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miércoles, 14 de noviembre de 2018

lunes, 11 de abril de 2016

El alocadamente insustancial siglo XX

Firma invitada: Ricardo Villegas, fumadortt

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¿Recuerdas? Nos gustaban los teléfonos cada vez más pequeños. Los auriculares que se metían dentro de las orejas. Hacer el amor con el menor ruido posible, como si tuviéramos que avergonzarnos de ser personas o de tener sueños eróticos. En las películas de los años 70 los niños se avergonzaban de sus erecciones y, en pocos años, los padres subirán fotos de sus primeras erecciones a la plataforma social que esté de moda y retocarán las imágenes para que la tenga más grande, gruesa y erguida que las del vecino.

Aborrezco, literalmente, a las personas que van por la calle hablando al teléfono. No me refiero “con” el teléfono sino “al” teléfono. Me importa una puta mierda su conversación y desconozco el motivo por el que me tiene que interesar. Pueden decir: “me resulta más cómodo”, pero en realidad hay una parte dentro de ellos que les exige, les solicita, les apremia, a demostrar que tienen alguien con quien hablar y que es real; que no se están inventando una conversación con el celular pegado a sus orejas y poniendo cara de interesante. Parece que hay algo dentro del ser humano, que se ha despertado con el siglo XXI, que obliga a exaltar que se tiene una vida, o que se cree que se tiene una vida, como las fotos de Facebook.

Es una cuestión de hacerse notar mucho más allá de hacer. Es una cuestión de marketing continuo, como un político sin ideas que necesita respaldo popular. Es una razón de estar, como aquella chica que insistió en traer el vino, sentarse en el sofá, parecer interesada en la película, buscar una mano entre los cojines, robar un beso, bajarme los pantalones, mostrar lo que eran capaces de extenderse sus pezones y después, cuando captó toda mi atención, irse a su casa de repente. En el fondo, sólo quería sentirse deseada y dormir tranquilamente, agarrada a su ego, al mismo al que no es capaz de enfrentarse.


Tenemos taras. Las tenemos todos. Yo tengo las recopilaciones y hasta una lista de canciones que las incluye. Pero esas taras han empezado a ser públicas. Es como si estuviera de moda ser un atormentado. Como si hubiera un premio al más gilipollas. Como si cumplir el arquetipo del imbécil de turno o el soso del mes fuera algo bueno.

Empiezo a descubrir que por dentro somos más parecidos que por fuera.

¿Cuándo cambió todo eso? ¿Cuándo dejamos de querer ser “como se debe” a ser “la exaltación de un tipo”? ¿Con las películas de finales de los ochenta? ¿Con la amargura hipster?  Ya no se compra pan. Se compra una mediana de media cocción con pan de trigo y la verdad que, al igual que con el vino, la inmensa mayoría no tiene ningún paladar para apreciar la diferencia. Por eso las etiquetas son más grandes que los productos. Puedo rodearme el pene con la etiqueta de los calzoncillos. Puedo tapar un pimiento con ese papelillo blanco que pone el origen, la composición, el precio por kilo, las grasas, el productor, el distribuidor y la fecha de caducidad (o consumo preferente, Cañete dixit). En un futuro se venderán etiquetas sin productos, de la misma forma que los más modernos compran por Internet sin poder oler, tocar o sentir aquello por lo que pagan. Es más: resulta moderno tener una relación profundamente penosa y sexual con alguien que aparece en una pantalla; y hay quien se suicida, desconsolado y triste, porque perdió la conexión WiFi y, con ello, al amor de su vida. Pero, antes de lanzarse por el puente, espera a que lleguen las cámaras para ser, al menos, un titular en el periódico de mañana o en la edición digital. Con suerte tendrá millones de visitas en youtube y saldrá en el telediario de Panamá. Ni siquiera sabe el motivo por el que lo hace; lo curioso es que lo hace.

