El
26 de enero de 1970 se publicó el que sería el quinto (y último) disco del dúo.
Fue
un gran éxito, pero ambos tenían ganas de andar sus propios caminos.
De
hecho, Garfunkel no estuvo en la preparación del disco, porque estaba en México
rodando el que sería su debut en el cine, a las órdenes de Mike Nichols (director de “El
graduado”, que incluía canciones de la pareja).
Así
que se puede entender la canción como una descripción de la situación a la que
se tuvo que enfrentar Simon.
Tom,
coge tu avión a tiempo
Sé
que tu parte irá bien
Vuela
a México
Aquí
estoy yo: el único chico vivo en New York
La
película que Garfunkel había ido a rodar era “Catch-22”,
basada en el libro antibelicista de Joseph
Heller, donde también actuaban Alan
Arkin, Martin Balsam, Anthony Perkins, Martin Sheen, Jon Voight
y Orson Wells.
El
mundo se está medicalizando, pero nadie se pregunta quién será el
desmedicalizador que lo desmedicalizará, porque todos asumimos que la cosa va a
ir a más.
Un
signo predictivo de la proximidad del apocalipsis se encuentra al escuchar un
razonamiento médico, en boca de quien no parece distinguir entre un
diagnóstico, un pronóstico y un tratamiento.
Ahondando
en lo personal (“revele su rollo”),
fascina esa facilidad que tenemos para emplear el tamiz de lo psicológico como
factor de explicación, con naturalidad creciente.
Preocupa
sobremanera la ligereza para justificar el carácter dual de nuestros actos.
Hace sólo cinco años nadie atendería, ni remotamente, a alguien que hablara de
la bipolaridad de su comportamiento. Hoy, ha desarrollado raíces, encontrando
acomodo en lo más remoto en el tiempo (la antigua Grecia) o el espacio (el
lejano Oriente).
"La tragicomedia cotidiana"
"Yin y Yan. El Zipi y el Zape del taoísmo"
En
la película de 1954, “La noche del cazador”,
dirigida por Charles Laughton y
protagonizada por Robert Mitchum y Shelley Winters, el reverendo Harry Powell se consumía internamente
por la lucha entre dos pulsiones que se reflejaban en los tatuajes de sus
nudillos.
Seis
años más tarde, bajo la dirección de Alfred
Hitchcock, un pobre diablo se envuelve en una manta y no quiere matar una
mosca. Es Anthony Perkins, escindido
en una lucha entre Norman Bates y su
madre, en la inolvidable escena final de “Psicosis”.
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Sólo
Señor Mostaza podría animar esta
fiesta: “Bipolaridad”.
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Lo
que antes era un trastorno, hoy se utiliza como excusa para aclarar los
desmanes de la propia conducta.
“La
impaciencia de la gente no hace más que alimentar mi lado bipolar”.
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Lo
que en nosotros consideramos una singularidad, una pequeña salida de tono, se
transforma en intolerable visto en los demás.
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En
los discursos de mesa camilla, todo se resume en dos mandamientos (que mienten,
más que mandan):
1 — “Yo soy yo
(así)”
2 — “Lo que me
ocurre es que, como digo yo, tengo mis días”
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Un
chiste circula de forma reciente:
“—¿Qué
queréis?
—¡Dejar de
ser bipolares!
—¿Y cuándo
lo queréis?
—¡Ya no lo
queremos!”
[Una
confusión extendida: creer que los indecisos deban considerarse trastornados]
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La
maldición de tener que ocultar tu ocupación diurna (como conserje), de tus compañeros
en las distracciones nocturnas (Ace Face,
en la banda de moteros
estilosos), parlando italiano y guardando en secreto tu futura dedicación
como bajo y cantante solista en un trío post-punk de nombre comprometido,
hacen que Sting desarrolle el caso
de esquizofrenia escindida doblemente bipolar mejor documentado, en la
justificación del título de la película de 1979 dirigida por Franc Roddam, cuyo accidentado final supone
también la conclusión de esta entrega de: