Mostrando entradas con la etiqueta Ricardo Villegas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ricardo Villegas. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de febrero de 2023

Sarah McCoy — Go Blind


Sarah McCoy
Go Blind

High Priestess (2023)

New Orleans, Louisiana (USA)

Enlace

*****

Mi amigo fumador me manda recomendaciones de vez en cuando, sabedor que se las agradezco. Hace unos días me avisaba de esta mujer que acaba de publicar su 2º LP (tras su debut en 2019 con Blood Siren, publicado por Blue Note) y es notable su talento y su conversión de estilo, pasando del jazz a una mezcla de estilos que denota su polivalencia como compositora.

Su poderosa voz recuerda a Adele.

*****

Sólo porque seas inteligente

No quiere decir que seas sabio

Guardaré tus secretos

Ahora que sufro por tu deseo

 

Me traicionas

Ahora que te estoy rogando que vuelvas

Y no puedo ver una maldita cosa

Porque tus mentiras me ciegan

Lo que viene siendo un chorro de voz

jueves, 14 de enero de 2021

Acto de presentación de “Esa incierta edad”

El pasado 7 de enero, en la Biblioteca La Granja, se presentó el libro Esa incierta edad. 443 paremias (Ed. Libros Indie). Además de contar con el apoyo de atrevidos amigos (algunos participando online), tuve el inmenso placer de que Yolanda Vidal y Patricia Núñez me precedieran y dedicaran unas palabras que agradezco.

Tengo que agradecer la confianza de Luis Abril y Diana Hermoso, de Libros Indie, la amistad y el cariño de Gemma Cantador, la ilustradora más apropiada que me podría haber encontrado nunca, la dedicación de Olalla Pons, maquetadora y diseñadora del libro, el apoyo permanente de Ricardo Villegas, que me soporta y me da soporte, la cobertura de Quique Maradona, de la librería La Palma, que creyó desde el principio en la viabilidad del proyecto y de todos los que, de una forma u otra, han expresado su deseo de sentirse vinculados conmigo (y mostrarlo de forma pública y notoria).

El protocolo COVID marcó unas condiciones que hicieron que el aforo fuera reducido, por lo Chelo Veiga (coordinadora de Bibliotecas municipales de Oviedo) planteó la idoneidad de realizar dos sesiones consecutivas.

*****

El vídeo recoge las intervenciones de Yolanda y Patricia, así como algunas highligts mías, donde hablo de mis hijos, del pensamiento clásico, de escritura y lectura, de crecer, de calcetines.

Y hablo del Gobierno.

Creo que es voluntad de todos que cesen las condiciones excepcionales que concurren en este momento.

Mi compromiso es volver a presentar el libro, en condiciones normales, cuando vuelva a ser posible.

Mientras tanto, las paremias pueden ayudar a sobrellevar la pandemia.

“Lo mejor está por llegar”.

 

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Entrevista en Noche tras noche (RPA, 23/11/2020)

El pasado lunes fui entrevistado por Marcos Vega en el programa Noche tras noche, dentro del espacio “El Relevo”, que otorga protagonismo a ciertas iniciativas vinculadas a Asturias. En mi caso se trataba de la reciente publicación de Esa incierta edad. 443 paremias, algunas de las cuales ilustradas por Gemma Cantador, en edición de Libros Indie diseñada y maquetada por Olalla Pons, con la inestimable ayuda de Ricardo Villegas.

Una entrevista muy agradable, rodeado de amigos, Georgina Fernández, Manu Espiña, Edu Bueno, Fabián Solís, sorteando la “magia de la radio”, esa sensación que ningún otro medio de comunicación es capaz de transmitir de la misma forma.

Como las cosas se suceden, acompaño, con autorización expresa suya, el epigrama que me dedicó mi amigo Carlos Fernández-Vegue, lleno de afecto y cariño y, quizá, excesivo en su glosa, pero que acepto conocedor de sus nobles intenciones.

