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miércoles, 21 de octubre de 2020

Esa incierta edad [ya está DISPONIBLE]

Todos han hecho su trabajo.

Ilustrado por Gemma Cantador.

Editado por Libros Indie.

Maquetado por Olalla Pons.

Soporte de ideas de Ricardo Villegas.

Con la inestimable ayuda de Diana Hermoso y Luis Abril.

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Matías Prats quiere decirlo, alto y claro: “Ya estaba en boca de todos; ahora puede estar en tus manos.


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Y es que ha habido muchas filtraciones; había llegado muy lejos.








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Ha quedado muy chulo.


jueves, 12 de febrero de 2015

Nunca sabes cuándo (o dónde) vas a encontrar un amigo

Lunes, 20 de octubre de 2008

Debo coger un avión que me lleve de Oviedo a Badajoz, tras un cambio de aparato en la T-4 madrileña, mucho antes de que supiéramos que se iba a llamar Adolfo Suárez.

Ahora no recuerdo los detalles, pero volar de forma reiterada (como cualquier otra actividad que realices con asiduidad), te permite desarrollar ciertos conocimientos prácticos. Yo sabía entonces, aunque ahora lo haya olvidado, el lugar exacto desde dónde partiría ese avioncito que, por sus características, obliga a embarcar andando y que hace que siempre fuese en la misma zona del aeropuerto.

Habiendo llegado con tiempo a Badajoz, pude dar una vuelta por la ciudad y callejear tranquilo. Al día siguiente tenía que impartir un curso: localicé el centro donde se iba a realizar, visité la catedral y el casco antiguo y aproveché para comprar una chaqueta marrón que me acompañó durante años y que hoy, cochambrosa, guardo con cariño.

Martes, 21 de octubre de 2008

El curso en Badajoz se realizó en una academia vecina a la sede social del cliente. Puerta con puerta. En una de las dinámicas que teníamos que realizar, se debía ambientar el aula como si fuera una zapatería. El grupo que debía actuar como protagonista se envalentonó y, armándose de los rotuladores que yo llevaba para las explicaciones en flipchart, se pusieron a dibujar zapatos, anuncios de rebajas, slogans y dejaron que su creatividad fluyese para llenar la pizarra vileda.

Una vez terminado el ejercicio, intenté borrar los dibujos. Consternado, descubrí que habían empleado mis rotuladores (indelebles) en la pizarra. Una escapada fugaz de una persona apañada nos hizo comprobar que, contando con suficiente alcohol (de 96º) y papel higiénico, los rastros de los rotuladores dejan de ser indelebles. Aunque haya que frotar.

Miércoles, 22 de octubre de 2008

Junto a Rodri, recogemos en la estación de tren de Badajoz un coche de alquiler para hacer los más de trescientos kilómetros que nos separan de Jerez de la Frontera, donde tenemos el siguiente curso. Juraría que comimos en Sevilla. Debíamos devolver el vehículo en la estación de tren, pero ya no había nadie de la compañía de alquiler, así que tuvimos que desplazarnos hasta un polígono industrial, realizar los trámites con una mujer que no se enteraba de la misa la media, llamar un taxi e irnos al hotel donde íbamos a pernoctar, contiguo al estadio del equipo de fútbol. Hablamos con el conductor para que nos recogiera el viernes y agilizar el regreso.

Jueves, 23 de octubre de 2008

Había oído hablar del carácter de los jerezanos y su compromiso y tradición sindical. También era conocedor del habla que todos los gaditanos gastan, en el que los de Jerez son consumados maestros. Pero no estaba preparado para uno de los cursos más conflictivos que pude tener en mi trayectoria como formador. Hasta tres veces tuve que parar el curso, invitar a que saliéramos todos a fumar (y relajarnos), porque resultó complicado avanzar en el desarrollo del programa.

En todo caso, esos momentos complejos son, cuando se resuelven, los que hacen mella y te permiten avanzar en tu desarrollo profesional.

