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martes, 6 de octubre de 2015

Clásico

He alcanzado esa incierta edad en que he decidido leer, en exclusiva, clásicos, en el presuntuoso intento de conseguir, para mí, un aire renovado y moderno.

Leer

Pregúntame qué entiendo por clásico…

*****

En un proyecto que tiene vida —de momento— en mi página de Facebook, que invito a visitar, cuatro amigos se animaron a preguntar.

Sobre qué era clásico.
Y sobre qué, moderno.

*****

La respuesta fue extensa, pero puede resultar válida:

“Partiendo de que la lectura pueda contener un propósito que vaya más allá del entretenimiento, como no puede ser de otra forma, uno de los que me anima —a mí en concreto, sin que pretenda que deba ser universal, o que excluya motivos diferentes— es que facilita la comprensión; leer me ayuda a conocerme (y comprenderme) y es fuente para el conocimiento (y comprensión) de otros. Puesto que el mundo no ha cambiado tanto y, en lo básico, somos igual desde que somos humanos, hay ciertas reflexiones intemporales plasmadas por algunos escritores que buscaban trascender el ámbito de lo que para ellos era actual. El clasicismo no es un asunto tamizado por la antigüedad del autor, sino por sus intenciones. De manera análoga al modo de actuación de los antropólogos, que estudian las sociedades polinesias para comprender las occidentales, el conocimiento de lo que pensaba Montaigne, o Samuel Johnson, o Chesterton, a los que nadie negará su categoría clásica, me sirve para ayudarme a desentrañar lo que yo pienso. Para rematar, moderno es lo que está sujeto a la moda y es lo que, por su naturaleza, por su concepción, o por la falta de profundidad de su autor —atascado en asuntos de actualidad, o simple sin remisión— tiene fecha de caducidad y, pasada la explosión de la moda momentánea, se disuelve en su total falta de sustancia”.

(Han pasado años y no es un sinsentido)

Covadonga Díaz García, Carlos Tongoy, Alberto Royo y Bernardo Dual, amigos todos, fueron los responsables de que me animara a dejar esa declaración.

Más tarde, mi maestro, del que me declaro discípulo, me empujó hacia Calvino.
Creía que podía ayudarme a dar con más respuestas.


“Por qué leer los clásicos” (Siruela, 2009).
Un verdadero clásico.

martes, 3 de septiembre de 2013

Titulitis

En el pasado, pongamos cuando el efecto 2000 era una hipótesis todavía factible, hacía referencia a la obsesión desmedida por engrandecer los méritos del CV profesional, añadiendo certificaciones oficiales, más y más, en la esperanza de que sirvieran para algo.

Hoy, una vez alcanzada cotas máximas de empleabilidad en negativo, los jóvenes se han visto obligados a decidir que no les importa diferenciar, en su CV, lo personal de lo profesional.

Hay muchos ejemplos, pero le tomo prestado uno a mi amigo fumador, conocedor de que le encanta repartir martillazos, tal como si él fuera Esautomátix y yo Ordenalfabetix.


"Un roto y un descosido"

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Ahora, cuando el exceso de información es abrumante —y 140 caracteres parecen ya excesivos—, se refiere a la capacidad creciente para darse por enterado de todo, sólo con vislumbrar titulares.



En un mundo sin prisa hubieras leído esto.

jueves, 18 de julio de 2013

Echar el cierre

Época de cambios.

No deberían preocupar tanto los de tendencias (ya sean económicas, informativas o modales) pues se asume que los fenómenos basados en lo efímero encierran en su naturaleza una propensión al cambio.

A mi juicio, son más preocupantes los que afectan a los usos y costumbres. La evolución no siempre resulta positiva. En ocasiones, se debe considerar una traición a la tradición.

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Ya se argumentó, en otro momento y lugar, la relevancia de entender las implicaciones que la actuación global ejerce en el ámbito local.

*****

Es doloroso ver cómo establecimientos comerciales tienen que echar el cierre.
Todos.
Pese a que los que sintamos más próximos nos puedan afectar más.

Un comercio es un lugar de intercambio.

Cuando se realiza en un espacio concreto, físicamente, en proximidad (y no de forma virtual), gana con el añadido de la relación personal.

El vínculo que nos une con los que mantenemos relaciones, más o menos estrechas, nos humaniza.

Y también nos redefine, de forma definitiva.

Somos como somos, gracias a la influencia de aquellos con los que nos hemos sentido vinculados.

*****

Se anuncia el cierre de una librería. Un clásico en Oviedo. Santa Teresa. Es triste ver renunciar a alguien a quien aprecias.

Pero, aun siendo todos los cierres desgarradores, éste (en)cierra un círculo que afecta profundamente.

En lo personal, el afecto con Alberto Polledo —inspirador del artículo fundacional de este blog—, Juan Ángel, Juan y Leo, deja una muesca, otra más, en un camino que debe continuar.



En lo colectivo, la transformación espanta. La certeza creciente de que el abandono de la lectura es la antesala del cierre patronal del pensamiento.

La comprobación de que la intuición distópica de Ray Bradbury en Fahrenheit 451 era exagerada y que los bomberos nunca llegarán a quemar libros porque, antes, se habrán mostrado innecesarios (o inútiles).