Con la firma de Cátulo, Carlos ha superado ya los 2500 epigramas, que comparte por las mañanas y que son, para mí, momento de gozo y alimento intelectual.

Gracias a todos.


miércoles, 21 de octubre de 2020

Esa incierta edad [ya está DISPONIBLE]

Todos han hecho su trabajo.

Ilustrado por Gemma Cantador.

Editado por Libros Indie.

Maquetado por Olalla Pons.

Soporte de ideas de Ricardo Villegas.

Con la inestimable ayuda de Diana Hermoso y Luis Abril.

*****

Matías Prats quiere decirlo, alto y claro: “Ya estaba en boca de todos; ahora puede estar en tus manos.


*****

Y es que ha habido muchas filtraciones; había llegado muy lejos.








*****
Ha quedado muy chulo.


sábado, 28 de marzo de 2020

Maya Hawke — By Myself

Maya HawkeBy Myself
Blush (2020)
New York, New York (USA)

*****

Conozco a Maya por una de esas recomendaciones que me hace mi amigo Villegas.
No tengo ni idea de quién puede ser, así que le pregunto.
Me informa que es hija de Uma Thurman y Ethan Hawke.
Ni siquiera sabía que habían estado liados.
Ahora sé que es el single de anticipo de su disco de debut anunciado para el 19 de junio.
La velocidad con que circula la información es vertiginosa.




Expectación

sábado, 22 de febrero de 2020

Alfredo García — El tonto feliz

Alfredo GarcíaEl tonto feliz
Aicrag Oderfla (2019)
España: Madrid

*****

Lunes, martes, miércoles
Y de jueves a domingo
No hago otra cosa que pensar en ti
Y ese veneno tuyo asesinó mi orgullo
Y ahora tengo pinta de tonto feliz

Te debo esta canción
Un pescado en Cudillero
Y una danza bajo el soul
Un beso, dos viajes de bonometro
Y tequila y un te quiero

¿Qué va a ser de mí?




Tras haber sido “Alfa”, y haber estado en Le Punk o Buenas Noches Rose, Alfredo vuelve a ser García.
Y publica un disco en que pone su nombre del revés.
También incluye Salamina.

Cosas que me recomienda mi amigo fumador

martes, 12 de septiembre de 2017

Kim Basinger

50 Estados es una sección radiofónica con plan. En ocasiones explora un territorio (sin demasiado respeto hacia las fronteras), una fecha concreta, o apunta novedades musicales.
Pero nunca se deja cegar por la actualidad.
Hoy nada importa.
Hoy sólo interesa seguir la pista a Kim, unidad de destino.

Bellísima en 1997: L.A. Confidential



martes, 17 de mayo de 2016

Desfachatez y artistas muertos

Ricardo Villegas:

Belén Esteban dijo que había escrito un libro. Mario Vaquerizo, dos. El fin de semana pasado terminé asustado viendo el festival de Eurovisión. Hay un elefante que dibuja con la trompa y colaron un cuadro de un mono en un museo de arte moderno. Lo único que une todos esos conceptos es la puta desfachatez. Desfachatez y desprecio por los que hacen las carreras de Bellas Artes, por los que tiran a la papelera folios llenos de historias y por los que buscan un acorde nuevo o un sonido diferente. A veces, ni siquiera es diferente, sino bueno. Aceptable. Cualquier cosa de la que sentirse orgulloso. Ahí reside otro problema: el orgullo. No puede tener orgullo el cantante de Polonia, ni Eduardo Inda si uno se llama a sí mismo artista y el otro periodista. No pueden tener orgullo Pdro o Pablo; hacen marketing indigno hasta para los ¿creativos? de MediaMarkt. No pueden creer que lo hacen bien Mariano y Albert porque uno no acepta que lo puede hacer mejor y el otro se ha subido, con el beneplácito de Pablo, a un pódium tras un campeonato que ni siquiera han permitido que empiece. No puede ponerse la medalla de director de cine Santiago Segura, porque tendríamos que asumir que Woody Allen y él, “8 apellidos vascos” y “El apartamento”, son lo mismo. Van Morrison y Pitbull. Cervantes y Mari Cielo Pajares.