Nadie sabe el motivo por el que, a lo largo de estos locos últimos años, las personas empiezan a comportarse de una manera alocadamente insustancial. Todos los días, cuando paso por una avenida, veo a un jubilado con una sola pierna cruzando lejos del paso de cebra y gritando a los coches, que no se lo esperan, con su muleta en alto (sin ser torero). Ayer me quedé clavado en un canal de televisión donde discutían entre ellos de cosas suyas que no fui capaz de adivinar. Ni siquiera descubrí un solo mérito intelectual entre los gritadores y los escotes. Lo importante era el ruido.

Lo importante es el ruido.

Porque cuando hay ruido o el volumen está muy alto tenemos que imaginarnos la conversación y no mantenerla. Es una cuestión de reducción de esfuerzo.

Parecemos inteligentes. Parecemos alocadamente personales e insustituibles.

Y lo que resulta, al escarbar, es que nos aterra descubrir que somos iguales y que nos dan miedo las mismas cosas. Miedo, frío, disfunción eréctil. Soledad, falta de flujo, pudor, no saber comer con las manos. Estar incómodo con el propio cuerpo, añorar aquel cuerpo ajeno. Decir “lo siento”. Resoplar “perdón”. Querer algo a cambio. Sentirse en deuda.

Conozco a quien no es capaz de decir que se siente sola pero pone cara de traviesa contando lo azarosa de su vida sexual. Tiene un teléfono grande, con un tono horrendo. Anda por la calle como si tuviera prisa hablando AL teléfono y, en realidad, camina en círculos.


viernes, 30 de mayo de 2014

Mente positiva

Os presento a mi amigo.
Se llama Max.
Impecable presencia.
Aire resuelto.
Discreta elegancia.
Gesto firme y una leve altanería.
Sonrisa franca y animosa.
Decisión para cortar por lo sano.
Sin ataduras.

No parece conocer problemas.

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Aunque eso es ahora mismo.

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Hace sólo un ratito…





Una calle flanqueada por casas idénticas, diferenciadas exclusivamente por el atrevido color con que algunas de sus fachadas han sido decoradas, es atravesada fugazmente por un coche translúcido.

  
En este escenario se desarrollarán los vertiginosos próximos 20 segundos.



En una de las casas, la pintada de color pardo para ser preciso, asoma a la puerta un títere: se muestra osado atreviéndose a llevar una chaqueta magenta dos tallas más pequeñas de lo aconsejable, acompañada por un cuello almidonado que acentúa su porte, claramente abatido, con los pies apuntando hacia dentro y los hombros caídos, pese a las cuatro cuerdas que se aprecian pero no evitan la acción gravitatoria ejercida sobre quien aparenta ser más ligero que una pluma (rematado con un cabello rubicundo).


Repentinamente, toma conciencia de su situación, percatándose de que actúa como una marioneta, manipulado por alguien ajeno a él mismo, situado por encima suyo (conforme a la taxonomía establecida por Mané Bernardo y Sarah Bianchi). Una situación que le incomoda y que provoca que adquiera consciencia de que “hoy es un buen día para volver a ser tú mismo”.


Como si se tratara de un prestidigitador, no se sabe de dónde, aparecen unas tijeras en su mano izquierda, que emplea para cortar lazos con el titiritero que le maneja, desaprovechando la oportunidad de mutilar las cortinas de crochet que decoran puerta y ventanas (acto que tonificaría el aire mustio que su cara transmite).


Al instante, se le ilumina el semblante, literalmente. En realidad, se trata de un efecto óptico externo a él. No importa: Max se yergue, los párpados dejan de mostrarse entornados y su rostro adquiere el aspecto que se identifica con el emoticono del cierra paréntesis.


Ese insignificante gesto (cortar con lo establecido) le permite armarse del valor suficiente para aventurarse por la balaustrada de la escalera, sin preocuparse ni de cerrar la puerta (se cierra sola). La felicidad le embarga (mucho más llevadero que si lo hiciera el fisco).


Fffiiiiiiiiiiiiiuuuuuuussssssshhhhhhhhhhhhhhh. Un deslizamiento y…


…se encuentra en condiciones de emular a Gene Kelly.


Nada le importa: puede jugarse el físico, ofreciendo golosinas con forma de corazón, mostrando su falta de juicio y su despreocupación porque la madre del infante le vaya a considerar peligroso, imaginando que pudiera tratarse del tipo de las chuches.


