miércoles, 14 de octubre de 2015

Amigos de la soja

"Comemos como cerdos. Babilónicos"

— Hola, Jordi. ¿Qué tal?
— Bueeeenoo…
— ¿Qué te pasa? Te veo cabizbajo.
— Naaaaadaa… Preocupaaaaadoo que aaaaaandoo…
— ¿La crisis siria? ¿El índice de desforestación? ¿El cuadrado térmico?
— ¿Cuadrado térmico?
— Nada. Una cosa de una zona que tiene máximos históricos de temperatura…
— Nunca había oído hablar de ello.
— Es muy largo. La conclusión es que se acerca el apocalipsis.
— Noticias frescas.
— Sí. Eso también. Habrá una fuerte glaciación.
— Y yo sin enterarme.
— Pensé que por eso llevabas ese aire alicatado.
— ¿Alicatado?
— Sí. Como apagado, débil, falto de fuerzas, triste, desanimado.
— Pareces un diccionario.
— Dicho de una persona: que ha venido a menos.
— Y yo que pensaba que había llegado a tiempo…
— No. Algo te pasa.
— El chico.
— ¿Mateo? ¿Qué tiene? ¿Se encuentra mal?
— No, no es eso.
— Ya sé: el trabajo. ¿No había sacado el certificado profesional de jardinero?
— Sí. Quizá ahí empezó todo.
— Cuenta.
— Estaba muy contento. Había hecho el curso.
— ¿En modalidad online?
— No. En presencial, ¿por quién me tomas?
— Perdona.
— Sigo: hizo amigos; le gustó.
— ¿Y le sirvió para algo? Porque yo he oído de gente que hace cursos y …
— Sí. Aprendió mucho. Tú le señalas ese arbusto y te dice qué da.
— ¡Vaya!
— No. Ése da moras, no bayas. ¿No ves que es una zarzamora?
— Ya.
— Y aprendió a usar herramientas. La pala.
— Ya.
— Y otras más que no me acuerdo.
— Ya.
— ¡Ah, sí! Las tijeras de podar.
— Las podadoras.
— Sí. ¿Te acuerdas de aquellos árboles que puse en mitad del jardín?
— ¿Los que querías que hicieran de cortavientos para la barbacoa?
— Sí. Llegó un día y se puso a podar.
— ¿A podar?
— Sí. Y tanto podó y podó y podó, que un día teníamos un 1.
— Decorativo.
— Tú ríete. Luego siguió con letras, sinsentido ninguno.
— ¿Y que decía Isa?
— Ya la conoces. Le dejaba hacer.
— Ya.
— Pero lo peor todavía no había llegado.
— ¿Qué paso?
— Nos trajo a su amigo.
— ¿Novio?
— Sí. Ahora vive con nosotros.
— Bueno. Si se quieren. No debes tener prejuicios con que tu hijo sea gay.
— ¿Prejuicios? ¿Quién dijo prejuicios?
— Tú. Antes eras muy moderno y eso, pero, ahora, como tu hijo se ha echado novio, ya no te parece lo mismo…
— Que no es eso, caramba. Ya sabía que no tenía que haberme puesto a hablar contigo. Todo lo malinterpretas.
— ¿Yo? Pero si eres tú, que andas alicatado porque su hijo sea maricón.
— Jo, Pepe. Te juro que te aguanto porque te conozco desde que íbamos a la Escuela Moderna Ferrer i Guardia, que si no…
— …
— La cosa es que no me importa que el chaval destroce los árboles y se ponga a dibujar formas abstractas, como si fuera el mismísimo Eduardo Manostijeras. Mira que a mí siempre me gustaron los jardines ingleses, y ahora vivo en el centro de uno francés, de tan modelado y recortado como el chico lo ha dejado. Pero te aseguro que no es eso. Ni tampoco que no encuentre trabajo, que ya lo asumo. Sé que el curso le sirve para haber descubierto su vocación y seguro que cuando el ayuntamiento pueda contratar a alguien, y disponga de presupuesto, tener la certificación le vendrá de maravilla. Y te aseguro, de verdad, con todo el respeto que te profeso, que según pasa el tiempo vas mermando de una forma que no te imaginas, que no me preocupa que sea homosexual y que esté enamorado como un alacrán. De verdad que no. Ni siquiera que se haya traído a su novio a vivir a casa. No hay motivos personales.
— ¿No?
— No. De verdad. Lo que pasa es que su novio es un pesado.
— ¿Y eso?
— Mira. No para de darnos la turra explicándonos lo que hacemos mal. Va con un aire de sobrado que me ha hecho encanecer. ¿Ves cómo tengo la barba? Ya no hay santa manera que nadie me confunda con un hípster. Todo el mundo querrá que, estas navidades, haga de Santa.
— Aféitate.
— Jo. Otro a decirme lo que tengo que hacer. Voy a afeitarme ahora, cuando por fin la barba está de moda. Pareces tonto.
— ¿Cómo se llama?
Álex González.


— La cagaste.
— Me tiene harto. Ese aire de suficiencia que se trae, ese dedito señalándolo todo, esa manía de ponernos motes.
— ¿Motes?
— Sí. A mí me llama Don Creíque. Y a Isa, Doña Penseque.
— ¿Llama Doña a Isa?
— Sí. Pero, no te lo pierdas: ni siquiera le pone acento.


