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miércoles, 4 de mayo de 2016

Celebrar la independencia

Antonio Caño (director de El País), con motivo del aniversario de la publicación del primer número del diario que dirige, el 4 de mayo de 1976 (hace 40 años), afirmaba en declaraciones concedidas a Gemma Nierga, en el programa matinal Hoy Por Hoy de la SER, que:

“la publicidad es la mejor garantía de independencia para un periódico”.

"¡Viva la independencia!"

Aclaraba que, gracias a la publicidad, se evita la necesidad de depender de otros agentes externos, que no sean los propios anunciantes;

[Pregunto: ¿qué tal los lectores, en forma de suscriptores (fieles) o compradores (ocasionales)?]

Interrogado sobre cómo veía el futuro, dentro de diez años, intentó zafarse y evitó pronunciarse de manera clara, pues “resultaba difícil de prever” (respuesta que cualquier escolar hubiera podido apuntar; volveré sobre este asunto).
Nierga le planteaba si veía al periódico de la misma manera, en formato papel (la respuesta hubiera debido ser categórica: “NO”), pero prefirió improvisar una magnífica perla:

—“lo más importante es que siga existiendo El País como la plataforma de información que es hoy”.

[Traducido: “lo que es bueno para mí, es bueno para El País; lo que es bueno para El País, es bueno para el país”]

Se anteponen los fines —permanencia— a los medios —apuesta por una información veraz y una opinión plural—.

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Hace unos días: Juan Luis Cebrián (presidente ejecutivo, académico, primer director del rotativo, hombre en la sombra) demandó a El Confidencial, la Sexta TV y Eldiario.es por insinuar que su esposa y una empresa vinculada a él mismo, podían estar en la relación de nombres contenidos en los Papeles de Panamá, el mayor escándalo de evasión fiscal a escala global. Enlazo la noticia publicada en El Mundo.

Consecuencias:

—Despido de Ignacio Escolar (director de Eldiario.es) como analista en la tertulia conducida por Pepa Bueno los jueves en Hoy Por Hoy (SER, recuerden, parte del Grupo Prisa del que Cebrián es Presidente Ejecutivo —“ejecutor”—). 20 minutos se hace eco de la noticia.

—Prohibición a los periodistas del Grupo Prisa (Rubén Amón, Joaquín Estefanía, Miguel Ángel Campos, Luz Sánchez-Mellado) de acudir a las tertulias de la Sexta TV. Vozpópuli informa de la noticia.

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[Una utopía: imaginar una tertulia de TV en la que la clave de su éxito se debiera a que no participaban en ella periodistas, ni políticos; al contrario, debería desarrollarse en temas monográficos y, los participantes, tendrían que ser acreditados expertos en el tema a tratar, desde distintas perspectivas]

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Qué significa la independencia para un periódico.

En la oscarizada Spotlight lo plantean de modo diáfano: un reducido grupo —miembros de la redacción de The Boston Globe, que actúan de manera autónoma—, trabaja sin presiones (temporales o jerárquicas) para poder investigar (a fondo, a largo plazo) lo que ocurre en determinado ámbito, más allá de la búsqueda de un titular.

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El periodista trabaja “en la sombra” para sacar “a la luz” la realidad más oscura.

Ahí se encierra la utopía del periodismo; ése es su compromiso con el público; la idealista forma de entender la obligación —más allá de la libertad— de informar.
Deberíamos esforzarnos en recuperar las ideas como motor de la labor profesional.

En lo patrio, los periodistas se enzarzan en luchas partidistas, entendiendo la realidad de forma fragmentada, sin alternativa aparente, con un afán cinegético en el que celebran como triunfos las cabezas que han hecho rodar —sus medallas—, en lugar de vanagloriarse por hacer llegar un pedazo de verdad a sus lectores.

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Ayer se celebraba el Día Mundial de la Libertad de Prensa y varios medios —y colaboradores— se han mantenido en silencio.

Radio Marca ve próximo su cierre. Los tres Matías Prats se vuelcan con “nuestra radio y, cada día, la de más gente”. Noticia y titular de elEconomista.es.

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Vuelvo al principio: Miguel Yuste, 40.
Comparo los dos números del 4 de mayo del diario madrileño:

—El 1 (1976) costaba 10 pesetas, tenía 48 páginas, no llevaba acento (EL PAIS), se subtitulaba “Diario independiente de la mañana”, estaba dirigido por Juan Luis Cebrián. Blanco y negro. Una foto: José María de Areilza.