Hay en el gesto, de facto, un leve alzamiento de cejas y un mohín que sugiere las oscuras intenciones del mozo, en particular su necesidad de aprobación y, muy en concreto, de complacencia. La perspectiva óptica ojo de buey favorece esta visión intrusiva, desde luego. Y es, también, una muestra de su insensatez alimentaria, dándole piruletas a un bebé.


¡Qué más da! El pipiolo es feliz. Puede seguir con su trote matinal, dar palmas y sentirse extasiado por haber vuelto a ser él mismo. De forma natural.


En la imagen superior se resumen todas las claves del anuncio. Esteve, el laboratorio que comercializa Tritptomax, utiliza mensajes encriptados para transmitir la idea de que se trata de un remedio espontáneo.
Con ingredientes* de ORIGEN NATURAL
*El triptófano y el magnesio son ingredientes de origen natural.
Estos argumentos circulares, explicaciones que no explican nada, meras tautologías, sirven para provocar un efecto tranquilizador, esencial en un producto destinado a un público proclive a caer fácilmente en el desánimo que desencadenan las preocupaciones. Así que, tratándose de un Complemento alimenticio, que favorece el desarrollo de una Mente Positiva, nada puede haber mejor que se trate de un producto con ingredientes de origen natural.


Para rematar la faena se recurre a la falacia cientifista, mostrando la imagen de un cerebro irradiante, en el que emergen como setas una sucesión de puntitos que se intuyen como episodios de dicha suprema.
Se subraya el efecto de uno de los componentes (El magnesio contribuye a una función psicológica normal). Eso garantiza tranquilidad de forma inminente.


Los problemas de Max se han evaporado. Mente positiva.

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Max supone un resumen del estado actual de la cuestión acerca del mundo, las relaciones personales y los estados de ánimo. Esboza un fiel dibujo (animado).

Una sociedad compleja, vertiginosa, fragmentada, desatenta, hiperactiva, bipolar y cambiante —una verdadera locura— acepta colectivamente una posición pasiva para la solución de los propios problemas que debe afrontar. Resulta mucho más sencillo buscar intermediarios que ponerse a la tarea.

Y, hartos de leer libros de autoayuda, Max considera más apropiado leer prospectos.

Una pequeña ayuda.

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La publicidad esquiva la realidad de los productos que trata de vender, haciéndolos atractivos para su público potencial, sin tener demasiados escrúpulos a la hora de presentarlos de una forma favorable a los intereses de quien intenta comercializarlos.
Es evidente.
Tratar de arrojar un poco de luz, puede resultar conveniente.

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Lo primero es buscar una descripción alternativa a la propuesta en el spot y en la página en la que te animan a triptonizarte (actualizando el consejo final del Super Ratón).

Sería absurdo que su slogan fuera tan diáfano como el que me sugiere Max:

Comprimidos para deprimidos

Pese a que sea de eso de lo que se trata: unas pastillas que te dopan y que hacen que veas las cosas de color de rosa.

Se empeñan en explicar que no consiste en un fármaco, ni un medicamento y que es, simplemente, un producto natural.
Intentan convencernos de que se trata de un complemento alimenticio.

Nada de eso tiene sentido: se comercializa en farmacias, para su administración se deben seguir las indicaciones de médico y farmacéutico y, por más que busque, no puedo imaginar un bosque en el que encontrara a discreción arbustos cuyos frutos violáceos estuvieran compuestas de triptófano, el aminoácido favorito del Dr. Gaona.


Este sujeto barbado no es un tipo cualquiera. Miembro del Grupo de Expertos del Triptófano de ESTEVE (que puede incluir entre 1 y n+1 sujetos, siendo n un número variable e indeterminado), realiza sus comprobaciones desde su despacho en NY. Allí, alterna miradas al microscopio, con ojeadas por su visor de aumentos, pudiendo vigilar de reojo la silueta de la Estatua de la Libertad que se aprecia de fondo.

En su blog, el Dr. Gaona, José Miguel para los amigos, da respuestas diversas:


Mira que es majo.


Y modesto.