La quema de libros, en la película de François Truffaut, de 1966


Una profunda lástima.

***** 

Sé que a Leo —el nombre más propicio para un librero—, le gustará saber que el tiempo está de nuestra parte.
Juan Ángel —activo comentarista—, sabe que, lo verdaderamente importante, estará siempre en nuestro recuerdo.

*****

Gracias

viernes, 11 de enero de 2013

Anotaciones a “La conspiración contra el libro”, de Juan Cruz


Patrulla de Salvación publicó ayer, 10 de enero, un artículo titulado “Mientes, Juan Cruz, y lo sabes”. Picado en la curiosidad, sigo el enlace y llego al artículo que provoca la reacción patrullera, publicado el mismo día en El País (edición digital) y titulado “La conspiración contra el libro”. Dejo para más adelante la conclusión de la lectura del artículo, que tuve que interrumpir, y me detengo en puntualizar el escrito de Juan Cruz, a quien no tengo el gusto de conocer, por lo que, antes de meterme a fondo, decido investigar un poco sobre él.

Es sencillo, siguiendo las pistas que el propio medio facilita (aprovecho aquí para felicitar a elpais.com por su estructura sencilla, accesible y navegable. Un verdadero ejemplo para la edición digital).

Perfil:

Juan Cruz Ruiz (Tenerife, 1948) comenzó su carrera de periodista a los 13 años en el semanario Aire Libre. En 1976 fue miembro del equipo fundador del diario EL PAÍS, donde fue corresponsal en Londres. Posteriormente fue jefe de Cultura y de Opinión. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País. Se estrenó como novelista en 1972 con Crónica de la Nada hecha pedazos, que obtuvo el premio Benito Pérez Armas. Después ha escrito una veintena de libros, por los que ha recibido el premio Canarias y el Comillas de Memorias. Ha sido director de La Oficina del Autor del Grupo Prisa y director editorial de Alfaguara. Actualmente es adjunto a la dirección del periódico EL PAÍS.



Un veterano periodista, que se mantiene en el periódico desde su fundación. El tipo de persona con el que parece un atrevimiento disentir. Un interesante reto.

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 “Dicen, también, que el libro es caro, y se dice tanto, y desde tantos sitios, que ya es lugar común” [las negritas son mías].

“...entonces desnaturalizan la lectura misma, quitan de los presupuestos de las bibliotecas el dinero que solía haber para que estos templos laicos del saber se nutrieran de novedades o, simplemente, de los libros que harían falta para que esos edificios cumplieran con la finalidad implícita en su noble nombre” [las negritas siguen siendo mías].

O lo que es lo mismo: para concluir que la reiteración en afirmar que “el libro sea caro” se haya convertido en un lugar común (entendiéndolo como una crítica implícita y un rechazo a la veracidad del aserto), emplea, él mismo, lugares comunes (entendidos como tópicos recurrentes, apoyados en percepciones subjetivas y mutables a voluntad).

Así, califica a una biblioteca como “un templo laico del saber”, en un intento de, según su estilo, “desnaturalizar” el espacio mismo, obviando el fin para el que los templos —todos los templos—, fueron creados; como lugares destinados a una actividad religiosa (la oración), espiritual (la contemplación); alejados de la concepción material en que, en ocasiones, hayan terminado transformándose (si fuera el caso). Pero, en un retruécano imposible, dota al edificio (la biblioteca) de una nobleza asociada de forma intrínseca a su nombre (Biblia), mientras niega la trascendencia de su propósito fundacional, para afianzar sus taimados intereses. En el contexto del artículo se comprende que el objetivo de adjetivar como laico no puede ser otro que el de desacralizar los templos originales.

*****

La confusión que achaca a otros, etéreos (por no mentados), conchabados en una siniestra confabulación, se percibe en su escrito. ¿Es el libro —de papel—, o es la lectura? ¿Es el objeto —un tipo en concreto—, o el uso que se le da? No se entiende; no queda claro.

“Dicen, por ejemplo, que le gente ya no lee” [uso].

“Hay una conspiración contra el libro” [objeto].

“Hay quienes creen que el libro desaparecerá como consecuencia del éxito de las tabletas y de los otros artículos de consumo que también contienen libros” [tipo].

“...el libro tal como se conoce más popularmente, el libro de papel [...] durará aún mucho más de lo que dicen los agoreros” [tipo].

“...la muerte del libro afectará por igual a las tabletas y a los libros de papel” [objeto].

“Al libro lo quiere matar la sociedad que asiste a su ejecución sin moverse para hacer que la gente sepa que leer es mejor que dejar de leer” [paranoia].

“Es la sorda consecuencia de la conspiración que, con artes más o menos disimuladas, están alejando a la gente de las librerías y de las bibliotecas y las están sumiendo en una idea que corre el peligro de ser el lugar más común de la cultura de nuestra época: leer al fin y al cabo no es tan sustancial para vivir..., y además es caro” [delirio].

La conclusión previa —establecida al titular el artículo—, es que existe una conspiración (no se conoce de quiénes; tampoco se aclara contra qué). La propuesta para combatirla es reaccionar alentando otra conspiración.

“Les corresponde a autores, editores, libreros, etcétera, recuperar el libro de las garras de esa artera conspiración”.