—El 14.183 (2016) cuesta 1.50 euros, tiene 52 páginas, incluye acento (EL PAÍS), se subtitula “El periódico global”, lo dirige Antonio Caño, lo preside Cebrián (esa información ya no va en portada; hay que ir a la página 12). Color. Se acompaña de una revista de 300 páginas.

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Termino con el enlace del podcast del programa Hoy Por Hoy, y transcripción literal de los dos momentos con los que empezó este relato.

[10:15:05]

Gemma Nierga — Y, señor Caño, celebramos los cuarenta años con un ejemplar de El País en nuestras manos; cuando celebremos los cincuenta, ¿seguirá existiendo el periódico El País como ahora lo entendemos, es decir, en formato de papel?

Antonio Caño — Bueno, no lo sé, eeh, ..., posiblemente sí, eeh, en diez años más, posiblemente siga existiendo. No sé, eeh, no sé de qué manera; no sé qué espacio ocupará, eeh, ..., eeeeh, cómo será su distribución, eeh, es difícil anticiparse a eso. No me parece lo más importante, francamente; a mí lo más importante, para mí lo más importante es que siga existiendo El País, eeh, como la gran plataforma de información que es hoy, y eso sí que se lo puedo asegurar, se lo puedo garantizar, porque, eeh, hoy El País, está con más energía y más salud que nunca.

[10:18:11]

GN — Qué importante es la publicidad, ¿eh, señor director?

AC — Fundamental la publicidad; aunque a algunos lectores le moleste encontrársela entre los reportajes y las páginas, es la absoluta garantía de la independencia de un periódico. Eeh, cuanto menos publicidad tiene un periódico, menos independiente es, porque menos posibilidad tiene de mantenerse, eeh, por su propia cuenta, eeh, ..., sin necesidad de contar con otros agentes externos que ayuden a la supervivencia. Así que es que, eeh, yo, eeh, les invito a nuestros lectores que son los dueños y los verdaderos, eeh, la razón de ser de un periódico, a que, eeh, soporten la presencia de la publicidad como una garantía, de, de, de, de la independencia del diario.

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Soy capaz de recordar la primera vez que nos encontramos.



Éramos tan jóvenes (y tan independientes).

domingo, 4 de octubre de 2015

Fragmentar

Coincidiendo con el inicio del curso, hace ahora tres años, mi hijo mediano pisó un balón, se lesionó, rompiéndose el quinto metatarsiano del pie izquierdo.
Requirió inmovilización y uso de muletas.

Una semana después su hermano mayor se cayó mientras jugaba y se rompió el quinto metacarpiano de la mano izquierda.


Tuvo que llevar el brazo en cabestrillo.

La coincidencia quiso que le atendiera el mismo traumatólogo en el servicio de urgencias. Dado su parecido, potenciado por vestir ambos uniforme escolar, provocó los recelos del galeno. Tras confirmar que no era el mismo niño, estuve a punto de recibir una denuncia por posibles malos tratos.

La cosa no fue más allá de la incomodidad propia de un accidente que debería ser ordinario pero que, con el exceso de precaución paterna y el sedentarismo infantil actual, propició que se les pasara a conocer como los hermanos Yeso.

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Leo en El País de hoy, un artículo que hipotetiza sobre la pugna entre Pablo Iglesias y Alberto Garzón para establecer las condiciones de un pacto electoral.

La política que cambia sigue siendo la política que pugna para pactar.
Centrada en el liderazgo y en las condiciones previas, porque nadie tiene interés en plantear qué sucederá mañana.

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En 1933 se funda Falange Española. Se fusiona con las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista para formar Falange Española de las JONS, que, en tiempos de Franco se convertiría en partido único. Su denominación refleja el ánimo de abarcar todo el espectro permisible, bajo un paraguas impermeable:

Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista

Con viento resultan de escasa utilidad

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La sociedad civil se afianza en su pluralidad:

— De intereses (cada uno atendemos a distintos focos).
— De formas de interpretar la realidad.
— De soluciones válidas alternativas.

No hay soluciones únicas.
Pretender imponer las nuestras a los demás, sin permitir un resquicio para escuchar argumentos diferentes, conduce a un totalitarismo asfixiante y gris.