¡Qué gran cantidad de insultos!
¡Qué miserable autoestima desequilibrada!
¡Qué puto mundo de despropósitos y egos desmedidos!


Y hay quien dice que todo es arte, pero una mierda de perro en medio de la acera no es una escultura de Rodin. Un post no es literatura. Un grito no es un cantante (salvo que la que grita sea Beth Hart).



En algún lugar se quedó la vergüenza. Y los locos rellenan de mentiras sus tarjetas de visita. Los que siguen a los locos son aún más locos.

Los artistas de verdad se mueren. Con las manos gélidas.

Ignorados.

viernes, 6 de mayo de 2016

Schrödinger se fue de parranda sin saber si le había tocado la loto

Ricardo Villegas:

En los últimos años, quizá a remolque de alguna mala educación o de un mal entendimiento de los libros de autoayuda, ha aparecido una generación variable, desconcertada, activa y pasiva a la vez, que, probablemente, no sabe hacia dónde esforzarse, si es que ha de hacerlo, para poder tener acceso a la cuarta parte de sus sueños.

Es la misma generación que cree que todo se puede, que “sí se puede”, pero no sabe realmente lo que se puede, si es que se puede, o si quizá se llegará a poder pero, joder, debería de poderse.
¿Te has enterado tú?
Yo tampoco.

Es una generación convencida de que todos sus males son siempre culpa de otro.
Si conducen, la culpa es del peatón, porque no sabe dónde están los pasos de cebra.
Cuando van andando, la culpa es de los desaprensivos conductores, que van como locos.
Culpa de los defraudadores, siempre los demás; ellos velan por su subsistencia.
Culpa del gran poder, del gran capital.
Culpa, culpa, culpa.

Que los demás —que no lo merecen tanto como yo— no puedan, pero yo sí, resulta ser una especie de objetivo absoluto que no está centrado en nada en particular. Ahí radica uno de los problemas.

¿Qué se puede? Felicidad, democracia, igualdad, equilibro, solidaridad. Joder, es muy bonito y muy feliz. Es ser el hombre mágico del país feliz de la casa de gominola de la calle de la piruleta. Pero en realidad no es nada. NADA. Un objetivo es comer ternera el martes. Un objetivo es poder ahorrar 4200€ para cambiar de moto.
Eso es un objetivo: algo cuantificable.

Las pseudociencias son muy de esa manera de pensar. Curar el cáncer con flores de Bach. Solucionar los mareos con reiki. Pero ninguna, absolutamente ninguna peudomedicina, promete que el jueves que viene la herida habrá cicatrizado, porque eso es cuantificable.
En el momento de cuantificar se pierde la emoción de lo mágico.


Guay. Chachi. Mola.

El gato de Schrödinger, simplificación máxima de la física cuántica, está a la vez vivo y muerto dentro de la caja porque no lo sabremos hasta que la abramos. En ese instante de duda previa, de momento dramático casi televisivo, coexisten ambos estados como si fueran dos universos paralelos.
Quienes vivimos en este dramático mundo estamos a la vez vivos y muertos.
Nos indignamos con valores absolutos y mandamos vídeos graciosos a la vez.
Pero nos aterra mirar en la caja por si acaso estamos muertos o tenemos la responsabilidad de estar vivos.
Hay una falta de control de la lógica: trabajo + esfuerzo (ya no) es igual a recompensa.
No se puede saber si mañana, al llegar a la empresa, habrá empresa. En ese sentido uno se puede aferrar a lo mágico o aferrarse a la desidia que son los dos estadios en el mundo cuántico social. La desidia es una posición lógica y eso es muy malo

En vez de aprender a afrontar las hipócritas casualidades que nos suceden a diario, hemos aprendido a protegernos, a quitarnos culpa, a pensar en magias.
Hemos aprendido a no cuantificar para no decepcionarnos y eso no es más que una gran coraza que nos lleva de la indignación a la pasividad, de “La Sexta noche” a “Gran Hermano”, sin querer asumir limitaciones o responsabilidades.

