John Fogerty, Tom Fogerty, Stu Cook, Doug Clifford
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El
6º LP de CCR se planteó en un momento de crisis: estaban en el apogeo de su
carrera y habían alcanzado más fama y reconocimiento del que nunca hubieran
podido imaginar, pero Tom estaba a punto de iniciar una carrera en solitario
porque las diferencias con su hermano eran insalvables.
Y
el cambio de década les hacía ver que los problemas que ellos denunciaban desde
el principio seguían sin ser resueltos, pero parecía que ya a nadie le
importaba.
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En
conmemoración del 50º aniversario de la fundación de la banda se presentó el
vídeo que adjunto, protagonizado por Sasha
Frolova, Jack Quaid y Erin Moriarty.
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Alguien
me dijo hace mucho tiempo
Hay
una calma antes de la tormenta
Lo
sé, ha estado presente durante un tiempo
Cuando
termina, dicen que lloverá en un día soleado
Recuerdo
lo mucho que escuché esta canción de The
Devlins, del primero de sus cuatro discos, hasta que Colin Devlin iniciará su carrera en solitario en 2009.
Ya
no debía consultar a sus compañeros para tomar decisiones.
Aunque
debe seguir esperando
Y
siempre me sorprende recordar que el cuarteto es irlandés, formado en Dublín,
pese a que Colin y su hermano Peter Devlin
sean británicos, de Newry, en Irlanda del Norte.
No
pueden sonar más americanos. La versión crepuscular filmada por John Moore enfatiza esa sensación.
Las imágenes están sacadas de una película que pretendía reflejar
la movida, en la que se mezclaban
actuaciones de grupos de la época, con la delirante ficción de un conjunto de
pijos de chichinabo, en sus
atropelladas peripecias (una versión motorizada de “Verano azul”).
Su título lo dice todo, “¡¡¡A
tope!!!” (1984).
Perpetrada por Tito
Fernández, un sujeto que ya había entregado “Margarita se llama mi amor”, “Sor
Ye-yé”, “No desearás al vecino del
quinto” o “Cateto a babor”. Las
tres películas anteriores a este engendro daban muestras de su deriva: “La insólita y gloriosa hazaña del cipote de
Archidona”, “Gay club” y “Las aventuras de Enrique y Ana”.
La llegada de la TV privada le supuso un respiro y se
¿reivindicaría? con un humor rancio y cateto en “Los ladrones van a la oficina”. Se convertiría en mainstream
gracias a “Cuéntame cómo pasó”.
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Los años pasan y dan (o quitan) razones: Tito fue homenajeado en
vida, porque alcanzó éxito; muchos se mostraron serviles y reconocieron al gran
cineasta que siempre había sido.
Su historia ya se ha escrito; yo no emborronaré ni un renglón.
La canción se incluye en la película “Into the Wild”, dirigida en 2007 por Sean Penn, protagonizada por Emile
Hirsch, para la que Eddie Vedder
compuso su banda sonora.
La
película está basada en el libro homónimo de Jon Krakauer, que narra la vida de Chris McCandless, un joven que decide alejarse de la sociedad e
iniciar una búsqueda de sus límites personales, tratando de encontrarlos en la
naturaleza salvaje. Su aventura le lleva a Alaska.
Denuncia
cómo nos aferramos: a nuestras posesiones, a nuestros miedos, a nuestro pasado,
a nuestras relaciones personales, a nuestras ideas.
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En
su viaje, alimentado por los libros que lee (Tolstoi, Jack London, Henry D. Thoreau, Boris Pasternak), por las experiencias que vive y por las personas
que conoce, alcanza el convencimiento de que la felicidad está más cerca de lo
que parece:
“He
vivido muchas cosas y creo que ahora sé lo que se necesita para ser feliz.
Una
vida tranquila y alejada en el campo, con la posibilidad de ser útil
para otras
personas con las que resulte fácil hacer el bien
y que no estén acostumbradas a
que las ayuden.
Quizás algún trabajo que tenga algún provecho.
Y luego,
descansar, la naturaleza, libros, música, el amor al prójimo...
Ésa
es mi idea de felicidad.
Y
para culminar todo lo anterior, que usted fuera mía.
Y que tuviéramos hijos,
tal vez.
¿Qué
más puede desear el corazón de un hombre?”.
