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miércoles, 14 de noviembre de 2018
domingo, 31 de julio de 2016
James Carr — At The Dark End of the Street
You Got My Mind Messed
Up (1967)
Memphis,
en 1966, era una ciudad pequeña, aunque muy importante en el negocio musical,
por la cantidad y variedad de personajes implicados en él. En el verano de ese
año se celebró una convención de DJ, seres dedicados a la mala vida, que, a la
menor ocasión, organizaban una timba. En una de ellas se aburrían Dan Penn y Chips Moman, dos músicos
blancos que, si no hubiera existido el soul,
se habrían dedicado para siempre al country.
Pero Memphis era un lugar especial, en el que no existía (al menos en lo
musical) segregación: compositores y productores, músicos y propietarios de
sellos discográficos o estudios de grabación, trabajaban juntos para hacer una
mezcla altamente explosiva. Así que Penn
y Moman, blancos ambos, hartos de
perder el tiempo jugando a las cartas, se involucran en componer una canción, aprovechando
retazos de la melodía de uno y frases escritas por el otro. Necesitan
concentración y tranquilidad, algo que no encuentran en el hotel donde se
realiza la convención. Quinton M.
Claunch les ofrece una habitación para trabajar, en el hotel que está
enfrente, de su propiedad, poniendo una condición: la canción que compongan la
interpretará su protegido, James Carr.
Claunch, blanco, era, además de propietario del
hotel donde finalmente se compuso la canción, fundador de los sellos HI, donde Al Green alcanzaría la inmortalidad, y Goldwax, donde publicaba Carr.
Era también su representante y, el cantante, su apuesta más firme para destilar
esa música, conocida como southern soul, y cocinada con dos
ingredientes básicos: la pasión de los intérpretes (negros) y los sentimientos
de los compositores y músicos (blancos).
Ese
lugar, a mitad de camino, donde todos nos mostramos débiles y nos atrevemos a compartir
nuestras difíciles experiencias vitales, las que han hecho mella en nosotros para
siempre.
Treinta
minutos necesitaron Penn y Moman para poner la guinda a una
canción eterna. En ella, un adúltero le habla a la mujer con la que mantienen
relaciones ilícitas, con quien se reúne en el lado oscuro de la calle. El tono
es de culpa absoluta, abrumado por estar haciendo lo que sabe que no debería
hacer. La letra tiene pasajes estremecedores: “esconderse en la oscuridad”, “vivir en las tinieblas”, “ser víctimas”,
“pagar por lo robado”, “es un pecado”, “está mal”, “escabullirse”, “nos
encontrarán”, “no llores”.
James Carr había interiorizado esas emociones y
debía expresarlas en el estudio de grabación —Royal Studios, propiedad de Willie
Mitchell, en lo que antes había sido el Royal
Theatre—. Llegado el momento de grabar, Carr no aparecía. Claunch
le encontró, agazapado en el techo del estudio, casi catatónico. Era evidente
que sufría una crisis personal; el texto y las emociones contenidas en él le
habían calado con tal hondura que no podía despegarse de ellas.
La
mano izquierda de Claunch, su amigo
y reverenciado admirador, su charla tranquila y unos pitillos compartidos,
lograron convencer a Carr para que
bajara y mostrara al mundo —a todos, para siempre— lo que implica reprocharse a
uno mismo y sentir la necesidad de verse redimido.
Eso
es implicarse, cantando una historia, y lo demás, monsergas.
James Carr era un tipo complejo, introvertido y
atormentado, incapaz de cantar en público, pero dotado de una dilatada sensibilidad.
La
anécdota referida, una de las más esclarecedoras de su personalidad, sería juzgada
hoy por cualquiera de los que esperan a ser atendidos en la cola del
supermercado, despachada con la ligereza y superficialidad que caracterizan los
tiempos que vivimos, identificada como muestra evidente de bipolaridad.
Sin
despeinarse siquiera.
Y
sin posibilidad de apelación o recurso.
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jueves, 8 de octubre de 2015
Cosas de chicos
— C I: Pues V tiene tres pezones.