Somos reyes de la oposición, sin querer ser gobierno.

La culpa es de los otros. La solución la tienen que encontrar otros. Los problemas son NUESTROS.
Algo no cuadra en esa ecuación.

La nueva postura social —postureo en términos modernos—, es sentarse frente a la caja, en la posición del loto, para publicar en facebook que estás en contra de matar gatos. Muy en contra. También gritar que te gusta ver saltar a los gatos, cuando están vivos. Pero, JAMÁS, abrir la caja. Como mucho, iniciar una petición en change.org.

Hijos de puta: os estáis convirtiendo en gatos.

Empezad a hacer cosas, a aprender a fracasar, a jugar con breves objetivos, a valorar lo que cuesta hacer pequeñas cosas y entonces, quizá, saldréis de la caja donde no os ha metido nadie más poderoso que vuestro propio miedo.


*****

PD — me metamorfoseo en un gurú de autoayuda que abofetea a los que pagan por ir a sus charlas vacías, llenas de términos absolutos.
No es culpa mía.

jueves, 28 de abril de 2016

Dios mío: dame una coartada

Ricardo Villegas: tt

Y dijo: “Dios mío, dame una recortada”. Y entonces apareció una a su lado. Cargada. Caliente. Con inmunidad. Con licencia para matar. Dios le dijo: “mata a quien consideres porque no te juzgaré. Eres un hombre justo y actuarás con justicia”. Entonces la puso en el asiento del copiloto de su coche y condujo. Se paseó despacio por la zona financiera y buscó el momento en el que saliera de sus oficinas el presidente del banco que le dejó sin casa por no poder pagar la hipoteca. Se paró delante de la entrada del gran edificio de metal y cristal. Amartilló y disparó desde la ventanilla del copiloto. El presidente salió disparado hacia atrás con las vísceras sobre la camisa y nadie supo de donde vino el disparo. Envalentonado, se fue al Congreso. Se puso en la puerta. Disparando una y otra vez a cada uno que saliera con esas carpetitas ridículas y esas sonrisas hipócritas de quien no tiene prisa ni siente ninguna responsabilidad. Se amontonaban los cadáveres y la sangre iba esparciéndose por el suelo hasta manchar sus propios zapatos con ese azucarado color a resbalón y a desprecio.  Empezó a andar por la calle y vio a unos chicos molestando a una señora. Les disparó. Un tipo con prisas y deportivo  no le dejó pasar, mientras caminaba, por el paso de cebra y le reventó la cabeza apuntando a través de la luna trasera. Sacó el cadáver del coche y aceleró por la avenida. Decidió disparar a los conductores cuyas matrículas acabaran en cuatro. Gritaba “!es un daño colateral!” que es lo que le dijeron cuando le diagnosticaron un problema pulmonar por el amianto de su casa, la que perdió. Se fue al colegio de su infancia y dejó a aquel profesor, al que le suspendió por haber copiado (sin haberle pillado), empotrado contra la pizarra de su antigua clase. Entró en el Ayuntamiento y disparó contra la vaga y parsimoniosa señora de información, contra el que gestionó tarde su solicitud de ayuda y contra el concejal de urbanismo. Se fue a la TV y entró en plató arrasando contra los presentadores que le cuentan lo que no quiere oír. Aprovechó para destrozarle las piernas a un futbolista famoso que esperaba para una entrevista. Mató a su cuñado, por tonto, y al perro del vecino, que cayó con un contenido y agudo sonido animal, por no parar de hacer ruido por las noches. Disparó en la cara de su tercera novia, por dejarle, y en la cara de Benito, su marido, que fue por el que le dejó. Aprovechó para reventar la moto que tenían en el garaje, que fue el motivo por el que le abandonó, la muy insustancial. Le atravesó los tímpanos al insulso cantante de moda. Le metió el cañón por la boca y apretó el gatillo a ese vecino que se jacta siempre de lo bien que lo hace todo. Dejó a su jefe desangrándose en el despacho y sus clientes ahogándose en su sangre preguntándoles si era ahora cuando tenían la razón. Fue a por los youtuber, a por los homeópatas y reventó completamente varios recintos de coaching y autoayuda. Apareció en dos o tres empresas de venta piramidal al grito de “ya está aquí vuestro nuevo faraón” y el polvo de los productos de maquillaje destrozados con él mismo apareciendo entre las sombras con los fogonazos de la recortada casi le hacían imaginarse a sí mismo a cámara lenta. Se sentó en el banco de un parque haciendo puntería con todos los corredores que tenían pinta de runners. Asesinó curas y gurús, lamas e imanes. Fue uno por uno acabando con el sufrimiento de los pacientes terminales de un hospital. “¿Imposición de qué hostias?”, le dijo a un experto en reiki como últimas palabras. A un vegano, por pasar cerca. Se paró en un centro comercial con un cartel que ponía “Ebanista en paro” y reventó a todos los que se reían después de mirarle mientras cargaban sus muebles de mierda. Volvió al coche. Se había quedado sin munición.
“Dios mío” —dijo— “dame armamento pesado. Un tanque es la mejor solución.