La riqueza está en la diversidad.

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Ante las elecciones de diciembre el panorama se plantea revuelto.
En el artículo se incluía una (necesaria, pero incompleta) Guía de la fragmentación de la izquierda.

La izquierda (común) carece de sentido

Incompleta, porque es una mera relación de siglas. No se incluyen las ideas que defiende cada uno de los contendientes ni, ya puestos, cuál sería su ubicación en el espectro, más allá de situarse a la izquierda del PSOE.

A base de tanto presupuesto, se ha llegado a aceptar que el territorio de las ideas (políticas) carece de coordenadas.

Nadie como Ynestrillas certifica su capacidad mutante.


(Reducir a fragmentos)

Todo lo volitivo es voluble, porque la voluntad es maleable y endeble.

Se entiende así que la política esté repleta de disidentes.




lunes, 22 de diciembre de 2014

La imparcialidad


Borges cuenta en un libro extraordinario, y sumamente raro, que escribió su amigo Adolfo Bioy Casares, un episodio en la Universidad de Oxford que leí pensando en el proceso independentista catalán”.

Puede parecer una forma intrincada de escribir una frase. Pero tiene el valor del argumentum ad verecundiam, o recurso a la autoridad. Iniciar un escrito apelando a Borges es buscar un sólido sustento.

“En este diario también abundan las observaciones, casi siempre ácidas, sobre la forma de ser de los argentinos, de los españoles y del mundo hispano en general que él, que era un anglófilo declarado, veía lleno de carencias y defectos. Le parecía, por ejemplo, que los que hablamos en español somos, por motivos culturales que en el fondo son religiosos, mucho más parciales y arbitrarios que los ingleses que observan siempre, en todos los aspectos de la vida, una rigurosa imparcialidad, virtud a la que Borges se refería, con mucha coquetería, en inglés: ‘fair minded’”.

Una morcilla, matizando que los motivos culturales deban ser religiosos.

“A Borges le llama la atención que los nombres de los muertos ingleses están frente a los nombres de los alemanes, también alumnos de Oxford, que murieron en las filas del Ejército enemigo, peleando contra Inglaterra. Borges se pregunta si en los países hispanos seríamos capaces de reconocer, de esa manera tan generosa, a nuestros enemigos”.

No se cansa de hablar de Borges, al que cita hasta diez veces. Es, se me olvidaba mencionarlo, Jordi Soler, escritor que, en El País, con fecha 21 de diciembre, habla de la imparcialidad inglesa.

“Con ganas de hurgar en la naturaleza de este episodio inglés de conmovedora imparcialidad, llegaríamos a la ‘Glorious Revolution’, a la deposición del rey Jacobo y a la democracia parlamentaria que en 1689 produjo un documento donde se establecían los derechos y los deberes del ciudadano común, que entre otras cosas consiguió que los ingleses, desde finales del siglo XVII, tengan conciencia de sí mismos y, sobre todo, de los demás: del otro”.

Ésta sí que parece una característica nacional: aquello de glosar lo extranjero y señalar la podredumbre de lo patrio.

“Esta imparcialidad es el motor de la civilización inglesa y se manifiesta en todos los campos de la existencia, en el debate entre parlamentarios, pero también en las conversaciones privadas y en casi cualquier tipo de relación interpersonal. […] el episodio de Oxford nos invita a pensar sobre la forma de relacionarse con los demás, con el otro, que ha operado en España desde los tiempos del Lazarillo de Tormes; una forma que no consiste, como enseña la imparcialidad inglesa, en ponerse en los zapatos del otro, sino al contrario: en obligar al otro a ponerse nuestros zapatos”.

Ya. Los ingleses han sido siempre conocidos por ponerse en el lugar del otro. Un pueblo que, estando donde estén, consideran extranjeros a los demás, pues ellos siempre actúan como si estuvieran en su casa. Me molesta tener que apuntarlo pero, el único motivo para recordar a los caídos alemanes, es que se trataba de alumnos de Oxford y, por tanto, se les considera “asimilados”.

“Pongamos por caso el proceso independentista catalán, […] redondeado por la descalificación del otro, por el ninguneo y la ridiculización del que tiene ideas distintas […] que mantienen los dos extremos”.

