Patrulla de Salvación publicó ayer,
10 de enero, un artículo titulado “Mientes,
Juan Cruz, y lo sabes”. Picado en la curiosidad, sigo el enlace y llego
al artículo que provoca la reacción patrullera, publicado el mismo día en El País (edición digital) y titulado “La
conspiración contra el libro”. Dejo para más adelante la conclusión de
la lectura del artículo, que tuve que interrumpir, y me detengo en puntualizar
el escrito de Juan Cruz, a quien no
tengo el gusto de conocer, por lo que, antes de meterme a fondo, decido
investigar un poco sobre él.
Es sencillo, siguiendo las pistas que el propio medio facilita
(aprovecho aquí para felicitar a elpais.com
por su estructura sencilla, accesible y navegable. Un verdadero ejemplo para la
edición digital).
Perfil:
Juan Cruz Ruiz (Tenerife, 1948) comenzó su carrera de periodista a los
13 años en el semanario Aire Libre. En 1976 fue miembro del equipo fundador del
diario EL PAÍS, donde fue corresponsal en Londres. Posteriormente fue jefe de
Cultura y de Opinión. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de
El País. Se estrenó como novelista en 1972 con Crónica de la Nada hecha
pedazos, que obtuvo el premio Benito Pérez Armas. Después ha escrito una
veintena de libros, por los que ha recibido el premio Canarias y el Comillas de
Memorias. Ha sido director de La Oficina del Autor del Grupo Prisa y director
editorial de Alfaguara. Actualmente es adjunto a la dirección del periódico EL
PAÍS.
Blog
personal: Mira que te lo tengo dicho
Un
veterano periodista, que se mantiene en el periódico desde su fundación. El
tipo de persona con el que parece un atrevimiento disentir. Un interesante
reto.
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“Dicen, también, que el libro es
caro, y se dice tanto, y desde tantos sitios, que ya es lugar común” [las negritas son mías].
“...entonces desnaturalizan la lectura misma, quitan de los presupuestos
de las bibliotecas el dinero que solía haber para que estos templos laicos del saber se nutrieran
de novedades o, simplemente, de los libros que harían falta para que esos
edificios cumplieran con la finalidad implícita en su noble nombre” [las negritas siguen siendo mías].
O
lo que es lo mismo: para concluir que la reiteración en afirmar que “el libro
sea caro” se haya convertido en un lugar común (entendiéndolo como una crítica
implícita y un rechazo a la veracidad del aserto), emplea, él mismo, lugares
comunes (entendidos como tópicos recurrentes, apoyados en percepciones
subjetivas y mutables a voluntad).
Así,
califica a una biblioteca como “un templo
laico del saber”, en un intento de, según su estilo, “desnaturalizar” el espacio mismo, obviando el fin para el que los
templos —todos los templos—, fueron
creados; como lugares destinados a una actividad religiosa (la oración),
espiritual (la contemplación); alejados de la concepción material en que, en
ocasiones, hayan terminado transformándose (si fuera el caso). Pero, en un
retruécano imposible, dota al edificio (la biblioteca) de una nobleza asociada
de forma intrínseca a su nombre (Biblia), mientras niega la trascendencia de su
propósito fundacional, para afianzar sus taimados intereses. En el contexto del
artículo se comprende que el objetivo de adjetivar como laico no puede ser otro
que el de desacralizar los templos originales.
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La
confusión que achaca a otros, etéreos (por no mentados), conchabados en una
siniestra confabulación, se percibe en su escrito. ¿Es el libro —de papel—, o
es la lectura? ¿Es el objeto —un tipo en concreto—, o el uso que se le da? No
se entiende; no queda claro.
“Dicen, por ejemplo, que le gente ya no lee” [uso].
“Hay una conspiración contra el libro” [objeto].
“Hay quienes creen que el libro desaparecerá como consecuencia del éxito
de las tabletas y de los otros artículos de consumo que también contienen
libros” [tipo].
“...el libro tal como se conoce más popularmente, el libro de papel [...]
durará aún mucho más de lo que dicen los agoreros” [tipo].
“...la muerte del libro afectará por igual a las tabletas y a los libros
de papel” [objeto].
“Al libro lo quiere matar la sociedad que asiste a su ejecución sin
moverse para hacer que la gente sepa que leer es mejor que dejar de leer” [paranoia].
“Es la sorda consecuencia de la conspiración que, con artes más o menos
disimuladas, están alejando a la gente de las librerías y de las bibliotecas y
las están sumiendo en una idea que corre el peligro de ser el lugar más común
de la cultura de nuestra época: leer al fin y al cabo no es tan sustancial para
vivir..., y además es caro” [delirio].
La
conclusión previa —establecida al titular el artículo—, es que existe una
conspiración (no se conoce de quiénes; tampoco se aclara contra qué). La
propuesta para combatirla es reaccionar alentando otra conspiración.
“Les corresponde a autores, editores, libreros, etcétera, recuperar el
libro de las garras de esa artera conspiración”.
Lo
sospechoso es que de la propuesta se excluye a los lectores, los
que deberían ser los protagonistas de todo el asunto.
¡Qué
Cruz!
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No
entraré a detallar los errores de puntuación que tiene el texto, además de los
que podrán comprobar en las citas entresacadas. Sólo les pido que traten de
leer el párrafo que dejo a continuación. Díganme si lo han hecho sin que les
falte el resuello:
“...el apoyo a las bibliotecas y el apoyo a las editoriales para
abaratar el precio del libro propiciando tiradas más amplias y alentando la
compra de más ejemplares de cada edición por parte de organismos públicos
obligados a hacer del libro la materia central de la educación de la gente”.
Yo
lo he intentado y, en franqueza, debo confesar que no he podido.
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“Dicen, también, que el libro es caro, y se dice tanto, y desde tantos
sitios, que ya es lugar común. Claro, en la crisis, dicen, la gente está
pensando en otras cosas y primero hay que comer y después pensar, o leer. No se
les ocurre que pensar, leer y comer se puede hacer al mismo tiempo, y no todos
esos términos de la ecuación tienen por qué darse por separado”.
Uno suponía, ya veo que ingenuamente, que el
propósito de la lectura, el fin para el que se mostraba certeramente atinada,
era el de propiciar el conocimiento de la verdad, como instrumento para
alcanzar la libertad. Y, en caso de no alcanzarse en su plenitud, podría
permitir el desarrollo de personas (sociales, activas, reales, solidarias e
integradas) que pudieran disfrutar de felicidad (mal menor que a muchos colmaría).
En ese entramado de personas vinculadas, por medio de experiencias reales; en
el que todos se podrían mostrar capaces de alterar la percepción momentánea de
la realidad, atendiendo a su compromiso y a su implicación, necesitaría la
intermediación de la educación, vista como algo que iría más allá de la
adquisición de conocimientos, o el
desarrollo de hábitos, pero que necesita singularmente del cumplimiento de
normas sociales, como cortesía hacia los demás.
En esa utópica realidad, pensar, leer y comer, podrán
—deberán— ser realizados por todos —de forma secuencial—. La realización de las
tres actividades, simultáneamente, producirá el incumplimiento explícito de las
normas básicas de convivencia. Y eso es algo que, sin voluntad de conspirar,
podríamos embarcarnos en construir: un mundo donde la educación y la tradición
fueran valores a los que nunca se querría renunciar, en el deseo de permitir un
acervo común, mejor; para todos (incluso para los que no lean).
