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viernes, 1 de agosto de 2014

Como buen cínico …

… renunciaré a las facilidades implícitas en una vida cómoda y cómplice,
… me despojaré de hábitos y ropajes para vagar errante,
… me dejaré acompañar por perros,
… buscaré cobijo en un tonel vacío y dormiré al abrigo de mi capa,
… permitiré que se mofen de mí, por no comprender los motivos que me impulsan,
… me armaré de un simple candil, emplazado en la búsqueda de un hombre honesto,
… guardaré mi desprecio; mostrarlo me haría visible y mi deseo es que nadie repare en mí,
… distinguiré entre la naturaleza y los convencionalismos, como fragua que forje mis costumbres,
… me desprenderé de todo lo accesorio; probaré el compromiso de mi ascetismo voluntario,
… dejaré que ver a un niño beber empleando las manos, me muestre lo superfluo de cargar con una escudilla,
… me sentaré; si me preguntas qué puedes hacer por mí, deberás apartarte y permitir que el sol me caliente,
… demostraré, andando, la posibilidad del movimiento,
… negaré mi legado; me opondré a dejar por escrito mis pensamientos; evitaré anhelos de crear escuela; iniciaré una búsqueda personal de la virtud, basada en la renuncia a las convenciones, el desapego por lo superfluo, el agrado por los perros que libremente me acompañan y me muestran lo desagradable que puede llegar a resultar la gente.

"Diógenes de Sínope" - Jean-Léon Gérôme (1860)

Diógenes de Sínope (también conocido como “el cínico”, o incluso “el perro”) no dejó escritos. Algunos hechos de su vida, como de muchos otros, fueron recogidos por Diógenes Laercio, en Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres.

La iconografía clásica le muestra semidesnudo, rodeado de perros, con un candil que arroja luz en su búsqueda de un hombre honesto, durmiendo en un tonel (o tinaja), renunciando a cualquier objeto que, por superfluo, llegara a considerar un trasto.

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Los requiebros de las convenciones, efímeras en su esencia, atienden a los acuerdos voluntarios expresados en cada momento y son susceptibles de cambio.
Son veleidosas y acomodaticias; se muestran serviles de forma voluntaria.
Etienne de La Boétie las desnudó en su discurso La servidumbre voluntaria.

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Asumiendo que las costumbres propias pueden ser vistas incrédulamente por ojo ajeno, es fácil aceptar que, lo que uno atesora, pueden resultar trastos inservibles para los demás.

Todo lo que yo guardo, es basura para cualquier otro.

La incapacidad de desprenderse de objetos, acentuada conforme pasan los años, ha sido descrita como un trastorno de comportamiento: de forma simplista se explica por el abandono personal de ciertos ancianos que, viviendo solos, se aferran a los recuerdos vinculados a los objetos que atesoran. La percepción gradual de una memoria que se difumina y una existencia que se marchita y se extingue, requiere anclajes que, externamente, se perciben como acumulativos.

Pero a menudo se olvida que bajar a diario la basura es una tarea tan compleja como la que condenó a Sísifo a llevar su piedra en sentido ascendente.

En un estudio de TV, cómodamente sentados, resulta fácil juzgar a alguien como trastornado. Que los vecinos tengan una opinión formada, tampoco extraña.
Acompañar a alguien que se siente sólo es mucho más complejo (y generoso).

En todo caso, la patología evidente que supone la acumulación excesiva de trastos (catalogados de forma genérica como basura, indivisibles el grano de la paja; en caso de fallecimiento se cuantifican al peso, a granel), se ha descrito como “Síndrome de Diógenes”, un completo despropósito para el conocedor de los principios de quien tomó su nombre.

No sorprende. Parece el signo de los tiempos: trastocar los conceptos, alterarlos, olvidar su verdadera esencia y, desnaturalizados, aplicarlos sin criterio alguno, adaptados a su condición de lugares comunes, como los recogidos por Gustave Flaubert en su imprescindible Diccionario.

