Tenía esta nota preparada con antelación, porque la temática era apropiada con los actuales derroteros, pero me acabo de enterar por un comentario de Juanjo Frontera en FB que Bill ha muerto y estoy desolado. Quede como homenaje a un cantante admirable.
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No es un cantante al uso.
Empezó tarde en el negocio de la música. Se alistó en la Marina,
donde sirvió durante 9 años, en el transcurso de los cuales descubrió que
quería escribir e interpretar canciones. Cuando se licenció, con 27 años, se
mudó a California, empezó a trabajar ensamblando componentes para una empresa
aeronáutica y a preparar demos de sus
canciones que presentaba en cualquier discográfica que encontrara, sin éxito.
Una de las cintas llegó a Clarence
Avant, propietario de Sussex Records,
que le gustó su potencial y le encomendó a Booker
T. Jones para que produjera su disco de debut.
Withers tenía la inusual edad de 32 años en su primer disco. Y
algunas cosas claras: no quiso dejar su trabajo porque le parecía que la
industria discográfica era “voluble”.
En la portada aparece en su lugar de trabajo, portando su fiambrera.
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Hizo música soul, pero
sin teclados, ni sección de vientos, ni largas intros.
Nada era habitual en aquella época. Desarrollo un estilo personal
al que se llamó soul-folk, en un territorio
que sólo transitaron él y R. B. Greaves.
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En estos tiempos en los que se aparca a los ancianos, Withers
dedicó una canción, “su preferida de las
que he escrito, a su persona preferida”: su abuela.
Tres mujeres, lideradas por Almeta —hija de Maggie Miller, voz principal del grupo góspel hasta su muerte en
2015— mantienen una tradición que perdura desde hace más de sesenta años.
Y lo hacen con una intensidad que apabulla.
“La manoseada sonrisa de un niño no deja
de ser una mueca, un acto reflejo,
mientras que la de un anciano constituye
un heroico acto de resistencia”.
Analizábamos, como si de un experimento sociológico a lo Gran Hermano se tratara, el papel que la publicidad otorga a los abuelos en la sociedad actual. Seguimos donde lo dejamos.
En algunos casos, nietos y abuelos pueden desarrollar una relación de complicidad rayana en el delirio paranoide.
Ya se sabe que hay quien sólo sabe ser competitivo, y tiene que ganar siempre.
El tema de los dientes da mucho juego. Ten cuidado si, siendo abuelo, aúnas en tu entorno la carencia de una pieza —dental— y la presencia de una buena pieza —mental—.
La vista confunde. Si no andáis con cuidado, os convertiréis en la yegua y el alien.
En fin: la relación entre nietos y abuelos puede llegar a ser idílica. Los mayores siempre pensando en sus pequeños.
Hay preguntas que es mejor no hacer a una abuela; para eso está tu madre.
Los abuelos puedes reservarlos para actividades delirantes.
Así, no me extraña que, cuando notas que tu madre te falla, siempre puedas elegir irte con ellos.
Luego no querrás estar en ningún otro sitio.
Un abuelo te da toda su vida; agradéceselo mientras puedas.
Haz que tenga un gran día.
Ellos lo darían todo por ti.
Dejo para una entrada próxima a la familia Tarradellas, la más presente en el imaginario colectivo —por sus numerosos cameos en la publicidad española—. Se han ganado un merecido homenaje que reservamos para un artículo en exclusiva.
A mis abuelos (Manolo, Manolita, Antonio y Baby)
A los de mis hijos (José Luis, Dely, Jesús, y Totó)
Las sociedades cambian. Las costumbres también. Uno de los parámetros que podrían emplearse —aunque no me consta que se haga— para medir el grado de evolución y progreso de una sociedad, es observar el papel que se reserva en ella a los mayores.
Así que, desde esta atalaya en la que yo mismo me he puesto, quiero actuar como vigía y observar cómo tratamos, aquí y ahora, a los abuelos.
Al margen de mi postura personal; de las anécdotas que pueda recordar de los míos propios; de la experiencia en el trato con los que tengo más próximos, me gustaría convertir esta reflexión en un acto que trascienda el ámbito privado de mis opiniones, recuerdos o experiencias. No pretendo estar en posesión de la verdad y no considero que mis vivencias sean, necesariamente, extrapolables.