Leon Tolstoi
(En “Felicidad conyugal”)
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Que,
para alcanzarla, debemos renunciar: a nuestras posesiones, a nuestros miedos, a
nuestro pasado, a nuestras relaciones personales, a nuestras ideas.
Quizá
no a todo; seguro que a una buena parte.
Porque
aferrarse a lo que sea, en especial a una idea, es incompatible con el cambio.
Y
vivir es un viaje. Y viajar es cambiar.
Y,
como descubre finalmente Alex Supertramp,
“la felicidad sólo es real cuando se
comparte”.
La canción debería incluirse en el CD que acompañaría, en forma de
obsequio, a todo libro de autoayuda.
No te preocupes.
Sé feliz.
Y ya no habría necesidad de mucho más.
Sólo indicar que está cantada a
cappella.
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El vídeo original, un verdadero tesoro, es del todo inolvidable;
en especial por el protagonismo concedido a una parte de la anatomía humana
que, por lo demás, suele mantenerse oculta.
Quizá
su definición canónica (entendida así a la que aparece en el Diccionario, no a
la que formula una parte de la sociedad) resultara anticuada y, probablemente,
utópica.
Porque
resulta fácil de entender lo complejo de alcanzar la conformidad, máxime para quienes,
libre y voluntariamente,
decidieron dar el paso y maridar.
"Haz clic en la esquina superior derecha y verás cómo no aparece nadie"
Así
que la opción de cumplir un trámite, rellenar unos papeles, estampar unas
firmas y celebrarlo con familiares y amigos fue cediendo paso a la costumbre de
establecerse como parejas “de hecho”.
De hecho, fueron muchos los que quisieron ver reconocida su unión, formalizada
en lo que ya cabía dentro de la segunda acepción.
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De
forma gradual, al perder el peso que otorgaba la costumbre, por maridaje se
empezaron a entender muchas otras cosas. De manera destacada: la afinidad que podían
mostrar comidas y bebidas para conformar una combinación armónica.
En
otras palabras, maridar pasó a significar combinar.
Muchas
mujeres comprobaron la efectiva combinación de vino y chocolate.
Aunque,
quizá, hubieran preferido otro tipo de “cata”.
Pero
esa es, ciertamente, otra historia.
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Las
consecuencias de las variaciones terminológicas son imprevisibles.
Dos
apuntes, a modo de anticipo: la arquitectura, como los chistes, pierden parte
de la gracia cuando necesitan ser explicados.
El
segundo: para ilustrar la entrevista de Pilar
Rubiera, Mangado, en la foto de Nacho
Orejas, posa con la Catedral como fondo, no con el nuevo Museo.
Foto: Nacho Orejas
Insisto:
Volveré en unos días sobre el asunto.
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En
un ámbito universal, los efectos de nuevas formas de entender la familia (grupo de personas emparentadas,
que cohabitan, incluyendo descendencia), llegan a la firma más
conocida.
Cuatro familias:
1 – Aparentemente, monoparental. La
madre puede haberse divorciado, haber enviudado, haber adoptado o haber llegado
al convencimiento de su necesidad de cumplir con un deseo de maternidad y
buscar métodos alternativos para engendrar a su propia hija. O puede que su
aspecto avejentado sea debido a otros motivos. También puede que el padre esté
ocupado en otros asuntos o tenga una relevancia secundaria en la educación de
la hija.
2 – Sangi es una niña adoptada, de
origen asiático. Convive con sus padres, una pareja con apariencia “tradicional”.
3 – Luis, vive con un padre que realiza
las tareas domésticas y una madre que realiza un trabajo, fuera de casa, de
aire convencional, a la vista del conjunto con el que se presenta en casa.
4 – Álex tiene dos padres varones.
Los
cuatro niños transmiten sus preocupaciones, con la naturalidad propia de la
edad y la confianza. Sus progenitores, como si todos fueran gallegos, les
contestan con una pregunta, en lugar de mostrar un comportamiento que hubiera
parecido más razonable, al tratar de tranquilizarlos. Pero hemos de dejarlos;
su rol alternativo les faculta para
saltarse las convenciones. La pregunta común es:
“Si
pudieras elegir a tu familia, ¿nos elegirías?”
La
rotundidad de la respuesta, combinada con la música que suena de fondo y que
aumenta su volumen para alcanzar un crescendo,
es el anticipo de un apoteósico clímax de abrazos y gozo.
Y
un slogan, marca de la casa que ha
creado su propio Instituto: “La felicidad
siempre es la respuesta”.
(El arte de la combinatoria: el
sinsentido de morir de frío haciendo sudokus)
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Ya
imagino que no creerán que esto va a quedar así, sin que desvele algunos trucos:
La
canción que suena de fondo fue compuesta por Burt Bacharach (música) y Hal
David (letras), una pareja responsable de innumerables éxitos, la mayoría
de los cuales fueron entregados a Dionne
Warwick. En esta ocasión, la intérprete es Jackie DeShannon, cantante blanca que en 1965 alcanzaría su mayor
éxito: “What the world needs now is
love”.
Para
amigos de la investigación se incluye un montaje con películas de un director imprescindible:
Paul Mazursky.
El
título de la canción es claro: “Lo que el
mundo necesita ahora es amor”.
No
felicidad, ese recurso simple al que siempre acuden los fabricantes del brebaje
georgiano.
El
amor es enormemente más complejo y profundo. Lleno de sutilezas.
Destilado
de gotas de madurez que uno va tratando de encajar en el transcurso de una
vida.
Si
en 1965 era necesario, excuso decir que ahora es imprescindible.
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Ésa
era la primera trampa: los publicistas quisieron convertir el amor en
felicidad.
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La
segunda es imperceptible. Seguramente corresponde a que trato de sacarle punta
a todo.
Pese
a tratarse de niños adoptados, sus padres no son cuidadosos con la forma de
emplear la terminología. La pregunta que realizan, conjunta y colectivamente,
implica que excluyen a los niños del núcleo familiar. La posibilidad de tener
que escoger familia, los excluye de ella.
Deberían mostrar mucha más
sensibilidad en ese terreno.
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La
tercera puede no parecer trascendente, pero es perversa: el colegio está lleno
de cotillas que se juzgan entre ellos, de forma discriminatoria. Sus padres no
hacen nada para atajar esa situación.
Y
no muestran ser conscientes de que sus hijos también desprecian a sus
compañeros, en la idea de que, el “raro”,
siempre es el otro.
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Los
vínculos (entre palabras y entre personas) deben cuidarse.
Es
mucho más que hacer que, meramente, combinen, como si fueran gin-tonics.
"La ciudad en la que vivo. La ciudad que siento mía"
Somos
de Oviedo. La ciudad en la que
vivimos. La que sentimos como nuestra.
La
que te invitamos a conocer.
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Es
la idea de fondo de un proyecto internacional que pretende dar a conocer ciertas
ciudades, mostrando sus atractivos. Las personas que viven en ella, los
proyectos que allí se desarrollan y el entorno en que conviven.
He
podido ver el teaser de Oviedo. Y quiero compartirlo con
todos.
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La
canción del 2013, éxito descomunal, que podías escuchar en cualquier
sitio donde pararas a tomar un gin-tonic¸
estaba protagonizado por un dúo francés de música electrónica, que mostraron su
fortuna al rodearse de gente brillante.
La versión standard cuenta con Thomas Bangalter (al bajo) y Guy-Manuel
de Homem-Christo (a la batería) ocultando sus rostros con unas máscaras
futuristas.
Ellos son Daft Punk.
En la
versión oficial del vídeo, grabado para la MTV,
aparece Nile Rodgers, tocando una
guitarra transparente, sonriendo con su peinado de trencitas. No es un
desconocido: es la piedra sobre la que se apoyó buena parte de la disco music de los años ‘70s y posteriores.
Junto a Bernard Edwards formó Chic, conjunto esencial para entender
la música de baile. Como productores, firmaron éxitos de forma continua,
constituyendo uno de los legados más interesantes de aquellos años. “Le freak”, “Good times”, “Dance, dance, dance”
son tres ejemplos de una forma de entender la música y tocar la guitarra.
El cantante solista
es Pharrell Williams, que comparte
la producción con Nile.
No es un
desconocido.
Todos fueron
afortunados al colaborar en un proyecto que define rítmicamente lo que fue el
año que terminó.
Daft Punk ft. Pharrell
Williams & Nile Rodgers — “Get lucky”
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Un
mundo interconectado permite la colaboración de personas con intereses en
distintos ámbitos.