Viernes, 24 de octubre de 2008

Rodri se iba en tren (evitando los aviones) y había quedado con el taxista para que pasara a recogerle a las 5:00 de la mañana. Yo tenía un poco más de margen, porque iba en avión a Madrid y hacía enlace con el vuelo que me llevaba a Asturias de vuelta.

Recuerdo que compartí asiento con alguien a quien creía haber identificado, por sus uñas, como compañero de trabajo en una empresa en la que yo había estado unos años antes. Pero, dormido y cansado, no quise resolver las dudas.

Al llegar a la T-4 veo una llamada perdida de un familiar. Cuando le devuelvo la llamada, me enreda, contándome una historia complicadísima, enrevesada, con una solución disparatada y que, contada por teléfono a esas horas, me pone frenético. Entonces fumaba, así que me encamino a la búsqueda de aquellos recintos claustrofóbicos en que se nos encerraba a los fumadores; unas cabinas que, nos parecía entonces, eran un signo de magnanimidad y rebeldía de Esperanza Aguirre contra Zapatero, que algunos aprovechábamos también como laboratorio de observación costumbrista. Así que, más quemado que la moto de un hípster, con el cigarrillo sin encender colgando ladeado en mi boca, el ceño fruncido bajo mi recién estrenado Stetson, entro furibundo en la pecera y oigo:

— ¡Coño, Indy, deja de refunfuñar!

Es Elías. Iba camino de Oviedo. Estaba invitado a la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias, en la edición en la que entregaron el premio de “Investigación Científica y Técnica” a Sumio Iijima, Shuki Nakamura, Robert Langer, George M. Whitesides y Tobin Marks; el de “Letras”, a Margaret Atwood; el de “Ciencias Sociales”, a Tzvetan Todorov; el de “Comunicación y Humanidades”, a …

— ¡Joder, lo que te enrollas Alberto…!
— Vale, de acuerdo.
— Dilo ya, hombre.
— Sí. El año de Nadal.
— Dilo claro.
— Elías estaba invitado el año que le dieron el premio a Nadal.
— Gracias.
— De nada.

Íbamos en aviones distintos. Yo intenté que me adelantaran el vuelo (que no conseguí), pero Elías, que tenía coche reservado, se ofreció a esperarme (lo que acepté y le agradecí).

En mi vuelo iba Matías Prats, tan peripuesto que daba dentera verle. Y también iba un periodista de Radio Nacional, del que omitiré su nombre, porque excitado por la semana que llevaba, me empeñé en conseguir que, en lugar de hablar (como hace por oficio), ese día tuviera que escuchar. Fue una conversación amena y agradable. Una faena para él, que llevaba un montón de documentación sobre los premiados, que había dejado para repasar en el vuelo, y que nuestra charla impidió.

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Al llegar al aeropuerto de Ranón, Elías me estaba esperando y aprovechamos el viaje a Oviedo para despotricar y darle vueltas a las cosas que nos preocupaban a ambos y, así, afianzar más nuestra amistad.

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Luego estuvimos en Ribadeo, dándonos un gustazo en una comida cuya cuenta hubo que pagar a escote porque quien nos había invitado se ausentó de acudir.

Y fuimos unas cuantas veces a su Pola de Lena, a comer callos en una pizzería, la combinación más extraña y apetecible que pueda recordar, con nuestros hijos jugando en la plaza contigua.

Coincidimos en unas cuantas cenas de Navidad.

Se organizó un curso en el que, mano a mano, intercambiamos los papeles de profesor y alumno, mientras yo veía cómo hacía para encontrar solución a cosas que aparentaban no tenerla, mientras él simulaba que prestaba atención a los asuntos sobre los que yo sólo me enrollaba y daba vueltas.

Coincidimos en un plató de Telecinco y, buscando a Belén Esteban, nos encontramos a Sara Carbonero. Aprovechamos una pausa y decidimos casarnos.

