Lars Lindquist, Gustav Kronkvist, Sofia Janninge, Maria
Carlsson, Lisa Haglind & John Dunsö
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Un
grupo formado en Malmöe tuvo la tremenda fortuna de que, cinco años después de
publicar su disco de debut, la canción principal ilustrara cosas que se pueden
hacer en verano (en Formentera, por poner un caso) si tienes la actitud
adecuada.
El
resto: el Mehari naranja, el barco, suficientes botellas de Estrella Damm bien
fresquita, ya se ocuparán de suministrarlo los muchachos de producción.
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Te
di un beso de despedida en el aeropuerto
Te
sostuve muy cerca de mí
Dije:
“Aquí estamos ahora y no puedo dejar de llorar”
Y
tú dijiste: “Sabes que este es el camino a seguir
Te
olvidarás de mí en cuanto esté en ese avión”
Esta
noche
Quiero
estar contigo esta noche
El
avión despegó y mi amor se fue con él
Un
viento frío azotó mis mejillas con fuerza
El
hombre que estaba a mi lado dijo: “Todo va a estar bien”
Y
yo: “Nada va a estar bien, pero gracias de todos modos”
Una
colaboración inusual (un par de blancos de Detroit y Estocolmo), pero sumamente
efectiva: su devoción por los grupos soul
de los ‘60s se traduce en canciones tan torrenciales como la que adjunto.
Hicieron
un segundo LP, pero las múltiples ocupaciones de ambos, y la distancia,
abocaron a un predecible final.
Esta mujer, hija de una pintora sueca y de un músico de Sierra
Leona, donde ella nació, se convirtió en hijastra de Don Cherry, trompetista de jazz.
Neneh estudió en Suecia y vivía en Málaga cuando publicó su disco más famoso,
lo que explica los trajes de lunares y faralaes.
Hacerse
el sueco no implica, necesariamente, un intento de ser extravagante.
2003 — Veneer
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Un
pequeño preámbulo.
La
conozco de sobra. No porque haya estado allí. Pero la he recorrido. Muchas
veces. Es parte de mi vida.
Creo que
la primera vez que la visite fue con Steve
McQueen, en “Bullitt” (dirigida
por Peter Yates en 1968).
Luego
se convirtió en el escenario de una serie de TV, protagonizada por Karl Malden y Michael Douglas —mucho antes de que confesara públicamente detalles
de sus hábitos íntimos, que nadie necesitaba conocer (yo no, desde luego), pero
que ya empezaba a provocar rechazo, con ese aire que siempre gastó y ese
apellido que nos impuso; siendo su padre DUglas (Kirk), él era DAglas—. La serie es, por supuesto, “The streets of San Francisco” (emitida
entre 1972 y 1977), que, según la fórmula habitual en la época, contaba en cada
episodio con artistas invitados: he seleccionado el día en que apareció Robert Foxworth, antes de transformarse
definitivamente en Chase Gioberti.
Y
la recorrí de cabo a rabo, claro, en la inolvidable escena de “Foul play” (Juego peligroso), cuando Chevy
Chase y una joven Goldie Hawn —la
película, dirigida por Colin Higgins
es de 1978; Hawn tenía ya 33 años pero, aunque siempre aparentó menos edad de la
real, su empeño en mantenerse con aspecto juvenil compite en testarudez con el
de Olivia Newton–John—, cogen el
coche del casero, Burgess Meredith,
y se embarcan en una trepidante persecución, tratando de llegar a tiempo al San Francisco Opera House, donde se
prepara un atentado, orquestado por un asesino albino (William Frankfather), para acabar con la vida del Papa (Cyril Magnin), que asiste a la
representación de una función de la ópera cómica The Mikado (ambientada en Japón, música de Arthur Sullivan, libretto de
W. S. Gilbert), en la que el
director de la orquesta es un atribulado (y antiguo conocido de Hawn) Dudley Moore. Tras confirmar la “Gran apertura” del escaparate del Uncle Luigi’s Pizza Palace, deben
retomar la persecución, empleando primero una caravana (de una sola diligencia)
y, tras convertirla en descapotable de forma expeditiva, la reemplazan por una limousine (tamaño medio) que trae, desde
el aeropuerto, sin que se hubieran percatado al apropiarse de ella, a un
matrimonio japonés que tendrá, para siempre, una historia que relatar acerca de
la naturaleza de las relaciones entre los respectivos países, superando por fin
el distanciamiento que supuso Pearl Harbour y fundamentadas en un memorable “Kojak, bang!, bang!”.
Hace
poco, Ken Block decidió organizar la
Gymkhana Five y poner a cualquiera
los pelos de punta.
Pero,
a pesar de que todo ocurría en el mismo escenario, con el protagonismo ubicuo
de una ciudad, San Francisco, que recordaba haber recorrido tantas veces, de mi
cabeza no se iban unas pelotas de colores, que, mientras caían en cascada,
golpeaban mis sinapsis.
El
anuncio de un TV.
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Quise
saber quién interpretaba esa música. Supe que la versión original era de un
grupo sueco, The Knife.
Y
encontré el making of del anuncio.
Y
averigüé que el intérprete, a pesar de su nombre, era también sueco: José González.
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El
24 de marzo de 1976 se produjo un golpe de Estado en Argentina y una Junta
Militar asumiría todos los poderes, encabezada por el general Videla (al que se nombraría
presidente), lo que abriría una página despreciable en la historia del pueblo
argentino (de su gobierno, por descontado). No es motivo de este artículo
analizar aquellos hechos bochornosos, pero, una de las múltiples consecuencias,
es, para nuestro relato, que los padres de José González se verían forzados a
huir de su país y establecerse en Suecia.
José
nació en Göteborg en 1978 y creció, en un mestizaje productivo, escuchando música
latina (especialmente del cubano Silvio
Rodríguez), Bob Marley o Michael Jackson. Aunque su primera
banda practicaba un hardcore punk,
sus variadas influencias no hacían presagiar el aire folk en el que se movería en su trayectoria en solitario.
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2003 — Veneer
Un
disco tranquilo, acústico, sin estridencias. Con un tono otoñal y que invita a
la relajación y la calma y la escucha serena. Con aires de Nick Drake, o Elliott Smith,
o Paul Simon. Una búsqueda de la
vuelta a la naturaleza y una invitación al abandono de las prisas.
Un
mar de tranquilidad.
Puede
que no parezca nuevo y que sea fácil imaginarse a uno mismo intentando replicarlo.
Un
disco de un país. No es USA, ni Japón, ni Argentina, ni Cuba, ni Jamaica.
Es
Suecia. De allí proviene José (aunque sus padres sean argentinos, San Francisco
esté en California, los viajeros de la limo
fueran japoneses, Silvio, cubano y Marley, jamaicano).
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Dos
acentos finales:
Los
suecos han exportado un sistema con el que pretenden convencernos que, juntando
las piezas, puedes armar un puzzle. Y que hacerlo sea divertido.
Como si no lo supiéramos.
Podía
haber dejado que su nombre se convirtiera en Ĵōŝě Ģŏņżǎǐәž, pero se esforzó en
mantener las dos “Z” y el acento sobre la é y sobre la á.