He ahí el lugar al que había que llegar: el proceso catalán.

“Lo que hay frente al proceso independentista […] incapacidad para ponerse en el lugar del otro, es decir, ausencia absoluta de la ‘fair-mindedness’ inglesa”.

Naturalmente; deberíamos aprender de los ingleses y su capacidad para ponerse en el lugar del otro. Es lo que han hecho, durante siglos, en su forma de expandirse: buscar sustituir al otro, esclavizándolo o provocando su exterminio. Los españoles, por su carácter apasionado y carnal, éramos más de provocar el mestizaje.

“…esas escalofriantes fórmulas ibéricas: […] ‘no me va usted a decir a mí’, ‘que te lo digo yo’, ‘quién se cree usted para decirme aquello’”.

Ya no se trata de un asunto hispánico, se ha convertido en ibérico (sin que se sepa que han hecho los portugueses para ser incluidos en el lote). En todo caso, Soler se autoexculpa, dado su origen mexicano.

“…esa falta de respeto por el otro, ese ninguneo, esa incapacidad de ponerse en sus zapatos […] viene […] de que aquí esa reflexión colectiva […] que tuvieron los ingleses […] en el siglo XVII […] llegó con casi 300 años de retraso. Todo lo que hemos tenido durante esos 300 años, se me ocurre especular, es el dogma que imparte la Iglesia católica, el ‘porque te lo digo yo’ que dice el cura, reforzado por los 40 años de ‘no me va usted a decir a mí’ que consolidó el dictador”.

Acabáramos. En todos esos años no ha habido otra influencia en España, más allá de la clerical (como si los ingleses no hubieran tenido que atender al púlpito) o la dictada por el ferrolano. Toda una especulación, Jordi.

“Quien piensa que la independencia está al caer vive en la misma ficción que quien está buscando adónde irse el día que Cataluña se independice de España”.

No hay alternativas; léase y entiéndase que ambas significan lo mismo: Cataluña se independizará de España, “porque te lo digo yo”.

“Esto es lo que hay más allá de la creencia y lo que debería empezar a discutirse, con todos los elementos sobre la mesa, sin las prisas, ni las trampas, que imponen las agendas políticas, sin ese estruendo mediático que obnubila al ciudadano común y no lo deja pensar si de verdad quiere que Cataluña sea un país independiente”.

“No me va usted a decir a mí que no”. Pues, sí, Jordi, majo (pese a que pueda considerarme un ciudadano "común" y no un ser extraordinario, carácter que obtiene alguien por el mero hecho de ser articulista en un periódico global).

Y añado:

Ni los ingleses han considerado nunca al otro como igual (salvo que se tratara de otro inglés, y ni siquiera eso podría afirmarse con convencimiento), ni el uso de anglicismos debe convencernos de la necesidad de convertirnos en angófilos (por mucho que Borges lo fuera).

Y, muy especialmente, escribir un artículo basado en estereotipos, en el que los ingleses (todos los ingleses) son buenos, y los españoles (o hispanos o ibéricos, dependiendo del momento) son todos malos, demuestra una parcialidad arbitraria y chabacana.

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Si Blas de Lezo levantara la cabeza…

domingo, 9 de febrero de 2014

Primera plana

En 1974 Billy Wilder dirige “The front page” (“Primera plana”), una película basada en la obra teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur, que ya había sido adaptada en 1931 por Lewis Milestone y por Howard Hawks, en 1940, con el título “His girl Friday” (“Luna nueva”), protagonizada por Cary Grant y Rosalind Russell.

En la versión de 1974, con guión de Wilder y su partenaire habitual, I. A. L. Diamond, los protagonistas son interpretados por Jack Lemmon, como Hildy Johnson, el reportero, y Walter Matthau, en el papel de Walter Burns, director del Examiner de Chicago.

Esa fuente de conocimiento que es la wikipedia señala:

“Esta película nos hace ver que la prensa no siempre es veraz y objetiva. No busca la verdad, sino la mayor exclusiva, lo que más le guste al público y la venta de periódicos a base de mentiras, falsas noticias y primicias conseguidas de manera ilegal. En la película los periodistas se pasan la tarde jugando a las cartas y bebiendo alcohol, mientras sólo uno o dos buscan e investigan. Cuando uno de los periodistas que sí trabaja llama a la redacción de su periódico para informar lo que ha visto, los demás que lo escuchan se aprovechan de él y llaman a sus correspondientes periódicos dando una versión distorsionada de lo que ha dicho el primer periodista”.