Lo sospechoso es que de la propuesta se excluye a los lectores, los que deberían ser los protagonistas de todo el asunto.

¡Qué Cruz!

*****

No entraré a detallar los errores de puntuación que tiene el texto, además de los que podrán comprobar en las citas entresacadas. Sólo les pido que traten de leer el párrafo que dejo a continuación. Díganme si lo han hecho sin que les falte el resuello:

“...el apoyo a las bibliotecas y el apoyo a las editoriales para abaratar el precio del libro propiciando tiradas más amplias y alentando la compra de más ejemplares de cada edición por parte de organismos públicos obligados a hacer del libro la materia central de la educación de la gente”.

Yo lo he intentado y, en franqueza, debo confesar que no he podido.

*****

“Dicen, también, que el libro es caro, y se dice tanto, y desde tantos sitios, que ya es lugar común. Claro, en la crisis, dicen, la gente está pensando en otras cosas y primero hay que comer y después pensar, o leer. No se les ocurre que pensar, leer y comer se puede hacer al mismo tiempo, y no todos esos términos de la ecuación tienen por qué darse por separado”.

Uno suponía, ya veo que ingenuamente, que el propósito de la lectura, el fin para el que se mostraba certeramente atinada, era el de propiciar el conocimiento de la verdad, como instrumento para alcanzar la libertad. Y, en caso de no alcanzarse en su plenitud, podría permitir el desarrollo de personas (sociales, activas, reales, solidarias e integradas) que pudieran disfrutar de felicidad (mal menor que a muchos colmaría). En ese entramado de personas vinculadas, por medio de experiencias reales; en el que todos se podrían mostrar capaces de alterar la percepción momentánea de la realidad, atendiendo a su compromiso y a su implicación, necesitaría la intermediación de la educación, vista como algo que iría más allá de la adquisición  de conocimientos, o el desarrollo de hábitos, pero que necesita singularmente del cumplimiento de normas sociales, como cortesía hacia los demás.

En esa utópica realidad, pensar, leer y comer, podrán —deberán— ser realizados por todos —de forma secuencial—. La realización de las tres actividades, simultáneamente, producirá el incumplimiento explícito de las normas básicas de convivencia. Y eso es algo que, sin voluntad de conspirar, podríamos embarcarnos en construir: un mundo donde la educación y la tradición fueran valores a los que nunca se querría renunciar, en el deseo de permitir un acervo común, mejor; para todos (incluso para los que no lean).

sábado, 8 de diciembre de 2012

La vida de Pi


1 — El libro

El autor, Yann Martel, nacido en Salamanca, pero de nacionalidad canadiense, se encontraba perdido en la escritura de una novela ambientada en Portugal. Para inspirarse (y trabajar en ella) decidió viajar a India y establecerse en Pondicherry, antigua capital de la colonia francesa. Allí, viendo que el libro en el que estaba trabajando no avanzaba, buscaba una historia que contar y se encontró a quien afirmaba conocer a alguien que podría contarle una historia que le haría creer en Dios. No, espera...

El libro cuenta la historia de Piscine Molitor Patel, más conocido como Pi. Vive en Pondicherry, con su familia. Su padre es el director del zoológico que se encuentra en el jardín botánico de la ciudad. Pi crece en ese entorno, aprendiendo de la convivencia con animales, cultivándose en la lectura y en la religión, desarrollando su fe en el hinduismo, primero, el cristianismo, más tarde, y, finalmente, iniciándose en el islamismo. Empezará también a estudiar la cábala como parte de su formación... No, espera...

La familia de Pi decide emigrar a Canadá. La situación económica no es buena en la India (especialmente en Pondicherry), por lo que deciden reiniciar su vida. Deben vender los animales del zoo (que son propiedad de la familia) y resulta más conveniente que lo hagan en Canadá, un país que ofrece multitud de posibilidades para iniciar una nueva vida. El barco en el que viajan se ve atrapado en una tormenta, que provoca el naufragio... No, espera...

El libro es una fábula. Cuenta cómo un adolescente se enfrenta a las circunstancias más complejas que se puedan imaginar. Sobrevive a un naufragio y debe superar 227 días de desventuras en el mar, en un bote salvavidas, sin más compañía que (todo el planeta sabe ya esto; no me consideraré un spoiler por contarlo) Richard Parker, un tigre de Bengala.

2 — La película


Superproducción encaminada a triunfar en la Navidad de 2012, se estrena la película, dirigida por Ang Lee, reputado director, nacido en Taiwán, pero criado y formado en USA. Fue candidato al Oscar, en la categoría de Mejor película de habla no inglesa, en 1993 por “El banquete de boda” y en 1994 por “Comer, beber, amar”. Obtendría el premio en esa categoría, en 2000 por “Tigre y dragón”, que también le serviría para ser nominado en la categoría de Mejor director. Ese premio lo lograría en 2005 por su trabajo en “Brokeback Mountain”. En su filmografía destacan también “Sense and sensibility” (1995), “La tormenta de hielo” (1997) o “Hulk” (2003).

Tiene la difícil tarea de adaptar una conocida novela (premio Booker en 2002) que puede considerarse un viaje interior: el que afronta su protagonista, Pi, en su formación religiosa y en la odisea que debe afrontar tras el naufragio del barco en el que viaja junto a su familia y los animales del zoo, en su traslado a Canadá.