*****

La canción que acompaña los destrozos de todas las películas de Tarantino, editadas por Jaume R. Lloret, es una maravilla intemporal, publicada en 1969 en el sello Philly Groove de Thom Bell, con las voces de William Hart, Wilbert Hart y Randy Cain, galardonada con un Grammy a la mejor interpretación R&B de un dúo o grupo, The Delfonics; una de las formaciones con mejor conjunción en sus armonías vocales y coreografías sincopadas, lastrados por contar con un sastre daltónico, aficionado al consumo de psicotrópicos, que hace volar sus mentes.

sábado, 16 de abril de 2016

El futuro tiene forma de BOT

Ricardo Villegas:

Cada vez más, y con más insistencia, se habla de que el futuro en las nuevas tecnologías está en los bots. Suena a RO-bot, pero no lo es porque no está la máquina de la película Cortocircuito (1986), ni Wall-E (2008), ni siquiera Chappie (2015) o, al menos, un par de replicantes.

Los bots son esos programas a los que les hablas como si fuera un colega y te responden con gracia y soltura. Siri es un bot. Cortana es un bot. La grabación que te dice que pulses el uno si tu avería se debe a la conexión a Internet, es un bot. Spotify, recomendando canciones, es un bot que nos intenta meter regetton de continuo.

Her (2013) vislumbraba la relación entre un hombre y un bot. Hasta se le llega a coger cariño a Scarlett, en el bolsillo de la camisa, aprendiendo de la realidad del mundo. Hay un momento en el que, al contrario que con el enrevesado comportamiento de la mujer contemporánea en lucha contra su propia identidad y sueños, uno se enternece con la bondad intrínseca de la idealización de una inteligencia virtual.

Como en todo lo nuevo —como en lo que desarrollan las modernas compañías—, hay una trampa económica detrás. No quieren que vayas al bar. No quieren siquiera que busques en internet la manera de ponerte en contacto con el bar para que te acerque una cerveza. Quieren que digas que tienes sed y que el bot haya aprendido el tipo de cerveza que te gusta, que el bot elija un bar por ti, que pague por ti y que te lleve la cerveza donde estés. Un mayordomo que es capaz de usar tu dinero. ¿Dónde? Donde él mismo considere y eso implica que si alguien quiere vender una cerveza, un jersey de cuello vuelto o cuarto y mitad de jamón york, tendrá que pagar a quien se haga con el monopolio de los bot. La nevera roja se lleva un porcentaje del dinero que pagas al muchacho que te acerca la comida a domicilio; es un bot rudimentario que también oculta a la vista el resto de comercios que existen en la zona, porque no generan beneficios.