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Dejamos al Dr. Gaona tratando de adivinar si Woody Allen vuelve a estar dentro de una mujer y nos acercamos al blog del triptófano (existen blogs para todas las necesidades).


Susi no nota mejoría, pero demuestra una fe y una voluntad increíble.


Lulu plantea preguntas demasiado complejas. Quizá vaya siendo hora de cerrar el blog.

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Y este artículo, que se está eternizando.

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Antes de acabar, debo mostrar mi deuda con Bernardo Dual, mi amigo compostelano, que me mostró el camino para identificar la canción, lo mejor de todo este manejo. Una composición del tándem formado por Joel Evans (música) y Adryan Russ (letras), incluida en su disco de 2011 Changing my tune, una verdadera delicia jazz. Para la canción que aparece en el spot, “There’s never been a day like this”, contaron con The Marquee All Stars Band y la voz solista de Dante Marchi.

Nunca ha habido un día como éste.

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En todo caso, admitiendo la conveniencia de tratar de afrontar, con buen talante, los reveses que la vida nos presenta, empecinarse en mostrar una sonrisa bobalicona, artificial, tratando de mostrarse siempre positivo, encierra una trampa peligrosa que Barbara Ehrenreich desmontó hábilmente en Sonríe o muere.

Quizá resulte más sencillo viéndose recriminado ad æternum por Louis van Gaal.


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Positivamente: nos estamos volviendo gilipollas.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Tableta

En los extremos de la curva de adelgazamiento, oscilando entre la flaqueza extrema y la obesidad mórbida, emerge más que surge, una tendencia al desorden en el culto al cuerpo, identificada en ellas, por defecto (anorexia), mientras padecen ellos las consecuencias del exceso (vigorexia).

Y se presta desmedida atención a una unidad de medida standard, en un desenfreno que entroniza a la tableta (de chocolate, como enemigo, para ellas), o como objetivo de todos los esfuerzos (la abdominal, el culmen, en ellos).



En el proceso, todos se mantienen informados, compartiendo logros y tentaciones de forma visual, en un dispositivo virtual que ha perdido peso adelgazando su “a” final.

(Atracción por excesos y defectos)

viernes, 31 de enero de 2014

Postureo

“Sí, pero no”.

Se adoptan poses, por el hecho de estar de moda (y se critican, en cuanto dejan de estarlo).

Virtud virtual. (Fingir una apariencia, actuando desde casa).

"Juego de las diferencias: sin hogar vs. hipster"

La esencia del mundo moderno.

(Leyendo entre líneas)

Una mica elevó el postureo hasta cotas grotescas.

María Isabel: Antes muerta que sencilla


La atropellada pronunciación, acentuada por la continua visita de Pérez (el ratón), facilitaba la caricatura, en una traducción que se propagó.

Llum Barrera: Antes muerta que sin silla


La burla puede resultar predictiva (eligiendo objetos).



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Todo esto, el día después de anunciarse que a Pedro J. Ramírez le han invitado a dejar su silla.

De todo el mundo, el personaje más preocupado por la pose a adoptar (en la esfera pública y, también, en la privada).

Serán coincidencias.


viernes, 24 de enero de 2014

Prestar atención a las señales

En ocasiones, es posible predecir los acontecimientos futuros. Es preciso prestar atención a ciertas señales que, pese a resultar imperceptibles a ojos no entrenados, la experiencia permite desarrollar un cierto sentido que resulta útil para saber lo que pueda llegar a suceder.

ü      Antes de que se produzca un tsunami, el agua retrocede.
ü      La calma chicha que precede a la tempestad.
ü      Un perro, apaciblemente tumbado en su lugar de descanso, se yergue, azuza las orejas y emite un ligero gruñido.
ü      En el aire se percibe un ligero olor eléctrico, como a ozono dicen, que avisa de que habrá tormenta.
ü      Una rodilla recién operada de menisco.
ü      El dueño del bar de la esquina sale un momento a hacer unos recados: va a buscar los periódicos, tabaco para la máquina y cambio. Al regresar, de un vistazo, sabe si ha habido movimiento.
ü      Él llega a casa y, antes de cerrar la puerta, sabe que algo raro sucede. “¿Qué habré hecho?”, se preguntaba cuando era inexperto. Hoy, recapacita: “¿Qué NO habré hecho?”.