Le he dado vueltas y he encontrado una forma de presentar —alejada o distanciada de mi propia persona— que me permitirá, al tiempo, realizar un experimento sociológico: cómo muestra la publicidad a los abuelos.
Antes de empezar, debo avisar que este artículo está preñado de animus jocandi; confieso sin rubor que me he reído mucho al hacerlo. No creo que su naturaleza invalide el intento. Sí quiero aclarar que no he pretendido ser, en absoluto, irrespetuoso.
Vamos allá
El anuncio más antiguo que recuerdo, que incluyera un abuelo, es esta pieza en la que se juntan abuelo y nieto, en una relación sumamente especial, en la que, mientras le ofrece el mismo caramelo que su abuelo le había ofrecido a él cuando tenía cuatro años —y que misteriosamente desapareció de España, porque, hasta la emisión del anuncio, nadie conocía la marca— y aprovecha, envidioso, para encresparle, a su nieto, el cabello que él mismo añora. El papel del abuelo se convierte en transmisor de tradiciones, pero, teniendo en cuenta el papel pasivo que adopta el muchacho —no emite ningún sonido; ni siquiera un relamiente “hummm” tras meterse el caramelo en la boca— y la estética retro del abuelo con su chaleco abotonable, no nos extraña que se convirtiera, años más tarde, en el nieto que no le gusta el queso.
Otro ejemplo de abuela aferrada a las tradiciones es esta griega —espléndida en su inimitable “jronya que jronya”— que termina su intervención con un seco portazo. Hay abuelas con carácter.
Un clásico de las abuelas adaptadas a su tiempo es la inefable defensora de la fabada, —que cambia desde la “auténtica” de los primeros tiempos a la “natural”, de plena vigencia—, mientras la protagonista, “mutatis mutandis”, se empecina en su epigónico “dai prisa, dai prisa”.
Tanto cambian las cosas a su alrededor que se ve obligada a hacer un cursillo de emergencia a un alpinista fallido, vuelto, a la vida, por las excelencias del plato estrella de los asturianos y, a la actualidad, por el resumen exprés de la veterana.
Es un caso inversamente proporcional al del pastor aislado del mundo que, ni sabía que Franco había muerto, ni intuía una época de sequía europea para el Madrid.
Así era el mundo del campo y la trashumancia: aislamiento personal y existencial que sólo un todo-terreno era capaz de subsanar. En la ciudad, los abuelos se mantenían al día. Nuestro próximo protagonista se va de farra con su amiguete y unas “chatis” y salen a lucir tipo, mientras sus nietos mellizos añoran cuando el abuelo, en lugar de hablar de su “tingo”, les contaba cuentos, les llevaba al cine o al circo —actividades hoy en desuso— para irse, los cuatro y los que se apuntaran, de guateque crepuscular permanente.
También es verdad que hay abuelas que, con un volante en las manos, demuestran ser unas cachondas.
No es muy habitual que la publicidad se planteé un mundo en que los dos abuelos sigan vivos, juntos y tengan su propia vida familiar, en ocasiones, llena de dramas domésticos.
Es posible que, el amor, a sus años, siga siendo tan necesario, como perjudicial para la salud.
Y los hay ¿de verdad existen todavía?, abuelos liberados de tareas ajenas que pueden dedicarse a formarse en lo que les interesa.
Pero lo normal es que se les cargue de tareas. Hay abuelas que no temen el diagnóstico de personalidad múltiple y aglutinan en su persona las tareas de enfermera, cocinera, animadora, consejera y canguro, sin dejar de ser, por encima de todo, abuelas.
Y hay, también, hijas obsesivas que, a pesar de encargar la tarea de cuidar al nieto enfermo, mientras ellas trabajan, desconfían de la capacidad de su propia madre.
Hay nietas cabronas.
También hay nietos que saben aprovechar esos momentos para disfrutar de estar con sus abuelos. Pueden llegar a convertirse en los mejores maestros.