Es respetuosa con los lectores del libro (resulta inevitable al ver una película basada en el libro que uno ha leído, establecer comparaciones entre ambas: en este caso el asunto se resuelve bien, apuntando temas que, lógicamente, en el libro se tratan en mayor profundidad y detalle).

Visualmente espectacular. No tanto por los efectos visuales, ni por el trabajo con los animales (que también), como por una fotografía realmente notable. El director de fotografía es Claudio Miranda, nacido en Chile, pero nacionalizado USA. Fue jefe de iluminación (gaffer) en tres espléndidas películas dirigidas por David Fincher: “Seven” (1995), “The game” (1997), “El club de la lucha” (1999). Y, antes de este trabajo, fue director de fotografía, en otra película de Fincher, “El curioso caso de Benjamin Button” (2008) o en “TRON: Legacy” (2010), de Joseph Kosinski. Un trabajo cuidado, transmitiendo la serenidad del mar (en calma chicha) y la violencia de un temporal desatado. Un acierto pleno.

3 — Capitanes intrépidos

Será porque acabo de ver una reposición en TV de la película de 1937, dirigida por Victor Fleming, (basada en la novela de Rudyard Kipling, escritor nacido en Bombay, India, pero de nacionalidad británica), pero no dejo de encontrar conexiones entre La vida de Pi y Capitanes intrépidos.

Rápidamente resumo el argumento: Harvey (Freddie Bartholomew) es un niño, mimado y consentido por un padre que, tras enviudar, se centra en la dirección de su emporio empresarial y desatiende la educación de su hijo que, asistiendo a colegios de postín, utiliza su asignación económica para sobornar a compañeros y profesores. Tras conocer la realidad, el padre pide (obliga) a Harvey que le acompañe en un viaje a Londres, pero sus ocupaciones vuelven a distraerle. Tras competir con otros niños en la ingesta de batidos, Harvey se marea y se cae del paquebote. Es rescatado por Manuel (Spencer Tracy), un pescador portugués, enrolado en la tripulación de un pesquero de bacalao que debe adoptar a Harvey y ayudar a su transformación en una persona responsable y trabajadora. El reencuentro con su padre anticipa un hombre de provecho.

Las conexiones vienen por el escenario en que se producen ambas historias: el mar y un naufragio como causa externa del detonante de un cambio interior. Ambas historias narran una historia de superación personal, al tener ambos protagonistas (Pi y Harvey) que afrontar las difíciles circunstancias que les salen al paso. El esfuerzo, el trabajo duro, la tenacidad como sostén de un seguir adelante que, en ambos casos, se convierte en parte esencial de su carácter.
  
4 — Plan familiar

Como inicio de este puente de la Inmaculada, los cinco fuimos al cine. Recuerdo cuando yo iba al cine de pequeño, o cuando veíamos juntos las películas en TV. Y, es mi impresión personal, la familia que llora unida, permanece unida. No hay nada más integrador que comprobar que tus hijos tienen una gran sensibilidad, porque son capaces de emocionarse con una historia tan estimulante.

Debemos educar a nuestros hijos para que puedan enfrentarse a todo tipo de situaciones. El aislamiento no es bueno. Ser capaz de afrontar las dificultades, les hará crecer como personas. No es que yo pretenda que ningún hijo mío (ni nadie) naufrague y sea el único superviviente; pero debo asumir que (me guste o no) deberán afrontar la pérdida en su vida y, como se suele decir, “lo que no te mata, te hará más fuerte”. Mi propósito, como padre, es que mis hijos sean más fuertes, que, de forma autónoma, puedan resolver las situaciones que la vida les depare, por más difíciles que les puedan resultar.

Y compartir juntos las emociones que provoca presenciar las penurias (y cómo las supera) un personaje de ficción, resulta sumamente motivador.

5 — Resumiendo. Conclusiones finales. Valoración personal.

Ya hemos llegado hasta aquí: he hablado de un libro, de la película basada en el libro, de otra película que recordé porque abordaba un asunto similar (con resultados parecidos) y he contado planes familiares, detallando objetivos en la educación de mis hijos.

Iré un poco más allá. Esto es un blog personal: muchos de los que llegan hasta aquí sois amigos y haré algún apunte más íntimo, lo que me lleva a hacer una anotación para evitar poner a alguien en una situación incómoda.

A partir de aquí se revelarán detalles íntimos.
Los recelosos de la intimidad ajena.
Los que no quieran saber más.
A los que les abruman las historias personales.

DEBEN DEJAR DE LEER AHORA

Cuando era pequeño, mi padre (tratando de animarme en la lectura) se ocupó en enseñarme liturgias que, con buen criterio, consideraba me ayudarían a adquirir ese hábito. Me acompañaba a comprar libros, a ir a la biblioteca, me recomendaba libros, me impedía que leyera otros para que (apoyado en la psicología inversa) desarrollara estrategias para leerlos a escondidas, dejaba libros sueltos (como pistas que yo debía seguir), comentábamos libros que alguno había leído o que íbamos a leer.