Es
una suerte.
Y
una fuente de felicidad.
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Aprovechando
el lanzamiento del último éxito de Pharrell se ha puesto en marcha un proyecto global,
de vídeos promocionales de ciudades de todo el mundo (actualmente 311), que
intenta replicarse de forma viral.
Ibas
apiñado junto a tus hermanos, pasando calor a pesar de las ventanillas bajadas,
harto de jugar a ser el primero en ver los mojones que marcaban los kilómetros,
aburrido de escuchar las mismas cintas, con las canciones en el mismo orden predecible, reproduciendo,
mientras tarareabas, ese crujido y ese salto que tenía el surco del disco
original, lleno de polvo y rallonazos y que, al oír en el coche, anticipabas
todos esos pequeños momentos, por encima del ruido de huevos fritos y el aire
entrando a bocanadas, como lenguas de
fuego.
En
las curvas jugabas a volcarte, como si no pudieras hacer nada para evitarlo,
tratando de aplastar a los hermanos que iban del otro lado, agarrándote a las
manijas laterales, porque los cinturones traseros no se habían impuesto
todavía.
De
repente, en una recta larguísima, entre los vapores de la ilusión óptica
provocada por el exceso de calor y un incomprensible efecto refractario
—multiplicado por una imaginación ya de por sí calenturienta—, vislumbrabas un
tobogán. Todos a una, por una vez, los hermanos se unían en un mismo clamor:
— Acelera, papá.
Tu
madre apretaba las uñas de los pies, anticipando un frenazo ficticio, se cogía de
la manija disponible para el copiloto y se preparaba para lo peor, porque ella
conocía a tu padre de hace mucho tiempo, de antes de que empezara a ponerse
capas para tapar su vena psicótica.
— Por Dios, Manolo...
Tu
padre —al que le gustaba pisar el acelerador y que estaba harto de tanto calor,
de tanta monserga, de tanta cinta de los Beatles,
de tener que exprimir el motor del coche para adelantar, jugándose el tipo, a
un camión, o a un autobús, justo en el límite, un minuto antes de que la niña
dijera que quería hacer pipí—, ve la curva, con los mismos ojos que todos, y decide que sí, que esta vez vale,
que ahora va a acelerar.
Aprieta
fuerte las manos, tensa los brazos y le
pisa. Todo lo que puede. Al máximo. Sus mocasines podrían llegar más lejos,
saliéndose para formar parte del motor, pero él ayuda un poquito más levantando
el culo y volcando todo su peso sobre el pedal.
Luego,
pasaron los años, te tocó sentarte en el asiento delantero, regular el
climatizador, ajustar los cinturones y las sillitas de seguridad, fijar la
velocidad de crucero para la autopista y poner capas con las que tapar tu vena
psicótica.
Intentaste
que tus hijos jugaran a ver quién era el primero en descubrir los PKs (“puntos kilométricos”), escuchar música
en el iPod que llevabas con listas de música para todos, con orden aleatorio
para no saber nunca lo que vendría a continuación y descubriste que era más
difícil parar en una autopista, que en una carretera nacional, para bajar a tus
hijos y repartir un par de cachetes.
Y,
a pesar de que bautizaste de nuevo a los toboganes, llamándolos cambios de rasante, cuando vislumbrabas
uno, tus hijos, como tú mismo habías hecho, te pedían, con verdaderas ganas:
— Acelera, papá.
Ella,
se agarraba y clavaba sus uñas a modo de freno y (aunque un atisbo de felicidad
se asomaba a su rostro, pese a que intentara taparlo con el tamaño de sus gafas
de sol y un leve giro de la cabeza que aprovechaba para mirar por el
retrovisor, dónde se veía a ella misma, muchos años antes) decía:
— Manolo, por Dios...
*****
Por
lo demás, no hay otras situaciones en las que nadie se atreva a decirte que
aceleres. Porque todos los que están a tu alrededor asumen que vas más deprisa
de lo que deberías.
Como
ellos mismos.
— Jo. Es que últimamente ando liadísima.
— No me da tiempo a nada.
— De verdad que tengo que parar.
— No doy abasto.
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Tengo
la sensación de que, para muchos, el tiempo se les escapa sin que hayan sido
capaces de controlar lo que hacen. Todo va demasiado rápido. Todos quieren
bajar un poco la velocidad (pese a que el Gobierno, para llevar la contraria, esté
estudiando la posibilidad de aumentarla).
