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miércoles, 24 de octubre de 2018

Acuerdo educativo

Resulta complicado encontrar un tema más controvertido, sobre el que todos tienen un objetivo previsto —“establecer un consenso”, “alcanzar un pacto de Estado”—, pero en el que no existe la menor base sobre la que apoyar la construcción de acuerdos, recordando que, como dijo alguien —y, si no, lo digo yo ahora mismo—, los proyectos empiezan aceptando algún punto sobre el que no existan grandes discrepancias; un axioma, como si dijéramos.

Ya sé que no doy pistas (puedo estar pensando en la eutanasia, en la globalización, en el cambio climático, en la llegada del climaterio, qué sé yo) pero he sido lo bastante imprudente como para titular el escrito de forma que sabes bien lo que tengo en la cabeza:

Hoy he venido a hablar de educación.

viernes, 8 de agosto de 2014

La manzana de Troya


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Puedes echarle la culpa al boogie, como hizo MJ con sus hermanos.
Pero tú y yo sabemos que es mejor pensar que todo se debe a una manzana.

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No es que su trayectoria, como elemento de tentación, no fuera conocida.
Aliándose junto a una serpiente, o actuando en solitario.
Ofrecida por una bruja camuflada, como diana colocada por un arquero suizo en la cabeza de su hijo, o iluminando las entendederas de un sabio que descubre la gravedad de dormitar bajo un árbol.
Se ofrece de tantas formas que no se comprende que se siga afirmando que alguien pueda estar sano, como una manzana.

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Y armó la de Troya.
Literalmente.
Peleo y Tetis, tras una historia larguísima que no me pararé en detallar, hartos de sus continuas peleas, o tratando de darles forma, decidieron casarse.
Se ponen a hacer la lista de invitados y. entre tanto dios, semidios, mortal y fauno (que alguno habría), se les olvidó incluir a Eris.
No es que fuera una de esas tías ancianas, solteras, plastas, que avergüenzan a los mayores narrando las travesuras que habían armado cuando eran niños y espantan a éstos embutiéndoles caramelos con sabor a eucalipto.
No.
Era una verdadera pérfida.
La diosa de la Discordia, nada menos.
Molesta como estaba, por haber sido excluida del bodorrio, teniendo que resignarse a fisgar atisbando por encima de la valla, se presentó orgullosa en mitad del convite, en ese momento en el que todos los presentes están achispados, pero cuando ninguno había llegado a rodar por el suelo.
Y, con una puesta en escena tan oportuna, remata su entrada triunfal arrojando una manzana dorada sobre la mesa y, tras dar un taconazo y revirarse, salir con el gesto altivo que sólo es capaz de mostrar una griega.
La manzana llevaba una inscripción: καλλίστη (“Para la más hermosa”).
Con la cantidad de hormonas que se disparan en cualquier enlace de pacotilla, imagínate allí. No es que se lanzaran a por el ramo haciendo una triple pirueta mortal con doble tirabuzón, que también, sino que las que consideraban ser de “este reino, la más bonita”, eran tres diosas: Atenea, Afrodita y Hera.
Que si yo, que si tú, que si tal, que si me queréis, irsen.
Ya sabes.
Un cacao.
Total, que Zeus (el capo de todos los presentes) debe intervenir. Hastiado de las peleas que se organizan siempre, airado porque no le dejan dormitar ni un rato y, teniendo en cuenta que en ese momento jugueteaba con una sobrina a la que había sentado en sus rodillas temía que, si le obligaban a nadar de espalda, se marcara la silueta del tiburón, por lo que apreció de nuevo las ventajas de vestir toga.
En fin, que para endilgarle el muerto a otro, en una nueva muestra de su sabiduría, elige a Paris, un pastor que vivía separado del mundo y alejado de las pasiones humanas, para que sea él quien decida.
Manda a Hermes a comunicarle la noticia.
Las tres diosas, mujeres al cabo, trataron de engatusar a Paris con sus zalameras propuestas: Hera, la esposa del jefe, le ofreció todo el poder que pudiera desear. Atenea le ofreció vencer en todas las batallas en que se presentase y Afrodita, no recuerdo todo, pero algo de sexo tuvo que mediar.

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La historia sigue, Paris rapta a Helena, la hija de Menelao, y se la lleva a Troya.
Enfurecido convoca a Agamenón, Aquiles y otros tantos. Entre ellos está Odiseo, el tipo al que se le ocurrió ofrecer un regalo a Príamo, que supuso el fin del asedio y la muestra de que, para vencer, la sutileza puede ser una buena estrategia.