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Algunos se refieren a un sexto sentido, una especie de intuición, inexplicable.
Aquí hablamos de sentido común, esa sensatez alimentada por la observación y la experiencia.


"Creo que avisan que debes empezar a parar"

No es necesario estropear campos de trigo (los aliens, como responsables de los crop circles).

"¡Cómo van a estar avanzados: No tienen ni idea de jugar al tic-tac-toe"

Para revelar el valor de una señal se cumple un principio elemental (Primera ley de la validez predictiva):
“La validez de una señal es inversamente proporcional al tamaño con que se presenta”.

Portada Marca 24-01-2014
"El tipo de letra utilizado como predictor"

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Hay que prestar atención a los detalles, que suelen mostrarse inapreciables, y ser capaz de interpretarlos.

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Las distopías que nos preocupan hoy se fundamentan en la implementación y el desarrollo de “sistemas expertos”, aquellos que aprenden solos, en los que las máquinas deciden ser autónomas y librarse (o utilizar) a los humanos. Pienso en Hal 9000 —de “2001: Una odisea del espacio”—, Skynet —de la saga “Terminator”— o “Matrix”.

Y preocupa porque otorgamos a las máquinas (nuestras creaciones) una capacidad que sustraemos en nosotros: la de aprender por la experiencia, por la observación de los detalles que nos rodean y que anticipan lo que va a suceder.

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Es conocida la historia del día que Rockefeller (el potentado, no el cuervo al que José Luis Moreno le metía la mano por el orto), escuchaba a su limpiabotas hablar del mercado de valores, asesorando al financiero mientras le daba lustre. Supuso el anticipo del crac del 29, en la idea de que si todo el mundo hablaba de la consistencia de algo, su valoración estaba próxima a desplomarse. No existen secretos a voces que sirvan de mucho.

En un curso de formación (Atención al cliente), hacia 2005, una cajera de supermercado aprovecha la pausa para el café para exponer su reciente cambio de planes y su abandono de su idea, “de toda la vida”, de abrir un comercio y anuncia que, junto a su pareja, ha empleado el dinero del paro de él (capitalizándolo), y sus propios ahorros, “en dar la entrada para una segunda vivienda, que alquilaremos, que nos permita pagar la cuota de la hipoteca, venderla en dos años, comprar otra más grande y ganar así dinero para que mi pareja pueda abrir el comercio que queremos abrir, desde siempre”. No es fácil apreciar todos los detalles, pero, implícitamente, se dibujan las características esenciales de un mercado especulativo que, más tarde se comprobó, estaba a punto de estallar.

En una cena informal, animados por el trasiego de alcohol, dos comensales se empecinan en desentrañar la forma de abaratar costes en su aprovisionamiento, anunciando como medida estrella —y única— “eliminar al intermediario”, dicho en un vano intento de emular a James Gandolfini, sin gracia ni acento, evitando entender que:

1º — Ellos mismos actúan como intermediarios (y que carece de sentido querer hacer a otros lo que resultaría una ruina para ti).
2º — Actuar globalmente, acudiendo a un proveedor remoto, impide que alimentes la economía local, la que nutre de clientes a la zona en la que estás establecido.
3º — Las pretensiones de ambos se limitaban a comprar un único artículo. No trataban de implantar una nueva relación comercial.
4º — Reducir eslabones en una cadena no hace más que debilitarla.

Este tipo de conversaciones, combinadas con los “me gusta” en mensajes de apoyo al comercio local, explican una caída en la demanda interior, el descenso en el consumo y el aumento del paro (las claves que van a encontrar en Davos para describir nuestro sistema social, laboral y económico).

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“El gato escaldado huye del agua fría”.

— Le pasó el otro día al mío. Puse el chorro de agua caliente a llenar la bañera, metió la pata y, el tío, escapó despavorido.
— Eso es que se acababa de quemar.
— Lo que tú decías.
— No. Lo que decía es que del agua caliente escapamos todos. Pero los gatos que ya se han quemado, se han hecho previsores, y ahora no quieren acercarse ni al agua fría. Mira a ver qué hace el tuyo.
— Paso. Cuando me meto en la bañera, aprovecho para jugar al Candy crush.