— C II: ¿Sólo? ¡Pobre!
— C I: ¿Cómo sólo? V es una chica. La
conocí este verano.
— C II: ¡Ah! Yo pensaba que era una
gata, … o una perra, no sé.
*****
Yo
sé que el fenómeno se llama politelia.
Y
que era una característica singular de Chandler
Bing (Matthew Perry), protagonista en “Friends”.
Que,
aun así, no conseguía que el
solo se convirtiera en cortado.
Se
hubiera tratado de magia blanca.
Pero
sólo él se quedaba cortado.
*****
Lo
que es mágico es que, ante un exceso de información que no necesitan, C II (de 9
años), fuera capaz de afrontar, sin avergonzarse, la conversación con C I (de 14).
Más
tarde me contó una fascinante historia de un zombie bipolar que
dudaba entre hígado y cerebro.
Nunca
dejará de sorprenderme la cantidad de recursos disponibles.
*****
Sigo dándole vueltas a las charlas TED de
Jon Ronson y Monica Lewinsky.
*****
La
compasión necesita de la comprensión.
Sentir
al otro como igual, aceptando sus diferencias.
*****
Un
niño debe desear la lluvia y disponer de tiempo para ponerse a chapotear en los
charcos.
Y
querer pasear con su
perro.
No
hay nada más esperanzador que ver a los chicos hacer cosas propias de su edad.
martes, 21 de enero de 2014
Bipolar
El
mundo se está medicalizando, pero nadie se pregunta quién será el
desmedicalizador que lo desmedicalizará, porque todos asumimos que la cosa va a
ir a más.
Un
signo predictivo de la proximidad del apocalipsis se encuentra al escuchar un
razonamiento médico, en boca de quien no parece distinguir entre un
diagnóstico, un pronóstico y un tratamiento.
Ahondando
en lo personal (“revele su rollo”),
fascina esa facilidad que tenemos para emplear el tamiz de lo psicológico como
factor de explicación, con naturalidad creciente.
Preocupa
sobremanera la ligereza para justificar el carácter dual de nuestros actos.
Hace sólo cinco años nadie atendería, ni remotamente, a alguien que hablara de
la bipolaridad de su comportamiento. Hoy, ha desarrollado raíces, encontrando
acomodo en lo más remoto en el tiempo (la antigua Grecia) o el espacio (el
lejano Oriente).
![]() |
| "La tragicomedia cotidiana" |
![]() |
| "Yin y Yan. El Zipi y el Zape del taoísmo" |
En
la película de 1954, “La noche del cazador”,
dirigida por Charles Laughton y
protagonizada por Robert Mitchum y Shelley Winters, el reverendo Harry Powell se consumía internamente
por la lucha entre dos pulsiones que se reflejaban en los tatuajes de sus
nudillos.
Seis
años más tarde, bajo la dirección de Alfred
Hitchcock, un pobre diablo se envuelve en una manta y no quiere matar una
mosca. Es Anthony Perkins, escindido
en una lucha entre Norman Bates y su
madre, en la inolvidable escena final de “Psicosis”.
*****
Sólo
Señor Mostaza podría animar esta
fiesta: “Bipolaridad”.
*****
Lo
que antes era un trastorno, hoy se utiliza como excusa para aclarar los
desmanes de la propia conducta.
“La
impaciencia de la gente no hace más que alimentar mi lado bipolar”.
*****
Lo
que en nosotros consideramos una singularidad, una pequeña salida de tono, se
transforma en intolerable visto en los demás.
*****
En
los discursos de mesa camilla, todo se resume en dos mandamientos (que mienten,
más que mandan):
1 — “Yo soy yo
(así)”
2 — “Lo que me
ocurre es que, como digo yo, tengo mis días”
*****
Un
chiste circula de forma reciente:
“—¿Qué
queréis?
—¡Dejar de
ser bipolares!
—¿Y cuándo
lo queréis?
—¡Ya no lo
queremos!”