(((Si recuerdas el duelo –interpretativo– entre Brad Pitt y Peter O’Toole,
ahora sabes cómo se inició el conflicto que les llevó a compartir plano)))

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Si atendemos exclusivamente al aspecto, al envoltorio, dejaremos que algo perjudicial entre hasta la cocina y, cuando nos demos cuenta, será demasiado tarde.

No importa si se trata de un caballo de madera o de una manzana dorada.

Hay que ver más allá de la apariencia.

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AVISO PARA PADRES:

SE INCLUIRÁN CONTENIDOS SUMAMENTE ADICTIVOS
NO DEJAR A LA VISTA DE LOS NIÑOS

(Ni echar miradas a escondidas si supones que
tienes un carácter propenso a las adicciones)


Apple, la que se lleva el mayor bocado a Cupertino, ha iniciado una nueva etapa en su escalada para alcanzar el monopolio con una campaña masiva de anuncios de su último dispositivo: el iPhone 5S.

Lo hacen cojonudamente bien.

Una estética cuidada. Planteamientos de actividades cotidianas. Gusto en la selección musical.

Y un slogan que lo resume todo:


“Eres más poderoso de lo que crees”


Como si mi poder dependiera del nivel de carga de la batería de mi dispositivo.
Como si todas mis aptitudes se resumieran en las apps con las que cargo.

Se alcanza el descubrimiento de que, para los cautivos (la amplia mayoría), lo importante no son los gadgets, sino los desarrollos que, pagando o no, te permiten hacer algo que, antes, eras capaz de hacer perfectamente tú solo (o no podías hacer, pero que tampoco pasaba nada).
Que se convierten en imprescindibles, porque estás enganchado.

Y recuerdas aquella idea de que nadie pagó por el primer pitillo que fumó, el primer trago de alcohol, el primer porro, o la primera dosis. Siempre había alguien que te invitaba (y, muchos, que te incitaban a atreverte a hacerlo).

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Una de las claves de su estrategia global es la segmentación del mercado atendiendo a su comportamiento, y no a su procedencia.
Porque ya han conseguido que todos seamos iguales.
Y empleando una estética molona, concienciada, pretendidamente casual, el mismo anuncio sirve para todo el planeta. Lo que no es casual es el aspecto uniforme de ciertas cosas; la tipografía que intenta simular el trazo imperfecto que da el descuido humano; la extensión del blanco como síntoma de elevación espiritual; la manía de que todos los camareros —y dependientas de tiendas de ropa y perfumerías— deban ir de riguroso negro; que, en una visita guiada a cualquier ciudad del planeta, las mujeres vistan pantalón largo (conocedoras de sus estrías, varices, piel de mandarinas o su lejanía de Brasil en asuntos depilatorios) y los caballeros cincuentones, tripudos, lleven los mismos zapatos y calcetines que en invierno, para pasar todas sus vacaciones en las Bermudas.

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En la forma de trocearnos (segmentarnos), nos consideran targets (objetivos).

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Conocedores de nuestra pereza, nos convencieron de que necesitábamos apps para hacer ejercicio.

Nos llamaron pollos (y gordos) y nos pusieron al ritmo que marcaba Robert Preston (Strength – Chicken fat).

Saben que creemos que tenemos una vena artística, y una soberbia gigante, que nos hace disfrutar intentando hacer música, teatro, baile o espectáculos pirotécnicos. Que molan los Pixies. (Powerful – Gigantic).

Les consta que tenemos sueños, esperanzas y aspiraciones. Se empeñan en manipularlos. E intentan modelarlos, conforme a sus intereses. Hacen que pensemos que construiremos un mundo mejor, más natural y sostenible, gracias a que cuando crezca, podré curar caballos, pilotar aviones, dirigir un equipo de bomberos o enseñar inglés a la mucama mexicana, usando un aparato en el que suena de fondo la dulce voz de Jennifer O’Connor. (Dreams – When I grow up).

O, de forma mucho más preocupante, buscarán llegar hasta mis hijos, intentando convertirme en el camello que les proporcione las dosis iniciales de su cautiverio, apelando a mi paternidad responsable en la que, mientras canta Julie Doiron, les enseño a pintar, a cepillarse los dientes o a hacer las cuentas, mientras los monitorizo con el aparatito que llenará mi vida (y la suya) de sueños. (Parenthood – The life of dreams).

Todo a un clic de distancia.

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Asumo la complejidad de controlar, por completo, una carga. El ejemplo reciente del buque escuela Juan Sebastián Elgramo (en honor del primer marino capaz de circuncidar la Tierra), en el que la Guardia Civil incautó 127 kg. de coca, demuestra lo difícil de mantener impóluta una bodega. Por eso mismo, resulta conveniente extremar las precauciones.