¿Dónde empezaron algunos de los bots más destructivos? En las páginas de citas. No hay nadie más incauto que un solitario. No hay mayor eclipse mental que el que sufre un hombre que cree que hay una satisfacción sexual al final del túnel. Ashley Madison, Meetic, Match, Tinder... todos tienen bots que te lanzan besos y que hablan contigo contándote que están solas y que viven cerca. (No he incluido a Badoo deliberadamente porque, aunque tenga bots, también dispone de un catálogo de carne bastante promiscuo y fugaz). Alguno llegó a denunciar a la compañía por enamorarse de un bot.



Microsoft tuvo que eliminar de las redes a Tai, que era un bot que intentaba aprender de los usuarios y, a base de leer y conversar con seres humanos, se volvió racista y misógino. Personalmente no creo que sea un error de programación informática sino un ejemplo de lo defectuosas que son nuestras conversaciones.

Facebook, que compró WhatsApp para tener millones de usuarios, quiere que dentro de unos años le hablemos al teléfono para recopilar lo que nos gusta y que nos envíe publicidad. Quiere que, aparte de nuestros contactos —fríos y distantes las noches de soledad en la mayoría de los casos—, tengamos un bot que haga como que nos quiere y como que nos tiene en cuenta. Al fin y al cabo el reconocimiento es lo que ansía el nuevo ser humano. Pagaremos con publicidad y con una nueva pérdida de libertad porque nos acostumbraremos a que hagan las cosas por nosotros, de la misma forma que el señor Burns no sabe utilizar el teléfono.

El futuro tiene forma de bot y es cómodo.
También es triste.
La inteligencia artificial puede parecer humana, puede hablar como humana, puede tener voz humana pero no es humana.

Si te dice a todo que sí (no es persona), es que quiere algo a cambio.

*****

Bot IN / Bot ON / Bot OFF / Bot OX

lunes, 11 de abril de 2016

El alocadamente insustancial siglo XX

Firma invitada: Ricardo Villegas, fumadortt

*****

¿Recuerdas? Nos gustaban los teléfonos cada vez más pequeños. Los auriculares que se metían dentro de las orejas. Hacer el amor con el menor ruido posible, como si tuviéramos que avergonzarnos de ser personas o de tener sueños eróticos. En las películas de los años 70 los niños se avergonzaban de sus erecciones y, en pocos años, los padres subirán fotos de sus primeras erecciones a la plataforma social que esté de moda y retocarán las imágenes para que la tenga más grande, gruesa y erguida que las del vecino.

Aborrezco, literalmente, a las personas que van por la calle hablando al teléfono. No me refiero “con” el teléfono sino “al” teléfono. Me importa una puta mierda su conversación y desconozco el motivo por el que me tiene que interesar. Pueden decir: “me resulta más cómodo”, pero en realidad hay una parte dentro de ellos que les exige, les solicita, les apremia, a demostrar que tienen alguien con quien hablar y que es real; que no se están inventando una conversación con el celular pegado a sus orejas y poniendo cara de interesante. Parece que hay algo dentro del ser humano, que se ha despertado con el siglo XXI, que obliga a exaltar que se tiene una vida, o que se cree que se tiene una vida, como las fotos de Facebook.