[Una
confusión extendida: creer que los indecisos deban considerarse trastornados]
*****
La
maldición de tener que ocultar tu ocupación diurna (como conserje), de tus compañeros
en las distracciones nocturnas (Ace Face,
en la banda de moteros
estilosos), parlando italiano y guardando en secreto tu futura dedicación
como bajo y cantante solista en un trío post-punk de nombre comprometido,
hacen que Sting desarrolle el caso
de esquizofrenia escindida doblemente bipolar mejor documentado, en la
justificación del título de la película de 1979 dirigida por Franc Roddam, cuyo accidentado final supone
también la conclusión de esta entrega de:
(Imposible aburrirse en trayectos largos)
martes, 16 de julio de 2013
La disociación
Todos
conocemos personas dispuestas a, con prontitud, establecer modelos explicativos
—denigratorios— del comportamiento humano, en el que caben todos, menos uno
mismo.
Los
hay que van todavía más lejos y se exculpan, de forma cobarde, recurriendo a un
irrevertible carácter propio —al que denominan bipolar y que entienden como licencia
personal e intransferible—, o justificándose, sin aceptar reproches, aludiendo
soterradamente a deméritos ajenos como causantes de sus actos fallidos.
![]() |
| "Disociados. Dependen del color desde donde miren" Foto: Apallalu |
Aquello
de la paja y la viga.
Por
descontado, formular una ley de la conducta humana y apartarse de su
aplicación, no implica la percepción de sentirse marginado. Más bien, resulta
al contrario; defienden su completa normalidad.
Pero
se sienten excluidos
de la norma. Ése es el fundamento de su bipolaridad.
*****
“El sentido común es el menos común de
los sentidos”. Resulta sencillo
mostrar acuerdo con el popular dicho.
Pero
se vislumbra complicado aceptar que pueda ser uno mismo el que carezca
de él; el que se comporte como un insensato (ya sea de continuo, o de forma
aislada).
*****
He
oído hablar del pentalfa del periodismo: la fórmula quinta sobre la
que se establecen las preguntas que deben ser resueltas en una labor de
investigación coherente. Cinco cuestiones elementales, que empiezan por la
misma letra (en inglés): “Qué” [What],
“Quién” [Who], “Cuándo” [When], “Dónde” [Where]
y “Por qué” [Why].
Alguien
se percató de que habían olvidado una sexta, que incluyeron —pese a
incumplir la regla (de la) inicial—. Era importante saber “Cómo” [How].
Pero
en esta sociedad instrumental, utilitaria, que evita el uso de la crítica
aséptica para resultar deudora de filias
y fobias, “conocemos algunos ‘porqués’ y muchos ‘cómo’, pero ignoramos los
principales ‘para qué’ de nuestra existencia”, en palabras de Aurelio Arteta, Tantos
tontos tópicos (p. 22).
Finalmente,
los
enanitos resultaron ser siete, aunque uno de ellos, el menor del grupo, pudiera
pasar desapercibido por ser mudo y no llevar barba. Seguramente nos preguntaría "Para qué" [For what].
*****
En
los ‘60s, cuando se buscaban los límites de la experiencia y se suponía que
otra forma de sociedad era posible, Buffalo
Springfield cantaban que “nadie tiene
la razón si todos están equivocados”, aunque hay esfuerzos que valen la
pena.
Buffalo Springfield — For what it’s worth
*****
Voy concluyendo.
Acabo
de ver la película “Hannah Arendt”,
dirigida por Margarethe von Trotta.
Una
película irregular, orientada hacia un clímax en el que la filósofa se defendía
de los que no habían entendido su postura en el juicio del nazi Adolf Eichmann, argumentando de forma
vibrante, en una cita que hago de memoria: “El
pensamiento no es útil para el conocimiento; lo es para aplicar criterios
morales, para distinguir el bien del mal, lo feo de lo hermoso”.
Su
criterio no gustó a nadie, porque, cuando el juicio depende de
la persona a quien se dirige, se convierte en prejuicio. Y, aunque no suponga falta
de honradez, es profundamente deshonesto.
*****
La
ética de las excepciones (autoaplicadas) es irreconciliable con la exigencia
(arrojadiza) de dimisiones.
Escasean
los librepensadores.
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