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Siempre recuerdo esa película y su visión cáustica de una prensa libre, objetiva y preocupada por mantener informados a sus lectores.

Algunos días más que otros.

Hoy he comprado El País. En sus páginas viene una muestra de periodismo de raza (otra más). Han tratado de conseguir la mayor exclusiva en la declaración de la Infanta Cristina. Su mayor aportación consiste en una imagen (en este mundo, con tendencia obsesiva hacia lo visual, era esperable).


"Retrato de la Infanta hecho durante su declaración por un letrado que pide anonimato" Fuente: El País

El pie de foto no es mío. Es una copia literal del que aparece en la versión impresa (y en la digital).

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Soy capaz de identificar los paralelismos entre un letrado (que no quiere dar la cara, pero consigue pasar un carboncillo, de extranjis, entre los arcos de detección de metales, arriesgando su carrera) y el plan maestro de Walter (tratando de convencer a Hildy, para pasar, de tapadillo, una cámara fotográfica e inmortalizar el momento).


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Es una lástima que el boceto transmita la sensación de poder corresponder a una cualquiera.


viernes, 11 de enero de 2013

Anotaciones a “La conspiración contra el libro”, de Juan Cruz


Patrulla de Salvación publicó ayer, 10 de enero, un artículo titulado Mientes, Juan Cruz, y lo sabes. Picado en la curiosidad, sigo el enlace y llego al artículo que provoca la reacción patrullera, publicado el mismo día en El País (edición digital) y titulado La conspiración contra el libro. Dejo para más adelante la conclusión de la lectura del artículo, que tuve que interrumpir, y me detengo en puntualizar el escrito de Juan Cruz, a quien no tengo el gusto de conocer, por lo que, antes de meterme a fondo, decido investigar un poco sobre él.

Es sencillo, siguiendo las pistas que el propio medio facilita (aprovecho aquí para felicitar a elpais.com por su estructura sencilla, accesible y navegable. Un verdadero ejemplo para la edición digital).

Perfil:

Juan Cruz Ruiz (Tenerife, 1948) comenzó su carrera de periodista a los 13 años en el semanario Aire Libre. En 1976 fue miembro del equipo fundador del diario EL PAÍS, donde fue corresponsal en Londres. Posteriormente fue jefe de Cultura y de Opinión. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País. Se estrenó como novelista en 1972 con Crónica de la Nada hecha pedazos, que obtuvo el premio Benito Pérez Armas. Después ha escrito una veintena de libros, por los que ha recibido el premio Canarias y el Comillas de Memorias. Ha sido director de La Oficina del Autor del Grupo Prisa y director editorial de Alfaguara. Actualmente es adjunto a la dirección del periódico EL PAÍS.



Un veterano periodista, que se mantiene en el periódico desde su fundación. El tipo de persona con el que parece un atrevimiento disentir. Un interesante reto.

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 “Dicen, también, que el libro es caro, y se dice tanto, y desde tantos sitios, que ya es lugar común [las negritas son mías].

“...entonces desnaturalizan la lectura misma, quitan de los presupuestos de las bibliotecas el dinero que solía haber para que estos templos laicos del saber se nutrieran de novedades o, simplemente, de los libros que harían falta para que esos edificios cumplieran con la finalidad implícita en su noble nombre[las negritas siguen siendo mías].

O lo que es lo mismo: para concluir que la reiteración en afirmar que “el libro sea caro” se haya convertido en un lugar común (entendiéndolo como una crítica implícita y un rechazo a la veracidad del aserto), emplea, él mismo, lugares comunes (entendidos como tópicos recurrentes, apoyados en percepciones subjetivas y mutables a voluntad).

Así, califica a una biblioteca como “un templo laico del saber”, en un intento de, según su estilo, “desnaturalizar” el espacio mismo, obviando el fin para el que los templos —todos los templos—, fueron creados; como lugares destinados a una actividad religiosa (la oración), espiritual (la contemplación); alejados de la concepción material en que, en ocasiones, hayan terminado transformándose (si fuera el caso). Pero, en un retruécano imposible, dota al edificio (la biblioteca) de una nobleza asociada de forma intrínseca a su nombre (Biblia), mientras niega la trascendencia de su propósito fundacional, para afianzar sus taimados intereses. En el contexto del artículo se comprende que el objetivo de adjetivar como laico no puede ser otro que el de desacralizar los templos originales.