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Es bueno conocer las propias limitaciones. Y ayudar a otros a que modulen las suyas.

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Busco para ello una manzana distinta; una mujer que me fascina desde que la descubrí en su debut de 1996, “Tidal”. Es Fiona Apple, artista poco prolífica, pero intensa y singular, que sólo ha entregado otros tres discos: “When the pawn…” (1999), “Extraordinary machine” (2005) y “The idler wheel…” (2012).

En el último se incluyó una canción, su último vídeo, Hot knife, dirigido por Paul Thomas Anderson en 2013.



La canción facilita la clave:

Si soy mantequilla, él es un cuchillo caliente.

Mis hijos comparten rasgos conmigo y, como yo, son tiernos y blandos como la mantequilla (aunque algunos puedan verme grasiento).
Mientras ellos, los que conocen nuestra debilidad, son como cuchillos calientes que nos destripan, haciéndonos creer que se interesan por nosotros (queriendo engordar nuestra adicción).
Quizá con subtítulos y otras imágenes resulte más fácil de percibir sus pretensiones.

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No sé. No tengo todas las respuestas.
Ni, aunque lo parezca, tengo miedo ante un mundo impredecible.
Pero sé que es bueno intentar evitar la dependencia.
Al menos en lo que verdaderamente es importante.

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Un final para recordar

En 2009 se editó un disco homenaje en el que se recogían canciones del enorme Cy Coleman, cantadas por mujeres: “The best is yet to come”. 13 canciones y doce artistas, porque además de Patty Griffin, Jill Sobule, Madeleine Peyroux, Ambrosia Parsley, Julianna Raye, Sam Phillips, Perla Batalla, Sara Watkins, Sarabeth Tucek, Nikka Costa y Missy Higgins, Fiona repite. En una de las dos es fácil encontrar explicación a una forma tortuosa de hacer las cosas.

Why try to change me now, una canción popularizada por Sinatra.



En el primer comentario al artículo, incluiré mi propia traducción.


viernes, 1 de noviembre de 2013

Nostalgia de aquellas antiguas costumbres

Parabas en un semáforo y, si mirabas al coche de al lado, sabías que su conductor se pondría a hurgarse la nariz. Ahora busca en el móvil la última novedad.

"Una miradita rápida" Foto: Lord Jim

Viajabas en un autobús atestado. Subía un anciano, o una embarazada, y notabas cómo todos los que iban sentados, y se sentían jóvenes, agachaban la cabeza haciéndose pasar por distraídos. Ahora van con la cabeza gacha, de forma permanente, atendiendo a su dispositivo, sin importar si sube o baja alguien.

Qué tiempos en los que te perdías en tu trayecto, da igual que fueras en coche o andando, para acabar en un lugar desconocido. Te llenabas de valor, te acercabas a alguien y le preguntabas. Ahora tienes respuestas instantáneas.

Vuelves la cabeza, tras cruzarte con una mujer guapa. Te quedas con la sensación de que eres el único que la ha visto.

Te juntabas con amigos para cenar y pasar el rato charlando. Se iniciaban discusiones eternas sobre el año que Kempes fichó por el Valencia, el nombre de los tres miembros de The Police, o si Raphael es mayor que Karina. Ahora, un par de consultas de alguien que lleva la wikipedia, el diccionario de la RAE, o un traductor español-inglés como accesos rápidos, zanjan cualquier disputa de forma tajante.

¿Quién cantaba Ne-ne na-na na-na nu-nu? En seguida te lo digo.

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Enrique Santos Discépolo dejó escrito un tango, en 1934, que Malevaje adaptó en 1986, para su disco Margot. Se titula Cambalache.

La letra cobra actualidad, pese a haber cambiado de siglo.

Que el mundo fue y será una porquería
ya lo sé...
(¡En el quinientos seis
y en el dos mil también!).
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
valores y dublé...
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldá insolente,
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos
en un merengue
y en un mismo lodo
todos manoseaos...

¡Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor!...
¡Ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador!
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos
ni escalafón,
los inmorales
nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
¡da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!...

¡Qué falta de respeto, qué atropello
a la razón!
¡Cualquiera es un señor!
¡Cualquiera es un ladrón!
Mezclao con Stavisky va Don Bosco
y "La Mignón",
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remaches
ves llorar la Biblia
contra un calefón...

¡Siglo veinte, cambalache
problemático y febril!...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil!
¡Dale nomás!
¡Dale que va!
¡Que allá en el horno
nos vamo a encontrar!
¡No pienses más,
sentate a un lao,
que a nadie importa
si naciste honrao!
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura
o está fuera de la ley...