Esas cosas que algunos padres hacemos para animar a que nuestros hijos lean (en la idea de que la lectura favorece una vida más plena, más satisfactoria y más relevante).

También me enseñó a firmar y fechar los libros que iba comprando (o me regalaban) y a estampar un sello (que me regaló) para desarrollar un vínculo emocional con el objeto. Intentaba que fuera formando mi propia biblioteca.

El sello lo perdí pero, durante años, seguí firmando los libros que compraba (o me regalaban). Pero abandoné esa costumbre. Demasiados libros y, en el fondo, salvo la dedicatoria de un regalo, una información que no me serviría para nada en el futuro. ¿Para qué quiero, hoy, saber cuando compré mi “Vida de Pi”?

Así que, ya digo, dejé de firmar los libros al adquirirlos, pero me acostumbré a firmarlos (y fecharlos) al terminarlos. (En ocasiones, hago apuntes sobre las condiciones del momento en que concluí la lectura).

Por eso, hoy sé que terminé de leer el libro el 15 de septiembre de 2010.

Poco tiempo después, en octubre de ese año, con la lectura del libro fresca en mi memoria, tuve que embarcarme, a la fuerza, en un dificilísimo viaje.

Mucha gente estuvo a mi lado, apoyándome, rezando por mí. Lo agradecí entonces y no lo olvidaré nunca.

Pero sé también cuánto me ayudó Pi. Fue mi compañero de viaje. Fue mi Richard Parker. El estímulo que hizo que, pasara lo que pasara, nunca me llegué a encontrar sólo. El recuerdo de su aventura (y de cómo la superó) me sirvió de aliento.

Por eso me gustó tanto la película.



sábado, 11 de agosto de 2012

miércoles, 25 de abril de 2012

Recapitulando sobre el día del libro

Con dos días de retraso, me propongo comentar el día del libro; esa fiesta que organiza el sector y que, tradicionalmente, ha tenido como centro de la celebración un objeto, el libro.

El sector está sometido a grandes tensiones que redundarán en profundos cambios. Nadie parece saber hacia dónde se moverá. La actitud ante su fiesta gremial no hace más que inspirar desconfianza en que hayan encontrado las claves para una transformación provechosa.

Uno tiene la sensación que la adoración hacia un objeto es un atavismo, como ya apunté en otro lugar.

Al centrarse en un objeto, tiene un importante componente fetichista. Se olvida, repetidamente, que lo importante es la acción y no el objeto.

El afán de protagonismo de algunos de los actores (necesarios, pero secundarios), convierte a los intermediarios —editores, distribuidores y libreros— en anfitriones que tratan de robar el protagonismo de las dos partes destinadas a encontrarse: escritores y lectores.

Si se entiende que la escritura es una actividad dirigida a otros, se establece una relación de servicio en la que el escritor es el proveedor y el lector, el cliente.


La transformación debería cumplirse —y lo hará de forma satisfactoria si se articula entendiendo estas claves— que los protagonistas son los actores y, de ellos, los principales los lectores, los clientes que soportan toda la actividad económica implicada.

"Leyendo" Foto: BrittneyBush

El mejor síntoma sería que en 2013, se hablara de la fiesta de la lectura; ésa sí que está pasando una crisis.

lunes, 16 de enero de 2012

En diagonal

Descubro con sorpresa un término que veo repetido de forma creciente y alarmante. Son muchos —y entre ellos, personas a las que admiro y respeto— que afirman que leen en diagonal.

No sé exactamente en qué consiste.

Foto: . SantiMB .

Siempre había oído hablar de leer por encima, leer entre líneas, echar un vistazo, (h)ojear —nunca me quedó del todo claro si lo que yo hago lleva hache, o no—, leer con recelo, premura, prisa o desazón. Todas las formas que uno pueda imaginar, además de hacerlo con detenimiento y atención.

Bien, cada uno puede practicarlo —y describirlo— de la forma que considere más oportuna. Pero si, leer lo escrito es como mirar a su autor, les ruego que no me lean en diagonal. Prefiero que no lo hagan, en absoluto, como prefiero que no me miren. Lo que me costaría sobrellevar es una mirada torva, cansina, torcida y enrevesada, presentada en diagonal.

Ni aunque fuera con unos intensos ojos azules.

miércoles, 11 de enero de 2012

Desorden

Tengo la mesa de mi despacho hecha un pequeño desastre. Y eso a pesar de que el lunes, con el inicio del curso escolar, empleé un buen rato en apilar los libros que —gracias a los Reyes— se amontonaban de forma un tanto caótica.

En esa frontera imaginaria que separa a la organización y el orden —organización: un sitio para cada cosa / orden: cada cosa en su sitio— suelo estar más próximo a la organización que al orden. Pero estos días mi mesa está especialmente saturada. Relacionaré parte de las cosas que me encuentro y se harán cargo del problema.

