lunes, 10 de noviembre de 2014

Las cifras de Rajoy

Resulta complicado imaginar nada más aburrido que un político, gallego, tratando de andarse por las ramas, eludiendo hablar de lo que todo el mundo espera, soltando ráfagas de cifras, como si usara una metralleta, para defender el búnker del asedio al que ellos mismos han concedido someterse.


Todo ocurrió el pasado martes, 4 de noviembre, en el Auditorio de la Diputación de Alicante, donde la alcaldesa Sonia Castedo se saltaba el protocolo (no el del ébola) para hacerse un selfie con Felipe.

[[[Ese mismo día, cené en Valladolid con un montón
de amigos alicantinos y todos echaron en falta a Ortiz]]].

Lo peor; los niños del Colegio de San Ildefonso ven peligrar su anhelada participación en el próximo sorteo Extra de la Lotería de Navidad, sustituidos por el barbas, en formato plasta o plasma, lo que se decidirá, como casi todo, a última hora.

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Cualquiera que haya asistido a la ejecución de un ponente, que habla mientras lee las notas que trae de casa (al margen de que el soporte sea impreso, manuscrito, presentaciones o imágenes de un amanecer) y que pega la chapa de forma inclemente, es conocedor de un hecho que, por sabido, no deja de ser apabullante: es un tostón insoportable y, no habiendo nada peor que cuando actúan en batería y, tras el primero, se lanza el segundo, luego el siguiente y, más tarde, cuando ya has perdido la cuenta de las intervenciones y las comisuras de tu labio se unen por un levísimo fluido viscoso que ha alcanzado conexión con la solapa de tu chaqueta, donde se estanca y toma testigo de que fuiste incapaz de soportarlo, justo entonces, aparece un fulano, con los ojos inyectados en sangre, plagado de tics que, tienes por cierto, parecen signos premonitorios de que la mejor solución ante tamaño desmán es, cortar por las bravas su atropellada intervención, con una ovación que, por sonora, deja la alocución cerrada. Entonces, puede que muestre su ingenuidad y candor, repartidos en equilibrio, para dejar en el aire que atendería cualquier pregunta o duda por aclarar; rápidamente alguien zanja el conato con un rotundo: "Todo ha quedado suficientemente bien explicado".

Quizás la ejecución sea excesiva, pero cortarle la lengua podría ser considerado un acto de justicia.

6 comentarios:

  1. No hay nada más habitual que un gallego andando por las ramas. en eso de dar vueltas a las cosas somos maestros

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    1. Afirmas, ¿preguntas? o ¡exclamas!, querida Anabel?

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  3. Y como ejemplos de este hombre hay casi todos los días. A mí me sobrepasa, nunca pensé que tanto. Abrazo, crack.

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    1. ¿Sabes qué? Tú, yo y el pollo.

      Menudo descubrimiento, JJJ

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