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Hoy me he levantado nostálgico.

sábado, 7 de septiembre de 2013

La cabina

"Comunicando" Foto: Datmater

En 1972 las cosas eran completamente diferentes a como son actualmente.
Vivíamos en un mundo cerrado y opresivo, atrapados en un régimen, próximo a su final, encorsetados en la rigidez de unas costumbres que cambiaban al ritmo de la, entonces, tradicional calma española.
El aperturismo era un anhelo, para algunos; en otros provocaba suspicacias.
El turismo obligaba a un cambio exterior de costumbres, pero el alma del español seguía siendo reseca y escueta.

No crean que sé de lo que hablo; en 1972 yo tenía ocho años y mi única ocupación era distraerme, sin interés alguno en pararme a pensar en asuntos de mayor enjundia que encontrar una forma divertida de pasar el rato.

Cuando estaba en casa hacía filas de coches, organizaba partidas de chapas, expediciones con los madelman o, simplemente, me dejaba vagar, esperando que mi madre me avisara de que el bocadillo estaba preparado, de que debía darme un baño o de que iban a encender el TV y podía interesarme lo que iban a echar.

En diciembre, un martes y 13, debieron dar una voz y avisarme.

Programaban un mediometraje, dirigido por Antonio Mercero —quien ya había triunfado con “Crónicas de un pueblo”— que, años más tarde, alcanzaría el éxito y el reconocimiento masivo con “Verano azul” o “Farmacia de guardia”.

Era La cabina.



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Un guión, escrito a medias con José Luis Garci, enfatiza el protagonismo de un objeto, una cabina telefónica que unos operarios ubican en la plaza de Arapiles, en Madrid.

El actor que afronta su destino es un contenido José Luis López Vázquez; ya ha superado su obsesión sexual por las suecas; se ha casado y tiene un hijo.
Representa al español medio: bajo, circunspecto, moreno, calvo y con bigote. Se permite la frivolidad de usar una corbata estampada que contrasta con su traje marrón.

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No voy a desentrañar el desarrollo de la trama, por descontado. Son, sólo, 34 minutos. Y merecen la pena, del primero al último.

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El teléfono entró, con reservas, en la vida de los españoles. Se le hizo sitio en el pasillo: unos aparatos negros, de baquelita, colgados de la pared. Más tarde, al instalar un supletorio en el salón, aumentaba su protagonismo coronando una mesita auxiliar. Para realizar una llamada se empleaba un marcador de rosca que hacía que odiaras a la gente que tenía números llenos de nueves y ceros. Tenían un cordón continuo, forrado de tela, que pendía inmisericorde y se enganchaba y tiraba al San Pancracio cada vez que alguien descolgaba el auricular. Cuando inventaron el cable en espiral, consiguieron resolver el problema, aunque las personas inquietas, mayoritariamente mujeres, se entretenían revolviendo con su dedo índice, parloteando incesantes, provocando que el cable quedara reducido a su mínima extensión.

El engorro desapareció, ipso facto, con la proliferación de los inalámbricos, preludio de los móviles. La aparente autonomía que propiciaba la ausencia de un cable limitador de movimientos, desembocó en una dependencia absoluta.

Ahora, todos, debemos estar siempre disponibles.

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Una cabina era un espacio, público e inmóvil, en el que la gente se encerraba para poder comunicarse. Un inexplicable viaje al pasado (imprescindible para entender el foco de claustrofóbicos en que se ha convertido España).

Quizá no supimos ver dónde estaba la verdadera trampa.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Móviles y emprendedores

Tengo la completa seguridad de que muchos de los que ahora se apuntan al carro del emprendimiento lo hacen por no poder encontrar trabajo por cuenta ajena y, obligados, a la fuerza, tratan de buscar una ocupación que, tras sablear a familiares y conocidos, les permita encontrar una forma de llenar su tiempo, más allá de estar enganchados a la pantalla portátil del móvil.

Y que cuando la cosa remonte, que lo hará, volverán a buscar el acomodo natural para sus posaderas, entreteniéndose ociosos mirando una pantallita, buscando que los riesgos los asuma otro, escaqueándose del trabajo duro y el compromiso.


"Como la biblio de la Facu, pero más cool (y con menos gente)" Foto: madrideducacion.es

Si no fuera por los móviles, la emprenderían a hostias, así que deberemos dejarlos tranquilos (aunque se perderán parte del disfrute de una vida real).

[NOTA: Es posible que tu móvil no sea compatible con el formato de este vídeo y nunca llegues a ser capaz de verlo. Sería una lástima. Inténtalo. Es otra forma de ver el mundo.]



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Visto en Meridianos.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...