Foto: katiew

Presiden la mesa un conjunto de libros que, a modo de breviarios, están disponibles siempre. Se juntan de pie, contra la pared y están en sus extremos los dos más voluminosos, para hacer de puente de contención. De izquierda a derecha, son:

Harold McGee: La cocina y los alimentos
Josemaría Escrivá: Camino
George H. Lorimer: Cartas de un comerciante
Tom Cutler: 211 cosas que un chico listo debe saber
Bunty Cutler: 211 cosas que una chica lista debe saber
Stephen R. Covey: 7 meditaciones diarias para la gente altamente efectiva
Sun Tzu: El arte de la guerra
Baltasar Gracián: El arte de la prudencia
George Chevrot: Las pequeñas virtudes del hogar
George Chevrot: Las bienaventuranzas
El Corán
Sagrada Biblia
Michel de Montaigne: Los ensayos

Estos libros constituyen un consuelo recurrente y aleatorio. En ocasiones, sin previo aviso, cojo cualquiera de estos volúmenes y leo al azar.

Está esperando a que le haga sitio para entrar:
Baltasar Gracián: El criticón


Seguramente sustituya al libro de Bunty. En principio se lo había regalado a ella por lo mucho que me había gustado a mí —y a nuestros hijos— el libro de Tom, pero, sabiamente, descubrió que no tenía ni la mitad de gracia ni el mínimo interés, tras compararlo con el original —hemos hecho alguna lectura en la mesa a la hora de la cena que ha producido un desmadre generalizado; de hecho debimos cesar en esa práctica para evitar que los niños se espabilaran y luego no pudieran conciliar el sueño a su hora—. Así que, con méritos dispares, ambos están en un lugar del que creo que terminarán separándose. Retirando el mencionado libro y tres libretas que acumulaba allí, obtendré el espacio necesario para la nueva ubicación del Criticón.


En el ala derecha se apilan los libros que esperan turno. Forman cuatro columnas, una de ellas doble, organizadas por contenidos.

La primera está compuesta por libros relacionados con la educación de los niños, su escolarización, etc.

En orden descendente:

Javier Urra: Escuela práctica para padres. 999 preguntas sobre la educación de tus hijos
Albert Corominas y Vera Sacristán) (coords.): Construir el futuro de la universidad pública
Jordi Balcells Gene: Los hijos. Cómo estimular su potencial de éxito
Bernabé Tierno: Las mejores técnicas de estudio
Javier Urra: El arte de educar. Mis pensamientos y aforismos
José Ángel Paniego: Cómo podemos educar en valores. Métodos y técnicas para desarrollar actitudes y conductas solidarias
Juan Gabriel Bellido Bautista: Motivar en el aula. El arte de hacer que hagan
Juan Manuel Alarcón Fernández: Educar valores en grupo
Fernando Corominas: 100 planes de acción


La segunda pila está formada por ensayos, obras de pensamiento (no ficción). Tamaño doble.

Michela Marzano: Programados para triunfar. Nuevo capitalismo, gestión empresarial y vida privada
Antoine Compagnon: Gato encerrado. Montaigne y la alegoría
Baltasar Gracián: El criticón
Sarah Bakewell: Cómo vivir. Una vida con Montaigne en una pregunta y veinte intentos de respuesta
Charles Handy: La edad de la paradoja. Dar sentido al futuro
Thomas Cathcart y Daniel Klein: Aristóteles y un armadillo van a la capital. Las mentiras de los políticos analizadas con humor
Fernando Trías de Bes: Mil millones de mejillones
Howard Gardner: Mentes flexibles. El arte y la ciencia de saber cambiar nuestra opinión y la de los demás
Francisco Mora: El reloj de la sabiduría. Tiempos y espacios en el cerebro humano
Mihaly Csikszentmihalyi: Fluir. Una psicología de le felicidad
Antonio Rico: Teoría de la rana. Diez años de televisión (1996-2005)
Jorge Edwards: La muerte de Montaigne
Aranzazu Albertos San José: La educación del ciudadano democrático. Reflexiones sobre “La democracia en América” de Alexis de Tocqueville
VV AA: Ecología: La hora de la verdad
J. M. Ferrer Arpí y Franc Ponti: Si funciona, cámbialo. Cómo innovar sin morir en el intento
José Manuel Gil: Sólo a los bebés les gusta que les cambien
John Medina: Exprime tus neuronas
Steven Jonson: Las buenas ideas
Stephen R. Covey: Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva
Richard H. Thaler y Cass R. Sunstein: Un pequeño empujón (Nudge)
E. Epstein: El gran libro de los juegos de creatividad
Rafael Lamata comanda: La actitud creativa
Michael Michalko: Thinkertoys
Mihaly Csikszentmihalyi: Creatividad
Howard Gardner, Mihaly Csikszentmihalyi y William Damon: Buen trabajo
Ramón Bayes: El psicólogo que buscaba la serenidad
Jonas Ridderstrale y Kjell A Nordström: Karaoke capitalism
Gianni Rodari: Gramática de la fantasía
Ken Robinson y Lou Aronica: El elemento
Koldo Saratxaga: Un nuevo estilo de relaciones. Para el cambio organizacional pendiente
Naomi Klein: No logo. El poder de las marcas


La tercera pila está formada por literatura.