— A mí, sí. Pero a ella, vete tú a saber por qué, no.
— Chao.
— ¿Dónde vas?
— A saber por qué. ¿No me habías mandado? Iba al bar, a beber.
— Eso. Y me dejas aquí con éste.
— Tienes razón.
— Ya te digo. El otro día fuimos a hacer la compra. Nos llevó a un mercado, súper, de los que dan bolsas de papel marrón, sin asas, que coges por abajo.
— ¿Ahora hay de esos en España?
— No. Pero, con él, como sale en TV, no reparan en gastos. Es todo attrezzo.
— …
— Falso. Que es todo apariencia.
— Sé lo que es attrezzo. Yo también hacía interpretación libre, si recuerdas.
— Vale. La cosa es que llevábamos cuatro bolsas mal contadas. Isa se puso a sacar la que había dejado en el asiento de atrás, con sus pimientos de colores como semáforos, y su barra de pan integral, que dice que le ayuda a dejar unas deposiciones como las de una cabra, que parecen Ferrero Roché sin envoltorio dorado, ni tener que encaramarte a un risco.
— Te estás perdiendo.
— Que sí. Que estoy que trino. Ya lo sé.
— Cálmate.
— Sigo.
— Sigue.
— Pues que llegamos a casa, con la compra. Todo en plan natural: verduras y pan integral; todo ese rollo. Y aparece el Álex, con una bolsa en la mano, de la que salía un envase, con su camisa de cuadros.
— ¿El envase llevaba una camisa de cuadros?
— No. El envase era un brick. La camisa de cuadros la llevaba él.
— Ya.
— Y en lugar de ponerse a ayudar, se puso a dar la plasta. Me miro en plan retador. Salió un rótulo que decía que yo era Don Creíque.
— No doy crédito.
— Y, entonces, después de haber ido a la compra en coche, un subtítulo me indica que debo caminar 30 minutos al día. Y me envía a una página web.


— Yo le hubiera mandado al risco.
— Pues así estamos. Así estoy yo. Así es la cosa: mientras el Álex habla, van saliendo subtítulos. Por ejemplo, pone su dedito, mientras se ve de fondo el paisaje de la sierra, y se lee un subtítulo minúsculo, que, por María Montessori, juro que pone La Fundación Alimentación Saludable recomienda que el 50% de tus proteínas sean de origen vegetal.


— Y, en ese instante, surge un helicóptero de dos rotores, en medio de la ciudad, pero que vemos desde la casa en la sierra, transportando un cartel que multiplica el tamaño del aparato y que calculo que, en la medida estándar, ocuparía la superficie de cuatro campos de fútbol, con un dibujo de una balanza en la que, en uno de sus brazos hay proteínas vegetales 50% —porque lo pone y lo leo— y, en el otro brazo, bolitas rojas que no son vegetales, ni proteínas y que deben ser cancerígenas —porque lo intuyo—.
— ¡Qué bárbaro!


— Ya te digo. Se me va la vista al cielo y encanezco.
— Normal.


— Luego llega Isa. Entra ella con su bolsa, abrazada, que la lleva como llevaba las carpetas cuando iba al colegio.
— No. Ni siquiera cierra la puerta, así que no parece que necesite sentirse protegida.


— Será una costumbre.
— El que se está acostumbrando es él. Le pone esa cara…


— …y apunta con ese dedo…


— …para señalar a Mateo, que sigue en el jardín retocando su trabajo.
— Siempre fue un perfeccionista.
— Ahora es obsesivo.


— Ya me dirás tú como te sentirías si tu hijo estuviera todo el día encaramado a unas escaleras, dándole a las tijeras, y, en lugar de podar en forma de animal, o geométrica, o abstracta, o lo que fuera, cualquier cosa sería mejor que convivir con el logo daltónico de Día, los supermercados.
— Visto así.
— No se me ocurre otra forma de verlo.
— Será una etapa.
— Sí. Ahora comemos con la puerta abierta, por si Mateo se anima a entrar.


— Pero no.
— No. Sólo aparece él.
— Ya.
— Es invasivo. Nos hace poner cada cosa en cuencos de cristal, con su correspondiente cucharita.
— ¡No me lo creo!
— ¿Tú sabes cuántas cucharitas debemos emplear para tomar algo rápido, de la que llegamos de la compra? Si no, no está contento.


— Debe ser agotador.
— Ni te lo imaginas. Ahora bien: debo confesarte algo. Siempre pillo una cosa de esas rojas, redondas, cancerígenas, que no tengo ni la menor idea qué serán. Me importa un rábano.


— Jordi, lo siento.
— Te aseguro. Estamos en tierra de lobos. Al príncipe éste, como no dé un paso adelante, le hago una cuenta atrás. Por muy Álex González que sea.

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La soja es buena.
SOJA, el grupo liderado por Jacob Hemphill, mola.
De su disco de 2009, “Born in Babylon”, You and me (ft. Chris Boomer)”.



9 comentarios:

  1. Jajajaja. Menudo partidazo le has sacado al anuncio. Ahora cuando me fije en él, tendré que sonreír a la fuerza ; )

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    1. Una consecuencia inesperada de la ingesta de soja.

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  2. Ohhh, no podré ver el anuncio sin recordar este post! Jajajaja!

    Camaleónico este Alex González, por cierto. Gran repertorio de expresiones faciales, sí :D

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  3. Y si luego pasa como el omega ese y no vale para nada Alex Gonzalez se escondera? Ocultaran el anuncio? o quitaran las kilocalorias del mismo?.

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    1. ¿Omega y Gasset?

      Harán como con el L. Casei Munitas, que ahora es L. Casei Danone.

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