Supongo
que parte de la explicación reside en que estamos más atentos a lo urgente que a lo importante. Si tuviera ganas de ponerme
en plan formalista, propondría ahora un cuadro de doble entrada con urgente (SÍ/NO) en un eje y, en el otro,
importante (SÍ/NO) y deberías
plantear cómo haces para resolver tus asuntos cotidianos.
Pero
no me apetece nada.
Entre
otras cosas porque ya sé la respuesta. Y tú también. Ambos sabemos que haces un
montón de cosas, todos los días, pero sigues teniendo la sensación de que las
prisas no te están ayudando a ser feliz.
Muéstrate
Sigue tu instinto
Inspírate
Deja de ser una víctima
Haz todo aquello que sabes hacer bien
Ama tu trabajo
Míralo todo desde una nueva perspectiva
Ten curiosidad por todo lo que te rodea
No te aísles
Júntate con los que quieres
Márcate objetivos
Acaba lo que empezaste
Ayuda a los demás
Olvídate por un día de las noticias
Baila
Mímate un poco
Enfréntate a tus miedos
Visita un museo
Alguna decisión es mejor que ninguna decisión
Haz ejercicio
Desenchúfate de la tele
Escucha música
Mantente en contacto con la naturaleza
Ánimo, tú puedes
Busca el equilibrio
Procura dormir bien
Lee
Compra flores
Trata de llegar
Programa un plan realista
No te compares con los demás
Vive el momento
No seas injusto contigo mismo
Acepta que la vida tiene momentos buenos y malos
Piensa cada noche en las cosas buenas que te han
sucedido hoy
Deja que entren las nuevas ideas
Cree en ti
Sé amable
Deja que la gente sepa lo especial que eres
Sé honesto contigo mismo
No dejes que te obsesionen los pensamientos negativos
Céntrate en crear lo que deseas
Dedica tiempo simplemente a divertirte
Da las gracias a las personas que te enseñan, que te
apoyan, que te animan,
e invítalas a tomar un café
No lo olvides... el dinero no puede comprar la
felicidad
Ofrece lo que ya no necesitas a quienes sí pueden
necesitarlo
Valora quién eres en este momento
Forma parte de un grupo
Encuentra un espacio común
Cuida el amor en tu vida
Haz una lista de agradecimientos
Ama a la Madre Tierra
Hazlo lo mejor posible
No pierdas la esperanza
Nunca sabes lo que el mañana te puede traer
Nunca dejes de aprender
Aprecia lo que tienes
Cree en algo tan grande como tú mismo
Permanece junto a tus amigos y tu familia
Sé honesto contigo mismo
Sé feliz
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La canción, de Yael Naim, artista franco-israelí,
estaba incluida en su disco homónimo de 2007. Se utilizó en el anuncio del MacBook Air, de Apple, dentro de un sobre.
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Inmersos
en este mundo hiperconectado, estamos expuestos de forma permanente y perdemos
la capacidad de descubrir que la importancia de las cosas es una atribución
nuestra, mientras la urgencia viene determinada por una imposición ajena.
Alguien
me dice que atienda un asunto urgente.
Desatiendo
aquello que yo considero importante.
Los
demás nos fijan plazos; somos flexibles con lo que depende de nosotros.
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La
rapidez se vicia y se torna en prisa. Frente a ella, debería alzarse la virtud
de la calma.
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La
velocidad es la distancia recorrida por un objeto por unidad de tiempo.
La
aceleración indica el cambio de velocidad por unidad de tiempo.
La
inercia es la propiedad que tienen los cuerpos de mantenerse en su estado de
reposo, o movimiento, mientras no se aplique una fuerza.
Es
más sencillo acelerar (aumentar la velocidad) que frenar o parar (disminuir la
velocidad).
Los
anunciantes lo saben. Te animan a que cojas otra carretera, en la que no haya
más coches y que vayas más despacio, mirando de otra forma.
Edward
Sharpe & The Magnetics Zeros, yendo a casa.
La
mejor forma de hacer las cosas.
Un
poco más despacio, con calma, disfrutando de lo que haces.
¿A
que te gustaría conducir, de otra forma, a otra velocidad?