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Y, hoy, cualquiera que quiera piropear la sensatez ajena, recurre al tropo de la posesión de “una cabeza amueblada”.

Siempre imagino un desván, ese espacio que, en desorden, alberga muebles viejos para acomodo de termitas, telarañas y polvo.
Un trastero abarrotado. Oscuro. Abuhardillado. Inhóspito.
Nada apacible, carente de ventanas por las que tirar bienes inservibles o avejentados, que hace tiempo han dejado de moverse.

"Una cabeza bien amueblada" - Ilustración: Eva Armisén

Permanece la incierta impresión de que, si la cabeza está bien amueblada, debe estar atestada.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Hipster vs. Mainstream

Me llama un amigo para decirme que leyó el artículo de ayer, sobre la evolución de Alaska, y que no entendía qué significaba eso del mainstream, ni su relación con la modernidad (ha oído hablar de un hipster, al que imagina como un hippie con perilla). Da la sensación de andar un poco perdido.

Es el momento de llamar a:

(el servicio de interpretación y traducción ultra–cool)

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Supongamos que se trata de un partido de tenis.

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El hipster empieza sacando —porque siempre va por delante—.
Ocupa su turno en mencionar grupos musicales, tendencias, accesorios, cantantes, comics, recursos, ideas, apps, programas que no conoce nadie y que, sospechosamente, siempre vienen de fuera.
Siempre cree que la demo era un must, la versión beta no es underground y la secuela está llena de spoilers.

Está ocupado en estar a la última.

Lo que venía siendo un seguidor de la vanguardia (la actitud, no el periódico).

Como en el mito de Sísifo, recordando a Albert Camus 100 años y un día después de su nacimiento, el hipster está condenado a mantenerse en continuo movimiento ascendente, empujando la roca de su absurda obstinación, sin percatarse de que su destino final es envejecer y ser expulsado de la categoría evanescente de la modernidad, en la que es imposible perpetuarse.

Un día descubre que alguien (mucho más joven) le llama de usted y zozobra.

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Las tribulaciones de una hipster son las de una moderna de pueblo.


"La permanente existencia de la duda" Viñeta: modernadepueblo.com

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Tras encajar los golpes del desprecio, el representante del mainstream, agazapado en su resistencia, empieza a reducir la desventaja. Sabe, más por viejo que por diablo, que largo será el camino. Su seña de identidad es carecer de ella. Al fin y a la postre, le interesa lo que interesa a todos. Le gusta lo que a nadie disgusta y encuentra su hábitat natural en un ascensor, en la sala de espera del Centro de Salud, o en las jornadas de puertas abiertas de cualquier cosa que resulte gratis.

Mainstream es Movistar, Vodafone, Yoigo o cualquier otro operador de telefonía móvil, con esa atracción fatal por las promociones exclusivas.

Es la excusa perfecta para organizar una tertulia, sin necesidad de mesa camilla, radio o brasero.

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Entre ambos extremos prototípicos se establecen profundas diferencias (g)astronómicas: el hipster (ser etéreo) tiende a la efervescencia y le gustan emulsiones, aromas, espumas, aires o bocados. Eso explica su capacidad para embutirse en unos pantalones pitillo, más que ceñidos.

En el mundo mainstream se valora más el embutido: gusta el compango, los platos de cuchara contundentes, tradicionales, los de toda la vida. No se hacen ascos a gazpachos, cocidos o gachas.

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En lo afectivo el hipster tiende a las sensaciones; lo mainstream tira de emociones (más o menos básicas).

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Es, para decirlo claramente, el destino de Sísifo que, en una inspiración repentina, se ve como un hámster dando vueltas en su noria y, cansado, se niega a empujar contracorriente, para aceptar transformarse en Maruja, campechana y locuaz, que gusta a todo el mundo (por negarse a formar parte de la generación rock).

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Todos hemos cometido delitos y faltas, pecadillos de juventud que admitimos con un mohín cómplice.




El partido se decide en el tie–break. ¿Quién crees que ganará el punto definitivo?

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...