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Recuerdos fragmentados. Momentos que me vienen a la memoria de Elías, forjados en muchos encuentros, del que sobresale aquel socarrón Indy, que me espetó en una pecera llena de humo (y desconocidos).

Un amigo del que quiero acordarme.

Una sonrisa dispuesta, un intento de alcanzar un acuerdo, una firme vocación de servicio.

Una excelente persona.

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Elías Prellezo, mi amigo.


lunes, 10 de octubre de 2011

La actualidad

Foto: flickrolf
Voy a plantear una afirmación rotunda: “La actualidad es irrelevante”. Ya sé que parece difícil de asimilar, que puede entenderse como un contrasentido, incluso intuyo que algunos pensarán que sólo pretendo mostrarme polémico.

Nada de eso: estoy profundamente convencido y, tengo para mí, que, en la raíz de los males de nuestra sociedad, se encuentra el mayoritario convencimiento de la importancia —la relevancia— de la actualidad.

Sé que los postulados que se tienen por ciertos apriorísticamente —salvaguardados de un análisis que los enjuicie individualmente— suelen encerrar una profunda falsedad. El simple hecho de ser tenidos por ciertos, sin posibilidad de ser revisados, tratados como axiomas, falsea su propia condición y los vicia en su esencia.

Así que, rompe tus cadenas, tus esquemas preconcebidos, tus ideas aprendidas y asumidas a la fuerza, para dejar que la duda entre en tu vida y te permita hacerte, a ti mismo, algunas preguntas.


En casa no vemos informativos en TV. Nunca. Sólo rompemos esa regla cuando tenemos invitados residentes. [Por si es preciso aclararlo, no encendemos la TV cuando tenemos visitas]. Pero evitamos ver, en circunstancias normales, los telediarios. No fue una decisión premeditada. El mayor de nuestros hijos cumplió 2 años y nos empezó a dar miedo que viera lo que ponían en los informativos.

En esto estaremos la mayoría de acuerdo: si se siguiera utilizando el antiguo sistema de clasificación de los contenidos de los programas televisivos, los telediarios deberían llevar “dos rombos”. En ocasiones, excepcionalmente, puntualizan que, determinadas imágenes “pueden herir la sensibilidad del espectador”. Ciertas imágenes; nunca etiquetan de esa forma a los contenidos. En esas escasas ocasiones, en que se muestran pudorosos, lo más recomendable resulta —contrariamente a lo que la mayoría hacemos— mirar para otro lado.

El nivel de tolerancia es creciente. Lo que permiten los emisores, los legisladores, los reguladores, los inspectores y los sancionadores. Y lo que toleramos los consumidores. Estamos expuestos a un agua cada vez más caliente, sin saber que nos están hirviendo. Creemos que podemos acostumbrarnos. Pero no necesitamos hacerlo. Desde luego, mis hijos no lo necesitan.


Así que, con pesar, renunciamos en su día a mantenernos informados por medio de los telediarios de TV. Adiós, Matías. Leemos periódicos, oímos la radio. Pero hemos conseguido superar esa sensación de montaña rusa que transmiten los programas de TV, especialmente los informativos. “Esto es de lo que todos hablarán ahora. Superamos el sentido de inmediatez repentina al que obliga la dosis diaria de actualidad informativa televisada.


Quien ya se plantee, junto a quitarse el reloj y desconectar aparatos electrónicos, dejar de ver informativos como parte de la rutina de las vacaciones, que aproveche esa querencia y, dando un paso adelante más, formalice el aislamiento de Matías y sus secuaces en el confín de los olvidados. Ya verás como, además de no pasar nada malo, resulta altamente saludable.



Foto: flickrolf

“La actualidad es evanescente”. No se puede atrapar. Intentar conseguirlo es embarcarse en un propósito inalcanzable, altamente desequilibrante y potencialmente frustrante.  

Es intentar perseguir algo que necesita escapar de nosotros.

Es un intento de subirse a un tren que, nunca se está quieto, y no lleva a ningún destino.

Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...