Jonathan Frenzen: Libertad
Yoko Ogawa: La residencia de estudiantes
William Kennedy: Tallo de hierro
Edmund Crispin: La juguetería errante. Un misterio para Gervase Fen
Manel Fontdevila: Reunión. Cuaderno de bocetos
Robertson Davies: A merced de la tempestad
Robertson Davies: Levadura de malicia
Rafael Yglesias: Un matrimonio feliz
Robert Stone: Dog soldiers
David Pérez Vega: Acantilados de Howth
George MacDonald Fraser: Flashman y el gran juego
Chris Stewart: Los almendros en flor
Albert Espinosa: El mundo amarillo
Sarah Shun-lien Bynum: Las crónicas de la señorita Hempel
Johann Wolfgang Goethe: Penas del joven Werther
E. F. Benson: Reina Lucía
James Fenimore Cooper: El último mohicano


La cuarta y última pila está formada por cosas sueltas. Revistas, semanarios, cosas impresas en papel y, especialmente, los dos tomos de La maldición de los treinta denarios, la última aventura de Blake y Mortimer.


Voy a tener que tomarme en serio lo de poner un poco de orden en esta mesa que me acogota. Será muy duro.

No me llamen por teléfono; estaré ocupado leyendo. Dejen comentario aquí.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Ruido de fondo

Busco una cafetería en la que pueda leer o escribir.

Foto: nerissa's ring

Siempre me ha gustado trabajar en bares. No es que pretenda convertirme en Sam Malone y hacer de Cheers mi escenario laboral cotidiano, sino que, por circunstancias de mi trayectoria profesional —que sería prolijo detallar ahora— tuve que, a la fuerza, desacostumbrarme a utilizar agenda y, adaptativamente, utilizar servilletas como forma de plasmar ideas. Ni siquiera en eso soy especialmente innovador.


El autor se llama Dan Roam. Y su libro lo han traducido aquí como “Tu mundo en una servilleta”. Y es un trabajo verdaderamente interesante.







   







Hubo una época en mi vida en que los bares se convirtieron en mi oficina (portátil) y, desde entonces, me gusta aprovechar esos espacios comunes para pensar, escribir y leer.

De un tiempo a esta parte, vengo observando —y supongo que no soy el único— que ya no abundan los bares silenciosos. La TV ha ido extendiendo sus redes: ya no sólo es el fútbol el que condiciona que los aparatos estén encendidos. Cada día hay más locales que la tienen puesta siempre.

Y si no es la TV, es la música.

El otro día entré en una cafetería a la que había echado el ojo. Ha cambiado de dueños, la han reformado y ahora se presenta como un espacio tranquilo. Creo recordar que, en su nombre, encierra el prometedor término lounge. Junto a chill-out se han convertido en las etiquetas que identifican la música ambiental. También ambient, pero ésta quizá reservada para la electrónica, quizá sólo instrumental y probablemente experimental.

En cualquier caso había observado al pasar que el local tenía música tranquila. Recordaba que tenía una sala aneja en la que esperaba poder disfrutar del necesario aislamiento para escribir o leer. Iba bien equipado y tenía tiempo. Me animé. Al entrar pude comprobar que el local estaba vacío. Sólo dos camareros (chica, aparentemente dueña, y empleado). Pregunté si podía pasar a la salita, me dijeron que sí. Encargué mi café y me pertreché en un sillón aceptablemente cómodo.

En la sala principal tenían la TV encendida, pero en la salita, no. Solamente se oía la música; estaba en modo lounge. Cuando la camarera me trajo el café, yo ya estaba con mi artillería desplegada

Foto: tonyhall

Normalmente espero que la gente piense por sí misma, sin necesidad de empujarles a que lo hagan. No me merece la pena tratar de convencer a nadie de lo que debería de hacer en una situación evidente, así que prefiero frecuentar establecimientos que adaptan su forma de trabajar a mis necesidades específicas. No había que ser muy listo para intuir que alguien que se acomoda a tomar un café, acompañado por un libro, cuaderno de apuntes y bolígrafo, no está precisamente buscando la compañía de un rescatador bálsamo sonoro.

En fin, lo que terminó sucediendo es que disfruté primero de una tranquila canción acorde a lo que el nombre del local prometía. Pongamos que Getz y Gilberto en “Desafinado”.


Pero a partir de ahí la cosa evolucionó de la siguiente forma: pop español (las letras entendidas distraen más), rock (y subida del volumen) y hip-hop (más alto todavía). Ahí decidí marcharme y seguir con la búsqueda que anunciaba al principio del artículo.


Ya sé que soy raro, pero en ocasiones agradezco un poco de silencio.


Foto: h.koppdelaney


Un remanso de paz.

Hay veces que siento que no me dejan estar tranquilo. Todo es ruido.

Foto: Meredith_Farmer

A veces, hasta siento que las verduras gritan como verduleras.

Foto: slambo_42

Definimos ruido como el sonido —desagradable— que produce conductas de evitación. Es, ya lo sé, una percepción completamente subjetiva. Eso no quiere decir que no deba ser respetada.

Foto: aquípongominick

Gracias por avisarme que tú eres demasiado estúpido.


El silencio se ha convertido en un enemigo. No es sólo que no se encuentren bares en los que ya no tengan la TV o la música permanentemente encendida —acepto sugerencias para Oviedo—. Es que el silencio incomoda y se trata de combatirlo de forma permanente.

