamos hablando de robo de productos caros; ése es un problema distinto. Hablamos de pasar dinero falso. El propósito de quien actúa así, es conseguir la mayor vuelta posible. Colar un billete de 50 €, comprando un artículo de 45 €, es de idiotas. Lo que quiere, el que trata de colar dinero falso, es:

1 — Rapidez.
2 — Pasar desapercibido.
3 — Enmascararse entre un flujo continuo de operaciones.
4 — Utilizar billetes de uso extendido e importe mediano.
5 — Permanecer el menor tiempo posible en la tienda.

Así, el perfil normal de actuación es emplear un billete de 20 € (los de 50 € son, en determinados sitios, demasiado llamativos) para comprar algo de menos de 2 €, en un sitio en que se produzcan aglomeraciones en momentos puntuales, en los que se trate de despachar con rapidez a los clientes y que no esté lleno de cámaras de vigilancia.

Eso suena a estancos, quioscos, tiendas de chucherías, chinos y, sobre todo, panaderías.

--------------------------------------------------

Pero el problema matemático es el menor de todos los que se plantean. Ya se afirmó que los problemas no vienen con señales luminosas avisando de que algo va a suceder. A mi juicio, esta situación encierra una pregunta que el dueño de la relojería debe resolver (aunque nadie se la haya planteado): ¿qué ha pasado?

¿Fue una falta de previsión? (No había un procedimiento establecido para actuar en caso similar; la consecuencia inmediata es que debe establecerse un plan de acción para situaciones análogas que se puedan producir en el futuro).

¿Fue un incumplimiento? (El dependiente actuó en contra de los criterios que se hubiesen establecido; se debería tomar una medida disciplinaria que acotara las consecuencias futuras del incumplimiento).

Hay quien piensa que los ejercicios que planteo encierran una trampa. Es posible. Quizá piensen que constituyen un sinsentido, una pérdida de tiempo. Es probable. Pero, lo que para algunos es una trampa, para otros conlleva una situación de aprendizaje.

--------------------------------------------------

No sé si la solución gustará a todos. He decidido presentarla hoy, por ser viernes 13. He dado suficientes argumentos (quizás demasiados) que justifican la explicación propuesta, pero, recordando un viejo chiste clásico:

—    Si metemos a un político en un barril lleno de ácido sulfúrico, eso es una disolución.
—    Si los metemos a todos, eso es una solución.


Y, ni siquiera esta solución, gustará a todos.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...