Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Mercero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Mercero. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de septiembre de 2013

La cabina

"Comunicando" Foto: Datmater

En 1972 las cosas eran completamente diferentes a como son actualmente.
Vivíamos en un mundo cerrado y opresivo, atrapados en un régimen, próximo a su final, encorsetados en la rigidez de unas costumbres que cambiaban al ritmo de la, entonces, tradicional calma española.
El aperturismo era un anhelo, para algunos; en otros provocaba suspicacias.
El turismo obligaba a un cambio exterior de costumbres, pero el alma del español seguía siendo reseca y escueta.

No crean que sé de lo que hablo; en 1972 yo tenía ocho años y mi única ocupación era distraerme, sin interés alguno en pararme a pensar en asuntos de mayor enjundia que encontrar una forma divertida de pasar el rato.

Cuando estaba en casa hacía filas de coches, organizaba partidas de chapas, expediciones con los madelman o, simplemente, me dejaba vagar, esperando que mi madre me avisara de que el bocadillo estaba preparado, de que debía darme un baño o de que iban a encender el TV y podía interesarme lo que iban a echar.

En diciembre, un martes y 13, debieron dar una voz y avisarme.

Programaban un mediometraje, dirigido por Antonio Mercero —quien ya había triunfado con “Crónicas de un pueblo”— que, años más tarde, alcanzaría el éxito y el reconocimiento masivo con “Verano azul” o “Farmacia de guardia”.

Era “La cabina”.



*****

Un guión, escrito a medias con José Luis Garci, enfatiza el protagonismo de un objeto, una cabina telefónica que unos operarios ubican en la plaza de Arapiles, en Madrid.

El actor que afronta su destino es un contenido José Luis López Vázquez; ya ha superado su obsesión sexual por las suecas; se ha casado y tiene un hijo.
Representa al español medio: bajo, circunspecto, moreno, calvo y con bigote. Se permite la frivolidad de usar una corbata estampada que contrasta con su traje marrón.

*****

No voy a desentrañar el desarrollo de la trama, por descontado. Son, sólo, 34 minutos. Y merecen la pena, del primero al último.

*****

El teléfono entró, con reservas, en la vida de los españoles. Se le hizo sitio en el pasillo: unos aparatos negros, de baquelita, colgados de la pared. Más tarde, al instalar un supletorio en el salón, aumentaba su protagonismo coronando una mesita auxiliar. Para realizar una llamada se empleaba un marcador de rosca que hacía que odiaras a la gente que tenía números llenos de nueves y ceros. Tenían un cordón continuo, forrado de tela, que pendía inmisericorde y se enganchaba y tiraba al San Pancracio cada vez que alguien descolgaba el auricular. Cuando inventaron el cable en espiral, consiguieron resolver el problema, aunque las personas inquietas, mayoritariamente mujeres, se entretenían revolviendo con su dedo índice, parloteando incesantes, provocando que el cable quedara reducido a su mínima extensión.

El engorro desapareció, ipso facto, con la proliferación de los inalámbricos, preludio de los móviles. La aparente autonomía que propiciaba la ausencia de un cable limitador de movimientos, desembocó en una dependencia absoluta.

Ahora, todos, debemos estar siempre disponibles.

*****

Una cabina era un espacio, público e inmóvil, en el que la gente se encerraba para poder comunicarse. Un inexplicable viaje al pasado (imprescindible para entender el foco de claustrofóbicos en que se ha convertido España).

Quizá no supimos ver dónde estaba la verdadera trampa.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...