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Daniele Luppi: Fashion party


sábado, 9 de noviembre de 2013

Hipster vs. Mainstream

Me llama un amigo para decirme que leyó el artículo de ayer, sobre la evolución de Alaska, y que no entendía qué significaba eso del mainstream, ni su relación con la modernidad (ha oído hablar de un hipster, al que imagina como un hippie con perilla). Da la sensación de andar un poco perdido.

Es el momento de llamar a:

(el servicio de interpretación y traducción ultra–cool)

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Supongamos que se trata de un partido de tenis.

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El hipster empieza sacando —porque siempre va por delante—.
Ocupa su turno en mencionar grupos musicales, tendencias, accesorios, cantantes, comics, recursos, ideas, apps, programas que no conoce nadie y que, sospechosamente, siempre vienen de fuera.
Siempre cree que la demo era un must, la versión beta no es underground y la secuela está llena de spoilers.

Está ocupado en estar a la última.

Lo que venía siendo un seguidor de la vanguardia (la actitud, no el periódico).

Como en el mito de Sísifo, recordando a Albert Camus 100 años y un día después de su nacimiento, el hipster está condenado a mantenerse en continuo movimiento ascendente, empujando la roca de su absurda obstinación, sin percatarse de que su destino final es envejecer y ser expulsado de la categoría evanescente de la modernidad, en la que es imposible perpetuarse.

Un día descubre que alguien (mucho más joven) le llama de usted y zozobra.

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Las tribulaciones de una hipster son las de una moderna de pueblo.


"La permanente existencia de la duda" Viñeta: modernadepueblo.com

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Tras encajar los golpes del desprecio, el representante del mainstream, agazapado en su resistencia, empieza a reducir la desventaja. Sabe, más por viejo que por diablo, que largo será el camino. Su seña de identidad es carecer de ella. Al fin y a la postre, le interesa lo que interesa a todos. Le gusta lo que a nadie disgusta y encuentra su hábitat natural en un ascensor, en la sala de espera del Centro de Salud, o en las jornadas de puertas abiertas de cualquier cosa que resulte gratis.

Mainstream es Movistar, Vodafone, Yoigo o cualquier otro operador de telefonía móvil, con esa atracción fatal por las promociones exclusivas.

Es la excusa perfecta para organizar una tertulia, sin necesidad de mesa camilla, radio o brasero.

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Entre ambos extremos prototípicos se establecen profundas diferencias (g)astronómicas: el hipster (ser etéreo) tiende a la efervescencia y le gustan emulsiones, aromas, espumas, aires o bocados. Eso explica su capacidad para embutirse en unos pantalones pitillo, más que ceñidos.

En el mundo mainstream se valora más el embutido: gusta el compango, los platos de cuchara contundentes, tradicionales, los de toda la vida. No se hacen ascos a gazpachos, cocidos o gachas.

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En lo afectivo el hipster tiende a las sensaciones; lo mainstream tira de emociones (más o menos básicas).

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Es, para decirlo claramente, el destino de Sísifo que, en una inspiración repentina, se ve como un hámster dando vueltas en su noria y, cansado, se niega a empujar contracorriente, para aceptar transformarse en Maruja, campechana y locuaz, que gusta a todo el mundo (por negarse a formar parte de la generación rock).

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Todos hemos cometido delitos y faltas, pecadillos de juventud que admitimos con un mohín cómplice.




El partido se decide en el tie–break. ¿Quién crees que ganará el punto definitivo?

jueves, 31 de octubre de 2013

Hell or Win

Lo que nos espera este (largo) fin de semana.




Si me preguntan, me quedo con Otis Redding, permitiendo escoger: ¿Truco o trato?



No podrás esconderte.

domingo, 25 de agosto de 2013

De lo público y lo privado

Serán cosas mías, pero abundan hoy, de forma excesiva, aquellos que no conceden importancia a la naturaleza de determinados bienes. Pienso en los que no entienden que lo público no carece de dueño; sino que, al contrario, es propiedad de todos. También en los que, torticeramente, pretenden apropiarse, utilizando la política de hechos consumados, de lo que no les pertenece.