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La confusión que achaca a otros, etéreos (por no mentados), conchabados en una siniestra confabulación, se percibe en su escrito. ¿Es el libro —de papel—, o es la lectura? ¿Es el objeto —un tipo en concreto—, o el uso que se le da? No se entiende; no queda claro.

“Dicen, por ejemplo, que le gente ya no lee” [uso].

“Hay una conspiración contra el libro” [objeto].

“Hay quienes creen que el libro desaparecerá como consecuencia del éxito de las tabletas y de los otros artículos de consumo que también contienen libros” [tipo].

“...el libro tal como se conoce más popularmente, el libro de papel [...] durará aún mucho más de lo que dicen los agoreros” [tipo].

“...la muerte del libro afectará por igual a las tabletas y a los libros de papel” [objeto].

“Al libro lo quiere matar la sociedad que asiste a su ejecución sin moverse para hacer que la gente sepa que leer es mejor que dejar de leer” [paranoia].

“Es la sorda consecuencia de la conspiración que, con artes más o menos disimuladas, están alejando a la gente de las librerías y de las bibliotecas y las están sumiendo en una idea que corre el peligro de ser el lugar más común de la cultura de nuestra época: leer al fin y al cabo no es tan sustancial para vivir..., y además es caro” [delirio].

La conclusión previa —establecida al titular el artículo—, es que existe una conspiración (no se conoce de quiénes; tampoco se aclara contra qué). La propuesta para combatirla es reaccionar alentando otra conspiración.

“Les corresponde a autores, editores, libreros, etcétera, recuperar el libro de las garras de esa artera conspiración”.

Lo sospechoso es que de la propuesta se excluye a los lectores, los que deberían ser los protagonistas de todo el asunto.

¡Qué Cruz!

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No entraré a detallar los errores de puntuación que tiene el texto, además de los que podrán comprobar en las citas entresacadas. Sólo les pido que traten de leer el párrafo que dejo a continuación. Díganme si lo han hecho sin que les falte el resuello:

“...el apoyo a las bibliotecas y el apoyo a las editoriales para abaratar el precio del libro propiciando tiradas más amplias y alentando la compra de más ejemplares de cada edición por parte de organismos públicos obligados a hacer del libro la materia central de la educación de la gente”.

Yo lo he intentado y, en franqueza, debo confesar que no he podido.

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“Dicen, también, que el libro es caro, y se dice tanto, y desde tantos sitios, que ya es lugar común. Claro, en la crisis, dicen, la gente está pensando en otras cosas y primero hay que comer y después pensar, o leer. No se les ocurre que pensar, leer y comer se puede hacer al mismo tiempo, y no todos esos términos de la ecuación tienen por qué darse por separado”.

Uno suponía, ya veo que ingenuamente, que el propósito de la lectura, el fin para el que se mostraba certeramente atinada, era el de propiciar el conocimiento de la verdad, como instrumento para alcanzar la libertad. Y, en caso de no alcanzarse en su plenitud, podría permitir el desarrollo de personas (sociales, activas, reales, solidarias e integradas) que pudieran disfrutar de felicidad (mal menor que a muchos colmaría). En ese entramado de personas vinculadas, por medio de experiencias reales; en el que todos se podrían mostrar capaces de alterar la percepción momentánea de la realidad, atendiendo a su compromiso y a su implicación, necesitaría la intermediación de la educación, vista como algo que iría más allá de la adquisición  de conocimientos, o el desarrollo de hábitos, pero que necesita singularmente del cumplimiento de normas sociales, como cortesía hacia los demás.

En esa utópica realidad, pensar, leer y comer, podrán —deberán— ser realizados por todos —de forma secuencial—. La realización de las tres actividades, simultáneamente, producirá el incumplimiento explícito de las normas básicas de convivencia. Y eso es algo que, sin voluntad de conspirar, podríamos embarcarnos en construir: un mundo donde la educación y la tradición fueran valores a los que nunca se querría renunciar, en el deseo de permitir un acervo común, mejor; para todos (incluso para los que no lean).

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...