De hecho se ha desarrollado un estilo musical que tenía como destino natural salas de espera en hospitales, aeropuertos o consultas de médicos. La idea es que, si es verdad que la música calma a las fieras, rellenar el vació sonoro con una música insulsa tranquilizaría a los que no han desarrollado pautas adaptadas para los momentos en que les toca esperar. Se ha desarrollado un sub-género musical apropiadamente conocido como “música de ascensor”. En su tiempo se contrataba con una empresa (Hilo Musical) que emitía varios canales de temáticas diversas. Su máximo exponente fue Ray Conniff.


El popurrí fue siempre su seña de identidad y sus cantantes sincopados alcanzaron mayor protagonismo en determinados momentos de la carrera del bueno de Ray.


Los ‘70s fueron así. Imagínate entrar en un ascensor amenizado de esa forma. La segunda forma más horrible de viajar en ascensor, tras montar en el de “El coloso en llamas”.


En Estados Unidos explotaron hasta el delirio la estética kitsch. Naturalmente contaban con Las Vegas como excusa y con Liberace como su estandarte. Liberace fue depurando su puesta en escena (su piano y su candelabro como señas de identidad) hasta alcanzar el clímax en su presentación en un espectáculo en 1981. No creo que necesitéis comentarios.


Mirando retrospectivamente uno aprecia las cosas con más sentido de la perspectiva. Si has sentido rubor viendo a Liberace, recuerda que nosotros, los españoles, elevamos a la categoría de mito a Luis Cobos, el único director de orquesta que incluye entre sus instrumentistas a un ventilador (su cabellera siempre al viento, por favor).


El principio activo es el mismo: encadenamiento orquestal de temas famosos, reconocibles por la mayoría y machacados hasta reducirlos a una pasta amorfa que sólo se distingue por la característica identitaria del ejecutor: elección armónica de la guardarropía en los colaboradores (Ray), candelabro y pianos por doquier (Liberace) y melenina al viento (Cobos).


La música para ascensores parte de una idea profundamente arraigada. La cultura extendida y generalizada por los mass-media —aunque no llegue a producir verdadero entusiasmo—, tampoco molesta a nadie. Es la cultura de medianías; verdaderos pastiches carentes de toda sensibilidad artística, pero pretendidamente inofensivos.

Ruido de fondo indoloro, incoloro e insípido.


Recuerdo multitud de situaciones con espanto.

Una playa en la que, por los altavoces, emitían música de continuo.

Música navideña atronando por la calle.

Estar comiendo en el jardín de un restaurante, un domingo, y sufrir a una pareja que, sentada en ángulo, atendían él al periódico y ella a la radio que puso encima de la mesa para oír el carrusel deportivo.

Un violinista callejero —rumano— que te mira fijamente mientras pide por su ejecución.

Ir al fútbol con la radio puesta.

Mi padre siempre decía: “no hay parto sin dolor, ni hortera sin transistor”.


El ruido es una forma de contaminación acústica. Nadie lo combate. Reclamo un poco de silencio y lo hago con dos canciones que están llenas de gusto.



Ya lo sé. Me consta que parece una incongruencia pedir silencio a voces.

He encontrado un canal en youtube que responde al nombre “Silencio, se lee”. Se presenta la novela “El jinete del silencio”, de Gonzalo Giner, autor también de “El sanador de caballos”. Hablan el autor y la presentadora, Charo Vergaz —a la que no discutiré su gusto personal— de Yago, el protagonista.


Lo que más llama la atención es que, ni en ese microcosmos, dejan que el autor lea en silencio un párrafo del libro.


Así que sigo sin encontrar un bar donde, estando en silencio, dejen leer o escribir o incluso pensar. Sé que existen unos cafés literarios, pero no son lo que yo busco. Primero, porque ha desaparecido la tertulia. Apagados por los cambios, sometidos a la proliferación de las tertulias radiofónicas, desaparece la necesidad de conversar escuchando para someterse al ir, más o menos, oyendo. Pero además, los cafés literarios presentan una carta de naturaleza artificiosa, al proponer un cóctel de música de fondo y libros. Yo no quiero música; el libro lo traigo yo. Así que el hecho de que tengan unas estanterías con libros disponibles —¿seleccionados por quién?— resulta inútil para mí.


En fin, seguiré buscando. Si alguien conoce un café, bar, cafetería, ambigú, o lo que sea, de características similares a las descritas, en Oviedo, que por favor me avise.

Mientras, escucharé un poco más de música ultra-lounge.



Me he dado cuenta que puedo hacerlo sin molestar a los demás, siempre que no pretenda bailar pegado.


¿Qué sentido tiene poner música ambiente en un momento en el que la mayoría de la gente lleva su propia música a cuestas?

[No como en la película de Spike Lee: “Haz lo que debas”. Ojo a 0:45]


Ahora todos vamos enchufados (más o menos).

Foto: Fimb

La contaminación acústica que supone el ruido —que nadie combate— genera un nivel de tolerancia creciente. A su vez se produce un incremento en la intolerancia al aislamiento acústico, al silencio.

Ya no tiene sentido poner música de fondo. Quien teme esos silencios incómodos, se envuelve y se aísla. Supongo que la estrategia a seguir se resume en “como quien oye llover”.


Nos falta desarrollar una cultura del silencio.

Dejar que el silencio hable.

Escuchar los sonidos del silencio.

Tener cuidado con la única cosa, tan frágil, que se rompe con sólo nombrarla.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...