Es una cuestión de hacerse notar mucho más allá de hacer. Es una cuestión de marketing continuo, como un político sin ideas que necesita respaldo popular. Es una razón de estar, como aquella chica que insistió en traer el vino, sentarse en el sofá, parecer interesada en la película, buscar una mano entre los cojines, robar un beso, bajarme los pantalones, mostrar lo que eran capaces de extenderse sus pezones y después, cuando captó toda mi atención, irse a su casa de repente. En el fondo, sólo quería sentirse deseada y dormir tranquilamente, agarrada a su ego, al mismo al que no es capaz de enfrentarse.


Tenemos taras. Las tenemos todos. Yo tengo las recopilaciones y hasta una lista de canciones que las incluye. Pero esas taras han empezado a ser públicas. Es como si estuviera de moda ser un atormentado. Como si hubiera un premio al más gilipollas. Como si cumplir el arquetipo del imbécil de turno o el soso del mes fuera algo bueno.

Empiezo a descubrir que por dentro somos más parecidos que por fuera.

¿Cuándo cambió todo eso? ¿Cuándo dejamos de querer ser “como se debe” a ser “la exaltación de un tipo”? ¿Con las películas de finales de los ochenta? ¿Con la amargura hipster?  Ya no se compra pan. Se compra una mediana de media cocción con pan de trigo y la verdad que, al igual que con el vino, la inmensa mayoría no tiene ningún paladar para apreciar la diferencia. Por eso las etiquetas son más grandes que los productos. Puedo rodearme el pene con la etiqueta de los calzoncillos. Puedo tapar un pimiento con ese papelillo blanco que pone el origen, la composición, el precio por kilo, las grasas, el productor, el distribuidor y la fecha de caducidad (o consumo preferente, Cañete dixit). En un futuro se venderán etiquetas sin productos, de la misma forma que los más modernos compran por Internet sin poder oler, tocar o sentir aquello por lo que pagan. Es más: resulta moderno tener una relación profundamente penosa y sexual con alguien que aparece en una pantalla; y hay quien se suicida, desconsolado y triste, porque perdió la conexión WiFi y, con ello, al amor de su vida. Pero, antes de lanzarse por el puente, espera a que lleguen las cámaras para ser, al menos, un titular en el periódico de mañana o en la edición digital. Con suerte tendrá millones de visitas en youtube y saldrá en el telediario de Panamá. Ni siquiera sabe el motivo por el que lo hace; lo curioso es que lo hace.

Nadie sabe el motivo por el que, a lo largo de estos locos últimos años, las personas empiezan a comportarse de una manera alocadamente insustancial. Todos los días, cuando paso por una avenida, veo a un jubilado con una sola pierna cruzando lejos del paso de cebra y gritando a los coches, que no se lo esperan, con su muleta en alto (sin ser torero). Ayer me quedé clavado en un canal de televisión donde discutían entre ellos de cosas suyas que no fui capaz de adivinar. Ni siquiera descubrí un solo mérito intelectual entre los gritadores y los escotes. Lo importante era el ruido.

Lo importante es el ruido.

Porque cuando hay ruido o el volumen está muy alto tenemos que imaginarnos la conversación y no mantenerla. Es una cuestión de reducción de esfuerzo.

Parecemos inteligentes. Parecemos alocadamente personales e insustituibles.

Y lo que resulta, al escarbar, es que nos aterra descubrir que somos iguales y que nos dan miedo las mismas cosas. Miedo, frío, disfunción eréctil. Soledad, falta de flujo, pudor, no saber comer con las manos. Estar incómodo con el propio cuerpo, añorar aquel cuerpo ajeno. Decir “lo siento”. Resoplar “perdón”. Querer algo a cambio. Sentirse en deuda.

Conozco a quien no es capaz de decir que se siente sola pero pone cara de traviesa contando lo azarosa de su vida sexual. Tiene un teléfono grande, con un tono horrendo. Anda por la calle como si tuviera prisa hablando AL teléfono y, en realidad, camina en círculos.


Esa incierta edad [el libro]

A veces tengo la sensación de que llevo toda la vida escribiendo este libro. Por fin está terminado. Edita Libros Indie . Con ilustracio...