No (solamente) hablo de los políticos que, aún arrogándose más poder del que se les ha otorgado, hacen y deshacen a su antojo, como si el solar patrio fuese de su propiedad, sin sentirse obligados a dar explicaciones a nadie (pasando de ser un plasta a convertirse en un plasma).

Ni tampoco pienso en los que se extienden, submarianamente, utilizando el lanzamiento de hormigón como forma de conquista.

O de los que consideran que pueden entrar en tu casa, y en tu vida, para ponerse a fisgar y, tomándonos por imbéciles, pretenden justificar su intromisión, anunciando más transparencia en los programas de espionaje.

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No.

Realmente pienso en esos que en la playa hablan a gritos y que se pasan el respeto a los demás por el arco del triunfo.

O aquellos que creen que, en un semáforo, esperar a que la señal se ponga en verde para disponerse a cruzar es de parias.

O que consideran que colarse —en un súper, en el cine o en un peaje— es un acto de inteligencia suma.

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Esos que, imitando modelos no se sabe de dónde, hablan a gritos, a pesar de no tener nada que decir.

Que consideran que la propiedad es un concepto carente de sentido; salvo cuando se trate de aquello a lo que ellos consideren como propio, aunque hayan podido apropiarse de formas totalmente inapropiadas.

Esa grey que justifica el uso de la violencia como forma de resolver asuntos de convivencia cívica.

Esa gentuza.

"Dame una capucha y te arreglo la calefacción de la casa"

lunes, 19 de agosto de 2013

P.o.V. / Selfing / Gangnam

Dado que se acepta que la realidad depende, más que del color con el que se mire, del lugar desde el que se observe, se concluye, precipitadamente, que sólo tiene sentido desde una óptica personal, estableciendo que todo es relativo y, por descontado, mi realidad vale tanto como la tuya.

(Aunque, para mí, sólo tenga interés mi verdad).

Y por eso, este mundo social, de relaciones hipertrofiadas, contempla este exceso de visiones ombliguiles, como si dijéramos, que pretenden ser originales, siendo a la larga un intento de llamar la atención, profundamente aburrido (por repetitivo).


"Fases" Foto: Iñigo Sierra

En particular, cobran vigencia tres modalidades recurrentes de mostrar al mundo esta nueva realidad (desde donde yo la veo).

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P.o.V. — Acrónimo de “point of view”, punto de vista, que explica la abundancia de fotos que enseñan lo que veo (Panorámix), lo que como (Obélix) o lo que tarareo (Asurancéturix). Mis ideas personales se reducen a meros chispazos de ingenio (Ideafix). La profundidad creativa (Astérix) está fuera de foco.

Selfing — Al resultar importante el lugar desde dónde lo veo, es evidente que mi imagen debe ser crucial. Verme reflejado, haciendo lo que sea que hago, debe ser algo que deba compartir.

También, mostrar mis pies cruzados, en la postura standard 2.0 de lo que se asume como relax.

Gangman — La historia de un coreano que, haciendo el pijo, consiguió que todo el mundo lo conociera y quisiera imitarle, intentando hacer el pijo, a su propio estilo, buscando imitadores, pero consiguiendo, exclusivamente, resultar patético.

El big bang del gangman es, lógicamente, el gang-bang.

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Puede que alguien, a estas alturas, desconozca que al otro lado de la red está el porno.

Implacable.

Escondido en enlaces o abiertamente accesible.

Quien quiera buscar otras acepciones de los términos descritos, descubrirá:

1 — P.o.V. es un tipo de escenas en las que el protagonista (masculino) recibe las atenciones de su(s) partenaire(s), mientras ejerce la labor de cámara.

2 — Selfing es un intento (imposible) de practicar el sexo oral de forma autónoma. Un onanismo que cobra la imagen del círculo eterno, la pescaílla que se muerde la cola.

3 — Gang-bang es un esfuerzo coral (y compartido) de zánganos tratando de alimentar a una única reina.

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Yo he avisado.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...